CAPÍTULO 25
Me llamo Aulus, y soy ingeniero al servicio del Imperio Romano.
Nací en una provincia que el Imperio llama Lusitania, aunque los lugareños la llaman de otro modo, un nombre que no logro recordar y que quizá nunca supe pronunciar.
Mis padres eran soldados, y yo, como ellos, serví a Roma durante años.
Pero no fue la guerra lo que me llevó a las tierras del sur, sino el agua.
Roma necesitaba acueductos para abastecer a las ciudades que crecían sin control, y yo, por mi habilidad para leer el terreno y calcular las pendientes, fui destinado a supervisar la construcción de uno nuevo cerca del Monte da Água.
No sabía entonces que mi arrogancia imperial estaba a punto de ser destruida, y que aquella misión cambiaría mi vida para siempre.
Pero una noche, mientras inspeccionaba el trazado del acueducto a la luz de una antorcha, uno de ellos se acercó a mí.
Era un viejo de ojos grises y manos callosas, con la piel curtida por el sol y el viento de décadas.
No llevaba el uniforme de los soldados ni la túnica de los supervisores.
Vestía una simple camisa de lana y un manto desgastado, y en su mano sostenía un bastón de madera de olivo que parecía haber sido tallado por el uso de generaciones.
— No busques el agua en la superficie, ingeniero — dijo, con una voz que apenas era un susurro pero que se imponía en el silencio de la noche. — El agua está abajo. Siempre abajo.
Lo miré con el desdén propio de un ciudadano de la capital del mundo.
Era solo un campesino, y yo, un hombre instruido por Roma.
Había estudiado los tratados de Vitruvio y las obras de Frontino.
Sabía cómo funcionaban los acueductos, cómo se calculaban las pendientes y cómo se medían los caudales.
No necesitaba que un pastor me enseñara dónde buscar el agua.
— He trazado acueductos en toda la península — le dije, con un tono que pretendía ser firme y que quizá sonó arrogante. — Sé dónde está el agua y cómo traerla a la superficie. Conozco las leyes de la naturaleza. Sé cómo obligar a la tierra a entregar su caudal.
El viejo sonrió. No era una sonrisa de desafío, sino de compasión, como la que se tiene ante un niño que no comprende algo que para un adulto es evidente.
— Las leyes de la naturaleza... — repitió, con una lentitud que parecía deliberada.
— Los que moldearon esta tierra no eran romanos, ingeniero.
Fueron otros. Una estirpe que habitó aquí milenios antes de que se pusiera la primera piedra de tu ciudad.
Y ellos no obligaban a la tierra. Sabían que el agua no se conquista, sino que se invoca.
El agua no sigue las leyes de la naturaleza, romano. El agua es la ley de la naturaleza.
Aquella noche no dormí. No por el frío ni por el hambre — el campamento tenía provisiones suficientes — sino por las palabras del viejo.
"El agua no se encuentra, sino que se invoca.
" ¿Qué significaba aquello? ¿Qué clase de locura era esa?
Yo, un ingeniero educado en las escuelas de Roma, no podía aceptar que un campesino analfabeto supiera algo que yo ignoraba.
Pero tampoco podía ignorar que sus palabras habían removido algo en mi interior que no sabía que existía.
Una duda. Una pregunta que no había formulado nunca.
Al amanecer, lo busqué entre los trabajadores. No estaba con ellos. Los hombres me dijeron que se había ido al alba, como hacía siempre, hacia la montaña. "Siempre va allí", dijo uno de ellos, señalando la ladera norte del Monte da Água. "Dice que tiene que hablar con las piedras."
Hablar con las piedras. La locura del viejo era más profunda de lo que había imaginado. Y sin embargo, en lugar de desechar su enigma, sentí que necesitaba seguirlo. Como si la tierra misma me empujara hacia él, hacia aquella montaña que se alzaba en el horizonte como un testigo mudo.
Dejé las obras a cargo de mi segundo al mando y cabalgué hacia el norte. El camino era empinado y pedregoso, y mi caballo avanzaba con dificultad. Al cabo de una hora, vi al viejo sentado en una roca, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada fija en un valle seco que yo no podía ver.
— Sabía que vendrías — dijo, sin volverse. — Los hombres de intelecto siempre vienen cuando descubren que su ciencia es diminuta. Los que no se conforman con las respuestas de Roma.
Desmonté y me acerqué a él.
— ¿Qué hay en esta montaña? — pregunté, sin preámbulos. — ¿Qué es lo que buscas?
