CAPÍTULO 8 - ROMPIENTE #9
Iriome no aceptó sugerencias y mandó la ubicación exacta: el mismo tramo de playa donde, años atrás, solíamos resolver las noches de verano a base de bocadillos mediocres, cerveza barata y dulces comprados con prisa en el supermercado antes de que cerraran.
Traer de vuelta ese escenario era su forma silenciosa de recordarnos quiénes éramos antes de que la vida se volviera demasiado complicada, aquellos chicos que se sentaban sobre unas mantas a ver caer la noche sin preocuparse por el día siguiente.
—Las tradiciones hay que respetarlas —declaró solemnemente mientras descargaba dos bolsas enormes del maletero.
Asier arqueó una ceja.
—Has traído comida para veinte personas.
—Se suele decir que más vale que sobre a que falte. Además, seguro que Noa va a querer repetir cinco veces.
—¡Oye! —replicó.
Todos soltamos una carcajada mientras Iriome abría una nevera portátil con un orgullo exagerado.
—Señoras y señores... contemplen mi obra maestra.
Dentro había refrescos, fruta, tortillas, bocadillos y una cantidad absurda de dulces.
Lo miré unos segundos y aplaudí.
— Gracias, gracias… —respondió con una reverencia.
—¿Has atracado el supermercado? —añadió Asier.
—Por supuesto que no, he negociado.
—¿Negociado?
—Había ofertas.
Asier negó lentamente con la cabeza.
—Me da miedo la confianza con la que utilizas esa palabra.
Noa terminó riéndose tanto que tuvo que apartarse el vaso de la boca para no atragantarse.
Terminamos sentados sobre unas mantas mientras el sol empezaba a esconderse detrás del océano.
La conversación fue saltando de un tema a otro sin ningún orden.
Iriome contó cómo había confundido a un profesor con un padre de un alumno durante unas prácticas y todavía sostenía que "era un error perfectamente justificable".
Asier desmontó toda la historia en menos de treinta segundos.
—Llevaba una bata con su nombre bordado.
—Fijarse en los detalles puede distraerte.
—No.
—Sí.
Lauren me dio un pequeño codazo.
—No cambian nunca.
Miré a los cuatro.
—Menos mal. —pensé. Porque, por primera vez en mucho tiempo, había cosas que no necesitaban cambiar.
Milú apareció pocos minutos después, completamente convencido de que toda aquella comida existía únicamente para él. Fue directo hacia Noa y ella le acarició detrás de las orejas.
—Hola, grandullón.
Milú respondió apoyando toda la cabeza sobre sus piernas.
—Traidor —murmuré.
Lauren sonrió.
—Siempre te hace lo mismo.
—Me cambia por cualquiera que tenga comida.
Iriome levantó un trozo de tortilla.
—Eso es porque tiene buen criterio.
Milú giró inmediatamente la cabeza y todos estallamos en una carcajada.
Mientras observaba la escena me di cuenta de algo.
Milú había estado allí desde el principio: la primera noche, las rutinas, las reconciliaciones, los silencios,…
Era imposible pensar en Lauren sin recordar también aquel paseo junto al mar donde todo había empezado.
Ella pareció seguir exactamente el mismo hilo de pensamiento.
Se acercó despacio y acarició el cuello de Milú.
—Gracias.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Por qué le das las gracias?
Lauren sonrió sin apartar la mano del perro.
—Porque fue él quien decidió sacarte a pasear aquella noche.
Negué con la cabeza riendo.
—Creo que la cronología era al revés.
—Déjame romantizar la historia.
—Eso se te da demasiado bien.
—Lo sé.
Me devolvió una mirada tibia y se quedó a mi lado, dejando que el sonido del mar llenara el espacio entre los dos.
El sol empezaba a bajar lentamente, tiñendo el agua de tonos anaranjados y violetas, mientras el viento suave de la tarde traía el murmullo de los demás al fondo.
Pero fue precisamente esa paz la que duró poco.
Iriome apareció de pronto a nuestro lado rompiendo el encanto, cámara instantánea en mano y con cara de no aceptar un «no» por respuesta.
—Que nadie se mueva —ordenó.
Asier suspiró al instante, echando la cabeza hacia atrás.
—Ya estamos...
—Quiero una foto conmemorativa.
—Puedes hacerla por ahí.
—Pero tenemos que salir todos.
—No.
—Sí.
—No.
Lauren levantó una mano.
—Pues yo quiero la foto.
Asier la miró unos segundos y después levantó las manos en señal de derrota.
—Cinco contra uno.
—La democracia funciona —sentenció Iriome.
Colocó la cámara sobre una roca, activó el temporizador y salió corriendo hasta nosotros. En el último segundo pasó un brazo por encima de mis hombros mientras Lauren se pegaba a mi lado y el obturador sonó…
Click.
En apenas unos segundos la fotografía comenzó a revelarse lentamente. Nos reunimos alrededor de ella: cinco grandes sonrisas, Milú sentado delante y el mar detrás. Nada extraordinario pero, precisamente por eso, perfecta.
Lauren sostuvo la foto entre los dedos durante unos segundos.
—Me gusta.
—Está un poco torcida —dijo Asier, inclinando la cabeza para analizarla.
—Eso también me gusta, le da personalidad.
Iriome sonrió satisfecho cruzando los brazos.
—Decid lo que queráis, pero esa foto va directa a un marco.
