La mentira de Lucía
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Prólogo
La música llegaba hasta el segundo piso como si viniera de otra casa.
Abajo, en el jardín, alguien había colgado guirnaldas de luces entre las palmeras, y desde la ventana parecían un collar roto sobre la oscuridad del césped.
Había más de cien invitados. Hombres con guayaberas de lino que hablaban de negocios con un vaso en la mano, mujeres que se quitaban los zapatos cerca de la piscina, adolescentes que fingían no conocer a sus padres.
El aire olía a jazmín, a cloro y a humo de tabaco.
Era la clase de noche que en esa familia se recordaba durante años.
Isabel Montalvo cumplía dieciséis años, y no había bajado a soplar las velas.
La mujer de la ventana lo sabía porque llevaba un rato mirando el pastel, intacto sobre la mesa de mantel blanco, rodeado de copas vacías. Nadie parecía haberlo notado todavía. Las fiestas de esa casa tenían esa virtud: eran tan grandes que una ausencia podía pasar inadvertida durante horas.
Un grupo de muchachos se lanzó a la piscina con la ropa puesta. Hubo gritos, risas, un aplauso. Alguien subió el volumen.
Y por debajo de la música, casi confundido con ella, la mujer oyó otra cosa.
Voces. Dentro de la casa, no afuera. Una voz de muchacha, aguda, rota a la mitad de una frase.
Otra más joven, que subía de tono como suben las voces de los niños cuando no saben ganar una discusión.
Venían del pasillo, del lado de la escalera principal, esa escalera de mármol blanco que la familia había hecho traer de Italia y que a esa hora estaba apagada.
La mujer no se movió. Después se preguntaría muchas veces por qué no se movió. Se diría que no entendió lo que oía, que la música lo tapaba todo, que en una casa así siempre hay alguien discutiendo en algún rincón. Se diría muchas cosas, y ninguna le serviría de nada.
Las voces se detuvieron.
Hubo un silencio breve, del tamaño de una respiración contenida.
Y luego un golpe. No fuerte. Un golpe sordo, opaco, como el de un mueble pesado que cae sobre una alfombra. Un sonido que nadie en el jardín pudo oír, porque en ese momento la banda empezó a tocar una canción que todos conocían y cien voces se pusieron a cantarla a la vez.
La mujer apoyó la palma de la mano en el vidrio de la ventana. Estaba frío por el aire acondicionado.
Abajo, la fiesta siguió.
Arriba, en la casa, nadie volvió a hablar.
Nadie volvería a ver a Isabel Montalvo con vida, y durante veinte años nadie diría, en voz alta, lo que pasó en esa escalera.