20. Mi madre ha perdido el toque
Capítulo veinte
Mi madre ha perdido el toque
L a ficha del noveno llegó un lunes por la mañana y yo la leí tres veces buscando la errata.
—¿Esto qué es?
—Cristian.
—Ya veo que es Cristian, mamá. Lo que te pregunto es qué es esto.
Mi madre estaba de pie al otro lado del mostrador con una sonrisa que no le había visto en toda la operación.
Radiante. La mujer que ocho meses antes me había entregado la ficha de Álex como quien entrega un parte de defunción estaba ahora delante de mí, con el bolso colgado del antebrazo, sonriendo como una azafata.
—Es el sobrino de la del quiosco.
—Aquí pone «artista».
—Es artista.
—¿De qué?
—Del gesto.
Volví a mirar la hoja. En el campo de trabajo, con su letra pequeña, mi madre había escrito «artista del gesto».
En el de estudios había escrito una raya.
En el de piso había escrito «con su tía, de momento, pero eso se arregla».
Y en la casilla de puntuación, donde llevaba tres años poniendo cifras con decimales, había puesto un ocho.
Un ocho.
—Mamá, ¿qué es un artista del gesto?
—Malabarista.
—Malabarista.
—Sí.
—¿Dónde?
—En un semáforo.
Se hizo un silencio que duró lo que dura un silencio en una farmacia, que es hasta que entra alguien.
Aquí hay que entender de qué mujer estamos hablando.
Mi madre descartó en 2023 a un notario porque, y cito de memoria porque el acta la tiene Fina, «se ríe flojo».
Descartó en octubre a un ingeniero de caminos, con dos pisos, porque en el bautizo de los mellizos había dejado el abrigo en el respaldo de la silla en vez de en el perchero.
Le quitó medio punto a Ignacio por «demasiado organizado».
Al poeta le puso un seis y le escribió al margen que tenía sensibilidad, que en su idioma es una condena a muerte.
Y esa misma mujer estaba delante de mí, un lunes de finales de julio, proponiéndome con entusiasmo genuino a un señor de veintinueve años que hace la cascada con tres naranjas entre dos carriles de la avenida.
—El sábado a las nueve —dijo—. En el bar de la plaza, que a él le viene bien porque acaba tarde.
—¿Acaba tarde de qué?
—Del semáforo.
Y se fue tan contenta.
La llamé esa misma noche, a las diez, desde el sofá, con la ficha delante y la televisión sin sonido.
—Mamá, no voy a ir.
—Vas a ir.
—Tengo treinta y dos años y una farmacia.
—Y él tiene veintinueve y unas manos preciosas.
—¿Le has visto las manos?
—Se las vi el día de la Cabalgata, que iba con la del quiosco.
Yo tenía el altavoz puesto y la ficha en la mano y estaba trabajando, porque a esas alturas ya no era una hija discutiendo con su madre: era una farmacéutica delante de una receta rara.
—Mamá, tú descartaste a un notario.
—El notario se reía flojo.
—Descartaste a un ingeniero de caminos por dejar el abrigo en la silla.
—El abrigo en la silla es que no te van a llevar a ningún sitio.
—Y ahora me mandas a un chico que hace malabares entre coches.
—Un chico que trabaja en la calle es un chico que no le tiene miedo a la gente. —Lo dijo rapidísimo, como se dicen las cosas que se han preparado—. Y no le da vergüenza que le miren. Eso, Lola, en un hombre, no lo tiene cualquiera.
Aquello era un buen argumento. Ese es el problema: era un buen argumento, dicho a toda velocidad, y mi madre nunca ha necesitado ir deprisa para tener razón.
Así que le puse una trampa.
—Ya que estamos —dije—. ¿Por qué no me buscas directamente uno de cuarenta y ocho que viva con su madre?
Y mi madre, que lleva tres años tachando candidatos por menos que eso, que tiene una casilla entera dedicada a las banderas rojas y que en octubre me dijo que un hombre que a los cuarenta sigue en casa de su madre es un hombre al que le han hecho un favor de más, contestó:
—¿Conoces a alguno?
Me quedé mirando la televisión sin sonido.
—Mamá.
—Que si conoces a alguno, digo. Que se puede mirar.
—Buenas noches, mamá.
—Ponte el pelo suelto el sábado.
Colgué y saqué la carpeta.
Yo tengo todas las fichas. Me las quedo desde la primera, que fue la de Álex, porque al principio las guardaba para reírme y luego las seguí guardando por costumbre, como se guarda en una casa casi todo lo importante.
Las puse en fila encima de la mesa del salón, las nueve, por orden.
Y ahí estaba el dato, y yo lo estuve mirando media hora sin ser capaz de leerlo.
Los candidatos bajaban. De un emprendedor con plaza de garaje a un divorciado de catorce meses, de ahí a un hombre con la vida plastificada, de ahí a un sanador con datáfono, de ahí a un chaval de veintinueve que duerme en casa de su tía.
