EPÍLOGO I CUATRO AÑOS DESPUÉS
E l tiempo en las Orcadas no cura; erosiona.
Habían pasado cuatro años desde la Marea de Octubre. Cuatro años de gobierno conservador en Londres. Cuatro años de silencio en Westray.
James Macleod estaba sentado en el banco de piedra frente al mar. Tenía cincuenta y cuatro años, pero parecía un hombre de setenta. Su pelo era completamente blanco. Su cara estaba surcada de arrugas profundas, canales excavados por la culpa y el salitre.
Friedrich, su hijo, escribía desde Alemania.
Estudiaba ingeniería. Decía que Berlín era emocionante, que el futuro se estaba construyendo allí.
Macleod leía las cartas con una mezcla de orgullo y terror.
Sabía que el mundo estaba girando hacia la oscuridad otra vez, y sabía que él había ayudado a empujarlo un poco al quemar aquella caja.
Bella salió de la casa y se sentó a su lado. Sus manos estaban peores. Los nudos de la artritis eran como piedras bajo la piel. Ya casi no podía ejercer la medicina.
Se quedaron mirando el horizonte, donde el Atlántico y el mar del Norte chocaban en una espuma blanca y violenta.
—¿Te acuerdas? —preguntó Bella. No necesitaba especificar de qué.
—Cada noche —respondió Macleod.
El recuerdo del fuego. El olor del plomo fundido. La sensación de ser pequeño, cobarde y sucio.
Macleod miró sus manos. Eran manos viejas, inútiles. Habían fallado en 1924. Habían elegido la seguridad sobre el honor. Y esa elección le había corroído el alma más que cualquier ácido.
Sintió una punzada en el pecho. No era dolor físico; era una determinación fría, cristalizada tras cuatro años de remordimiento.
Se había prometido algo.
La próxima vez.
Si el destino, en su crueldad circular, volvía a llamar a su puerta... si la historia volvía a exigir un precio... esta vez no pagaría con su dignidad.
Esta vez no quemaría la verdad para calentarse.
Miró a Bella. La amaba más que a su vida. Y precisamente por eso, sabía que no podía volver a fallarle. No podía dejar que muriera al lado de un cobarde.
—Bella —dijo Macleod con voz ronca—. Se acerca algo. Lo siento en el aire. Como en 1916. Como en 1924.
—Lo sé —dijo ella, mirando al este, hacia Europa—. Friedrich está allí.
—Si vuelve a pasar... —Macleod apretó el puño sobre la rodilla de su pierna mala—. Si tenemos que elegir otra vez...
—No elegiremos el silencio, James —le interrumpió ella. Se giró y sus ojos grises, por primera vez en cuatro años, tuvieron un destello del viejo acero—. Ya hemos vivido suficiente tiempo de rodillas. La próxima vez, nos pondremos de pie.
—Aunque nos cueste la vida —dijo Macleod.
—La vida ya la gastamos esa noche en la cocina —respondió Bella—. Lo que nos queda es propina. Gastémosla bien.
Macleod asintió. Miró al mar embravecido. La seguridad que habían comprado con la traición de 1924 se había agotado. Se sentía preparado. No buscaba la muerte, pero ya no le temía. Le temía más a vivir otro día sintiéndose sucio.
Unas semanas después, llegaría un telegrama.
Una foto de un hangar en Alemania. Un plan de vuelo.
Y James Macleod, el Ícaro viejo y cojo, se ataría las alas de cera una última vez, sabiendo que iba a caer, pero decidido a hacerlo desde lo más alto, donde el aire es limpio y el fuego purifica en lugar de consumir.
Pero por ahora, solo había viento. Y dos viejos espías esperando la redención.