CAPÍTULO XXI — La mañana siguiente #2
En el automóvil Elena tomó su mano.
No preguntó detalles.
Adrián habló cuando quiso.
Eso duró aproximadamente tres minutos.
—Ayer pensé algo que me asustó.
Elena apretó sus dedos.
—Pedí ayuda.
—Sí.
—Gabriel vino.
—Sí.
—Hablé con profesionales.
Elena asintió.
Adrián miró hacia adelante.
—Me da vergüenza que me hayas visto así.
Ella giró.
—Yo no te vi.
Adrián frunció el ceño.
—Sabés lo que quiero decir.
—Sí.
Elena esperó.
—Y cuando te vea así alguna vez, probablemente siga queriéndote.
Adrián quedó inmóvil.
No:
si pasa.
Cuando.
Como si estar mal alguna vez fuera parte normal de conocer a una persona.
Él no había vivido así.
• • •
—No tenés que prometer eso.
dijo.
—No estoy prometiendo que siempre voy a saber qué hacer.
—Ni que nunca me voy a cansar.
—Ni que siempre voy a responder perfecto.
Elena lo miró.
—Estoy diciendo que no necesitás estar impecable para que yo decida quedarme hoy.
Hoy.
No para siempre.
Hoy.
La palabra le gustó.
• • •
Al llegar a casa, Adrián vio el jardín.
La lluvia había dejado todo húmedo.
Buscó involuntariamente.
No había luciérnaga.
Sintió alivio.
No quería necesitar verla otra vez.
• • •
La planta estaba junto a la ventana.
Elena la había movido meses atrás.
Había crecido.
No espectacularmente.
Pero tenía hojas nuevas.
Adrián la miró.
—Está mejor.
Elena dejó la maleta.
—Porque la riego.
—Yo también.
—A veces.
Adrián sonrió.
Después se puso serio.
—Es una metáfora demasiado obvia.
—No todo gira alrededor tuyo.
Adrián empezó a reír.
La primera carcajada real del día.
• • •
Esa noche se acostaron temprano.
Adrián tenía miedo de dormir.
No lo dijo inicialmente.
Elena apagó la lámpara.
Oscuridad.
El corazón comenzó a acelerarse.
Adrián abrió los ojos.
La noche.
Lluvia.
Jardín.
La memoria apareció demasiado rápido.
• • •
—Elena.
Ella encendió la lámpara inmediatamente.
—¿Qué?
Adrián respiró.
—No quiero dormir.
La frase le pareció infantil.
No la retiró.
• • •
Elena se incorporó.
—¿Por qué?
—No sé.
—Me da miedo despertar igual.
Elena tomó su mano.
—¿Qué te dijeron que hicieras si te sentías así?
Adrián recordó.
Plan.
Contacto.
No aislamiento.
Tenía instrucciones.
Las había considerado excesivas horas atrás.
Ahora parecían útiles.
—Hablar.
—Bien.
—Respirar.
—Bien.
—No quedarme solo.
Elena sonrió.
—Excelente. Soy muy buena ocupando espacio.
Adrián rio ligeramente.
• • •
No durmió enseguida.
Hablaron.
Cosas pequeñas.
Nueva York.
Un libro.
Daniel.
Una película absurda.
Nada de Novaris.
Nada de infancia.
Nada de trauma.
A las once treinta Adrián se durmió.
• • •
Despertó a las dos diecisiete.
Los ojos se abrieron.
El reloj.
2:17.
Miedo inmediato.
El cuerpo recordó antes que la mente.
• • •
Elena dormía.
Adrián la miró.
Podía quedarse callado.
No preocupés a nadie.
La vieja regla.
• • •
—Elena.
Ella abrió los ojos.
—¿Sí?
—Desperté.
Elena miró la hora.
—Ya veo.
Adrián casi rio.
—Estoy ansioso.
Ella se acercó.
—Está bien.
Adrián respiró.
No hizo falta levantarse.
No abrió correo.
No revisó mercados.
No buscó su nombre.
Permaneció allí.
Veinte minutos después volvió a dormir.
• • •
A las siete despertó.
Luz.
Elena seguía allí.
Adrián miró el reloj.
Siete.
Había dormido.
No completamente bien.
Pero había dormido.
• • •
El teléfono tenía veintisiete mensajes.
Lo tomó.
Salvatierra.
Adrián sintió impulso.
Abrió el primero.
Después recordó.
Licencia.
• • •
Bloqueó.
Dejó el teléfono.
Elena abrió un ojo.
—¿Qué?
—Nada.
Ella sonrió.
—Bien.
• • •
Prepararon café.
Adrián no sabía qué hacer después.
No tenía agenda.
No tenía oficina.
No tenía una crisis empresarial que justificar.
La pregunta de Claudia regresó.