El viejo se levantó lentamente, apoyándose en su bastón, y me miró con sus ojos grises. En ellos no vi locura, sino una claridad que me inquietó más que cualquier otra cosa.
— No busco nada, ingeniero — dijo. — Ya encontré lo que buscaba hace mucho tiempo.
Ahora solo vengo a recordarlo. Y a esperar a que alguien más lo encuentre.
Ven conmigo. Te mostraré por qué tus acueductos son meros juguetes de barro en comparación con lo que los constructores dejaron para los que supieran mirar.
Me llevó a una cueva escondida en la ladera del monte, una cueva que no figuraba en ningún mapa de Roma. La entrada era estrecha, apenas visible entre las rocas y la maleza, como si alguien hubiera querido ocultarla del mundo. El viejo se agachó y entró, y yo, sin dudar, lo seguí.
El interior era más grande de lo que había imaginado.
Las paredes no eran naturales; habían sido pulidas y curvadas como las de un templo, con una maestría geológica imposible.
Y allí, en las profundidades de la tierra, vi lo que ningún otro romano había visto, y mi fe en el Imperio se hizo añicos.
Grabados en la roca, con una tecnología y precisión que desafiaban la edad y las herramientas conocidas, había símbolos.
No eran letras. Eran espirales perfectas, diagramas hidráulicos cincelados sin marcas de percusión, figuras que parecían representar el agua en todas sus formas.
Y al fondo de la cueva, un manantial. Pero no era un manantial cualquiera.
El agua brotaba de la piedra desafiando cualquier ley de presión hidrostática que yo conociera, como si la roca misma estuviera viva y respirara, y al tocar su superficie, sentí que no era agua, sino memoria.
La memoria de los que habían estado allí siglos antes.
Los que los campesinos llamaban "los constructores".
El viejo me observó en silencio mientras yo recorría las paredes con los dedos, intentando comprender lo que veía, sintiendo que mi vida anterior se desmoronaba. Yo, el gran ingeniero, caí de rodillas frente a los restos del verdadero poder.
— ¿Qué es esto? — pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
— Esto es el lenguaje de los constructores — dijo el viejo.
— No es un idioma para hablar. Es un idioma para vivir.
Para leer la tierra. Tu civilización cree que domina el mundo con ladrillos y argamasa.
Ellos lo dominaban susurrándole al agua.
Los constructores no construyeron canales para irrigar campos.
Construyeron una red inmensa, un sistema para guardar la memoria.
Para que el agua, al fluir, llevara consigo el conocimiento de los que la habían guiado.
— ¿Y tú sabes leerlo?
El viejo negó con la cabeza.
— Yo solo sé lo que me enseñó mi padre, y lo que él aprendió de su padre. Conozco algunos símbolos, algunas palabras. Pero no soy más que un guardián de los últimos fragmentos. El último de los que saben que el agua no es solo agua. Es memoria. Y la memoria no se encuentra, se protege.
Aquella noche, el viejo me enseñó los fundamentos de la lengua de los constructores.
No fue una enseñanza formal, sino una transmisión de gestos, de miradas, de toques sobre la piedra.
Señalaba los símbolos y pronunciaba palabras que no había oído nunca, palabras que no eran latín ni griego ni ninguna lengua que conociera.
Palabras que, sin embargo, sentía que estaban grabadas en mi memoria, como si la tierra misma me las hubiera susurrado en sueños.
Cuando el sol comenzó a alzarse tras las montañas, el viejo se detuvo y me miró con sus ojos grises.
— Aún no has visto nada, ingeniero — dijo. — Lo que guarda esta montaña es más antiguo que Roma. Más antiguo que cualquier imperio. Y ahora que has entrado aquí, ya no puedes marcharte sin saber la verdad.
— ¿Qué verdad?
El viejo sonrió, y en sus ojos vi el reflejo de un tiempo que no era el suyo.
— La verdad de que el agua no se encuentra, se invoca. Y que los que la invocan tienen un deber sagrado: proteger la memoria de los constructores. Porque el día en que la memoria se pierda, el agua dejará de brotar.
Me quedé en la cueva, sintiendo el peso de sus palabras sobre mis hombros, mientras el viejo se alejaba hacia la entrada y desaparecía en la luz del amanecer. No supe si volvería a verlo. Y por primera vez en mi vida, no supe si quería volver a verlo.
Pero supe una cosa con certeza: mi vida, la de ingeniero, la de romano, no sería la misma después de aquella noche. Ahora era el alumno más ignorante frente a un misterio insondable.