La Marea de tu Memoria
© inepub.com
PRÓLOGO
La arena se extendía como un manto interminable bajo la luz tenue del atardecer mientras las olas avanzaban y retrocedían a un ritmo constante.
Ella estaba sentada cerca de la orilla, con las piernas recogidas y la mirada fija en el movimiento del mar.
Entonces, una silueta apenas dibujada por la claridad que se resistía a desaparecer se acercaba.
– Siempre estas aquí a la misma hora. —comentó la mujer—. Justo cuando el color del atardecer comienza a oscurecerse.
Ella asintió sin mirarla a la cara.
La mujer de piel pálida llevaba los zapatos en la mano y el pelo recogido en un moño bajo. No se presentaron; durante unos segundos solo existió el sonido del agua arrastrando la arena.
– ¿En qué piensas? —preguntó la mujer.
Ella tardó en responder. Con la mirada perdida en el horizonte, se había desconectado de la voz que le hablaba. El murmullo del agua y el crujido de la arena bajo sus dedos la habían llevado lejos, a un lugar donde la memoria se confundía con la nostalgia.
– En alguien —dijo al fin.
– ¿Alguien importante?
Ella dejó escapar una breve sonrisa.
– Sí… —volvió a fijarse en el mar.
– ¿Hace mucho que no está? —preguntó la mujer.
Ella cerró los ojos un instante.
– No lo sé, desde entonces… —respondió— …el tiempo dejó de ser normal.
– Pero, ¿duele menos? —insistió la mujer, con cuidado.
Ella negó despacio.
– Duele distinto. Ya no es una herida abierta, sino… un dolor que vive conmigo.
El viento levantó una pequeña nube de arena y la mujer se llevó la mano al rostro mientras la chica describía de extraña manera en como la memoria se convertía en refugio, en cómo los recuerdos se vuelven casi físicos, capaces de llenar vacíos que nunca terminan de cerrarse.
– Es curioso —dijo la voz—, cómo se aprende a vivir con lo que falta. Al principio parece imposible, como si el mundo se hubiera detenido. Pero luego… luego uno descubre que la ausencia también enseña.
Ella asintió, sin apartar la mirada del mar.
– Sí. Enseña a escuchar el silencio y a reconocer que hay huellas que no se borran aunque las olas lo intenten.
Se quedaron en silencio y después, la mujer se incorporó y sacudiéndose la arena de las piernas.
– Bueno, ha sido un placer charlar contigo —dijo—. El mar se entiende mejor desde varias perspectivas.
Ella levantó la vista.
– Gracias.
La mujer sonrió antes de alejarse por la orilla, dejando huellas que el agua borró sin esfuerzo.
Ella permaneció sentada un rato más mientras el viento soplaba con suavidad, y en ese instante, la ausencia se hizo presente de nuevo, no como un vacío, sino como una compañía silenciosa.
CAPÍTULO 1 - LAUREN
En cuanto cierro los ojos, los recuerdos invaden mi mente y regreso a cuando todo empezó.
Era finales de julio. Llevaba dos meses viviendo en una pequeña casa en Famara que había pertenecido a mis padres. Después de que fallecieran unos meses atrás, mi familia había insistido en que me quedara allí una temporada. Decían que necesitaba cambiar de aires…
… y quizá tenían razón.
Aquel viernes, tras pasar la tarde recorriendo las calles del centro de Arrecife y hojeando libros en una pequeña librería de segunda mano, regresé a casa.
Apenas crucé la puerta, dejé la mochila a un lado y llamé a Milú, mi husky de pelaje gris oscuro y ojos azul claro.
Movía la cola con entusiasmo mientras le acariciaba suavemente y le ponía la correa para salir a caminar por la orilla.
La playa estaba tranquila, bañada por la luz de la luna que se reflejaba en el mar.
Caminaba descalzo por la orilla mientras, con cada paso, la arena se escurría entre mis dedos y el sonido de las olas acompasaba mi respiración.
Fue entonces, unos pasos más adelante, cuando al levantar la vista hacia al horizonte la vi: una silueta que danzaba sobre el mar.
Su figura elegante recorría la ola con fluidez, una inusual…
…como si danzara sobre el agua mientras yo, hipnotizado admirando la belleza de sus movimientos, permanecía inmóvil.
Entonces, realizó un Floater [1] desplazándose sobre la cresta de la ola con una técnica avanzada mientras retomaba la velocidad que había perdido tras unos trucos simples.
Quedé absorto mientras la figura se acercaba a mi lentamente, impulsada por la ola.
Era una chica de tez pálida y ojos verdes, tenía las mejillas rosadas debido al esfuerzo y el pelo anaranjado recogido con un moño.
—Heey. —Me dijo amablemente acompañado de un gentil gesto de saludo.
—Hola. —le respondí —. Tu técnica es muy buena, hasta me han entrado ganas de entrar al agua.
—Pues a qué esperas, ¡hazlo!
—Vaya, tristemente no he traído tabla
Se le escapó una leve sonrisa.
—Es una pena.
—¿Y cuándo empezaste a practicar surf? —pregunté, intentando desviar la conversación.
—Empecé con este deporte hace dos años, aunque desde pequeña he convivido en un ambiente surfero.
—¿Solo dos años? —le pregunté atónito—. Tu técnica parece la de un veterano o del mismísimo poseidón.
—Me has pillado, soy una sirena que ha escapado de casa.
Ambos soltamos una breve carcajada.
