LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XII — Todo parece funcionar #2
48%

CAPÍTULO XII — Todo parece funcionar #2

Durante años había imaginado que, cuando eso ocurriera, algo dentro de él volvería a estar exactamente donde estaba.

Esperó.

Nada.

Miró otra vez.

Más patrimonio que antes del divorcio.

Valeria seguía viviendo en otra casa.

Daniel seguía teniendo dos habitaciones.

El dinero había vuelto.

La vida anterior no.

Adrián cerró el informe.

La lección estaba allí.

Todavía no quiso verla.

• • •

En vez de eso, abrió la siguiente oportunidad.

Servicios financieros.

Empresa rentable.

Mercado en crecimiento.

El precio era alto.

Gabriel fue claro.

—No.

Adrián levantó la vista.

—Ni siquiera terminaste.

—Terminé ayer.

—¿Y?

—Cara.

—Buen negocio.

—Cara.

—Podemos crecerla.

—Eso dicen todos los compradores antes de pagar de más.

—También dijiste que Panamá era temprano.

—Y tuve razón.

—Funcionó.

—Que funcione no significa que el riesgo inicial no existiera.

—El resultado importa.

Gabriel se quedó mirándolo.

—Esa frase me preocupa.

Adrián cerró el modelo.

—No quiero comprar a cualquier precio.

—Bien.

—Quiero negociar.

—También bien.

—Entonces.

Gabriel señaló la pantalla.

—No te enamorés de ganar.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué significa?

—Que a veces ya no sé si querés la empresa o querés demostrar que podés conseguirla.

¿Construir o demostrar?

La pregunta de Elena.

Adrián la recordó.

—Las dos cosas pueden coexistir.

Gabriel cerró los ojos.

—Eso tampoco me tranquiliza.

• • •

Negociaron durante cuatro meses.

El precio bajó.

No tanto como Gabriel quería.

Lo suficiente para Adrián.

Firmaron.

Tercera operación.

Salvatierra Capital comenzó a dejar de parecer una startup de inversión.

Ahora parecía una firma.

• • •

La prensa volvió.

Esta vez más grande.

Una revista financiera regional pidió entrevista.

Adrián inicialmente dijo no.

Laura lo convenció.

—Necesitamos marca.

—Tenemos resultados.

—Los inversionistas no invierten en resultados que no conocen.

—Eso sonó horrible.

—Y cierto.

La sesión fotográfica fue en la oficina.

Adrián quiso traje azul.

El fotógrafo eligió oscuro.

—Brazos cruzados.

Adrián obedeció.

—No sonría.

—Eso lo hago gratis.

Clic.

Otra.

Ventanal detrás.

Salvatierra Capital apenas visible.

La fotografía salió perfecta.

Demasiado.

Elena la recibió semanas después cuando publicaron.

Mensaje:

Parecés insoportable.

Adrián:

Sesión profesional.

Parece que vas a despedir al fotógrafo.

Era caro. Lo consideré.

Elena respondió con una carcajada.

• • •

El artículo apareció bajo un titular:

ADRIÁN SALVATIERRA: DE EJECUTIVO MULTINACIONAL A CONSTRUCTOR DE EMPRESAS

Hablaba de Nueva York.

Londres.

Singapur.

Hong Kong.

Zúrich.

Su carrera.

Después Salvatierra Capital.

Panamá.

Tecnología.

Servicios financieros.

Disciplina.

Capital.

Crecimiento.

Una frase de Adrián terminó destacada:

“Invertimos donde podemos aportar algo más valioso que dinero.”

Gabriel dejó la revista sobre su escritorio.

—Eso estuvo bueno.

—Lo dije yo.

—Por eso me sorprende.

Adrián rio.

• • •

La fotografía comenzó a circular.

Invitaciones a foros.

Bancos.

Empresarios.

Inversionistas.

Más capital disponible.

Mucho más.

Salvatierra Capital ya no necesitaba perseguir todas las reuniones.

Algunas llegaban solas.

Y con ellas, una sensación peligrosa:

validación.

