34 Delia
Delia
Le habéis dado la vuelta a la cinta. Bien. Siempre fuisteis obedientes, los tres, cada uno a su modo. Esa fue otra de las cosas que os di, y no la menor: a un hijo obediente se le puede dejar el mundo entero atado de antemano, seguro de que no desharán el nudo.
Ahora viene lo último. Lo que no le he dicho nunca a nadie, salvo a una persona, y esa persona está hoy ahí, de pie a vuestro lado, escuchándome con la cabeza un poco ladeada y sin que se le mueva un músculo de la cara, porque ya lo sabe, porque se lo conté yo misma, una madrugada, en esta cocina, mientras tejíamos.
Estoy enferma. Ahora mismo, mientras grabo esto, lo estoy.
Por dentro, donde no se ve, donde no llega el espejo ni la vecina ni el médico al que no pienso ir.
Lo supe hace casi un año, sin que me lo dijera nadie, igual que lo he sabido todo en esta casa durante cuarenta años: por las señales.
El cansancio que no se va durmiendo. El sabor a hierro al despertar, como si hubiera chupado una moneda toda la noche.
La manera en que la ropa me empezó a sobrar por los hombros, los vestidos que llevaba treinta años poniéndome de pronto colgando de una percha que ya no era yo.
Una madre nota esas cosas en sus hijos antes que ellos. Con más razón se las nota a sí misma.
Para cuando estéis oyendo esto, yo ya no estaré. Y la forma en que me haya ido no habrá sido un descuido, ni un resbalón, ni el corazón que se para una noche sin avisar. Habrá sido lo que yo decida. Lo tengo decidido mientras hablo. El cómo, el cuándo y con quién.
No pienso ir a un hospital. Eso lo primero.
No voy a dejar que un desconocido con bata y prisa me diga cuántas semanas me quedan y me las cuente con los dedos, ni que me metan en una cama de sábanas que no son las mías a esperar conectada a una máquina que pita, perdiendo el pelo a mechones en la almohada, perdiendo el control de mi cuerpo delante de enfermeras que me hablarán como se le habla a una niña, perdiendo la cara, mientras deciden por mí, por mí, las cosas que yo llevo toda la vida decidiendo por los demás.
Eso no. Cualquier cosa antes que eso. Una mujer que ha gobernado una casa entera durante cuarenta años, que ha decidido lo que comía cada uno y a qué hora dormía y de qué se ponía malo y de qué se curaba, no se muere pidiendo turno en un pasillo y permiso para morirse.
Se muere como ha vivido. Mandando. En su casa. En su silla.
Así que voy a hacer lo que sé hacer. Lo único que sé hacer de verdad, en el fondo, lo que hice con vuestro padre a su manera y con cada uno de vosotros a la suya: tomar el control de lo que viene antes de que me lo tome a mí.
Elegir. Elegir el día, uno cualquiera, un lunes, que los lunes el pueblo está callado.
Elegir la hora, una madrugada, sin ruido, sin teléfono, sin que nadie se entere de nada hasta que la señora Pinto venga al café del martes, como cada martes desde hace veinte años, y llame al timbre, y no le abra nadie, y rodee la casa, y mire por la ventana de la cocina, y se encuentre lo que se tenga que encontrar: a una vieja dormida en su silla, con una tarta enfriándose, en paz, sin un grito, sin una marca, sin nada que contar.
Pero hay cosas que una no puede hacerse sola, por mucho que mande.
Morirse bien es la primera de todas. Hace falta una mano.
Una mano firme que no tiemble en el último momento, que no se asuste de lo que ve, que no llame a una ambulancia por miedo o por pena y lo eche todo a perder dejándome a medias, viva a la fuerza, peor que al principio, babeando en esa cama de hospital que es justo lo que quería evitar.
Hace falta una mano que entienda —sin que haya que explicárselo, porque tener que explicárselo ya sería haberse equivocado al elegirla— que acompañar a alguien que ya ha decidido irse no es empujarlo: es sostenerlo mientras cruza.
Es el último cuidado. El más difícil de dar de todos los que existen.
