La luna que él no quería Capítulo cincuenta y tres
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Capítulo cincuenta y tres

Tenía una mano apoyada en los abdominales de Kaylo.

Cuanto más tiempo pasaba con él, más lo deseaba.

Pero no era solo deseo. Era mucho más, aunque todavía me costara admitirlo.

Si mis cálculos eran correctos, a esas alturas probablemente habíamos concebido cuarenta y tres bebés.

Y quizá había perdido la cuenta. Era feliz, por fin, y no quería que ningún pensamiento enturbiara ese momento.

Aún nos quedaban unos días para estar juntos sin que el mundo nos molestara. Después tendríamos que viajar al palacio real, donde él volvería a cumplir con sus deberes como general. Yo no sabía qué se suponía que haría allí, pero no quería pensar en eso. Ya lo descubriría.

—Veo que algo te preocupa —dijo Kaylo.

Me acarició el rostro y me hizo levantar la vista hacia él.

—Tengo miedo de tu padre. Yo… —Se me quebró la voz.

—No puede hacer nada al respecto, aunque quiera. Nuestro vínculo está sellado y él lo sabe. No tienes que preocuparte por mi padre ni por nada más. Al rey alfa le encantará saber que estás esperando a su nieto. Mi madre ya lo sabe —dijo antes de besarme con suavidad.

Me aparté para mirarlo. La sorpresa y el pánico debían de notárseme en la cara.

—¿Cómo lo sabe? —susurré.

—Me ayudó a traerte de vuelta. Mi madre tiene poderes mágicos.

Procede de otro reino y heredó los dones de su familia.

Sintió que algo me pasaba y se puso en contacto conmigo a través del vínculo mental.

Yo no sabía qué hacer. Sentí el dolor de tu muerte antes de verte.

Ella me dijo que sellara nuestro vínculo mediante la ceremonia y la chamana sugirió lo mismo.

Llegaste a morir justo antes de que terminara el ritual, pero yo todavía percibía vida dentro de ti, como un diminuto hilo de luz.

Entonces supe que estabas embarazada. Ya lo había sospechado antes, pero tú no querías ver a nadie y yo no podía hablar contigo sin despertar sospechas —explicó.

Podía sentir su tristeza. Hasta entonces no había conocido su versión de lo ocurrido aquel día.

—Teddy notó que había algo diferente en mí. Incluso me preguntó con quién había estado, y tuve que decirle que con una de las lobas que nos había enviado el alfa Thomas. No era la primera vez que hacía algo así —añadió.

Sentí una punzada en el corazón. Había estado con otras mujeres. ¿Por qué me sorprendía? Por supuesto que había tenido una vida antes de mí. Aun así, imaginármelo con otra me hizo llorar. Intenté apartar aquel sentimiento.

Kaylo me abrazó. Seguramente había notado el cambio en mi ánimo.

—Teddy no sabe lo que pasó aquella noche.

Tampoco sabe que estás embarazada. No pensaba decírselo a mi madre, pero percibió que algo en mí había cambiado y acabé contándole lo del bebé.

Está encantada. No tienes que preocuparte: no se lo dirá a nadie, ni siquiera a mi padre —dijo mientras me acariciaba el pelo.

—No lloro por eso —respondí.

Sentí su confusión. Me estrechó más entre sus brazos y dejé que me sostuviera, aunque no sabía cómo explicarle lo que sentía. Ni siquiera sabía bien qué preguntarle.

—Dijiste que el alfa Thomas os había enviado lobas. Y que ya había ocurrido antes —murmuré.

Kaylo sonrió. Esta vez su sonrisa me irritó. Parecía demasiado satisfecho consigo mismo.

—Estás un poco celosa, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cada vez más amplia.

—Un poco —susurré, frunciendo el ceño.

Se rio, pero su expresión se volvió seria al ver cuánto me había dolido.

—Hubo otras antes de ti, pero ninguna significó nada especial para mí.

Tampoco fueron tantas. Intentaba encajar.

No tenía tiempo para ir detrás de las mujeres; eso es cosa de Teddy.

Él pasa más tiempo entre la gente de la corte.

Yo soy un soldado. De vez en cuando aceptaba la compañía de las lobas que me enviaban los alfas.

Admito que sentí celos de Teddy al ver cómo lo mirabas.

Una noche lo vi salir de tu habitación y pensé que había estado contigo —dijo.

Se detuvo un momento para mirarme. Yo ya no sabía qué sentir.

