31. Un amigo
Capítulo treinta y uno
Un amigo
L as bodas de mi familia se organizan por teléfono y en cadena, como los incendios.
La de mi prima Vane se celebraba el primer sábado de septiembre y llevaba desde marzo generando llamadas. Yo calculo que en aquellos seis meses hablé con mi madre de la boda de Vane más de lo que hablé de mi propia vida, lo cual, visto ahora, era bastante conveniente para las dos.
El miércoles, mi madre montó el operativo en la mesa de su cocina.
—El sobre.
—Lo tengo.
—¿Cuánto pones?
—Lo que pongas tú.
—Pon lo mismo que yo pero no lo mismo que yo, que si abren los dos sobres y son iguales parece que lo hemos hablado.
—Lo hemos hablado.
—Ya, pero no tienen por qué saberlo.
Después vino la logística del coche, que la lleva mi tío Paco y que consiste en un sistema de recogidas de tres paradas que él diseña cada año y que cada año falla en la segunda. Después, la pamela. Después, la cuestión del pelo, que se abordó tres veces.
—Y no te lleves el bolso negro.
—¿Por qué no?
—Porque el negro es de invierno.
—Es un bolso, mamá.
—Es septiembre.
—Estamos a treinta grados.
—Estamos a treinta grados y es septiembre. Las dos cosas.
Y a la cuarta llamada de aquel miércoles, cuando ya estaba todo cerrado, dije lo que llevaba nueve días diciendo por dentro.
—Voy a llevar a alguien.
Silencio.
Yo estaba en mi cocina, de pie, con el móvil en la mano y la vitrocerámica apagada y nada que hacer, que es la peor postura para una conversación.
—¿A quién?
—A un amigo.
—Ah.
—Es un amigo.
—Que sí, hija, si te he oído.
Y ahí mi madre hizo la mejor interpretación de su carrera, y quiero dejar constancia de que me la creí entera.
—Qué moderno todo —dijo—. Ahora los amigos acompañan.
—Mamá.
—Yo lo digo bien. Antes ibas con un primo.
—Es que yo no tengo primos solteros.
—Tienes a Nacho.
—Nacho tiene diecinueve años.
—Pues por eso. —Cambió de tono, y ahí ya estaba trabajando en otra cosa—. ¿Y come de todo?
—¿Qué?
—Que si come de todo, que hay que decírselo a Vane para el catering. ¿Es alérgico a algo? ¿Es de esos que no comen carne?
—Come de todo.
—¿Seguro?
—Come huevos fritos con patatas a las once y veinte de la noche.
Y me arrepentí de aquello en el instante mismo de decirlo, y colgué a los cuatro minutos, y mi madre no volvió a preguntar absolutamente nada.
Ni el jueves. Ni el viernes.
El jueves, en la farmacia, dijo una sola cosa sobre el asunto, y la dijo mientras miraba el expositor de los caramelos de eucalipto y con las manos en la espalda:
—Yo no pregunto, hija.
—Ya.
—Yo ya solo observo. Como la Virgen.
La cadena. El viernes por la tarde entró en funcionamiento la cadena familiar y aquello fue un festival.
Mi tía Merche me llamó para preguntarme si era verdad.
Mi prima Sonia me llamó veinte minutos después para preguntarme si era verdad lo que le había dicho mi tía Merche.
Mi tío Paco me llamó, en teoría, para reajustar la segunda parada del sistema de recogidas, y a los cuarenta segundos me preguntó cuántos íbamos.
Y a las siete y media hubo videollamada.
Cuatro pantallas: mi madre, mi tía Merche, mi prima Sonia y una cuarta ventana negra que era mi tía Rosario, que nunca se ve porque tiene la cámara tapada con una pegatina desde 2020.
El tema oficial de la videollamada era la pamela.
Me la tuve que poner. Me la puse en mi cocina, sujetando el móvil con una mano y la pamela con la otra, y las cuatro opinaron durante once minutos sobre la inclinación.
—Más hacia la derecha.
—Que se te ve mucha frente.
—Es que la frente hay que verla, Merche.
—La frente hay que verla en las morenas.
—Lola es morena.
—Lola es castaña oscura.
—Rosario, ¿tú qué dices?
— (La ventana negra dijo que se veía muy bien.)
—Rosario, es que no ves nada, que tienes la cámara tapada.
— (La ventana negra dijo que ella ve perfectamente.)
—Mamá, ¿tú qué dices?
—Yo digo que se la quite.
—¿Cómo que me la quite?
—Que te la quites. —Mi madre se acercó a su cámara, que es lo que hace cuando quiere que se la oiga bien—. Esa pamela es de la hija de Maruchi y la hija de Maruchi mide un metro sesenta y tiene la cara redonda. A ti te tapa. Tú vas sin nada y te sueltas el pelo.
Hubo tres segundos de silencio en cuatro pantallas.
