Capítulo 99
Maddie se alejó de la puerta trasera y corrió por la cabaña.
Harriett, de rodillas, intentó obstaculizar su avance.
Pero un miedo visceral recorría el cuerpo de Maddie, convirtiéndola en una fiera incontenible.
Arremetió contra Harriett como si estuviera hecha de espuma.
Llegó a la puerta principal y la abrió de un tirón justo antes de oír el disparo y sentir que un dolor ardiente le atravesaba el costado izquierdo.
La fuerza de la bala la hizo caer hacia delante sobre la puerta, que se cerró.
Cuando se apartó, vio el orificio de salida en la parte baja de su vientre, en el lado izquierdo, donde la camiseta se teñía de rojo.
La sangre también salpicaba la puerta. El dolor iba y venía, eclipsado por la adrenalina que le corría por las venas.
Agarró el picaporte de la puerta; cuando estaba a punto de abrirla, sintió que Bernard la sujetaba de la camiseta.
—Mira lo que me has obligado a hacer —le susurró al oído—. Esto no será ni la mitad de divertido si te mueres enseguida. Pensaba tomármelo con calma.
La hizo girarse y, con un tirón violento, le rasgó la parte delantera de la camiseta, dejando sus pechos al descubierto.
Ladeó la cabeza mientras le inspeccionaba el pecho.
Luego pasó el dedo por el punto del pecho izquierdo, donde años atrás le había grabado un corazón negro en la piel.
Ya no estaba allí; lo sustituía una cicatriz irregular.
—Borraste mi obra —la acusó—. Esto no puede quedar así, ¿verdad?
El dolor ardiente en su costado parecía tener vida propia y la pérdida de sangre empezaba a debilitarla.
Mientras Francis contemplaba la cicatriz en su pecho, Maddie se echó hacia atrás y le lanzó un cabezazo directo a la nariz.
Oyó crujir el cartílago y el hueso al romperse.
Un chorro de sangre brotó de las fosas nasales de Francis, que retrocedió tambaleándose.
Al mismo tiempo, la sangre cubrió los ojos de Maddie, procedente del corte que le cruzaba la frente hasta la nariz.
Además de la bala que le había atravesado el costado, el impacto del cabezazo contra el cráneo de Bernard la dejó mareada.
Dio dos pasos vacilantes hacia delante y quedó de nuevo a su alcance.
Entonces le lanzó una patada a la entrepierna.
Él aulló de dolor y cayó de rodillas. Maddie se giró y, como un borracho al marcharse de un bar, avanzó en zigzag hacia la puerta principal.
Pero antes de que pudiera alcanzarla, Francis se lanzó hacia delante y le sujetó el tobillo.
Fue suficiente para que Maddie se estrellara de cara contra el marco de la puerta.
Exhausta por la pérdida de sangre, cerró los ojos e hizo un esfuerzo por apagar la mente y dejar que se la llevara lejos. Casi había cedido al sopor cuando sintió que tiraba de su pierna y la arrastraba de vuelta hacia la cocina.
—Voy a traerte de nuevo al club del corazón negro antes de matarte —dijo Bernard con voz nasal.
Maddie sintió que la sujetaba del cabello para levantarla y la empujaba con fuerza hasta sentarla en la silla de la cocina.
Indefensa, no pudo impedir que le atara las muñecas a la silla con bridas de plástico.
Abrió los ojos cuando sintió que le desabrochaba el sujetador por delante y le apoyaba un cuchillo contra el pecho izquierdo.