La Marea de tu Memoria CAPÍTULO 8 - ROMPIENTE #6
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CAPÍTULO 8 - ROMPIENTE #6

Mientras terminaba de preparar nuestra reserva, nos dejó unos minutos en una pequeña sala de espera decorada con relojes antiguos, mapas y fotografías de habitaciones misteriosas.

El silencio apareció casi sin pedir permiso.

Antes, un momento así habría terminado con Lauren enseñándome cualquier vídeo absurdo del móvil o apoyándose distraídamente sobre mi hombro mientras esperábamos.

Ahora simplemente permanecía sentada frente a la pantalla.

Reconocí inmediatamente el logotipo de la marca, respondía un correo concentrada, moviendo ligeramente el pie bajo la silla.

No pude evitar preguntarme cuántas de aquellas fechas que revisaba pertenecían ya a la vida que empezaría dentro de un año.

Aparté la mirada antes de darme cuenta de que llevaba demasiado tiempo observándola.

—¿Qué pasa? —preguntó ella al notar mi silencio.

Parpadeé.

—Nada.

Lauren mantuvo mi mirada apenas un segundo más.

—¿Seguro?

Asentí con una sonrisa pequeña.

—Sí.

Ella devolvió el gesto pero los dos supimos que era mentira.

Por suerte, Iriome apareció justo entonces con una máquina expendedora entre las manos.

—¿Alguien quiere una chocolatina?

—Acabas de comer —dijo Noa.

—Eso fue hace cuarenta minutos.

—Impresionante capacidad de recuperación.

—El cerebro consume glucosa.

—Tú consumes cualquier cosa.

—Porque pienso mucho.

Asier soltó una risa breve.

—No.

—Qué poco apoyo encuentro en este grupo.

Me descubrí sonriendo. Iriome seguía teniendo ese extraño talento para abrir pequeñas ventanas de aire cuando una conversación empezaba a quedarse sin oxígeno.

El monitor volvió pocos minutos después.

—Ya está todo preparado.

Nos levantamos casi al mismo tiempo.

Mientras caminábamos por el pasillo, observé de reojo a Lauren. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de la sudadera. Yo recordaba perfectamente otra costumbre suya, cuando caminábamos juntos, siempre buscaba mi mano casi sin darse cuenta. Aquella tarde no lo hizo y yo tampoco.

El pasillo desembocaba en dos puertas enfrentadas. Sobre una podía leerse Sala A, sobre la otra, Sala B.

El monitor se giró hacia nosotros.

—Hoy vais a competir por equipos.

Iriome dio una palmada.

—Perfecto.

—Los grupos ya están asignados.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Asignados?

—Sí.

Consultó una tablet.

—Equipo uno: Iriome, Asier y Noa.

Vi cómo Noa evitaba durante un instante mirarme. Fue apenas un segundo pero lo suficiente para que algo me resultara extraño.

—Equipo dos: Lauren y Aday.

Lauren levantó ligeramente las cejas.

—Curiosa casualidad.

El monitor sonrió.

—Las habitaciones están diseñadas para funcionar así.

Iriome levantó ambas manos teatralmente.

—Bueno... mala suerte.

—Mucha casualidad veo yo aquí —murmuré.

—El destino existe —respondió él con demasiada rapidez.

Asier carraspeó discretamente.

—No empieces.

No le di demasiadas vueltas y entramos.

La puerta se cerró detrás de nosotros con un golpe seco y el sonido del cerrojo resonó por toda la habitación.

Era una estancia ambientada como el despacho de un antiguo farero.

Había mapas náuticos cubriendo las paredes, una gran mesa de madera llena de brújulas, libros desgastados, cajas cerradas con candados y una maqueta enorme de un faro iluminada por una luz tenue. El ambiente olía a madera vieja y sal.

Durante unos segundos ninguno habló.

Lauren fue la primera en romper el silencio.

—Empiezo por la estantería.

—Yo miraré el escritorio.

Asintió.

Nos repartimos la habitación con una coordinación casi automática.

Encontré una llave escondida dentro de un sextante y ella descubrió un compartimento secreto detrás de un mapa.

—Necesito el código de cuatro cifras.

—Creo que está relacionado con las coordenadas.

—Puede ser.

Seguimos moviéndonos: nos pasábamos objetos, abríamos cajones, probábamos combinaciones, … Todo funcionaba eficientemente. Y, sin embargo… Había algo profundamente extraño.

Meses atrás habríamos convertido aquello en una competición absurda. Lauren habría celebrado cada pista como si acabáramos de descubrir un tesoro y yo habría fingido resolver acertijos imposibles solo para escucharla protestar. Ahora apenas intercambiábamos frases necesarias.

—¿Has encontrado algo?

—No.

—Prueba ese cajón.

—Vale.

Silencio.

Mientras intentaba abrir un candado, me descubrí pensando en algo que me hizo bajar la vista.

Nunca imaginé que pudiera sentirse tanta distancia dentro de una habitación tan pequeña.

No era una distancia física, al fin y al cabo Lauren estaba a menos de cuatro metros.

Podía escuchar cómo pasaba las páginas de un libro antiguo, podía verla mover el pelo detrás de la oreja cada vez que se concentraba, podía reconocer incluso el perfume que llevaba.

Y, aun así… Sentía que hacía semanas que no conseguía alcanzarla de verdad.

Seguimos avanzando durante varios minutos más hasta que el juego dejó de avanzar. Habíamos abierto todas las cajas, resuelto todos los acertijos, encontrado todas las llaves. Y aun así una última puerta permanecía cerrada. Probamos todas las combinaciones posibles pero nada.

