CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #10
—¿Qué? —preguntó Lauren.
—Nada.
—Esa sonrisa tiene cara de "Iriome".
Las gotas comenzaban a deslizarse lentamente por el cristal.
—Estaba pensando que hemos tardado mucho en volver aquí.
Lauren comprendió inmediatamente a qué me refería.
—Sí.
Guardó unos segundos de silencio.
—Pero hemos vuelto.
Giré la cabeza hacia ella mientras seguía conduciendo con ambas manos sobre el volante.
—¿Sabes una cosa? —dije.
—¿Qué?
—Creo que el futuro nos daba demasiado miedo.
Ella sonrió ligeramente.
—Y ahora ya no.
Negué con la cabeza.
—No.
La volví a mirar apenas un instante antes de volver la vista a la carretera.
—Supongo que dentro de un año ya veremos qué pasa.
—Dentro de un año.
Repetí la frase despacio y no sentí ningún nudo en el estómago porque ya no estaba viviendo allí, sino aquí, con ella.
Milú bostezó detrás de nosotros y Lauren soltó una pequeña risa.
—Creo que alguien está agotado.
—Ha socializado demasiado.
—Pobrecito.
Ella estiró la mano hacia atrás para acariciarle la cabeza sin apartar demasiado la vista de la carretera mientras el limpiaparabrisas marcaba un ritmo constante:
Tac.
Tac.
Tac.
La lluvia había aumentado ligeramente pero no era suficiente para preocupar, sólo lo bastante intensa como para reducir un poco la velocidad.
—Mañana podríamos ir temprano a surfear —dijo.
—¿Con lluvia?
—Precisamente.
—Estás fatal.
—Las mejores olas llegan con los cambios de tiempo.
La miré sonriendo.
—No sabes estar quieta.
—Y no quiero aprender.
Guardé aquella respuesta en algún lugar de mi memoria, no sabía que iba a necesitarla tanto.
Seguimos hablando de cosas absurdas: que si Iriome jamás sería capaz de cocinar algo comestible, que Asier probablemente escondía una doble vida porque nadie podía ser tan tranquilo, que Noa terminaría encontrando por fin un trabajo donde no discutiera con nadie antes de dos semanas.
Conversaciones pequeñas, insignificantes; pero las mejores.
Y entonces ocurrió…
Todo empezó con unas luces que se veían a lo lejos, al otro lado de la curva. Recuerdo pensar que venían demasiado rápido y después recuerdo el ceño de Lauren frunciéndose muy levemente.
—Aday...
No llegó a terminar la frase.
El coche apareció invadiendo nuestro carril y luego todo ocurrió demasiado deprisa: el sonido del claxon, el volante girando bruscamente entre mis manos, el chirrido insoportable de los neumáticos sobre el asfalto mojado mientras sentía cómo el coche perdía adherencia.
—¡Lauren!
En ese instante un golpe y después otro, de repente deje de distinguir entre arriba y abajo mientras los cristales estallaban alrededor nuestra. Recuerdo el cinturón clavándose contra mi pecho, Milú ladrando desesperado detrás. El coche giró una vez, otra y otra más.
Recuerdo mirar hacia Lauren solo un segundo, ella también me estaba mirando. No había miedo en sus ojos, solo sorpresa, como si ninguno de los dos terminara de entender que aquello estuviera ocurriendo de verdad.
Y después… Oscuridad.
El primer sonido que escuché fue un pitido, constante, lejano.
Abrí los ojos con dificultad pero la luz blanca del techo me obligó a volver a cerrarlos inmediatamente.
Todo me dolía: la cabeza, el pecho, los brazos,... Sentía el cuerpo extraño, pesado, como si perteneciera a otra persona.
Parpadeé lentamente otra vez.
Una habitación blanca, iluminada por los rayos de sol que atravesaban las cortinas del mismo color y, que se movían con la brisa entrante de los grandes ventanales. El sonido de un monitor cardíaco y el olor a desinfectante confirmaron que me encontraba en un hospital.
Intenté incorporarme pero un dolor agudo atravesó todo mi costado.
—Tranquilo.
Dijo una voz suave que no reconocía.
—No te muevas todavía.
Giré la cabeza de golpe.
—¿Lauren?
Nadie respondió y con ello mi respiración empezó a acelerarse.
—¿Dónde está Lauren? ¿Y… Milú?
Una enfermera se acercó inmediatamente.
—Su perro está bien. Tenía algunos cortes, pero no eran graves. Así que, necesito que se tranquilice.
—¿Y ella dónde está?
—El médico viene de camino.
—¡¿Dónde está?!
Noté cómo el corazón empezaba a descontrolarse. La máquina comenzó a emitir pitidos cada vez más rápidos. Entonces, entró un hombre con bata blanca que debía rondar los cincuenta años y se acercó despacio hasta mi cama.
—Aday.
Asentí sin dejar de mirarlo.
—¿Dónde está Lauren?
El médico guardó unos segundos de silencio, unos segundos que… parecieron minutos.
—Está viva.
Suspire profundamente y por fin sentí que podía volver a respirar.
—Pero...
Aquella palabra me atravesó mucho más que cualquier golpe del accidente.
—Ha sufrido un traumatismo importante.
Bajé lentamente la mirada.
—¿Está... en coma?
—Sí.
Volví a levantar la vista inmediatamente.
—Pero va a despertarse, ¿no?
El médico respiró hondo antes de responder.
—Eso esperamos.
