La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 8. Capítulo 8
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8. Capítulo 8

N o fue fácil acostar a Valda. Dos arrebatos repentinos de llanto la sacudieron antes de que al fin se quedara dormida.

Antes de que Kayden pudiera irse, la futura reina lo agarró y le rogó que matara la pena, que detuviera sus sentimientos por completo.

Pero, por supuesto, eso iría en contra de muchas cosas.

Encolerizaría a los dioses y, quién sabía, tal vez incluso traería más maldiciones.

Kayden se negó con la mayor dulzura que pudo, diciendo que solo podía calmarla lo suficiente como para que descansara, y Maris se alegró de que así lo hiciera. Valda necesitaba llorar la muerte de su madre.

Mientras Valda le suplicaba a Kayden, Maris se preguntó si sería prudente intervenir y decirle que todo estaría bien. Después de todo, Maris sabía lo que era perder a una madre y, aunque quisiera negarlo, aún cargaba con esa herida abierta.

Las manos de Maris flotaban sobre el cuerpo de Valda, preguntándose dónde debía tocar para calmarla.

No quería convertirse en el foco de su ira.

Mientras decidía qué hacer, Kayden se adelantó, negando con la cabeza.

Él se encargaría de esto por ahora. El hombre apretó a Valda en un fuerte abrazo, susurrándole algo al oído que Maris no alcanzó a entender.

De algún modo, eso calmó a la princesa, que dejó de llorar y se aferró a Kayden como si se le fuera la vida en ello.

—Todo estará bien —repitió Kayden, tomándole las mejillas y apartándose lo justo para mirar el rostro empapado de lágrimas de su amiga .

Maris observó en silencio mientras él acomodaba a Valda en la cama. Luego cruzó sus ojos azules con los de Kayden.

—Debes descansar —ordenó Kayden, echándole un último vistazo a Valda antes de dirigirse a Maris—. Has estado de guardia demasiado tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a tu cuarto y realmente dormiste allí?

Maris abrió la boca para responder, pero Kayden la interrumpió.

—Está exhausta. No creo que te necesite esta noche.

Ve. Descansa. Date un baño caliente. Me quedaré con ella unos minutos para asegurarme de que esté bien.

Necesito quedarme en el castillo y supervisar los preparativos para la coronación —Kayden movió una silla y la colocó cerca de la cama de Valda—.

Sé que estás preocupada; todos lo están.

—¿E-ella va a estar bien? —susurró Maris, sin querer despertar a Valda y luchando contra la necesidad de quedarse.

Las manos le temblaban; su respiración, agitada.

Se las apretó frente al pecho, queriendo esconder el temblor ante Kayden—.

Está demasiado alterada y sé lo que puede pasar cuando alguien está así —murmuró, un destello del rostro empapado en lágrimas de su madre cruzándole por la mente.

Maris sabía de lo que era capaz la gente cuando se sentía perdida.

—Estará bien; todos lo estarán —Kayden suspiró, se frotó las sienes y luego agitó la mano hacia Maris. Su nerviosismo y ansiedad se disiparon al instante.

Controlándose, Maris respiró hondo y asintió.

—Me voy entonces. Por favor, no dude en llamarme si necesita mi ayuda —dijo antes de mirar por última vez la figura dormida de Valda.

Valda parecía tranquila, y Kayden tenía razón al decir que Maris necesitaba descansar para atenderla en los días oscuros que se avecinaban. No iba a ser fácil.

Con un último suspiro, Maris salió en silencio de la cámara real.

El ambiente en los pasillos del Castillo Oberón estaba callado, herido y sombrío.

Los soldados de guardia llevaban un aire deprimido.

La moral estaba por los suelos. Su reina ya no estaba y sería reemplazada por una joven ciega.

¿Sería capaz de liderarlos y protegerlos?

Tardó un rato en llegar a las cámaras de las criadas.

Empujó la puerta y se sintió aliviada al ver que Melvian estaba despierta, leyendo un libro mientras una lámpara de aceite ardía débilmente a su lado.

Maris sonrió al ver la expresión sorprendida de su mejor amiga.

Melvian dejó rápidamente el libro en la mesita y se levantó para saludarla.

—Qué bueno verte —dijo Melvian al apartarse del abrazo—. ¿Te vas a quedar aquí esta noche? Sé que has estado en el cuarto de la princesa. Dormir en ese sofá debe ser súper incómodo.

—Lo es. Hoy me tomaré la noche libre.

—¿Está sola?

—No. El Señor Kayden está con ella. Se quedará un rato. Él fue quien me relevó.

Melvian asintió.

—Qué bueno que lo hizo. Llevas tanto tiempo en esto… —suspiró y la jaló para que se sentara en la cama—. ¿Quieres que te prepare un baño?

—Melvian, tú también debes estar cansada… —dijo Maris, avergonzada. Parte de ella disfrutaría que alguien más le preparara un baño por una vez.

—No me molesta, de verdad —Melvian sonrió—. Eres mi mejor amiga. Estamos para apoyarnos y ayudarnos, y pienso hacerlo.

Fue al baño, calentando algo de agua para Maris. Fatigada, Maris la siguió.

—Es una pena lo que está pasando —dijo Melvian mientras colocaba un caldero sobre el pequeño fogón.