Lauren volvió a revisar el mapa mientras yo repasaba las notas.

Silencio. Más silencio. Y finalmente, dejé escapar el aire y me senté sobre el suelo apoyando la espalda contra una pared.

—Creo que estamos bloqueados.

Lauren permaneció unos segundos de pie y después hizo algo inesperado, se sentó a mi lado. La habitación quedó completamente en silencio, solo se escuchaba el zumbido lejano del sistema de ventilación.

Lauren apoyó lentamente los codos sobre las rodillas, me observó durante unos segundos y entonces habló con una calma que me dio más miedo que cualquier discusión.

—Aday...

Tragué saliva… Sabía que ya no estábamos hablando del escape room.

Había aprendido a reconocer sus silencios casi tan bien como sus palabras. Sabía cuándo estaba cansada, cuándo algo le preocupaba o cuándo simplemente necesitaba quedarse quieta un rato. Pero aquel silencio era distinto: pesaba.

—Aday...

Su voz apenas fue un susurro.

Levanté la vista.

—¿Sí?

Lauren entrelazó las manos con nerviosismo.

—Te echo de menos.

La frase me desarmó porque llevaba semanas sintiéndome exactamente igual.

Bajé la mirada hacia el suelo.

—Estoy aquí.

—Pero no del todo.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. No era un reproche, era una constatación. Como decir que estaba lloviendo, que el mar tenía olas o que algo entre nosotros había cambiado.

Lauren dejó escapar lentamente el aire.

—Echo de menos cuando me mirabas... sin estar pensando en otra cosa.

Quise responder enseguida. Negarlo, decir que eso no era verdad, pero las palabras no llegaron porque sí lo era.

Me apoyé mejor contra la pared.

—Lo intento.

Lauren sonrió con tristeza.

—Ya lo sé.

Otra pausa.

La habitación parecía mucho más pequeña que antes.

—¿Sabes cuál fue el momento en el que empecé a darme cuenta? —preguntó Lauren.

Negué despacio.

Ella bajó la vista.

—Hace unas semanas.

Esperó unos segundos antes de continuar.

—Fuimos a surfear.

Sentí un pequeño nudo formarse en mi pecho, sabía exactamente de qué día hablaba.

—Cogiste una ola... —continuó ella—. Y cuando terminaste, me buscaste.

Asentí lentamente.

—Pero yo ya no estaba donde esperabas que estuviera.

Sonrió con una tristeza tan serena que dolía todavía más.

—Había remado un poco más hacia delante.

Recordé perfectamente aquella escena. El agua, las olas ocultándola y la sensación de verla cada vez más lejos.

Lauren volvió a mirarme.

—Aquel día entendí que ya no me estabas mirando a mí.

Fruncí el ceño.

—Claro que te estaba mirando.

Negó muy despacio.

—No.

Silencio.

—Ya no me miras, solamente te imaginas el lugar en el que estaré.

Aquellas palabras atravesaron algo dentro de mí porque eran ciertas, dolorosamente ciertas.

Apoyé los codos sobre las rodillas y escondí el rostro entre las manos durante unos segundos.

Cuando volví a levantar la cabeza, ya no tenía sentido seguir escondiéndome.

—Creo que... empezó antes.

Lauren esperó. Siempre hacía eso, nunca interrumpía las verdades difíciles, simplemente escuchaba.

Respiré hondo.

—¿Recuerdas aquella película?

Una sonrisa cansada apareció en sus labios.

—La del tren.

Asentí.

—Aquella noche pensé que nunca podría imaginarme una vida sin ti.

Hice una pausa.

—Y meses después... empezaste a recibir los correos de la marca.

Mi voz salió mucho más baja.

—Las reuniones, los calendarios, los viajes, …

Lauren permanecía completamente inmóvil.

—Y un día... sin darme cuenta…

Tragué saliva.

—Dejé de verte donde estabas.

Levanté la vista hacia ella.

—Empecé a verte donde imaginaba que estarías.

Ninguno habló durante unos segundos.

Lauren respiró despacio como si acabara de comprender algo.

—Por eso...

La vi unir las piezas como si estuviera resolviendo el verdadero puzle de aquella habitación.

—No era que quisieras retenerme…

Negué inmediatamente.

—Nunca.

Ella sonrió apenas.

—Era que llevabas meses despidiéndote de alguien que todavía seguía aquí.

Aquella frase me hizo bajar la cabeza porque resumía exactamente todo lo que yo había sido incapaz de explicar. Lauren seguía allí, a mi lado. Y, aun así… Había empezado a echarla de menos antes incluso de perderla.

Lauren rompió el silencio.

—Todavía no me he ido.

La miré.

—Lo sé...

Mi voz apenas era un hilo.

—Pero llevo meses sintiendo que sí.

Lauren cerró los ojos un instante.

—No quería hacerte sentir eso.

Negué con firmeza.

—No lo has hecho tú.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces quién?

Pensé la respuesta durante unos segundos. Era extraño, había pasado tanto tiempo culpándome a mí mismo, culpando a la marca, culpando al futuro… Y de pronto entendí qué era realmente lo que me estaba destruyendo, algo mucho más silencioso y lento.

La miré.

—¿Sabes qué es lo peor?

Lauren negó despacio.

Tomé aire.

—Que ya ni siquiera sé qué respuesta quiero escuchar.

Ella permaneció inmóvil.

—Si mañana me dijeras que te quedas... respiraría tranquilo.

Sonreí con tristeza.

—Pero si mañana me dijeras que te vas... al menos dejaría de imaginar todas las posibilidades.