Adrián estaba demostrando que podía hacerlo.

Sin multinacional.

Sin logo.

Sin salario garantizado.

Él.

Su apellido.

Sus decisiones.

¿Cuánto valgo sin el logo detrás?

La respuesta parecía estar llegando.

Mucho.

• • •

Durante una junta interna, Laura mostró un gráfico.

Activos bajo gestión.

Capital comprometido.

Valor de participaciones.

Todo subía.

Adrián observó.

La línea era hermosa.

Gabriel señaló.

—No te enamorés.

—¿De qué?

—De esto.

—Son resultados.

—Son números.

—Generalmente relacionados.

—También cambian.

Adrián levantó una ceja.

—Sos insoportablemente pesimista.

—Por eso sigo vivo.

Adrián rio.

• • •

Aquella noche cenó con Elena en Costa Rica.

Ella había viajado.

Adrián había preparado un itinerario.

Aeropuerto.

Hotel.

Cena.

Volcán.

Almuerzo.

Otro hotel.

Elena lo leyó en el automóvil.

—¿Qué es esto?

—La agenda.

—¿Agenda?

—Para aprovechar el viaje.

—Estoy de vacaciones.

—Exactamente.

Elena siguió leyendo.

—Hay una línea que dice “traslado”.

—Hay traslados.

—Cancelalo.

—¿Qué?

—Todo.

—No.

—Entonces me devuelvo.

Adrián la miró.

Elena sostuvo el teléfono.

—Vine a verte, no a ejecutar un plan estratégico sobre Costa Rica.

Adrián empezó a reír.

—Está bien.

—¿Qué querés hacer?

Elena miró por la ventana.

—No sé.

Adrián hizo una mueca.

—Eso no ayuda.

—A vos te hace falta practicarlo.

Adrián rio.

No sabía todavía cuánto.

• • •

A la mañana siguiente Elena puso su computadora sobre la mesa de la habitación.

—Necesito dos horas.

Adrián levantó la mirada.

—¿Para qué?

—Trabajo.

La palabra le resultó extrañamente nueva en boca de ella.

Elena trabajaba como editora independiente.

Leía manuscritos, acompañaba catálogos pequeños y asesoraba proyectos que casi nunca aparecían en las revistas que Adrián leía en los aviones.

Hasta entonces él había sabido que trabajaba; no había entendido cuánto de su vida estaba construido alrededor de ese trabajo.

—Pensé que estabas de vacaciones.

—Estoy de vacaciones de vos organizándome Costa Rica. No de mis entregas.

—Eso fue innecesariamente específico.

—Era necesario.

A las ocho Elena entró a una videollamada con Nueva York. Adrián se quedó en el balcón con café, al principio sin intención de escuchar.

Escuchó igual.

No hablaba como con él. No había ironía defensiva ni paciencia divertida. Era precisa. Preguntaba fechas, cuestionaba una propuesta de portada, rechazaba un cambio de último minuto que un cliente intentó presentar como urgente y defendía a una autora que no estaba en la llamada.

—No voy a pedirle que reescriba cuarenta páginas porque alguien cambió de opinión el viernes —dijo—. Si quieren otro libro, compren otro libro.

Adrián bajó la taza.

Sonrió.

Reconocía aquella voz.

No porque se pareciera a la suya.

Porque también sabía poner una frontera.

Cuando la llamada terminó, Elena cerró la computadora.

—¿Qué?

—Nada.

—Tenés cara de estar evaluando una adquisición.

—Estaba descubriendo que sos bastante mandona.

—Y vos recién te enterás porque nunca preguntaste demasiado por mi trabajo.

La frase no fue acusación.

Precisamente por eso Adrián la escuchó.

—Tenés razón.

Elena levantó una ceja.

—Voy a anotar la fecha.

—No exagerés.

—Demasiado tarde.

Adrián tomó el café.

Por primera vez pensó en algo elemental: Elena no era una pausa dentro de su vida. Tenía una vida a la que él también estaba entrando.

• • •

Terminaron comiendo en un lugar que no estaba en la lista.