El que de verdad cuesta, el que no se le puede pedir a cualquiera.
He pensado en los tres. Tengo que decirlo, porque esta es la cinta de la verdad y no voy a empezar a mentir en lo último que diga. Os he pesado a los tres, como peso la harina, a ojo, en la palma de la mano, sin báscula, que para eso llevo cuarenta años pesándoos a diario y sé lo que da cada uno.
A Tomás lo descarté enseguida, casi sin pensarlo.
Mi Tomás se rompería. Me cogería la mano, y lloraría, y me suplicaría que no, y antes de dejarme ir llamaría a urgencias con dedos temblorosos, y acabaría yo en esa cama de hospital muriéndome despacio entre tubos, semanas, meses, por culpa del amor blando de un hijo que no soporta perder nada de lo que quiere.
A Tomás lo quiero precisamente por eso, por blando, por incapaz, porque lo hice yo así de necesitado y de tierno.
Pero a un hombre blando no se le pone una cosa seria en la mano. Se le rompe en los dedos.
A Daniel ni lo pensé. Ni un segundo. Daniel saldría corriendo antes de que yo terminara la frase.
Sale corriendo de todo desde que aprendió a andar, y luego vuelve, cuando ya pasó lo difícil y otro lo ha limpiado, a ver qué queda en la mesa para él.
Daniel no sirve para quedarse en lo difícil.
Solo sirve para volver a lo fácil. También lo hice yo así, ya os lo he dicho, así que no se lo reprocho.
Pero no se le encarga a un hombre que huye lo único que no admite huida.
Quedaba Marina.
Mi Marina. La que se subía a la banqueta del rincón a mirarme las manos sin pestañear cuando los otros dos estaban en la calle.
La que no apartó la vista ni una sola vez en su vida, ni siquiera aquella tarde, en lo alto de la escalera del sótano, cuando cualquier otra niña de nueve años habría cerrado los ojos y se habría tapado la cara, y ella no, ella miró hasta el final y después subió a cambiarse el vestido y a poner la mesa sin que se lo dijeran dos veces.
La que aprendió el oficio mirando, sin una palabra, porque lo importante de esta casa nunca se enseñó con palabras: se hereda con los ojos, como el color del pelo.
La única de los tres con el pulso firme de verdad.
La única que entiende, sin que haya que decírselo, que querer a alguien de verdad es no soltarlo nunca, ni siquiera cuando soltarlo sería lo cómodo, lo descansado, lo que haría una madre tibia.
A ella se lo voy a pedir. Para cuando me oigáis, ya se lo habré pedido, y ella ya lo habrá hecho, porque Marina nunca me ha dicho que no a nada que de verdad importara, desde que era pequeña.
La llamaré una noche, tarde, cuando su niña duerma y su marido ronque.
Le diré que venga, que traiga lo de hacer la tarta, que la mía ya no me sale, que me tiembla el pulso y la celosía me queda torcida y no quiero irme dejando una tarta fea en mi cocina.
Y vendrá. Y la haremos juntas, la última, en mi cocina, de madrugada, las dos solas, como tantas otras veces desde que era una cría en la banqueta.
Y cuando la tarta esté tejida y dorada y enfriándose en la rejilla, ella hará lo que yo le pida.
Con cariño. Con las manos limpias. Sin que le tiemble el pulso, porque a ella no le tiembla, eso también lo heredó de mí, junto con la receta y la llave y la casa.
Si buscáis a quién culpar de cómo me encontréis, no la culpéis a ella.
Yo se lo habré pedido. Se lo habré rogado, si hace falta, yo, su madre.
Culpadme a mí, que para eso ya estaré muerta y no me puede pasar nada peor de lo que voy a elegir que me pase.
O, mejor, no culpéis a nadie, que sería lo justo, porque lo que pase esa madrugada en mi cocina no será un crimen por mucho que lo parezca en un papel del juzgado: será una madre y una hija terminando juntas un trabajo de toda una vida, el de cuidarse la una a la otra hasta el final, y un paso más allá del final.
