La madre Capítulo 93 — LA NOCHE ANTES
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Capítulo 93 — LA NOCHE ANTES

LA NOCHE ANTES

Domicilio de Irene Salgado, Madrid

Fernando se había acostado temprano, agotado por una semana entera de tensión acumulada, y a pesar de que dormía solo unas habitaciones más allá, Irene sintió, esa noche concreta, una soledad que ninguna presencia física cercana conseguía mitigar del todo.

Se quedó sentada en su despacho, el mismo lugar donde semanas atrás había abierto la caja fuerte por primera vez desde que todo esto empezó, repasando mentalmente cada detalle de lo que tenía que afrontar al día siguiente: la comparecencia formal ante el juez de instrucción, las preguntas que su propio abogado le había advertido que probablemente recibiría, la posibilidad real, ya no abstracta sino completamente concreta, de que aquella comparecencia marcara el inicio de un proceso que terminaría en una sentencia de prisión efectiva.

Pensó en Rubén, en cómo él habría afrontado, hace veinticuatro años, una noche similar antes de su propio juicio, sin ningún abogado de confianza que le ofreciera consejo estratégico, sin ningún cónyuge esperando al final del pasillo, sin ninguna certeza siquiera de que el sistema fuera a tratarlo con la mínima justicia que ella, a pesar de todo, todavía podía esperar razonablemente recibir.

Esa comparación, formulada con una honestidad que ya no se permitía evitar, le produjo una sensación de vergüenza que se sumaba a todas las demás emociones que llevaba semanas acumulando sin ningún descanso real entre una y otra.

Sacó del cajón cerrado con llave la fotografía de Marta que Rubén le había hecho llegar semanas antes, la misma que había guardado junto a los demás objetos que documentaban, pieza por pieza, la arquitectura completa de su propio crimen, y se quedó mirándola durante mucho tiempo, observando la sonrisa congelada de una adolescente que nunca llegaría a saber, ni siquiera ahora, toda la complejidad de las vidas que su muerte había terminado afectando durante un cuarto de siglo entero.

—Lo siento —dijo en voz alta, a la fotografía, a la habitación vacía, a nadie en particular que pudiera escucharla—. Sé que esto no compensa nada. Pero necesitaba decirlo en voz alta, al menos una vez, antes de que todo lo demás empiece a suceder.

Se quedó sentada así, en silencio, hasta bien pasada la medianoche, sin prisa alguna por subir a dormir. Aquella vigilia solitaria, por dolorosa que fuera, representaba quizás el primer acto de honestidad completa que se permitía consigo misma desde que todo había empezado.

En algún momento, escuchó pasos en la escalera, y levantó la vista justo cuando Fernando aparecía en la puerta del despacho, despierto a pesar de la hora, con una expresión preocupada que sugería que había notado su ausencia prolongada en la cama.

—No podía dormir tampoco —dijo él, entrando despacio, observando la fotografía de Marta todavía sobre el escritorio—. ¿Es ella?

—Sí.

Fernando se sentó en la silla junto a la suya, sin decir nada más durante un momento, simplemente acompañándola en aquella vigilia que ella había estado experimentando completamente sola hasta ese instante.

—¿Quieres hablar de lo de mañana?

—No estoy segura de que hablar vaya a cambiar nada de lo que tengo que enfrentar. Pero agradezco que estés aquí, conmigo, en lugar de dejarme sola con esto.

—Te dije que iba a estar a tu lado, Irene. Y lo dije en serio, aunque las cosas hayan cambiado completamente entre nosotros desde que me lo contaste todo.

Se quedaron sentados juntos durante el resto de la madrugada, sin necesidad de hablar mucho más, compartiendo simplemente la presencia del otro en un momento que ninguno de los dos había imaginado nunca tener que afrontar de esta manera tan directa, hasta que finalmente, ya casi al amanecer, decidieron subir juntos a intentar dormir, aunque fuera solo durante las pocas horas que les quedaban antes de que el día siguiente exigiera de ellos toda la fortaleza que pudieran reunir.

Ya en la cama, Fernando le tomó la mano por debajo de las sábanas, un gesto pequeño pero significativo que Irene sintió como la confirmación más clara, hasta ese momento, de que su decisión de volver no había sido solo una promesa pronunciada en un momento de debilidad, sino algo que él estaba dispuesto a sostener noche tras noche, incluso en las circunstancias más difíciles que ninguno de los dos había imaginado nunca tener que enfrentar juntos.