Esperaron mesa.

Adrián detestó los primeros diez minutos.

Después dejó de importar.

Elena hablaba.

Adrián escuchaba.

En un momento ella preguntó:

—¿Estás feliz?

La misma pregunta del día de Londres.

Adrián sonrió.

—Sí.

Esta vez la respuesta salió más rápido.

—¿Por la empresa?

—También.

—¿Qué más?

Adrián pensó.

Daniel.

Elena.

Libertad.

El éxito.

—Mi vida está bastante bien.

Elena lo observó.

—Eso no fue exactamente lo que pregunté.

Adrián rio.

—Sí. Estoy feliz.

Elena asintió.

No insistió.

Adrián agradeció.

• • •

Aquella noche regresó a casa solo.

Elena había preferido dormir en su hotel.

Todavía.

Adrián abrió el armario.

Trajes.

Tom Ford.

Zegna.

Brioni.

Dos hechos a medida en Londres.

Zapatos.

Relojes.

En el estacionamiento, el Porsche.

En las cuentas, más dinero que antes del divorcio.

En Salvatierra Capital, tres operaciones funcionando.

Daniel estaba bien.

Elena existía.

Adrián se miró en el espejo.

Tenía razones objetivas para sentirse bien.

Y se sentía bien.

La mayoría del tiempo.

Eso fue suficiente para ignorar las noches en que no dormía.

Los momentos en que llegaba a un lugar y no recordaba parte del trayecto.

Los minutos en que una conversación desaparecía.

La planta que volvía a secarse.

Pequeñas cosas.

Nada que un hombre con aquella vida tuviera derecho a convertir en un problema.

Eso pensaba.

• • •

Una semana después, Gabriel dejó una carpeta sobre su escritorio.

—¿Qué es?

—Panamá.

—¿Qué pasó?

—Nada todavía.

Adrián abrió.

Un cliente.

El principal.

Veintisiete punto ocho por ciento de los ingresos.

—¿Qué?

—Están pidiendo revisión de condiciones.

Adrián leyó.

—¿Precio?

—Eso dicen.

—¿Y vos qué pensás?

Gabriel se sentó.

—Que están hablando con otro proveedor.

Adrián siguió leyendo.

—Los recuperamos.

Gabriel guardó silencio.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara.

—Solo recordaba algo.

—¿Qué?

Gabriel señaló la revista sobre una mesa.

La fotografía de Adrián.

Traje oscuro.

Brazos cruzados.

Seguro.

—Todo parece funcionar justo antes de que algo deje de hacerlo.

—Profundo.

—Cobro por hora.

Adrián cerró la carpeta.

—Conseguime reunión.

—Ya está.

—¿Cuándo?

—Panamá. Jueves.

Adrián miró la agenda.

Tenía cena con Elena el miércoles.

Un partido de Daniel el viernes.

Panamá en medio.

Perfecto.

—Voy.

Gabriel asintió.

Se levantó.

Antes de salir giró.

—Adrián.

—¿Qué?

—Si perdemos ese cliente, no pongás plata inmediatamente.

Adrián levantó una ceja.

—Ni siquiera lo perdimos.

—Ya sé.

—Entonces.

—Solo quiero escucharte decirlo.

—No voy a poner plata inmediatamente.

Gabriel lo observó.

—Eso sonó como abogado.

—Andate.

Gabriel rio.

Salió.

Adrián abrió nuevamente la carpeta.

Cliente.

Margen.

Capacidad.

Costos.

Empezó a trabajar.

No estaba preocupado.

Habían resuelto problemas mayores.

Mucho mayores.

Panamá había funcionado.

La segunda operación también.

La tercera estaba creciendo.

Su patrimonio estaba nuevamente en máximos.

Los inversionistas querían aportar más.

Los bancos llamaban.

La prensa hablaba de él.

Todo parecía funcionar.

Y ese era precisamente el problema.

Porque Adrián había comenzado a aprender una lección muy peligrosa:

cada vez que había arriesgado más de lo que Gabriel consideraba prudente...

había ganado.

• • •