Y Tomás.
Mi Tomás. Sé que estás ahí, oyéndome, con esa cara tuya de no haber dormido en tres días, con las manos en los bolsillos para que no se te vea lo que sea que te hagan las manos cuando estás nervioso.
Y sé lo que llevas días preguntándote, porque te conozco, porque te hice yo con estas manos: te preguntas si esa noche bajaste.
Si anduviste la casa dormido, como andas todas las noches de tu vida.
Si llegaste hasta la cocina. Si tus manos hicieron algo a un metro de mi silla. Si fuiste tú.
No te lo voy a decir.
Y esta vez no es solo que me lo calle por crueldad o por capricho: es que ni yo, grabando esto antes de tiempo, sé del todo qué harás esa madrugada.
Sé que andarás la casa dormido, porque la andas siempre, te hice así, gota a gota.
Pero no sé si bajarás esa noche en concreto, ni qué verás si bajas, ni qué creerás haber hecho, ni qué se te quedará pegado por la mañana en ese colador que tienes por cabeza y que también te puse yo.
A lo mejor bajas y no pasa nada. A lo mejor bajas y pasa todo.
A lo mejor te quedas arriba durmiendo el sueño que te toque esa noche y no bajas.
No lo sé, hijo, te lo juro por lo único que me queda, que es esta cinta.
Y aunque lo supiera. Aunque pudiera grabarte ahora mismo la noche entera, minuto a minuto, con pelos y señales, diciéndote exactamente qué hiciste y qué no, no lo haría.
Porque te conozco, y sé que la certeza, cualquiera de las dos, la de que fuiste tú o la de que no, te partiría por la mitad y no volverías a pegarte nunca.
La duda, en cambio, la duda se lleva. Pesa menos que la certeza, mucho menos.
Se acostumbra uno a ella como se acostumbra al ruido del mar, hasta que un día deja de oírlo.
Llevo toda tu vida dándote sitios donde guardar lo que no se puede mirar de frente.
Huecos. Mañanas en blanco. Tardes que no están.
Y este es el último que te dejo, y el mejor de todos, el más trabajado: un hueco del tamaño exacto de una noche, con su puerta y su cerradura, para que metas ahí dentro lo que no quieras saber, y eches la llave, y vivas en el resto de la casa de tu cabeza sin tener que pasar nunca por ese cuarto. Para que no pases frío.
Es lo más caro que te he dado en la vida.
Más que la salud que te quité, más que las tardes en mi cama con el caldo y la persiana echada.
Algún día, cuando seas viejo, lo entenderás, y a lo mejor hasta me lo agradeces.
O a lo mejor no. Da igual. Las madres no hacemos las cosas para que nos las agradezcan.
Y ya está, hijos. Eso es todo lo que tenía guardado. Ya lo sabéis todo, o todo lo que os conviene saber, que no es lo mismo, pero en esta familia nunca lo fue.
A Marina le dejo la casa. La casa, la llave, y lo que la llave abre y cierra, que es bastante más que una casa.
Se lo ha ganado. No por sincera, aunque habrá sido la más sincera de los tres, ya lo veréis o ya lo habréis visto.
Se lo ha ganado porque es la única que salió a mí.
La única que entendió, sin que yo se lo enseñara con palabras, que querer es no soltar, y que cuidar es la forma más larga de no soltar nunca.
Las otras dos partes, el dinero y los muebles y lo que haya en el banco, repartíoslas entre vosotros como buenamente podáis, u os las peleáis, que para eso habéis sido siempre hermanos y algo tendréis que hacer con las manos ahora que ya no me tenéis a mí.
Y comeos la tarta de una vez, anda, que llevo toda la cinta viéndoos mirarla sin tocarla.
La habrá hecho Marina, con mi receta, la de la ficha manchada del cajón, y le sale casi tan bien como a mí, casi, y se estará enfriando en el centro de la mesa mientras me escucháis con esas caras.
Una tarta de celosía fría es una pena. Un desperdicio.
Y en esta casa nunca se ha desperdiciado nada.
Ni a nadie.