Maris asintió y bajó la mirada, pensativa.

—Me siento tan mal por la princesa Valda, Melvian. Perder la vista y a su mamá —negó con la cabeza—. Está devastada. Me sorprende que no haya hecho una rabieta como cuando se enteró de que estaba ciega.

Melvian se volvió hacia Maris y asintió.

—Suele destruir cosas.

—No la culpo…

—¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Ella… ha tratado de…?

Maris bufó y negó con la cabeza.

—No ha hecho más que tratarme con respeto. Sí, coquetea, pero nada fuera de lo normal.

Melvian alzó una ceja.

—Yo también coqueteo —dijo Maris, encogiéndose de hombros—. Me gusta.

—Maris —Melvian chasqueó la lengua.

—Necesita una distracción, Melvian. Si yo puedo dársela, ¿por qué no?

—Solo diré que tengas cuidado.

—Lo tengo. Ella no es como la antigua princesa guerrera que mataba a cualquiera que intentara sobrepasarse.

—Eso es lo que me preocupa. ¿Crees que estamos condenadas?

—¿Condenadas? No lo creo. ¿Vulnerables? Por supuesto. Creo que la princesa lo sabe y quiere volver a entrenar lo más rápido posible, pero…

—¿Una reina ciega? ¿En un reino con tanta agitación civil?

—Melvian negó con la cabeza antes de tomar el caldero caliente y verter su contenido en la pequeña tina—.

No lo sé. Debes recordar que ella es la comandante del ejército.

Todas nuestras guerras se han ganado gracias a ella.

Si está ciega… —Melvian suspiró—. Suena como que nos estamos metiendo en tremendo lio.

He oído rumores de que el grupo de rebeldes responsable de la muerte del rey Brontes sigue suelto. ¿Puedes creerlo?

—Pensaba que habían muerto cuando el Reino del Mar cayó por el huracán.

Melvian se encogió de hombros.

—Es lo que he oído. La gente no está contenta con lo altos que están los impuestos.

Muchos están pasando hambre, sobre todo en el sur del reino.

Hay gente que nunca estuvo feliz con el gobierno de Brontes.

Cuando murió, no quisieron saber nada de Rionach ni de Valda.

La gente teme que Valda no sea lo bastante fuerte para evitar un golpe de Estado.

—¿Un golpe de Estado? ¿Por qué habría uno?

¿Hay alguien que se atrevería a desafiar a la princesa Valda por el trono?

—preguntó Maris, sintiendo un pavor hundirse en su pecho.

La simple idea de que alguien desafiara a Valda a un duelo en el estado que estaba la petrificaba.

Valda no era fácil de llevar, pero no merecía lo que le estaba pasando.

Incluso ahora, Maris quería volver a su cámara y asegurarse de que estuviera bien.

El duelo podía romper a una persona. La ausencia de un ser querido a veces desgarraba el corazón y el alma, dejando en su lugar un cascarón vacío. Ese vacío podía asfixiar al punto de empujar a alguien a tomar medidas drásticas.

Y Maris estaba aterrada de que Valda tomara una decisión como la de su madre.

Temblando, Maris soltó un suspiro y cruzó el brazo bajo sus pechos, volviendo a la conversación con Melvian.

—¿Hay siquiera alguien lo bastante fuerte para vencer a Valda?

Melvian se mordió el labio inferior.

—Hay muchas cosas que no sabemos al estar encerradas en este lugar.

Estamos protegidas del mundo exterior. Lo último que escuché es que más guardias reales y soldados están desertando de la monarquía y yéndose al sur.

Las últimas batallas de Valda fueron allí.

Estaba intentando disipar a esos grupos traidores.

Maris frunció el ceño y ladeó la cabeza, confundida.

—Tu como que sabes mucho.

—Tengo mis maneras de recopilar información además de ser bien preguntona.

—Aun así…

—Maris… Estoy confiándote esta información.

Con un gesto de la mano, Maris desestimó la vacilación de su amiga.

—Eres mi única amiga, Melvian. Tu secreto está a salvo conmigo, pero no puedo evitar preguntarme si sabes más.

Melvian asintió.

—Ay, sí sé más.

—Soy toda oídos.

Mordiéndose el labio inferior, Melvian se sentó en el suelo y clavó la mirada en Maris. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Maris, estudiándola antes de decir:

—Creen que la heredera al trono del Reino del Mar sigue viva.

Maris descruzó los brazos.

—¿Qué?

—Bueno, es más bien una leyenda. Dicen que la princesa nunca murió de verdad, que la trajeron a nuestro reino para vivir como plebeya.

Aunque, claro, después de la destrucción trajeron a muchos niños.

Así que, quién sabe —dijo Melvian, acercándose a Maris y tomándola del antebrazo—. Vamos a quitarte esa ropa sucia.

Maris se puso de pie, dándole la espalda a Melvian.

Unos dedos trabajaron los botones de la espalda del uniforme hasta que Melvian le quitó las prendas sucias, dejándola solo con el collar y el anillo de sus padres colgándole del cuello.

Maris fue directo a la tina y se deslizó dentro, dejando que el agua tibia desanudara sus músculos cansados y adoloridos.

Soltó un suspiro largo y satisfecho antes de recostarse y cerrar los ojos.