Mientras la risa aún resonaba en el aire, no pude evitar fijarme realmente en ella por primera vez.
La miré de arriba a abajo y de cerca, el impacto era mayor: vestía un traje de neopreno negro con detalles blancos en forma de hojas de palmeras y poseía una belleza natural que me resultaba extremadamente atractiva.
—Una sirena, eh... Eso explica porque no me suena tu cara. Al fin y al cabo, esta es una isla pequeña y los surfistas con un mínimo de nivel no pasan desapercibidos. Además, un turista no estaría aquí a estas horas por lo que ser una sirena es la mejor explicación.
—Vaya, no esperaba encontrarme un detective en la playa. —nos reímos—. Deja que me presente, mi nombre es Lauren Dumont, tengo veinte años y me acabo de mudar desde Biarritz.
—Conque Biarritz… —La fuerte corriente de sus playas es muy parecida a la de Famara, pensé—. Yo me llamo Aday, Aday Betancor. —Incliné mi brazo derecho hacia delante y ella me apretó la mano suavemente—. Encantado de conocerte.
—Encantada de conocerte, Aday. ¿Y este grandullón quién es? —preguntó, mientras acariciaba a Milú.
—Este es mi perro, Milú. Parece que le caes bien.
—El sentimiento es mutuo —respondió con una risita, sin dejar de acariciarlo.
Me quedé escuchando el timbre de su voz un segundo antes de soltar la pregunta que me rondaba la cabeza:
—Por cierto, no te lo he dicho pero tu español es muy bueno. ¿Cómo aprendiste?
—Mi madre proviene de San Sebastián y me enseñó el idioma desde pequeña. —explicó, mirándome con una sonrisa nostálgica—. Así que en casa siempre hemos tenido esa mezcla español-vasco-francesa.
—¡Qué guay! Eso explica tu acento tan limpio —comenté.
Al hacer un gesto relajado con el brazo, alcancé a ver de reojo la hora en mi reloj y con ello me fijé en que la luz comenzaba a cambiar y la marea a subir; se estaba haciendo tarde.
—Bueno, es hora de que vuelva a casa. Si vas hacia la entrada del pueblo y te apetece acompañarnos, podemos seguir hablando un poco más por el camino.
Lauren se incorporó, sacudiéndose suavemente la arena de las rodillas y dándole una última caricia a Milú en la cabeza.
—Me parece un buen plan —asintió con un entusiasmo dulce—. Ya he terminado la sesión de hoy y tengo el coche aparcado justo por allí. Así no me vuelvo sola.
Caminamos por la orilla de la playa mientras hablábamos con calma, Milú corría delante nuestra mojándose las patas en el agua.
En el trayecto Lauren me contó que había venido a Lanzarote a estudiar.
Le pregunté porqué había elegido un destino tan remoto y tranquilo, a lo que ella respondió, sin darme detalles, que Lanzarote tenía algo que la llamaba.
También, me dijo que estaba alquilando un apartamento en Arrecife y yo le conté que trabajaba en una librería en esa ciudad, “El Cardón Literario”.
Sin darnos cuenta, habíamos llegado al aparcamiento. Se paró al lado de una vieja furgoneta Volkswagen y apoyó su tabla contra la carrocería.
—Bueno, voy a ir recogiendo antes de que empiece a refrescar —dijo, sacando una toalla del maletero para secarse el cabello—. Me ha gustado mucho hablar contigo. Buenas noches, Aday.
—Podr... —empecé a decir, pero me frené en seco. ¿En qué estaba pensando? —. Lo mismo digo, Lauren. Buenas noches. Conduce con cuidado.
Le hice un gesto de despedida con la mano y empecé a alejarme en dirección a mi casa. Sin embargo, antes de girar la esquina, escuché su voz llamándome desde el aparcamiento:
—¡Aday! ¿Tienes… instagram?
Me di la vuelta con una sonrisa disimulada y me acerqué de nuevo. Sacó su teléfono, se lo tomé un segundo y escribí mi usuario en el buscador.
—Listo. Te acepto la solicitud en cuanto llegue a casa —le dije devolviéndole el móvil.
Ella miró la pantalla un instante y, de pronto, se le escapó una sonrisa traviesa. Levantó la mano haciendo el gesto del Shaka (🤙) y me miró fijamente.
—¿"La vida son dos días 🤙"? ¿En serio?
Sentí cómo se me enrojecían las mejillas al instante.
—Qué vergüenza… —exclamé tapándome la cara—. Tampoco hacía falta que hicieras el gesto para burlarte de mi biografía.
Ambos nos reímos a carcajadas.
—Bueno, ahora sí te dejo irte, Aday —dijo ella guardando el teléfono con guasa—. No vaya a ser que te entre la prisa por disfrutar de la vida.
—Ja, ja. Qué graciosa —respondí negando con la cabeza, aunque sin poder borrar la sonrisa—. Anda, nos vemos pronto.
Cuando llegué a mi casa, le quité la correa a Milú, cogí mi teléfono y me tiré al sofá.
Me quedé en blanco mirando el techo unos minutos hasta que decidí que era el momento de aceptar la solicitud de Lauren.
Su perfil tenía una descripción minimalista y dos publicaciones: en la primera, aparecía una playa de grandes olas y en la otra, su tabla de surf rodeada de flores de origami.
Fue en esta segunda publicación donde encontré la excusa perfecta para iniciar la conversación
Aday: Heey,
Me encantó la foto de la tabla con las flores de origami,