¿Quién sos cuando no estás resolviendo algo?
• • •
Adrián miró el café.
No tenía respuesta.
Pero esa mañana ocurrió algo distinto.
No intentó encontrarla.
• • •
A las ocho cuarenta Gabriel llamó.
Adrián contestó.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Adrián frunció el ceño.
—¿Entonces por qué llamás?
—Para que practiqués.
—¿Qué?
—La empresa está bien.
—Nada explotó.
—Nadie se robó Panamá.
—Orbis sigue en seis países.
—Novaris continúa aburridamente viva.
—¿Y?
—Y no necesitás entrar.
Silencio.
—Mandame el reporte.
Gabriel rio.
—No.
—Gabriel.
—No.
—Soy presidente.
—Estás de licencia.
—Presidente en licencia.
—Exacto.
Adrián cerró los ojos.
—Te odio.
—Excelente.
—Nos hablamos mañana.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Y si pasa algo?
—Te llamo.
Adrián se quedó quieto.
La empresa tendría que decidir cuándo necesitaba a Adrián.
No Adrián cuándo la empresa debía necesitarlo.
Aquello era insoportablemente saludable.
• • •
La llamada terminó.
Adrián miró a Elena.
—Me acaba de colgar.
—Bien por Gabriel.
—¿De qué lado estás?
—Del que duerme.
Adrián empezó a reír.
• • •
A la una, Daniel llegó.
No quiso que Valeria lo dejara en la puerta.
Caminó solo.
Adrián abrió.
Daniel lo miró.
No sabía qué esperaba ver.
Probablemente nada distinto.
Adrián llevaba camiseta.
Jeans.
Sin reloj.
Daniel levantó las cejas.
—¿Quién sos?
Adrián rio.
—Muy gracioso.
• • •
Daniel entró.
Se quedó de pie.
Adrián también.
Durante un segundo pareció que ambos esperaban una señal.
Después Daniel lo abrazó.
• • •
No preguntó nada.
Adrián lo sostuvo.
La noche anterior había imaginado que aquella conversación sería difícil.
En cambio el abrazo hizo casi todo.
• • •
Comieron.
Daniel habló del colegio.
Lucas.
La muchacha que seguía siendo “solo amiga”.
Adrián no interrogó.
Mucho.
• • •
Después sacaron los controles.
Dos.
Daniel levantó uno.
—¿Seguro podés jugar?
—Creo que médicamente está permitido.
—Sos muy malo.
—Eso no es condición médica.
—Debería.
• • •
Jugaron.
El teléfono vibró.
Adrián miró.
Salvatierra Capital.
Una notificación.
Daniel también la vio.
Adrián puso el teléfono boca abajo.
No lo apagó.
No necesitaba demostrar nada.
Simplemente lo dejó.
• • •
Daniel sonrió.
No dijo nada.
Continuó jugando.
• • •
Adrián perdió.
Otra partida.
También.
La tercera estuvo cerca.
—Manipulado.
dijo.
—Excusas.
Rieron.
• • •
En determinado momento Adrián miró el segundo control en manos de su hijo.
Recordó aquella noche, años atrás.
Una llamada.
Daniel jugando solo.
Un control vacío sobre la cama.
No podía volver.
No necesitaba.
Estaba allí ahora.
• • •
La vida no reparaba el pasado repitiéndolo correctamente.
No funcionaba así.
Pero a veces ofrecía nuevas escenas.
Y uno podía decidir qué hacer dentro de ellas.
• • •
Cuando Daniel se fue, Adrián cerró la puerta.
No sintió paz completa.
No sintió que todo estuviera arreglado.
Sintió cansancio.
Y algo parecido a gratitud.
• • •
—¿Cómo estás?
preguntó Elena.
Adrián estuvo a punto de responder:
bien.
Pensó.
—Cansado.
—Todavía un poco asustado.
—Pero contento de haber estado con Daniel.
Elena asintió.
—Eso suena bien.
—Hoy sí.
• • •
Aquella noche volvió a llover.
Poco.
Adrián escuchó desde la cama.
El cuerpo se tensó.
Tomó la mano de Elena.
Ella no estaba dormida.
No dijo nada.
Adrián respiró.
• • •
No salió a buscar ninguna luz.
No necesitaba una señal.
Solo necesitaba pasar aquella noche.
Después otra.
Y después otra.
• • •
No sabía todavía cómo reconstruiría su vida.
Ni cuándo regresaría a Salvatierra Capital.
Ni qué cambiaría con Elena.
Ni cómo explicaría todo aquello algún día a Daniel.
No sabía si volvería a sentirse tan seguro como antes.
Y por primera vez aquella incertidumbre no era un problema que debía resolver esa misma noche.
• • •
Podía quedarse.
Solo eso.
Quedarse.
• • •