—No tienes que preocuparte de que esté con otra persona. Nunca he estado con nadie como contigo. Y jamás me había sentido cómodo dejando que otras mujeres me tocaran —añadió.

No sabía qué pensar, pero creía empezar a comprenderlo.

—Fuiste la primera chica que me besó. Y ni siquiera te acuerdas de mí —susurró.

—¿Qué? ¿Qué acabas de decir?

No entendía de qué hablaba.

—La primera vez que mi padre aceptó llevarme con él, vinimos a visitar al alfa Thomas.

Tenía problemas con unos lobos errantes en su territorio.

Me adentré en el bosque y oí tus gritos.

Llegué a tiempo para salvarte. Cuando recuperé mi forma humana, te echaste en mis brazos.

Estabas tan feliz de que te hubiera salvado que me besaste.

Yo te dejé hacerlo. Después te avergonzaste tanto que saliste corriendo antes de que pudiera decirte quién era.

Debería haberte seguido, pero me quedé allí, aturdido, intentando entender lo que acababa de pasar —dijo entre risas al recordarlo.

En algún rincón de mi mente había enterrado aquel recuerdo. Y ahora recordaba por qué. Me había avergonzado tanto de lo que sentí que no supe qué hacer con ello.

Tenía quince años. Aquel día entré sola en el bosque y me alejé más que nunca. Cuando percibí el olor de los lobos errantes, ya era demasiado tarde: ellos también me habían detectado. Creí que iba a morir. Entonces apareció de la nada un lobo blanco y me salvó. Nunca había visto luchar así a nadie.

Cuando recuperó su forma humana, vi que era un muchacho de más o menos mi edad. Me pareció tan guapo que acabé entre sus brazos, tal como él había contado.

Sin poder contener la emoción ni todo lo que estaba sintiendo, lo besé. Me gustó mucho más de lo que creía que debería gustarme. No entendía lo que había hecho ni qué significaban aquellos sentimientos. Solo sabía que quería seguir cerca de él. Así que me aparté y huí, avergonzada.

—Me avergoncé de lo que sentía —susurré. Me ardían las mejillas.

—¿Sabes que te busqué por todas partes? Al final me rendí porque ni siquiera estaba seguro de que fueras real. Hasta que te vi en el palacio del alfa Thomas, cubierta de barro y sacando un conejo del bolsillo mientras mi hermano no se despegaba de ti —dijo con una risa suave.

—Parece que fui yo quien te besó primero —respondí entre risas.

Kaylo se rio también.

—Imagínate mi sorpresa cuando descubrí que eras la chica del alfa Thomas de la que todo el mundo hablaba.

Los rumores habían llegado al palacio. Decían que tu belleza lo había cautivado, pero me costaba creerlo.

El alfa Thomas siempre había sido frío y despiadado, y de pronto tenía debilidad por una muchacha.

¿Por qué te avergonzaste de lo que sentiste al besarme? —preguntó, mirándome.

—Porque quería seguir besándote, señor —confesé, tapándome la cara de vergüenza.

Kaylo se echó a reír y apartó con delicadeza la manta tras la que había escondido el rostro.

—Eso ya lo estabas haciendo —dijo con una sonrisa traviesa.

Solté un gruñido de frustración.

—Sabes a qué me refiero —respondí, poniéndome aún más roja.

—Lo sé, pero me estoy divirtiendo demasiado —dijo, atrayéndome hacia sí.

Entonces comprendí que siempre había sido Kaylo. Nadie me había hecho sentir como él. Incluso entonces había querido quedarme a su lado, pero había reprimido aquel sentimiento porque creía que una chica buena no debía pensar así. Estaba segura de que no podía sentir por nadie lo que sentía por él.

La Diosa de la Luna me había dado una segunda oportunidad: otra vida y la posibilidad de amar.

No pensaba desperdiciarla. Pasara lo que pasara a partir de aquel momento, nunca volvería a estar sola.

Tenía a Kaylo y, si mis cálculos eran correctos, a finales de invierno llegaría una pequeña criatura que sería parte de los dos.

Estaba deseando conocer a nuestro hijo. No sabía si sería niño o niña, pero eso no importaba. Lo amaría igual y, por lo que veía en Kaylo, su padre también.

Feliz, me acurruqué entre sus brazos y dejé que me sostuviera mientras me quedaba dormida con una sonrisa. Mi deseo se había hecho realidad. Por fin había encontrado al hombre que siempre había querido, al hombre al que cuidaría y amaría toda la vida.