Con la caída definitiva del sol, la temperatura bajó y la luz se redujo a la pantalla iluminada de un altavoz portátil que alguien acomodó sobre una piedra.
La conversación se volvió más pausada entre cerveza, risas flojas y el murmullo de las olas.
Una canción fue dando paso a otra hasta que empezó a sonar un tema antiguo, uno de esos clásicos ridículos que habíamos cantado mil veces de fiesta.
Lauren levantó la cabeza al instante, reconociendo los primeros acordes.
—No me lo puedo creer... —murmuró, llevándose una mano a la cara.
Iriome ya se estaba poniendo de pie con esa sonrisa suya que siempre anunciaba desastres.
—Es un clásico, Lauren. No se le puede hacer un feo a la historia.
—Ni se te ocurra, Iriome.
—Demasiado tarde.
Dio dos pasos teatrales sobre la arena y le tendió una mano con una inclinación exageradamente ceremoniosa.
—¿Me concede este baile, señorita?
Lauren rompió a reír, negó con la cabeza y, tras buscar mi mirada durante medio segundo como pidiendo auxilio en vano, le aceptó la mano y se dejó arrastrar hacia la orilla.
Los dos empezaron a moverse de la forma más ridícula posible sobre la arena.
Asier se llevó una mano a la frente.
—Madre mía, qué vergüenza ajena.
—Admite que quieres unirte —dijo Noa.
—Prefiero ahogarme.
—Y ahora toca cambio de pareja —añadió Iriome mientras cogía a Noa y a Asier de la mano.
Lauren me miró desde la improvisada pista de baile.
—¿Vas a quedarte ahí tú solo?
Negué con la cabeza.
—Pero no pienso hacer el ridículo.
Ella sonrió.
—No puedes hacerlo peor que la primera vez que bailamos.
Suspiré teatralmente.
—Utilizar un recuerdo es injusto.
—Pero funciona.
Me levanté y ella tomó mi mano. Durante unos minutos, el resto del mundo desapareció y en mi mente nos imagine bailando lentamente de nuevo en aquel parking. No bailábamos especialmente bien, nunca lo habíamos hecho. Pero tampoco importaba porque no teníamos que impresionar a nadie.
Era uno de esos instantes insignificantes, pequeños mientras ocurren, pero que solo con el paso del tiempo entiendes que se han convertido en un recuerdo.
Mientras Lauren apoyaba la cabeza sobre mi hombro, miré alrededor: Iriome bailaba mientras se reía de cualquier cosa, Asier fingía que todo aquello le daba exactamente igual, aunque sonreía sin darse cuenta; y Noa, disfrutaba con una tranquilidad que hacía mucho tiempo no veía en ella.
Esa escena me invitó a reflexionar. Durante semanas tuve miedo de perder a Lauren pero no me di cuenta de que, intentando proteger lo que más quería, también había empezado a perder todo esto.
Y entonces pensé que la felicidad se parecía a cinco amigos viviendo el momento, un perro dormido sobre la arena... y la sensación de que, por una vez, el tiempo había decidido quedarse quieto un rato más.
Nos quedamos allí hasta que la música se apabulló y el cansancio venció a las ganas de seguir bailando.
Apagamos el altavoz, sacudimos la arena de las toallas entre bromas a medio gas y recogimos las latas vacías a la luz de las linternas de los móviles.
El viento de la costa había cambiado de rumbo, volviéndose más denso y húmedo.
Para cuando echamos a andar en fila india hacia el coche, el cielo nocturno se había cerrado por completo.
Lauren levantó la vista al cielo, ajustándose la chaqueta.
—Va a llover.
Detuve el paso un segundo, extendí la mano hacia arriba y sentí una primera gota fría impactar de lleno sobre mi palma.
—Sí...
Y entonces, la lluvia empezó cuando todavía nos estábamos despidiendo. No era una tormenta violenta, sino apenas una llovizna fina que iba oscureciendo lentamente el asfalto mientras las farolas comenzaban a reflejarse sobre la carretera mojada.
Iriome fue el último en abrazarme.
—La próxima vez organizo yo la fiesta.
Lauren soltó una risa.
—Eso da muchísimo miedo.
—Lo dice la persona que casi incendia una cocina intentando hacer una tortilla —añadi.
—Fue una vez.
—Fueron tres.
Asier negó con la cabeza.
—Las estadísticas favorecen claramente a Iriome.
—Gracias, Asier. Sabía que alguien inteligente acabaría dándome la razón.
Noa apareció entonces junto a Lauren y le dio un abrazo corto.
—Llámame cuando llegues —murmuró Noa.
Lauren asintió.
—Lo haré.
Nos despedimos uno por uno.
Durante un instante me quedé observándolos: cinco personas, cinco vidas completamente distintas que, de alguna forma, habían terminado encontrándose. Hacía unas semanas habría dado cualquier cosa por volver a vernos así y allí estábamos, riéndonos como si nunca hubiera existido ninguna grieta.
—¿Nos vamos? —preguntó Lauren.
Asentí.
Milú ya nos esperaba dentro del coche, tumbado en el asiento trasero con esa expresión resignada de quien acepta a aquellos que siempre tardan demasiado en despedirse.
—Buenas noches.
—Conducid con cuidado.
—Vosotros también. Nos vemos mañana.
Subimos al coche. Arranqué despacio mientras Lauren bajaba un poco el volumen de la música. Por el retrovisor vi cómo Iriome seguía haciendo gestos exagerados hasta que giramos la esquina y sonreí.