24. Capítulo 24 #3
Valda soltó el aire con un gruñido y la atrajo con fuerza hacia ella, sujetándola por la cintura.
—Tú no me das órdenes —murmuró contra su oído—. Yo te las doy a ti.
El contacto entre ambas las hizo quedarse quietas por un momento. Valda se adaptó a la sensación mientras Maris se aferraba a las sábanas.
Valda ya tenía grabado en la memoria cada detalle del cuerpo de Maris, pero verla estremecerse bajo ella la enloquecía.
—Ahora usa esa boca tan bonita —susurró—. Deja que todos sepan a quién perteneces.
El movimiento lento arrancó de Maris un gemido entrecortado. Valda besó la comisura de sus labios mientras avanzaba un poco más. El cuerpo de Maris era cálido, suave y se aferraba a ella.
Aunque deseaba cerrar los ojos y perderse en la sensación, los mantuvo abiertos. Observó cómo sus labios se abrían, cómo el sudor comenzaba a formarse en su frente y a resbalar por su cuello y pecho. La sostuvo con más firmeza, una mano en su cintura y la otra subiendo hasta su cuello.
Maris rozó con la lengua la punta de su dedo, y el movimiento de Valda vaciló.
—¡Valda! —exclamó Maris, arañando su antebrazo—. Más duro… por favor.
«Ahí está. El ruego que tanto me gusta».
Valda suspiró, apoyando el rostro en su hombro mientras aumentaba el ritmo. Quería oírla, sentirla perder el control, verla desmoronarse entre sus brazos.
—Eso es… déjate ir.
Sus movimientos se volvieron más firmes; el sonido de sus cuerpos resonando en la habitación.
Maris se aferró con fuerza a su brazo, su cuerpo reaccionando a cada embestida. Valda memorizó cada imagen: sus manos, su pecho, la forma en que se arqueaba.
Maris era un regalo. Y si tuviera que volver a perder la vista, si tuviera que vivir sin volver a tocarla, preferiría morir.
La rodeó con los brazos, besando su piel bajo el lóbulo de la oreja mientras continuaba moviéndose con insistencia.
—¡Valda! —gritó Maris .
Su nombre en su boca era la melodía más hermosa.
Si los dioses lo permitieran, la tendría cada noche, cada mañana. Había imaginado tantas veces ese momento en la oscuridad. Y aun así, la realidad superaba todo.
La observó con reverencia. El sudor hacía brillar su piel como si fuera una diosa. Su cabello color mar, sus ojos entornados, sus labios entreabiertos, el temblor de su cuerpo.
Todo era suyo.
—Que rica estás, Caracol.
Maris alzó una mano y tomó su rostro, atrayéndola para besarla. Por un instante, Valda cerró los ojos, dejándose envolver por el calor de sus manos. Sus movimientos no se detuvieron, constantes, hasta que Maris comenzó a perderse bajo ella.
Entonces Maris se separó apenas, sujetando su rostro.
—No me voy a ir —susurró.
El aliento explotó en el pecho de Valda.
—No te vas.
—No me voy —repitió Maris, la voz quebrada—. No me voy. Te amo tanto.
—No me vas a dejar —respondió Valda con la garganta ardiendo, viendo una sombra de angustia cruzar su rostro.
—No puedo. No lo haré.
Maris echó la cabeza hacia atrás, estremeciéndose. Valda besó su cuello con suavidad, manteniendo el ritmo hasta que la sintió llegar al borde.
Con un grito ahogado, Maris se arqueó contra ella. Su cuerpo se tensó, temblando, hasta que un gemido profundo escapó de sus labios.
Valda la sostuvo con firmeza, moviéndose más despacio, acompañando las sacudidas que recorrían a su pareja hasta que sus pequeñas manos se aferraron a su muñeca.
Se quedó mirándola, casi en trance, tratando de memorizar cada detalle.
Y aun así, no era suficiente.
Necesitaba más.
Necesitaba verla estremecerse otra vez.
Maris solo veía estrellas blancas. Apenas podía moverse por la tensión en su cuerpo y el peso sobre ella. Cerró los ojos en cuanto sintió a Valda besarle el cuello, la clavícula y el espacio entre sus pechos. La oyó moverse a su alrededor y, de pronto, algo cayó al suelo con un golpe seco.
Las caricias de Valda le enviaban descargas eléctricas por todo el cuerpo. La piel se le erizó cuando la lengua de la reina rodeó su pezón izquierdo antes de gemir con satisfacción al envolverlo por completo con su boca caliente.
—Mi amor… —murmuró Maris, llevando una mano a la base de su cabeza—. Espera.
—Quiero más —susurró Valda mientras dejaba un rastro de besos húmedos bajando por su vientre—. Necesito más.
Sin pensarlo, casi por instinto, Maris abrió las piernas para su amante. Valda se arrodilló en el suelo y presionó el rostro con hambre contra su intimidad.
—Valda… espera, por favor.
Valda se detuvo. El aliento de Maris quedó atrapado en su pecho cuando los ojos color miel se clavaron en los suyos.
No tenía derecho a verse tan hermosa, con el cabello revuelto y los labios húmedos.
Maris se quedó hipnotizada por la forma en que la miraba, como si no existiera nada más en el mundo.
Tragó con dificultad. Extendió la mano en silencio, pidiéndole que se acostara a su lado.
Valda obedeció sin cuestionar. Maris se acomodó junto a ella y no pudo evitar besar esos hombros anchos y firmes mientras se acomodaba a su lado.
—Lo digo en serio —susurró, saboreando el sudor sobre su piel—. No me voy a ir.
Valda suspiró y la acomodó sobre su pecho. Tomó las sábanas y las subió para cubrirlas antes de mirarla.
—Si tienes que…
—No —la interrumpió Maris—. Me voy contigo a Oberón. Nos sentaremos y haremos un plan. Mi gente va a recibir la ayuda que necesita, pero solo si trabajamos juntas. Aquí están a salvo. Eyphah ha hecho de eso su propósito y sé que va a seguir cuidándolos mientras nosotras empezamos a movernos.
Valda asintió. Su rostro, aún oscurecido por el deseo, se suavizó.
—Podemos empezar enseguida. Haré el anuncio para bajar los impuestos, darles lo que necesitan… En cuanto regresemos, nos reuniremos con Dristan.
—¿Cuándo nos vamos?
Valda soltó una risa suave.
—Mañana al amanecer, si eso es lo que quieres.
Maris suspiró, apoyó la frente contra su clavícula y asintió. No quería perder ni un segundo. Quería arreglarlo todo. Si pudiera hacerlo con solo chasquear los dedos, lo haría.
Mientras el temblor de su cuerpo se calmaba, unas manos ásperas jugaron con su cabello, inclinándole la cabeza hacia atrás lo suficiente para encontrarse con esos ojos color miel, aún encendidos. Un calor volvió a instalarse en su vientre cuando la sonrisa de Valda se ensanchó.
—Vente una vez más… y te dejo descansar.