La maldición del dragón 68
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E s una sensación tan surrealista que ni siquiera emito ningún sonido. Una extraña sensación de calma se apodera de mí mientras el viento me aúlla en los oídos y el frío de la cima de la montaña me envuelve.

Pia, Dazni, Myla y Ember salen disparados también. No son más que formas oscuras en contraste con el cielo negro azabache. Apenas visibles bajo la enorme silueta de Lucan envuelta por un halo de chispas.

El corazón se me empieza a acelerar y a latir de una manera más errática que nunca. Mi piel se ondula . Siento cada respiración entrecortada de pánico como si me desgarrara los pulmones.

El mundo da vueltas mientras caemos en picado. Lo que estaba abajo, ahora está arriba. Arriba es abajo. El cráneo se me va a partir en dos mucho antes de que se estrelle sobre las rocas de debajo.

El rugido de Lucan inunda la noche y me sacude los huesos con un terror espeluznante.

Otra ráfaga de luz, esta vez anaranjada, explota a su alrededor.

A medida que la magia se desvanece, él regresa a una forma similar a la que yo conozco bien.

Con la excepción de las alas de dragón, que todavía le sobresalen de la espalda; una de ellas rota y colgando en un ángulo extraño.

Tiene medio cuerpo cubierto de sangre. El disparo le ha golpeado más de lo que creía.

Tengo que salvarlos. Salvarlo a él.

Me retuerzo en el aire gélido en un intento por llegar hasta él, hasta todos ellos. Aunque no sé lo que haría si lo consiguiera.

Escamas cobrizas le suben por el cuello y se arrastran por sus mejillas. Las manos apenas son humanas, pues sus uñas son negras y afiladas. Está muy débil; es como si su cuerpo intentase volver a su estado humano normal, pero no pudiera acabar por completo.

La idea errante de la noche que me caí durante el Tribunal regresa; el viento vibrante que noté. Cómo consiguió atraparme contra todo pronóstico. Él se atrevió a usar su magia entonces, también para salvarme.

En ese momento lo arriesgó todo por mí, y ahora también.

Tengo que hacer lo mismo por él. No podemos morir así. Nos quedan demasiadas cosas que hacer a todos. La verdad sobre Valor, la investigación de mamá, el azote, cómo salvar a este mundo, y la magia que llevo dentro… Nada de eso puede acabar aquí.

—Este no va a ser el final —juro mientras el viento me sopla en las orejas a toda la velocidad y mi cuerpo sigue cayendo en picado hacia el suelo.

Piensa, Isola. Piensa. Hay tanto poder en mi interior. Tengo que ser capaz de usarlo por mí misma. Úsalo, Isola. ¡Úsalo!

Atraigo todo el Éter que me rodea. No me importa. No importa si podría darme la fuerza para detenerlos. Un grito me desgarra al tiempo que una corriente me hunde en una ola de poder repentino.

La sensación del Éter de Lucan y el mío fluyendo aquel día en el Tribunal regresa, corriendo entre nosotros incluso a esta distancia.

La nariz se me llena de un humo que deja el rastro de mi silueta maltrecha. El fuego chisporrotea a mi alrededor, pero se apaga antes de que pueda convertir el aire en un infierno. Sendas de humo gris se enrollan a través del aire donde antes había estallidos de Luz de Éter.

Como si me calentara desde dentro, puedo sentir las cicatrices que me hicieron a los doce años. Él ha sido parte de mí todo este tiempo, grabado sobre mi corazón. Me convirtió en lo que siempre he sospechado que era, en lo que siempre he temido más que a nada.

Deja de estar tan asustada, Isola. El vicario y su Credo fueron quienes te dijeron que tuvieras miedo . ¿Y si me rindo? ¿Y si dejo de luchar contra ello?

Mi cuerpo se retuerce, se agita, se rompe, estalla.

Respiro con dificultad mientras me revuelvo en el aire.

Me duelen las articulaciones. Tengo la piel muy tirante y me la araño, haciéndome sangrar, como si fuera un pelaje que tengo que mudar.

Dos espadas invisibles me presionan el pecho y atraviesan mis pulmones para luego salir lentamente por la espalda.

Perforan la piel provocando un dolor tan punzante e intenso que roza el placer.

Grito tan fuerte que mi voz crece hasta ser un rugido.

Dos alas membranosas se despliegan y se extienden a mis espaldas.

Las veo en el contorno de mi sombra sobre la nieve de abajo.

Atrapan el viento y ralentizan mi caída.