—Amparo, la pamela la conseguiste tú —dijo mi tía Merche.
—Y por eso puedo decir que no.
Y en el minuto doce, mi tía Merche, con la naturalidad del mundo:
—¿Y el chico cómo se llama?
Cuatro pantallas paradas.
Yo, con la pamela puesta y sujetando el móvil.
—Martín —dije.
Y mi madre, desde su ventana, con el pelo recién puesto de la peluquería del viernes, no dijo nada, y no cambió de cara, y se limitó a bajar la vista hacia algo que tenía en la mesa y que no se veía.
—Qué nombre más bonito —dijo mi tía Merche.
—Muy bonito —dijo mi prima Sonia.
— (La ventana negra dijo que había un Martín en Zamora que era primo del novio.)
Vane. A las nueve y media me llamó la novia.
Vane llevaba tres semanas gestionando el seating con una crueldad que yo no le conocía. Es una chica encantadora que trabaja en recursos humanos y que aquellas tres semanas se había convertido en otra cosa.
—Lola, no me hagas esto.
—¿El qué?
—Un más uno a cuatro días.
—Vane, es una silla.
—No es una silla. Es una silla en una mesa. Y las mesas están cerradas desde el catorce de agosto y yo he llorado por esas mesas.
—Lo siento.
—Tengo a la familia de él, que son treinta y uno, y tengo a los del pueblo, y tengo a dos que no se hablan desde una comunión.
—¿Cuál comunión?
—La de 2011. No preguntes.
—Vane.
—Y ahora tú.
—Puedo no llevarlo.
—Ni se te ocurra. —Cambió de tono en seco—. Ni se te ocurra, Lola, que llevo tres años oyendo a tu madre en todos los cumpleaños. Te pongo en la ocho.
—¿Qué es la ocho?
—Los sanos.
—¿Los sanos?
—La única mesa sin conflictos. —Se rio por primera vez en tres semanas—. Si me arruináis la ocho, os mato a los dos.
Y a las diez menos cuarto, ya más tranquila, me dijo una cosa que se me quedó.
—Oye, Lola.
—Dime.
—Que me alegro mucho. De verdad. —Un silencio de novia agotada—. Y como se me fugue este el sábado, me fugo yo, pero después del banquete, que está pagado.
La corbata. El viernes a las ocho y media pasé por la relojería de don Ángel a recoger a Martín, porque habíamos quedado para cenar.
La relojería lleva cerrada como negocio desde 2016, pero el local sigue siendo de él y sigue teniendo dentro el mostrador, la vitrina vacía y una mesa de trabajo con una lámpara de brazo articulado y todas las herramientas colocadas por tamaño.
Y allí estaban los dos.
Don Ángel, sentado en su taburete, en camiseta interior blanca y con las gafas en la punta de la nariz. Martín, de pie delante de un espejo de pared que tiene un marco de latón, con una camisa nueva y una corbata azul marino a medio hacer.
No me vieron entrar, porque la puerta de esa relojería no tiene campanilla desde 2016.
—Más corto por delante.
—Es que si lo hago más corto por delante, por detrás me sobra.
—Pues que te sobre. Eso no lo ve nadie.
—Lo veo yo.
—Tú te lo has puesto. Tú ya no lo miras más.
Martín deshizo el nudo y volvió a empezar. Se le daba mal. Se le daba objetivamente mal, y estaba poniendo en aquello una concentración que yo le había visto solo dos veces: una con una lubina y otra con una caja de botones que no tenía sistema.
Don Ángel lo miraba desde el taburete sin ayudarle con las manos.
—¿Cuántas bodas has ido?
—Cuatro. Todas en Escocia.
—¿Y allí cómo van?
—De kilt.
—¿Tú?
—Yo no. Yo iba de traje y era el único.
—Pues ya sabes lo que es —dijo don Ángel—. Ir de otra cosa.
Martín tiró del extremo largo y se le quedó torcido otra vez.
—¿Tú sabes por qué se hace el nudo así? —dijo don Ángel.
—No.
—Yo tampoco. —Se rascó la barbilla—. Cuarenta y un años poniéndomelo todas las mañanas para abrir una relojería en la que entraban ocho personas al día. Ocho. Y me lo ponía igual.
—¿Por qué?
—Porque mi mujer decía que un hombre con el nudo flojo es un hombre que ya se ha rendido.
—¿Y usted se lo creía?
—Yo me creía a mi mujer. —Se ajustó las gafas—. Eso es distinto y es más fácil.
Martín tiró del extremo corto. Le salió recto.
—Ahí está.
—¿Está bien?
—Está bien.
Y entonces don Ángel se bajó las gafas del todo, lo miró de arriba abajo desde el taburete, con la camiseta interior y las manos en las rodillas, y dijo:
—Vas a una boda con las Ribas.
—Voy a una boda con las Ribas.
—Pues reza lo que sepas.