CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #5
—¿Qué pasa?
—¿Estás solo?
Miré hacia el salón. Lauren estaba en la terraza hablando por videollamada con alguien de la marca.
—Sí.
Iriome dudó unos segundos.
—Ha habido movida.
Me apoyé en la encimera.
—¿Qué clase de movida?
—Noa me llamó hace un rato.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
Iriome suspiró.
—Discutieron.
Esperé a que continuara.
—No sé exactamente cómo empezó. Pero… Parece que Noa le dijo que no podía dejar que tú renunciaras otra vez a lo que querías.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Y Lauren?
—Se sintió atacada. Noa no añadió mucho más, solo que las cosas terminaron bastante mal.
Permanecí unos segundos en silencio.
No sabía qué pensar porque conocía demasiado bien a Noa y conocía demasiado bien a Lauren. Las dos eran incapaces de hacer daño deliberadamente. Entonces… ¿Cómo habían llegado hasta ahí?
Aquella noche quedamos otra vez en un bar.
Esta vez sin Lauren, había dicho que necesitaba descansar. Noa tampoco apareció; solo estábamos Iriome, Asier y yo.
Iriome fue el primero en sacar el tema.
—Noa se equivocó. —dijo sin rodeos—. No debería haberse metido.
Asier dejó el vaso sobre la mesa.
—No creo que quisiera hacer daño.
—Ya, pero lo hizo.
Silencio.
Iriome me miró.
—Es vuestra relación, no la nuestra. Si Lauren decide irse o quedarse… Es una decisión vuestra, no de Noa.
Asier negó despacio.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué no?
—Porque Noa no estaba pensando en Lauren, estaba pensando en Aday.
Los dos giraron hacia mí.
Me sentí incómodo inmediatamente, como si estuvieran hablando de alguien que ya no era yo.
Asier continuó.
—Hay personas que, cuando ven que alguien a quien quieren puede volver a sufrir… Intentan impedirlo antes de que ocurra.
Iriome suspiró.
—Pues acaba de conseguir exactamente lo contrario.
Ninguno respondió.
Al volver a casa encontré a Lauren sentada en el sofá, la televisión estaba encendida pero la pantalla llevaba varios minutos en pausa.
Se giró cuando entré.
—¿Qué tal?
—Bien. —Mentí.
Ella asintió.
Yo dejé las llaves sobre el mueble de la entrada.
Durante unos segundos ninguno supo qué hacer.
Lauren fue la primera en levantarse.
Se acercó despacio.
—Aday...
Respiró hondo.
—No quiero que todo esto nos cambie.
Aquellas palabras me golpearon más de lo que esperaba porque llevaba semanas intentando convencerme precisamente de eso.
La miré.
Y tardé en contestar.
—Ya lo está haciendo.
Lauren bajó la cabeza.
No discutió, no intentó llevarme la contraria. Solo cerró los ojos un instante, como si una parte de ella ya supiera aquella respuesta.
Nos acostamos pronto.
La habitación permanecía completamente a oscuras.
Escuchaba su respiración al otro lado de la cama, estaba despierta. Yo también, pero ninguno habló. Durante un largo rato permanecimos de espaldas, no por enfado, sino porque acercarnos habría significado empezar una conversación para la que ninguno estaba preparado.
Miré la pared.
Y, sin querer, apareció un recuerdo.
Portugal, la habitación del campamento, yo sentado junto a la ventana convencido de que lo mejor para todos era guardar silencio. Pensé que había dejado atrás a aquel chico, que Lauren me había enseñado otra manera de querer… Otra manera de enfrentar el miedo.
Sin embargo… Allí estaba otra vez, callándome, sonriendo cuando no debía, convenciéndome de que proteger a la persona que quería consistía en esconder lo que sentía.
Cerré los ojos con fuerza y una pregunta apareció sola, sin que pudiera evitarla.
¿Ella me había ayudado a salir del agua... para que ahora volviera a ahogarme?
Y esa idea fue mucho más difícil de soportar que el silencio que compartíamos aquella noche.
La semana siguiente prácticamente dejamos de vernos, no mediante una decisión consciente, sino que simplemente ocurrió.
Noa intentaba convencerse de que hizo lo correcto, pero la conversación con Lauren no dejaba de repetirse en su cabeza. Por ello, empezó a preguntarse si realmente defendía a Aday... o si en realidad nunca llegó a confiar del todo en Lauren.
Una tarde, quedó con Asier para devolverle unos apuntes y mientras tomaban un café, Asier percibió enseguida que algo la estaba consumiendo.
—Sigues dándole vueltas.
Noa intentó justificarse declarando que alguien tenía que decirle a Lauren lo que Aday jamás sería capaz de decirle: que él siempre acaba sacrificándose por quienes quiere y que ya lo hizo una vez.
Asier la escucha sin interrumpirla, solo cuando termina responde.
—¿Sabes cuál es el problema?
Noa lo mira.
—Sigues hablando de Aday como si tuviera dieciséis años.
Silencio. Por lo que Asier continúa.
—Sigues intentando proteger al chico que volvió roto de Portugal.
Noa baja la mirada.
—Pero hace mucho que dejó de ser él.
Esa frase le pesó, porque sabía que tenía razón. Durante mucho tiempo creyó que cuidar de Aday significaba impedir que volviera a hacerse daño pero quizá ahora se lo estaba haciendo precisamente al no dejarle decidir por sí mismo.
Asier bebió un sorbo de café antes de añadir:
—Y tampoco has intentado entender a Lauren.
