LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XXV — Quedarse #2
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CAPÍTULO XXV — Quedarse #2

No esperaba quizá tanta rapidez.

• • •

—¿En serio?

—Sí.

—Una vez estuve muy mal.

Daniel bajó los ojos.

—Mamá me contó un poco.

—Lo sé.

Adrián no sintió enojo.

Habían hablado antes de qué podía compartir.

Daniel ya era adulto.

• • •

—¿Querías morir?

La pregunta llegó directa.

Adrián respiró.

No había necesidad de embellecer.

Tampoco de entrar en detalles.

—Esa noche quería desesperadamente dejar de sentir lo que estaba sintiendo.

Daniel escuchó.

—Y durante un momento mi cabeza empezó a decirme que desaparecer era una forma de conseguirlo.

Silencio.

• • •

—¿Qué hiciste?

Adrián miró el jardín.

—Me asusté.

—Y llamé a Gabriel.

Daniel sonrió ligeramente.

—Claro.

—Pésima decisión.

—Definitivamente.

Rieron un poco.

• • •

—¿Y la luciérnaga?

preguntó Daniel.

Adrián giró.

—¿Quién te contó eso?

—Gabriel.

—Voy a matarlo.

Daniel empezó a reír.

—Entonces sí es verdad.

—Sí.

• • •

Miró hacia el jardín.

—Vi una.

—¿Y?

—Nada.

—Solo era una luciérnaga.

Daniel frunció el ceño.

—Pensé que era algo más.

—Durante un tiempo yo también quise que fuera algo más.

—Pero creo que me gusta más así.

• • •

—¿Por qué?

Adrián pensó.

—Porque si digo que una luciérnaga me salvó, convierto lo que vino después en magia.

Daniel escuchó.

—Y no lo fue.

—Fue una llamada.

—Gabriel llegando.

—Profesionales ayudándome.

—Terapia.

—Tu mamá.

—Elena.

—Personas.

—Y yo aceptando que las necesitaba.

• • •

Daniel miró hacia adelante.

—¿Te da miedo volver a sentirte así?

Adrián respondió:

—Sí.

Otra respuesta rápida.

—Todavía.

• • •

Daniel lo miró sorprendido.

—¿Todavía?

—A veces.

—Menos.

—Pero sí.

—Recuperarse no es descubrir una garantía de que nunca vas a volver a estar mal.

—Es conocer mejor qué hacer cuando empieza a pasar.

• • •

Daniel permaneció callado.

Después preguntó:

—¿Cómo sabés?

—¿Qué?

—Que está empezando.

Adrián pensó.

2:17.

No dormir.

Trabajo.

Auto.

“Estoy bien.”

“Después.”

“No preocupés a nadie.”

• • •

—Tengo señales.

dijo.

—Duermo peor.

—Empiezo a trabajar para evitar pensar.

—Me cuesta escuchar.

—Me aislo.

—Y una muy clara.

Daniel esperó.

—Empiezo a decirle a todo el mundo que estoy bien demasiado rápido.

Daniel sonrió.

—Eso lo hacés siempre.

—Ahora menos.

—Más o menos.

Adrián le dio un golpe suave en el hombro.

• • •

Daniel se quedó mirando sus manos.

—A veces yo también hago eso.

Adrián quedó quieto.

—¿Qué cosa?

—Decir que estoy bien.

El viejo mecanismo apareció.

Problema.

Solución.

Pregunta.

Intervención.

Adrián lo sintió arrancar.

Lo dejó pasar.

• • •

—¿Querés contarme?

preguntó.

Nada más.

• • •

Daniel tardó.

—No hoy.

Adrián asintió.

—Está bien.

• • •

Silencio.

Daniel levantó los ojos.

—¿No vas a preguntar?

—Quiero.

—Muchísimo.

Daniel rio.

—Se te nota.

Adrián continuó:

—Pero podés contarme cuando querás.

—Y si algún día no querés contarme a mí, buscá a alguien.

• • •

Daniel lo miró.

Adrián bajó la voz.

—No esperés a tener todas las palabras.

—Ni a saber exactamente qué te pasa.

—Ni a sentir que es lo suficientemente grave.

—Eso fue lo que yo hice demasiado tiempo.

• • •

Daniel asintió.

Después:

—Está bien.

• • •

Pasaron varios minutos.

Adrián sintió ganas de llenar el espacio.

No lo hizo.

