La memoria del agua CAPÍTULO 34
71%

CAPÍTULO 34

Llegó a Alvalade pasadas las ocho de la noche.

El departamento estaba en silencio, pero la luz de la cocina estaba encendida.

André estaba allí, sentado a la mesa con un libro abierto y una taza de té que ya se había enfriado.

Al verlo entrar, levantó la vista y sonrió con esa sonrisa suya, mitad irónica, mitad afectuosa.

— Vaya, vaya. El perito viajero ha vuelto. Pensé que te habías perdido en el Alentejo para siempre.

Tomás dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó frente a él. No había ensayado lo que iba a decir, pero sabía que las palabras saldrían solas.

— André, tengo que contarte algo.

André cerró el libro y lo miró con atención, como si hubiera estado esperando aquel momento.

— ¿De qué se trata?

Tomás respiró hondo y comenzó a hablar. Le contó todo: la historia de los constructores pre-romanos, el Sello del Origen, la investigación en la casa de la playa, el árbol genealógico, la conexión de los apellidos, la revelación de que era el heredero de una rama exiliada.

Le contó la historia de Gonçalo de Coimbra, de Aulus, del prisionero, de la maldición del Sello, y de la desgracia que había caído sobre quienes lo habían perseguido con codicia.

Le contó la verdad de su apellido, de su familia, de su sangre.

Y finalmente, le contó su ruptura definitiva con Sofía, quien, embriagada por la ambición arqueológica, se había llevado el cuaderno original dispuesta a desenterrar la bóveda por su cuenta.

André lo escuchó sin interrumpir, con la misma atención con que escuchaba las historias de sus clientes cuando diseñaba sus ilustraciones. Cuando Tomás terminó, se quedó en silencio un momento, procesando todo lo que había oído.

— Entonces — dijo finalmente, con una lentitud que parecía deliberada, — ¿eres un guardián? ¿De una tecnología que lleva milenios esperando bajo tierra?

Tomás asintió.

— Eso parece. Y Sofía tiene el mapa original para encontrarla.

André soltó una risa corta, pero no era una risa de incredulidad. Era una risa de sorpresa, de asombro.

— Siempre supe que no eras un perito de seguros cualquiera. Pero esto... esto es otra cosa.

— Y no voy a quedarme en Lisboa — dijo Tomás, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba.

— Mañana voy a renunciar al trabajo. Y luego me voy al Alentejo.

Para siempre. Tengo que llegar a la finca antes que ella y averiguar qué fue lo que descubrió mi antepasado Joaquim que lo obligó a dividir la familia.

André lo miró, y en sus ojos no vio sorpresa ni rechazo. Solo un reconocimiento profundo, como si ya lo hubiera sabido desde el principio.

— Sabía que esto iba a pasar — dijo André. — Desde que volviste del Alentejo la primera vez, noté que algo había cambiado en ti. No eras el mismo. Y ahora sé que no vas a volver a serlo.

— ¿Vas a echarme de menos? — preguntó Tomás, con una sonrisa que no lograba ocultar su emoción.

— Voy a tener que buscar otro compañero de piso. Pero sí, te echaré de menos. Y Tomás... ten cuidado con Sofía. Alguien que cree tener la historia en sus manos es capaz de cualquier cosa.

Tomás asintió, y el silencio que siguió fue cómodo, como el de dos personas que han compartido una vida sin necesidad de palabras.

A la mañana siguiente, Tomás se puso su chaqueta, cogió la carpeta de documentos y se dirigió a la oficina.

El edificio, con su rutina de pasos apresurados y ascensores que subían y bajaban sin descanso, le pareció de repente un lugar extraño, como si ya no le perteneciera.

Subió hasta el despacho del Dr. Albuquerque, llamó a la puerta, y entró.

El jefe estaba sentado detrás de su mesa, con su chaquetón azul marino y su expresión de cansancio severo. Al ver a Tomás, levantó una ceja.

— Gouveia. No esperaba verte hasta la semana que viene. ¿Has terminado el informe del Alentejo?

Tomás se sentó frente a él y colocó la carpeta sobre la mesa.

— Dr. Albuquerque, he venido a renunciar.

El jefe lo miró en silencio un momento, como si las palabras no hubieran entrado en su cabeza.

— ¿Renunciar? ¿Y eso?

— He encontrado algo importante en el Alentejo. Algo que no tiene que ver con la empresa. Y necesito dedicarme a ello.

— ¿Algo importante? ¿Más importante que tu trabajo?

