CAPÍTULO 7 - MAREA ALTA #11
La voz de Noa me hizo levantar la cabeza. Estábamos en la cafetería del hospital, no recordaba haber aceptado quedar con ella, ni siquiera recordaba haber bajado hasta allí. Solo tenía delante un café completamente frío.
Noa me observó en silencio y después suspiró.
—Mirate. Tienes una pinta horrible.
Volví a sentarme en la silla lentamente.
—Gracias.
—Era un comentario con cariño.
Sonreí apenas.
Noa removía distraídamente el café sin llegar a beberlo. Habíamos pasado varios minutos sentados frente a frente sin decirnos gran cosa, a veces el silencio también es una forma de acompañar a alguien. Finalmente, fue ella quien terminó rompiéndolo.
—¿Cómo estás?
Solté una risa seca.
—¿De verdad quieres que responda a eso?
Negó con una pequeña sonrisa.
—No.
Bajó la vista hacia la taza.
—Pero necesitaba preguntarlo.
Volvimos a quedarnos callados y después de unos segundos, hablé yo.
—Tengo miedo.
Noa no respondió enseguida, simplemente esperó, como si supiera que todavía quedaba algo más.
—Tengo miedo de que despierte...
Tragué saliva.
—...y me mire como si nunca me hubiera conocido.
Las palabras me pesaban más una vez pronunciadas.
Noa dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Sabes qué creo?
Negué con la cabeza.
—Creo que, si eso ocurre... el que tendrá que recordarla serás tú.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Recordarla?
—Sí.
Levantó la vista.
—Porque ella no es solo lo que recuerde cuando despierte, también es todo lo que ha vivido y todo lo que la convirtió en quien es ahora.
Guardé silencio.
—Y tú has estado ahí para verlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y si no sirve de nada?
Noa sonrió con tristeza.
—¿Desde cuándo haces las cosas solo porque sabes que van a salir bien?
No pude responder porque nunca había sido así.
Ella continuó.
—Aday... llevas semanas luchando contra algo que todavía no ha ocurrido. Creía que tras lo ocurrido con la campaña de la marca habías comprendido que no puedes dejar que el futuro te robe el presente.
Noa apoyó los codos sobre la mesa.
—No puedes decidir qué va a recordar cuando despierte, no puedes decidir cuándo abrirá los ojos, ni siquiera puedes decidir cómo terminará todo esto.
Hizo una pausa.
—Pero sí puedes decidir qué hacer mientras esperas.
Aquella frase se quedó suspendida entre nosotros.
Miré distraídamente hacia el ventanal de la cafetería.
—No quiero que olvide nuestra vida.
Noa sonrió con una dulzura que hacía mucho tiempo no veía.
—Entonces no permitas que se pierda.
Fruncí ligeramente el ceño.
Ella negó despacio con la cabeza.
—Los recuerdos desaparecen, Aday. Nos pasa a todos, cada día olvidamos un poco: cómo olía un lugar, qué palabras dijo alguien, la forma exacta de una sonrisa, …
Respiró hondo.
—Pero hay cosas que permanecen intactas mientras alguien las tenga presente.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
Y de repente pensé en la playa, en Milú, en la librería, en la gerbera, en el clavel, en la primera ola, en el campeonato, en el escape room,…
Y por primera vez, comprendí que el verdadero enemigo no era la amnesia…
sino el tiempo. Porque incluso aunque Lauren despertara recordándolo todo…
algún día esos recuerdos también empezarían a desdibujarse.
Levanté lentamente la vista hacia Noa y no hizo falta que dijera nada más. Ella debió verlo en mi cara.
—¿Ya sabes qué vas a hacer?
Asentí muy despacio, sentía el pecho lleno de algo que todavía no sabía nombrar.
Me levanté de la silla.
—Gracias.
Noa sonrió.
—Ve.
Salí de la cafetería casi sin darme cuenta de hacia dónde caminaban mis pies. Crucé el vestíbulo del hospital, junto al mostrador había una pequeña tienda. Entré, compré una libreta y un bolígrafo. Luego, volví a la habitación de Lauren, me senté a su lado y abrí la primera página.
Durante varios minutos fui incapaz de escribir una sola palabra… solo la miraba a ella. Dormía exactamente igual que la primera vez que la vi quedarse dormida en mi cama, tan plácidamente.
Sentí cómo me temblaban ligeramente las manos, respiré hondo, apoyé la punta del bolígrafo sobre el papel y empecé: Aday conoció a Lauren una noche en la playa mientras paseaba a su perro Milú.
Me detuve, sonreí y negué con la cabeza.
—No, no era así.
Taché la frase, cerré los ojos, me la imaginé de nuevo sobre aquella ola… y volví a empezar.
Porque esta historia no se merecía un resumen, merecía ser vivida otra vez.
“En cuanto cierro los ojos, los recuerdos invaden mi mente y regreso a cuando todo empezó.
Era finales de julio. Llevaba dos meses viviendo en una pequeña casa en Famara que mi familia me había cedido. Aunque el pueblo me era familiar desde pequeño, esta vez lo veía con otra perspectiva.
Aquel viernes, tras pasar la tarde recorriendo las calles del centro de Arrecife y hojeando libros en una pequeña librería de segunda mano, regresé a la casa de verano.
Apenas crucé la puerta, dejé la mochila a un lado y llamé a Milú, mi husky de pelaje gris oscuro y ojos azul claro.
Movía la cola con entusiasmo mientras le acariciaba suavemente y le ponía la correa para salir a caminar por la orilla.
La playa estaba tranquila, bañada por la luz de la luna que se reflejaba en el agua. Caminaba descalzo y la arena se escurría entre mis dedos mientras el sonido de las olas acompasaba mi respiración. Entonces, al levantar la vista hacia al horizonte, la vi: Una silueta que danzaba sobre el mar.
Su figura elegante recorría la ola con una fluidez inusual mientras yo permanecía inmóvil, hipnotizado admirando la belleza de sus movimientos….”
Con cada palabra, cada párrafo y cada capítulo todo volvió a empezar.
Estas páginas nunca fueron una novela ni pretendieron publicarse; son solo líneas escritas a mano para desafiar al olvido.
Lauren… las he escrito para devolverte un primer beso, un amanecer, una gerbera, un clavel, el miedo, el mar y la vida que hemos construido juntos.
Si me lo permites, diría que tu memoria se parece al océano: cambia, se agita o descansa en silencio, y solo estando frente a él se puede comprender.
Pero no hay tormenta que me asuste: sé que, pase lo que pase, seguiremos surfeando juntos y por eso jamás le tendré miedo a La marea de tu memoria.
La miré una vez más y seguí escribiendo, hasta escribir la última frase:
Si algún día olvidas quién soy...
...recuérdame.
~ Aday.
[1] Floater: Maniobra de surf en la que el surfista sube y se desliza sobre la cresta o labio de una ola que está rompiendo.
Sirve para superar una sección cerrada o vertical y continuar en la pared abierta de la ola.