“Eso esperamos”. No aseguraba nada, solo esperaba que el tiempo desvelara la incógnita y eso me hizo sentir un vacío abrirse lentamente bajo mis pies.
—Escúchame con atención.
Asentí.
—El golpe ha afectado a varias zonas relacionadas con la memoria.
Fruncí el ceño. No entendía qué quería decir.
—¿Qué significa eso?
El médico escogió cuidadosamente las palabras.
—Si despierta... existe la posibilidad de que presente una amnesia parcial.
El mundo volvió a detenerse.
—¿Amnesia?
—Sí.
Noté que empezaban a temblarme las manos.
—¿No recordaría quién es?
Negó despacio.
—Eso no es lo más probable.
Guardó un breve silencio.
—Lo que más nos preocupa son los recuerdos recientes.
Sentí que algo dentro de mí se rompía lentamente.
—¿Recientes... cuánto?
El médico bajó la mirada un instante.
—No podemos saberlo pero… quizás los últimos 3 años.
No podían saberlo…
Las palabras dejaron de tener sentido.
Recuerdos recientes… Nuestra primera cita, el campeonato, las flores, nuestra casa, los abrazos, el escape room. Todo… todo podía desaparecer.
Lauren seguiría siendo Lauren, seguiría riéndose igual, seguiría amando el mar, seguiría emocionándose cuando hablara de surf. Solo habría una diferencia, despertaría en un mundo...
...donde yo nunca habría existido.
Y por primera vez comprendí que hay cosas mucho peores que perder a quien amas: ver cómo te borra de su vida sin darse cuenta, o terminar perdiéndote a ti mismo en el intento de retenerla.
No sé cuánto tiempo pasó después de aquella conversación.
Quizá días, quizá semanas. En el interior de un hospital el tiempo deja de medirse como en el exterior: las mañanas y las noches terminan pareciéndose, las luces nunca llegan a apagarse del todo, siempre hay alguien caminando por los pasillos, siempre suena algún monitor y siempre hay alguien esperando.
Yo me convertí en uno de ellos, esperar era lo único que sabía hacer.
Incluso cuando me dieron el alta permanecí a su lado preguntando cada mañana exactamente lo mismo.
—¿Ha despertado?
Y cada vez recibía exactamente la misma respuesta, todavía no.
Al principio intentaba mantener una rutina.
Al mediodía iba a casa; me cambiaba, me duchaba, dormía unas horas, contestaba los mensajes de mis amigos o la familia, y luego regresaba al hospital.
Pero después dejé de hacerlo, las noches empezaron a mezclarse unas con otras y yo vivía sentado frente a la cama de Lauren con un café que siempre terminaba enfriándose entre mis manos.
A veces me sentaba junto a ella y le hablaba aunque no supiera si podía escucharme.
Le contaba cualquier tontería: cómo estaba Milú, que Iriome había conseguido quemar un microondas, que Asier seguía respondiendo con frases de cinco palabras o que Noa fingía estar bien mucho mejor que todos nosotros,…
Le hablaba porque el silencio me daba miedo… muchísimo miedo.
Entonces empezaron las imágenes, pequeños recuerdos que aparecían rotos… desordenados.
Una noche desperté sobresaltado, estaba boca abajo sujetado por el cinturón y cristales rotos desperdigados a mi alrededor.
Otra madrugada recordé el sonido del metal retorciéndose, el olor de la gasolina y después…
la lluvia. Más tarde… un goteo lento y constante contra el tapizado del techo; cuando gire mi cabeza lentamente la vi a mi lado…
Su rostro estaba a pocos centímetros del mío, inclinado hacia abajo.
La luz parpadeante del salpicadero iluminaba a tramos las sombras oscuras que le cubrían la piel, brechas abiertas de las que la sangre descendía, cayendo desde la punta de su barbilla.
Luego… recordé como con una exhalación húmeda y rota intenté decir su nombre antes de disolverse en un hilo de voz.
Cada recuerdo terminaba exactamente igual… un silencio oscuro. Intentaba reconstruir el accidente pero mi cabeza parecía negarse como si hubiera decidido protegerme incluso de mí mismo.
Una tarde entré en la habitación cuando el sol empezaba a ponerse.
Lauren seguía exactamente igual, dormía, o eso me gustaba pensar.
Me senté junto a ella y le cogí la mano, estaba tibia y eso siempre conseguía tranquilizarme un poco.
La observé durante muchísimo tiempo y después sonreí sin querer.
—¿Te acuerdas...?
La pregunta salió sola. Pero me quedé callado inmediatamente, claro que no podía acordarse, ni siquiera había despertado. Bajé la mirada e intenté recordar la primera vez que nos vimos: la playa, Milú, la arena, su sonrisa,...
Todo seguía allí. ¿Verdad?
Cerré los ojos. ¿Cuál fue exactamente la primera frase que me dijo?
Fruncí el ceño. Lo sabía o eso creía, pero…
no conseguía escucharla. Intenté recordar el olor de la librería, la canción que sonaba durante nuestro primer baile, qué lado del pelo se apartaba cuando el viento soplaba, la primera vez que me llamó idiota,…
Los pequeños detalles, esos que parecían imposibles de olvidar.
Y, sin embargo… empezaban a escaparse ante el miedo.
Abrí los ojos de golpe y me levanté inmediatamente con un movimiento tan brusco que la silla cayó al suelo detrás de mí.
—Necesitas dormir.