Las notas no bajaban.
Ocho y medio. Ocho. Siete. Seis y medio. Y otra vez un ocho.
Una mujer que pierde el criterio pierde también la puntuación: se le desordena todo, se le hace todo un cinco. Aquello no era desorden. Aquello era una nota puesta desde fuera, por una mano firme, para que la hoja pareciera lo que había parecido siempre.
Yo eso lo tuve delante media hora en la mesa de mi salón.
Y concluí que a mi madre le fallaba el pulso.
Lo que pasó el resto de la semana fue todavía más raro, y a mí me tuvo cuatro días en un estado de irritación que Susi describió, con precisión, como «cara de inventario».
Empezaron a entrar las Vocales.
De una en una. Esto es lo importante. Las Vocales entran por parejas desde que yo tengo uso de razón; entrar sola en la farmacia de la hija de Amparo es, dentro de su protocolo, una operación descubierta.
Y aquella semana entraron sueltas, escalonadas, una cada día, con una regularidad de turnos de guardia.
Martes: Maruchi. Compró un termómetro. Tiene tres. Se lo dije. Me dijo que uno para el bolso.
Miércoles: Fina. Compró unas plantillas de gel.
Fina calza un treinta y siete y las plantillas eran del cuarenta y dos.
Cuando se lo señalé, me dijo que ya las recortaría, y luego se quedó siete minutos delante del expositor de las cremas solares sin coger ninguna, mirándome por el reflejo del cristal con un descaro que solo se permiten las mujeres que han superado los setenta.
Jueves: Loli. Loli no compró nada. Loli entró, preguntó si teníamos algo para «lo del pie», no especificó el pie ni el problema, y estuvo once minutos hablando conmigo del calor de una manera que no llevaba a ningún sitio, y en el minuto once me preguntó, de sopetón, si yo estaba contenta.
—¿Contenta de qué, Loli?
—En general.
—Estoy bien.
—Ah. Muy bien. Pues nada.
Y se fue sin lo del pie.
Viernes: Pepita, que es la titular indiscutible del puesto de interrogadora, la mujer que me ha preguntado por citas que no llegaron a producirse, entró, compró un antiácido —el tercero en dos semanas: si Pepita sigue así, la que va a tener que preguntar algo soy yo— y no me preguntó nada de nada.
Y esa fue la peor de las cinco.
Susi lo dijo el viernes a las dos menos cuarto, mientras las veía irse a las dos por la ventana, porque los viernes se juntan en el bar de la plaza.
—O saben algo o son una secta.
—Son un comité parroquial.
—O las dos cosas. —Cerró la caja—. Que la parroquia da mucho de sí.
Mi diagnóstico, aquel viernes, era otro, y lo formulé con toda la seguridad de una profesional que se equivoca de raíz.
A mi madre le estaba fallando el criterio.
Eso, o le estaba fallando la confianza. O bien había perdido de verdad el toque —lo cual, a los sesenta y uno, con una libreta de tres años y un archivo de fotos del boletín, era plausible y era triste—, o bien había decidido que a estas alturas ya daba igual quién fuera, que lo importante era que hubiera alguien, y me estaba tirando cualquier cosa a ver si colaba.
Y no sabía cuál de las dos me ofendía más.
La primera me daba pena, y a mi madre no se le puede tener pena delante porque lo huele.
La segunda me ofendía de otra manera, más fea, y es esta: si mi madre había bajado el listón, era porque me lo había bajado a mí.
Porque había hecho un cálculo, en algún momento de aquel verano, sobre lo que su hija podía aspirar a los treinta y dos con una farmacia, una madre en el mismo barrio y siete años gastados con un hombre que se fue un domingo por la tarde.
Y el resultado de ese cálculo era un chico de veintinueve años en un semáforo.
Estuve cuatro días con eso dentro.
Y no le dije nada, porque en mi familia no se dicen esas cosas: en mi familia se dobla el trapo que la otra ha dejado mal doblado y se cambia de tema.
Fui al bar de la plaza el sábado a las nueve, porque yo firmé un pacto y a mí los pactos me pesan, y de esa cena no voy a contar nada.
No por delicadeza. Por eficacia: ya la contaron otras, y mejor.
Solo diré una cosa, y la digo porque me importa.
El chico era majísimo. Veintinueve años, muy educado, con la ilusión intacta y un oficio duro que hace a las siete de la mañana y a las ocho de la tarde en un cruce donde le tocan el claxon.
Se ofreció a pagar y no le dejé porque yo sé lo que se gana en un semáforo.
Me enseñó dos cosas con tres bolas y las dos me parecieron difíciles.
Al despedirnos me dijo que su tía le había dicho que yo era una chica estupenda y que él ya se imaginaba que aquello no iba a ningún sitio, pero que llevaba tres semanas contento por haber sido invitado a algo.
El problema no era él.
El problema era que mi madre lo sabía.