Tomás asintió.

— Sí. Más importante que el trabajo. Más importante que casi todo.

El Dr. Albuquerque lo observó con una mezcla de confusión y curiosidad.

— Gouveia, no sé qué has encontrado, pero si necesitas tiempo... podríamos hablarlo.

— No es cuestión de tiempo. Es cuestión de propósito. He estado haciendo este trabajo durante años sin saber por qué. Ahora sé qué quiero hacer con mi vida. Y no es esto.

El silencio se alargó, pero Tomás no sintió la necesidad de llenarlo. Finalmente, el Dr. Albuquerque asintió, como si hubiera entendido algo que no necesitaba ser explicado.

— No puedo decir que lo comprenda — dijo —, pero si estás seguro, no voy a detenerte. Entrega tu informe final y tus pertenencias. Tu puesto quedará vacante durante un mes, por si cambias de opinión.

— No voy a cambiar de opinión.

— Tal vez. Pero siempre es bueno tener una puerta abierta.

Tomás se levantó, extendió la mano, y el Dr. Albuquerque la estrechó con una firmeza que no esperaba.

— Buena suerte, Gouveia.

— Gracias, doctor. Y perdón por las molestias.

Salió del despacho y recorrió el pasillo por última vez. La Sra. Eduarda, que lo vio pasar, le dedicó una sonrisa cómplice.

— ¿Se va de verdad, senhor Gouveia?

— Me voy de verdad.

— Pues que le vaya bien. Y si algún día vuelve, aquí estaremos.

Tomás regresó al apartamento, empacó sus cosas y dejó las llaves sobre la mesa de la cocina.

Había decidido llevar poco: la carpeta de documentos de Oeiras, las hojas de traducción que le había arrebatado a Sofía, su cámara y una bolsa de ropa.

Lo fundamental ya lo tenía esperándolo allá: el manuscrito medieval que había encontrado en el ático de la finca y que Duarte estaba leyendo.

Todo lo demás, las pertenencias de una vida que ya no le pertenecía, quedaba atrás.

André lo esperaba en la puerta.

— ¿No vas a llamarla una última vez? — preguntó, con un tono neutro, refiriéndose a Sofía.

Tomás negó con la cabeza.

— Ya nos dijimos todo lo que teníamos que decirnos. Ahora es una carrera.

— Entonces, cuídate, primo. Y cuando tengas tiempo, escribe. O llama. O lo que sea.

— Lo haré — dijo Tomás, abrazándolo. — Y gracias por todo.

Salió al pasillo, bajó las escaleras, y subió a su coche. Arrancó el motor, y sintió que el peso de su antigua vida se quedaba atrás, como un lastre que ya no necesitaba llevar.

La carretera hacia el sur se extendía ante él, recta y brillante bajo el sol de la mañana. No miró atrás. No era necesario.

Pero si hubiera mirado por el espejo retrovisor al tomar la primera salida hacia la autopista, habría visto un coche gris, estacionado a media cuadra de su antiguo apartamento, que encendió las luces y comenzó a seguirlo, manteniendo una distancia calculada. El coche de Sofía.

Condujo durante horas, a través de los suburbios de Lisboa, cruzando el puente 25 de Abril, adentrándose en la llanura del Alentejo.

El paisaje se abría ante él como un libro que había estado esperando ser leído: olivos, alcornoques, campos de trigo que se extendían hasta el horizonte, la luz dorada del sol de octubre que lo envolvía todo como un manto.

No sabía cuánto tiempo llevaba conduciendo cuando vio, en la distancia, el pueblo que ya había empezado a considerar su hogar. Las casas blancas, las calles empedradas, el olivo centenario en la plaza. Todo estaba allí, como si el tiempo no hubiera pasado.

Estacionó el coche frente a la pensión de Mariana, apagó el motor, y se quedó un momento sentado, mirando la puerta azul. Sintió que su corazón latía con una fuerza que no había sentido en meses. No era miedo. Era la certeza de que estaba exactamente donde debía estar.

Abrió la puerta y salió. El sol calentaba su rostro, y el viento, seco y limpio, le traía el olor a tierra y a hierba. Caminó hacia la entrada de la pensión, y cuando estaba a punto de llamar, la puerta se abrió.

Mariana estaba en el umbral, con su delantal de cuadros y su sonrisa tranquila, como si hubiera estado esperándolo.

— Sabía que volverías — dijo.

Tomás sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que las palabras no eran necesarias.