La marca del psicópata Capítulo 71
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Capítulo 71

Monroe apartó la vista de la mujer de pantalones cortos con el tatuaje sensual en la pierna y miró a su compañero; sonrió y arqueó una ceja.

Pero antes de que este pudiera devolverle la sonrisa, su cara estalló en una nube roja.

Monroe parpadeó varias veces hasta que su cerebro asimiló la escena.

Entonces reparó en el orificio abierto en la frente de su colega, justo encima del ojo derecho.

Cuando volvió la cabeza hacia la mujer, se encontró mirando directamente el cañón humeante de la pistola.

—Si intentas usar el arma, te mataré igual que maté a tu compañero —le advirtió ella—. Sal del vehículo.

Monroe levantó las manos del volante.

—Ya he avisado por radio —dijo—. Los refuerzos están en camino.

La mujer sonrió.

—Entonces te conviene darte prisa.

Abrió la puerta y le hizo un gesto para que bajara. Él obedeció y ella le arrancó la pistola del cinturón.

—Date la vuelta.

Monroe hizo lo que le ordenaba.

—Abre el compartimento trasero.

Él negó con la cabeza.

—No puedo.

Inmediatamente después oyó el disparo y sintió un dolor abrasador en la parte posterior de la pierna izquierda. Se desplomó, aullando, cuando la rodilla le estalló y rodó por el suelo.

La mujer se plantó sobre él.

—No voy a aceptar más negativas. Abre la parte trasera de la furgoneta o te pegaré un tiro en la frente y averiguaré yo sola cómo hacerlo.

Le apuntó al rostro y Monroe alzó las manos.

—No dispares.

—¡Abre!

—Las llaves están en mi cinturón.

—¡Dámelas!

Se llevó la mano al cinturón. El dolor le hacía temblar todo el cuerpo. Con los dedos rígidos, encontró el llavero y lo sacó. Lo sostuvo en alto y advirtió que tenía la mano empapada en la sangre de la pierna herida.

La mujer cogió las llaves y corrió hacia la parte posterior. En cuanto la perdió de vista, rodó boca abajo y empezó a arrastrarse hacia el asiento del conductor, apoyándose sobre los codos. Si lograba meterse en la furgoneta, arrancaría y huiría a toda velocidad.

Gruñía cada vez que se impulsaba con los brazos; los mocos y la saliva le corrían por la cara.

Alcanzó la puerta abierta y comenzó la dolorosa lucha por ponerse de pie.

Le chorreaba sudor por el cuerpo, en parte por el calor de la mañana, pero sobre todo por el esfuerzo desesperado.

Se sentía mareado y temía caer al suelo; el campo de visión se le estrechaba.

Aferrándose al cinturón de seguridad, se impulsó hacia arriba.

Justo cuando consiguió asomar la barbilla por encima del asiento del conductor, miró al otro lado: la puerta del copiloto se abrió y la mujer se inclinó sobre su compañero muerto.

Metió el brazo, pulsó el botón de arranque para apagar el motor y después cogió el mando del salpicadero.

—¿No habrás pensado que iba a dejar que te fueras sin que Francis pudiera despedirse, ¿verdad?

Por encima del hombro de la mujer apareció el rostro de Francis Bernard. Ella le había quitado el casco de traslado y su expresión no denotaba ni ira ni preocupación: solo una seriedad fría. Y entonces, de pronto, sonrió.