24. Capítulo 24
E l silencio incómodo la asfixiaba. No podía girarse para mirar a Valda. Ya sentía cómo se alejaba, cómo cerraba sus pensamientos y emociones mientras se apartaba del improvisado altar.
Si era sincera, Maris no sabía si debía quedarse.
Había tanto por hacer, tanto por aprender.
Unirse a su gente, convertirse en una más de ellos.
Descubrir todo lo que la hacía una mareña.
Tomar las manos de quienes habían luchado por sobrevivir veinte años atrás.
Aprender las tradiciones arraigadas, la historia, empaparse de sus comidas, de sus canciones.
Gobernar con amor y sanar los traumas que todos habían sufrido.
Aunque muchos hubiesen nacido en el Reino del Cielo, todos los mareños cargaban con una cicatriz invisible, colectiva, por lo ocurrido tantos años atrás.
Y aun así, Maris sabía que no podía hacerlo todo. Cargar tanto peso sobre sus hombros no le haría bien. Pero tenía que intentarlo… por ellos y por ella misma.
Debería quedarse…
Regresar significaba volver a la comodidad del abrazo de Valda, dejarse cuidar, hundirse en el amor apacible que prometían sus brazos. Abrir los ojos y verla. Cerrarlos y saber que estaría ahí, justo a su lado. Que la ayudaría en todo y con todo. Era tentador… y lo deseaba más que nada.
Si se quedaba en Oberón, podría tomar a Dristan por el cuello de la camisa, sentarlo frente a ella y decirle todo lo que debía arreglarse, no solo en el asentamiento, sino también en el Reino del Mar, y reconstruirlo con la ayuda de Valda .
Pero entonces… ¿cómo se sentiría volver por fin al Reino del Mar y ver sus playas, el castillo y los puentes levantarse de nuevo?
No podía hacerlo sola. Y por más que quisiera quedarse, reconectar, todavía tenía asuntos que atender en el castillo.
El asentamiento había funcionado bien bajo el liderazgo de Eyphah. Ahora tendría por fin la ayuda que siempre había querido. Maris nunca tomaría una decisión sin hablarlo antes con ella. Ya era una líder querida; Maris no veía razón para cambiar eso.
Si se marchaba con Valda, podrían coordinar toda la ayuda que su gente necesitaba.
Si se quedaba, tendría que enviar mensajeros al castillo.
Y ese pensamiento la llevaba de nuevo a Eyphah.
Siempre había sabido lo que los mareños necesitaban y tenía el carácter para alzar la voz cuando hacía falta.
Maris podría dejarla seguir en su papel… pero Eyphah no era la gobernante.
Maris rodó los hombros, sintiendo el peso incómodo de todas las decisiones que aún tenía que tomar. Decisiones que afectarían no solo su vida, sino la de su gente… y su relación con Valda.
Valda.
Aunque no quisiera admitirlo, a Valda no le gustaba la idea de que Maris se quedara.
Claro que, conociéndola, sabía que no se opondría si esa era su decisión.
Pero era evidente que no estaba feliz. ¿Cómo iba a estarlo?
Valda había deseado verla por tanto tiempo…
y ahora que por fin podía hacerlo, Maris estaba considerando quedarse en Nueva Agenor sin pensar en cómo eso la afectaría.
Aún en silencio, Maris contempló el tridente mientras Valda cambiaba el peso de un pie al otro. Podía sentir su incomodidad vibrando en su pecho, levantando una tormenta que no sabía si podría manejar en ese momento.
Valda salió de la casa y Maris la siguió de cerca.
Afuera, rodeada por los demás colonos, Eyphah hablaba de continuar la celebración esa noche: una celebración por haber encontrado a su heredera… a su reina.
Maris no pudo negarse. Prometió que estaría allí, que bailaría con su gente como la noche anterior.
Valda asintió de acuerdo justo cuando un grupo de niños comenzó a agitar las manos para llamar su atención. La reina los miró con cierta confusión, hasta que una chispa de asombro iluminó sus ojos. Maris sonrió al verla agacharse para saludar a Coljar, Lia y Kimmi .
El asombro de los niños era evidente, sobre todo cuando notaron que su campeona podía ver de nuevo. A Maris le pareció adorable cuando se presentaron otra vez ante ella. Y aunque Valda reía y hablaba con ellos, Maris sabía que no estaba del todo bien.
La tormenta volvió a agitarse en su interior.
Acababan de encontrarse… ¿Cómo iba a dejarla?
—¿Maris?
Maris salió de sus pensamientos y giró hacia esos ojos color miel. Valda le rozó el antebrazo al llamarla, y Maris no pudo evitar inhalar hondo al sentir el contacto de su piel.
—Lo siento. ¿Qué ocurre?
—Los niños y yo iremos a los lagos. ¿Quieres venir con nosotros? —preguntó Valda, sosteniendo la pequeña mano de Lia con la suya libre—. Anoche dijeron que querían ir hoy. No quisiera hacerlos esperar.
Maris parpadeó y dio un paso atrás para mirar las sonrisas educadas, casi esperanzadas, de los niños. Antes de responder, suspiró y se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Detrás de Valda, Coljar dejó escapar un «sí» apenas audible, y Kimmi le chocó la mano con emoción.