• • •

Daniel señaló hacia la casa.

—Emilia te tiene completamente dominado.

—Eso no es verdad.

—Papá, hoy te pintó una uña.

Adrián miró la mano.

Una uña azul.

La había olvidado.

—Fue bajo protesta.

—Seguro.

—Tengo abogados.

—Ella tiene seis años.

—Eso la hace peligrosa.

Daniel rio.

• • •

Después su expresión cambió ligeramente.

—Sos diferente con ella.

Adrián sintió la frase.

Había sabido durante años que podía llegar.

—Sí.

respondió.

• • •

Daniel lo miró.

—Más presente.

Adrián no se defendió.

—Sí.

• • •

Silencio.

—A veces me molesta.

dijo Daniel.

Dolor.

Adrián respiró.

—Lo entiendo.

—No es culpa de ella.

—No.

—Ni de Elena.

—No.

—Y sé que conmigo estás mejor ahora.

—Pero a veces veo cosas.

Adrián esperó.

• • •

—Vas a sus actividades.

—Estás en la casa.

—Sabés quiénes son sus amigos.

—Te sabés los nombres de sus profesores.

Daniel sonrió con tristeza.

—Hasta sabés qué dibujo animado le gusta.

• • •

Adrián bajó los ojos.

No había argumento.

No debía haberlo.

• • •

—Y pienso...

Daniel se detuvo.

Adrián sintió presión en la garganta.

—Decilo.

• • •

—¿Por qué conmigo no pudiste ser así?

• • •

La pregunta llegó.

Años.

Tarde.

Necesaria.

• • •

Adrián se quedó quieto.

Podía explicar.

Trabajo.

Edad.

Dinero.

Su infancia.

Ambición.

Matrimonio.

No.

• • •

—Porque no sabía cómo.

Daniel lo miró.

Adrián continuó:

—Y porque durante demasiado tiempo creí que otras cosas eran más urgentes.

—No hay una explicación que haga que eso sea justo para vos.

• • •

Daniel bajó la mirada.

Adrián sintió lágrimas.

No las ocultó.

• • •

—Lo siento.

dijo.

Daniel no respondió inmediatamente.

• • •

—Y no te lo digo para que me perdonés ahora.

—Ni para sentirme mejor.

Adrián respiró.

—Ojalá hubiera estado más.

La voz se quebró.

—Ojalá pudiera volver y contestar algunas llamadas.

—Ir a algunas cosas.

—Escuchar historias completas.

—No puedo.

• • •

Daniel tenía los ojos húmedos.

—Yo sé.

Adrián asintió.

—Sí.

Eso era lo peor y lo mejor del pasado.

No podía cambiarse.

Por eso finalmente podía dejar de negociar con él.

• • •

—Pero una cosa.

dijo Daniel.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué?

—Sí llegaste.

Silencio.

• • •

Adrián no entendió inicialmente.

Daniel sonrió.

—Tarde.

—Bastante.

Adrián soltó una risa entre lágrimas.

• • •

—Pero llegaste.

Daniel miró hacia la casa.

—No sos el papá que tuve cuando tenía ocho.

—Sos el que tengo ahora.

• • •

Adrián cerró los ojos.

Aquello no borraba nada.

Precisamente por eso significaba tanto.

• • •

Se abrazaron.

Esta vez ninguno tuvo prisa.

• • •

Cuando se separaron, Daniel señaló su mano.

—En serio, esa uña es vergonzosa.

Adrián miró.

—Voy a despedir a Emilia.

—No trabaja para vos.

—En esta familia nadie respeta jerarquías.

Daniel rio.

• • •

Entraron.

Elena estaba en la cocina guardando cosas.

Miró a ambos.

No preguntó.

Adrián agradeció eso.

• • •

Daniel tomó las llaves.

—Me voy.

—¿A esta hora?

—Tengo veintiséis años.

—Eso no responde.

Daniel sonrió.

—Te escribo cuando llegue.

Adrián estuvo a punto de decir:

Compartí ubicación.

No.

Tal vez mañana.

• • •

—Está bien.

Daniel abrió.

Antes de salir giró.

—Pa.

—¿Sí?

—Feliz cumpleaños.

—Gracias.

• • •

La puerta se cerró.

• • •

Elena se acercó.

—¿Todo bien?

Adrián pensó.

Había llorado.

Daniel le había dicho algo que llevaba años temiendo escuchar.