Noa tardó en responder.
—Pensé que sí.
—No.
Otro silencio.
—Solo intentaste entender por qué podía hacerle daño.
Aquella conversación la acompañó durante todo el camino de vuelta.
Y entonces, empezó a recordar muchas cosas: cómo Lauren fue quien consiguió que Aday volviera a entrar al mar, cómo había aprendido a sonreír otra vez, cómo nunca había intentado cambiarlo.
Y entendió algo que hasta entonces no había querido aceptar: Lauren no estaba alejando a Aday de su vida, sino que era la persona que más había luchado para devolverlo a ella.
Aquello la obligó a tragarse el orgullo y finalmente, dos días después decidió escribirle.
No tardó mucho en recibir una respuesta y con ello quedaron en la playa donde tantas veces habían esperado al resto del grupo.
No llevaban bañador, ni tablas, solo caminaban junto al agua; hablando despacio, escogiendo demasiado las palabras.
—Creo que las dos estamos cansadas.
Noa asintió.
—Mucho.
Lauren sonrió sin alegría.
—No he tomado ninguna decisión todavía.
Noa la observo.
—Lo sé.
—Y precisamente por eso tengo miedo.
Durante unos segundos ninguna dijo nada más, mientras el sonido del mar rompiendo despacio contra la arena las envolvía.
Lauren inspiró hondo.
—Siempre pensé que, cuando llegara una oportunidad así, lo tendría clarísimo.
Bajo la mirada.
—Pero ahora...
Su voz se rompió apenas.
—Ahora siento que cualquier decisión significa perder algo.
Noa entendió por fin lo que nunca había querido escuchar: Lauren no estaba eligiendo entre el surf y Aday. Estaba intentando no perder ninguna de las dos partes de sí misma y eso era mucho más difícil.
—Lo siento.
Lauren levantó la cabeza mientras Noa continuó.
—Nunca terminé de confiar en ti. Siempre tuve miedo de que acabaras haciéndole daño.
Lauren tardó unos segundos en responder.
—Yo también tengo miedo de eso...
Noa la miró sorprendida.
Lauren sonreía con tristeza.
—Cada día. Porque si me voy...
Hizo una pausa.
—Tengo miedo de que me espere. Y si me quedo...
Miró el horizonte.
—Tengo miedo de acabar culpándolo por haber renunciado a algo que siempre soñé.
El viento movía lentamente su pelo y Noa, que la observaba, comprendió entonces que llevaba días juzgando una decisión que Lauren todavía ni siquiera era capaz de tomar. Y sintió vergüenza.
—Creo que ahora te entiendo.
Lauren dejó escapar una pequeña risa cansada.
—Ojalá yo también me entendiera.
Las dos rieron muy despacio. Era la primera vez desde hacía semanas.
Cuando ya iban a despedirse, Noa permaneció unos segundos mirando el mar y luego dijo:
—Ya no sé cómo ayudaros.
Lauren sonrió con cansancio.
—Yo tampoco sé cómo hablar con él.
Unas semanas después, mi teléfono vibró sobre la mesa mientras continuaba escribiendo el relato.
Iriome: Este sábado. Escape Room.
Asier: Me preocupa profundamente que la idea haya salido de ti.
Iriome: Confía en el proceso.
No pude evitar sonreír. Miré hacia el sofá, Lauren también acababa de leer el mensaje.
Levantó la vista hacia mí.
—Hace siglos que no hacemos algo todos juntos.
—Sí… dije asintiendo despacio.
Respondimos casi al mismo tiempo.
Lau: Voy.
Aday: Cuenta conmigo.
CAPÍTULO 8 - ROMPIENTE
La lluvia había dejado un olor limpio sobre el asfalto cuando llegamos al escape room.
El local ocupaba un antiguo almacén reformado en una calle estrecha de Arrecife.
Desde fuera no parecía gran cosa: una puerta negra, un pequeño cartel iluminado y varias ilustraciones de candados pintadas en el escaparate.
Sin embargo, Iriome caminaba hacia la entrada con la misma emoción de un niño al ver un parque de atracciones.
—Os lo digo desde ya —anunció mientras empujaba la puerta—. Hoy pienso batir el récord.
Asier levantó una ceja.
—Pero si es tu primer escape room.
—Precisamente. Llego sin el vicio, vas a ver pura pericia chaval.
—Eso no significa lo que crees que significa.
—Déjale —intervino Lauren con una pequeña sonrisa—. Si es feliz...
Me sorprendió verla sonreír.
No era una sonrisa falsa, pero tampoco era la de hacía unos meses. Había algo contenido en ella, como si cada gesto tuviera que atravesar un filtro invisible antes de salir al exterior.
Yo tampoco estaba mucho mejor.
Seguíamos caminando juntos, durmiendo en la misma cama, despidiéndonos con un beso cada mañana.
Y, sin embargo, había días en los que sentía que llevábamos semanas intentando llegar el uno al otro sin terminar de encontrarnos.
Los dos caminábamos con cuidado alrededor de un tema que ninguno se atrevía a nombrar como si fuese un abismo repleto de oscuridad.
Dentro del local nos recibió un chico de unos treinta años con una camiseta negra donde podía leerse Game Master.
—Buenas tardes. ¿Grupo de seis?
—Grupo de genios —corrigió Iriome.
—Eso está por demostrar.
—Lo descubrirás cuando rompamos el récord.
El monitor sonrió con una paciencia que dejaba claro que aquella frase la escuchaba varias veces al día.