No quería hacerlo. Pero sabía que tenía que darle espacio a Maris para pensar, aunque una parte de ella quisiera tomar la decisión por ambas. Apenas la había encontrado, apenas había podido verla… ¿Por qué querría alejarse ahora?
No era justo. Pero eso no era lo que Maris necesitaba en ese momento. Necesitaba apoyo. Necesitaba tiempo para pensar y Valda le daría todo lo que hiciera falta.
Confirmando su decisión con un leve asentimiento interior, Valda se quitó la blusa y los pantalones.
Los dobló con cuidado y apoyó cerca de la orilla del lago, quedándose en las vendas del pecho y la ropa interior.
La reina hizo una mueca al sentir lo increíblemente fría que estaba el agua.
Claro, los niños estaban acostumbrados y Lia no perdió ni un segundo ante de salpicarla.
Valda soltó un jadeo al sentir el golpe helado contra el pecho. Se quedó inmóvil, la piel erizada.
Con un gruñido juguetón, alzó a Lia por una pierna y la hundió lentamente en el agua. Luego fue el turno de Coljar, que intentó trepar por ella. Valda lo levantó y lo lanzó a un lado mientras él chillaba de alegría.
Entonces escuchó la risa de Maris a su espalda. Le alegró el corazón saber que, a pesar de todo, estaba de buen humor. Dándole la espalda a los niños, la vio sentada junto a su ropa.
—¿No vas a entrar?
—¿Quieres que entre? —preguntó Maris en tono juguetón.
—Pregunté por algo… —siseó Valda cuando Coljar volvió a salpicarla, esta vez en la espalda—. Quizá puedas ayudarme a enseñarles una lección a estas bendiciones.
—Creo que puedes arreglártelas sin mí —respondió Maris y la sonrisa de Valda vaciló.
Maris titubeó, como si se diera cuenta de lo que acababa de decir.
—Quiero decir… puedes hundirles la cabeza unos segundos. Yo puedo salpicarlos desde aquí.
Con un giro de muñeca, Maris reunió agua del lago en una esfera y la lanzó contra la cabeza de Kimmi. La niña soltó un gritito y miró hacia ellas.
—¿Ves? —rió Maris mientras formaba otra esfera y la acercaba al rostro de Valda.
Era la primera vez que Valda veía el don de Maris tan abiertamente. Aunque solo fuera un simple cúmulo de agua, le impresionó. Alzó la mano y tocó la esfera. Sonrió para sí mientras sus ojos se deslizaban hacia el rostro de Maris.
¿Podía arreglárselas sin ella? Claro. Había vivido perfectamente antes de conocerla.
¿Quería hacerlo?
Suspiró, apoyó las manos en la orilla del lago y se impulsó hacia arriba para rozar sus labios con los de Maris.
No había necesidad de ocultar lo que sentía, ni de negar lo que eran.
Y, para su alivio, Maris no se apartó. La esfera de agua se deshizo, y la misma mano que la sostenía le acarició la mejilla mientras profundizaba el beso.
Su toque era dulce, lleno de afecto, y eso la hizo estremecer.
—¿Tienes frío, mi amor? —susurró Maris.
Valda sonrió contra sus labios.
—Si digo que sí, ¿me vas a calentar?
—Entonces no tienes suficiente frío.
Maris formó otra esfera y se la lanzó directo al rostro. Valda se tambaleó hacia atrás y cayó de nuevo al lago, salpicando a todos los niños.
Mientras escupía agua y se limpiaba los ojos, Maris se levantó, tomó su ropa y salió corriendo en la dirección contraria.
Al oír sus pasos apresurados, Valda salió del agua, se disculpó con los niños y fue tras ella.
El lago no era tan grande como para que pudiera esconderse.
Sin embargo, Maris se internó en la parte más frondosa del asentamiento, donde los árboles formaban un dosel suave sobre el agua.
Siguiendo sus huellas, Valda llegó a un lago más pequeño.
Maris tenía razón al llamarlos estanques.
Una hoja cayó desde las ramas, danzando en el aire hasta posarse en el centro. Entonces, como por arte de magia, el estanque comenzó a brillar con tonos azules y verdes que le robaron el aliento.
Valda se detuvo, ignorando el viento frío que se colaba en el aire de la tarde y su ropa interior empapada. Se arrodilló y tocó la superficie. Jadeó cuando el agua cobró vida en colores brillantes.
De pronto, el aire se le escapó de los pulmones cuando alguien la empujó dentro.
Al salir a la superficie, la risa melodiosa de Maris llenó el aire. Valda apartó los mechones oscuros de sus ojos y la vio frente a ella, con los brazos cruzados y una sonrisa descarada.
—La todopoderosa reina del Reino del Cielo se distrajo con los colores bonitos del lago y no vio el peligro detrás.
—Te juro, Maris, que estás jugando con fuego.
—Ay, para nada, mi amor. Estoy jugando con agua. ¿Quieres que vuelva a hacer el truco y te moje esa carita bonita?
Valda no podía enfadarse con ella, no cuando se veía tan adorable, fingiendo tenerla envuelta en su dedo. Igual la tenía, sí… pero Valda no iba a admitirlo.
Con un movimiento lento de su mano, una ráfaga de viento golpeó la espalda de Maris y la empujó al estanque junto a ella.