El instinto hace que intente batirlas, que intente salvarme la vida, pero nunca he hecho algo así; son rebeldes y extrañas.

Los brazos y las piernas me crecen. Se cubren de escamas y, a medida que lo hacen, el dolor empieza a desvanecerse.

Todo empieza a desaparecer poco a poco. Cosas que eran tan importantes y de pronto no tanto.

Vinguard es poco más que un recuerdo lejano, más vago cada segundo que pasa.

El dolor por la pérdida de padre, de Saipha…

Saipha .

No. Aprieto unos dientes demasiado afilados en un hocico demasiado largo. No la voy a olvidar. No voy a sucumbir a la bestia. No voy a dejar que se apodere de mí. Mi magia es mía.

Un estallido de Sombra de Éter sale disparado de mí en forma de cintas carmesí. No hay oro ni tampoco llamas naranjas. Es tan rojo como la sangre que derramé por el altar de la Gran Capilla de la Piedad. Me la imagino envolviendo a los otros, agarrándolos como unas manos con garras.

Respiro. Y después hay una onda expansiva de luz carmesí y vapor acre. El mundo entero parece dar una bocanada conjunta y se queda a oscuras.

Obligo a mis ojos a abrirse y luego parpadeo.

Estoy en el suelo, aunque no recuerdo el golpe.

Los otros están aquí también. Ruedan sobre la nieve profunda del amplio risco en el que hemos aterrizado, inconscientes pero moviéndose un poco.

Se sacuden involuntariamente. Respiran. Están heridos y cubiertos de sangre, pero están vivos.

Siento una presión en el pecho cuando diviso a Lucan. Está ahí, justo fuera de mi alcance. El ala que le queda sigue colgando en un ángulo espeluznante. Pero veo el subir y bajar de su pecho. Está aguantando, pero necesita ayuda.

La nieve sobre la que he aterrizado se ha derretido formando un círculo en torno a mí.

Coloco las manos en la piedra oscurecida que hay entre nosotros, lista para treparla, pero percibo algo…

anómalo. La piedra no está ennegrecida como el humo o el fuego, o incluso la onda expansiva de Éter.

Es de un color gris oscuro, igual que en la Pila, cuando mi sangre goteó sobre la piedra.

Solo que ahora está ligeramente manchada de rojo.

¿Sangre? No… Aparecen más manchas.

Me pongo de rodillas e inclino la cabeza hacia atrás y miro al cielo. Motas diminutas de lo que parece ceniza de un color rojo brillante caen como la nieve. El cielo nocturno que antes estaba moteado de nubes ahora está cubierto por una neblina amenazadora de color rojo oscuro desde la que cae.

Temblando, subo el brazo hacia atrás, y doy un grito ahogado cuando me veo la mano.

Tengo los dedos forrados de escamas carmesíes, y unas uñas del color de la obsidiana se extienden de mis dedos con unas puntas afiladas.

El ala se dobla para encontrarse con mis manos transformadas.

La veo por el rabillo del ojo, y luego estiro el cuello para verla mejor.

La estructura huesuda del ala está cubierta de diminutas escamas carmesíes del mismo tono.

La membrana es de color pizarra y está moteada con remolinos rojos, como si estuviera pintada para ir a juego con el azote que nubla el cielo sobre nosotros.

Las alas emiten una neblina que vi por última vez en las fosas de quebranto.

Horrorizada, cierro los ojos y espero a despertarme, con la esperanza de que no sea más que una visión, igual que cuando el poder de la Pila fluía dentro de mí, pero no lo es y lo sé. Abro los ojos y parpadeo ante mis manos con garras y escamas. Rojas…

Niego con la cabeza. Existen los dragones cobrizos, verdes, morados, azules, amarillos y plateados. Está el imponente Dragón Anciano, que es blanco y gris. Pero nunca, en toda mi vida, he oído hablar de un dragón rojo.

¿Qué…? ¿Qué soy?

Las palabras que Lucan me dijo hace unos días regresan a mí: «Te guste o no, Isola, eres especial» .

Contemplo el suelo marchito que tengo debajo.

Con cada inhalación que doy, el azote que emite mi cuerpo me llena los pulmones, crepitante pero no doloroso.

No daña mi cuerpo como sí que lo hace con la tierra.

Me siento… poderosa . Inclino la cabeza hacia atrás y dejo salir un grito que es mitad terror y mitad triunfo, un grito que se convierte en un rugido como nunca antes se ha escuchado.