La Marea de tu Memoria PRÓLOGO #6
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PRÓLOGO #6

– Me doy cuenta —dije, más seco de lo que pretendía—. Pero no quiero herir a nadie.

Asier me miró con atención, serio.

– No decidir también es una decisión —dijo.

Apreté los dedos contra el borde del jacuzzi.

– Noa es mi amiga. Siempre lo ha sido. Y Lauren… —me quedé en silencio—. Lauren es importante para mí.

– Eso ya lo sabemos —intervino Iriome—. Lo que no sabemos es si tú de verdad eres sincero.

Levanté la mirada.

– ¿Qué quieres decir?

– Que miras a Lauren como si el mundo se callara —dijo Iriome—. Y miras a Noa como si tuvieras miedo de perder algo.

Asier asintió lentamente.

– Les estás dando esperanzas a ambas —dijo Asier.

– Noa no se está acercando de nuevo porque sí, nunca le dejaste de gustar y ve a Lauren como una amenaza. Y Lauren no se ha metido al agua de esa forma porque el mar sea su hogar, le da miedo vuestra conexión.

Negué con la cabeza.

– Ella es así. El mar es su sitio.

– Hoy no —respondió Asier—. Hoy era una barrera.

Tragué saliva.

– No quiero elegir mal.

– No se trata de elegir bien o mal —dijo Asier—. Se trata de ser honesto, con ellas y contigo.

Iriome sonrió con suavidad.

– Y de dejar de pensar que vas a romper algo solo por decir lo que sientes. A veces lo peor es avanzar sin decir nada.

Bajé la mirada al agua. Las burbujas estallaban contra mi piel.

– Necesito tiempo.

– Bueno, aquí estamos si necesitas guiarte —respondió Asier.

– Gracias chicos, de verdad.

Nos quedamos allí un rato más, hablando de temas comunes mientras el cielo se llenaba de estrellas poco a poco y luego bajamos a comer.

La cena fue sencilla. Demasiado, quizá, para lo cargado que estaba el ambiente.

Noa había preparado pasta con lo que los chicos habían comprado en el supermercado, y todos nos sentamos alrededor de la mesa de la terraza, con el mar extendiéndose sobre el oscuro y quieto horizonte frente a nosotros.

El sonido de los cubiertos chocando contra los platos marcaba un ritmo incómodo.

Lauren comía despacio, sin apenas levantar la vista. Noa hablaba más de lo habitual, llenando los silencios con anécdotas pequeñas que no llevaban a ninguna parte. Por mi parte, yo asentía, sonreía cuando tocaba, y sentía que cada gesto era un equilibrio frágil.

En un momento dado, las miradas de Lauren y Noa se cruzaron apenas un segundo. Pero ese instante fue suficiente para que la tensión se notara.

– ¿Damos un paseo luego? —pregunté.

– ¡Claro, me parece una idea genial! —exclamó Iriome.

– No me opongo —comentó Asier.

– Yo iría contigo a donde sea —dijo Noa.

– Por mí no habría problema —añadió Lauren.

Al principio, el paseo por el pueblo fue silencioso.

Las calles de El Cotillo estaban prácticamente desiertas e iluminadas por farolas cálidas que proyectaban sombras suaves sobre las fachadas blancas.

Lauren iba rezagada unos metros detrás del grupo por lo que aminore la marcha y me puse a su lado.

El mar se escuchaba levemente acompañado del murmullo de la conversación de los chicos.

Me mantuve unos segundos caminando a su ritmo en silencio, ella caminaba con las manos en los bolsillos de la sudadera esperando a que le dijera algo.

– Lo de hoy… —empecé.

– No me pasa nada —dijo antes de que terminara—. Ha sido un día largo.

La mire de reojo. Y luego miré al frente, los demás se alejaban cada vez más.

– No parecía solo cansancio.

Ella sonrió, pero fue una sonrisa incompleta.

– A veces cuesta mantenerse a flote.

Nos detuvimos frente a una pequeña plaza y el silencio volvió a envolvernos, pero esta vez no era incómodo sino expectante.

Respire hondo y posé mi mano derecha sobre su mejilla.

– Me importa lo que piensas —dijo—. Y me importa lo que sientes.

Ella levantó la mirada hacia mí.

– Entonces dímelo… —respondió en voz baja.

– Te…

Antes de que pudiera reunir el valor, unas voces rompieron el momento.

– ¡Eh! —gritó Noa desde el final de la calle—. ¡Os habíamos perdido!

Se acercó a Lauren y entrelazó su brazo con el de ella mientras le comentaba algo en voz baja.

El resto del grupo se unió y continuamos caminando juntos, hablando de cualquier cosa: del desayuno del día siguiente, de la playa, del ferry de vuelta.

La conversación fluía y parecía que se habían solucionado los problemas aunque en el fondo sabíamos que algo se había roto sin romperse del todo.

Llegando al apartamento, Lauren se adelantó para subir a su habitación.

Noa se quedó un poco atrás conmigo.

– ¿Todo bien? —preguntó.

– Sí —respondí—. Todo bien.

Ella asintió, aunque sus ojos decían otra cosa, como si quisiera decir algo, que finalmente no dijo. Subió las escaleras y desapareció tras la puerta del apartamento.

Me quedé solo en el rellano, escuchando cómo el eco de sus pasos se apagaba. Desde la ventana del pasillo entraba el murmullo lejano del mar, constante e indiferente.

Pensé en llamar a Lauren. En decirle algo, cualquier cosa. Pero no supe qué.

Así que subí las escaleras despacio, con la sensación incómoda de haber dejado algo importante sin decir, sin saber aún que hay silencios que, cuando se alargan demasiado, empiezan a hacer ruido.