También algo que nunca creyó merecer.

• • •

—Sí.

—Fue difícil.

Elena tomó su mano.

—¿Querés hablar?

Adrián miró hacia las escaleras.

Emilia dormía.

La casa estaba desordenada.

Había vasos.

Platos.

Regalos.

La lámpara horrible encendida en la sala.

• • •

—Mañana.

dijo Adrián.

Elena levantó una ceja.

• • •

Adrián sonrió.

—No estoy escapando.

—Estoy cansado.

Ella lo observó.

—Está bien.

• • •

La palabra.

Mañana.

Después.

Ya no todas las postergaciones eran abandono.

A veces eran límites.

A veces descanso.

A veces confiar en que una conversación podía continuar porque nadie estaba a punto de desaparecer.

• • •

Subieron.

Adrián pasó por la habitación de Emilia.

Puerta entreabierta.

Entró.

• • •

Dormía atravesada en la cama.

Naturalmente.

Adrián acomodó la manta.

En el escritorio estaba el dibujo.

La casa.

Las cuatro personas.

Bruno, el perro inexistente.

• • •

Adrián lo tomó.

Lo llevó a su estudio.

• • •

Abrió un cajón.

Sacó el dibujo de Daniel.

Dos casas.

La ruta punteada.

El Porsche que Daniel insistía en que parecía una papa.

• • •

Colocó ambos sobre el escritorio.

Uno al lado del otro.

• • •

Durante mucho tiempo observó.

El primero había nacido de una separación.

El segundo de una casa reconstruida.

Ninguno era mejor.

Ambos eran parte de la misma vida.

• • •

Adrián tomó un marco grande.

Por primera vez colocó juntos los dos dibujos.

No escondió el primero detrás del segundo.

No necesitaba.

• • •

Los dejó sobre el escritorio.

Después abrió la libreta.

• • •

Última página.

En blanco.

• • •

Tomó un bolígrafo.

Pensó en escribir una frase.

Algo brillante.

Una conclusión.

Un principio final que resumiera todo.

• • •

Sonrió.

Incluso después de tantos años, una parte de él quería convertir la vida en una diapositiva.

• • •

Dejó el bolígrafo.

La página permaneció vacía.

• • •

Elena apareció en la puerta.

—¿Venís?

Adrián miró.

La libreta.

Los dibujos.

La oficina.

Después a ella.

• • •

—Sí.

Cerró.

Apagó la luz.

• • •

A mitad del pasillo escuchó una voz pequeña.

—Papá.

Adrián se detuvo.

Emilia.

• • •

Entró a su habitación.

—¿Qué pasó?

Ella abrió los ojos apenas.

—Agua.

• • •

Adrián tomó el vaso.

Se sentó.

Emilia bebió.

Después volvió a acomodarse.

• • •

—¿Te quedás?

preguntó.

Adrián miró la puerta.

Elena estaba allí.

Sonriendo.

• • •

—Sí.

Se quedó sentado.

• • •

Dos minutos.

Cinco.

Emilia se durmió.

• • •

Adrián podría haberse levantado.

No lo hizo inmediatamente.

• • •

Observó a su hija.

Pensó en Daniel.

En Valeria.

En Elena.

Gabriel.

Claudia.

Su padre.

Su madre.

Salvatierra Capital.

El hombre que había querido tener suficiente dinero para que nunca ocurriera nada malo.

El hombre que había creído que ser necesario significaba ser amado.

El hombre que siempre tenía un después.

• • •

Nada de eso había desaparecido.

Adrián seguía siendo ambicioso.

Seguía gustándole ganar.

Seguía usando trajes caros.

Seguía revisando una negociación más veces de las necesarias.

Seguía sintiendo un pequeño placer cuando entraba en una habitación y sabía que podía cambiar el resultado.

Y algunas noches todavía despertaba con miedo.

• • •

No había llegado a convertirse en otra persona.

Había aprendido a vivir siendo el mismo sin obedecer cada parte de sí.

• • •

Emilia respiraba lentamente.

Adrián apoyó la espalda contra la silla.

• • •

No había nada que resolver.

• • •

Y por primera vez aquella frase se sintió como descanso.

• • •

Elena apareció otra vez.

Susurró:

—¿Cómo estás?

• • •

Adrián miró a Emilia.

Después hacia el pasillo.

La casa.

La noche.

• • •

Pensó.

De verdad.

• • •

—Hoy sí.