LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO VI — Daniel #2
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CAPÍTULO VI — Daniel #2

—No te vayás.

La frase atravesó todo.

Adrián cerró los ojos.

Quería responder:

No me voy.

La promesa fácil.

La mentira cómoda.

No lo hizo.

—No voy a dejar de ser tu papá.

Daniel lloró más.

—Eso no es lo que dije.

Adrián apretó los ojos.

—Ya sé.

No tenía una respuesta mejor.

Así que por primera vez hizo algo que años atrás habría considerado insuficiente.

Se quedó callado.

Y lo sostuvo.

• • •

La mudanza ocurrió dos semanas después.

Adrián podía haber comprado un apartamento.

No lo hizo.

Alquiló uno.

Amplio.

Moderno.

A quince minutos de la casa.

Dos habitaciones.

Una para él.

Una para Daniel.

Insistió en eso.

Compró cama.

Escritorio.

Televisor.

Consola.

Ropa.

Zapatos.

Cargadores.

Un pequeño refrigerador.

Todo nuevo.

Cuando terminó, observó el dormitorio.

Parecía perfecto.

Eso empezó a preocuparlo.

Un cuarto diseñado por un padre que sabía comprar todo y todavía no sabía cómo hacer que su hijo quisiera dormir allí.

• • •

Daniel llegó el primer viernes.

Entró.

Miró.

—Esta es tu habitación.

—Está bonita.

—La cama es más grande.

—Sí.

—Tenés ropa.

Adrián abrió el armario.

—Para que no tengás que traer maleta.

Daniel asintió.

—Y otro control.

Le mostró.

—Para jugar.

Daniel sonrió ligeramente.

—Bien.

Adrián esperaba más entusiasmo.

No llegó.

—¿Querés pizza?

—Sí.

—¿Videojuegos?

—Después.

La palabra golpeó.

Adrián se quedó quieto.

Daniel no lo notó.

O sí.

—Está bien.

• • •

Pidieron pizza.

Daniel eligió película.

A los veinte minutos preguntó:

—¿Mamá está sola?

—Sí.

—¿Podemos llamarla?

Adrián sintió algo absurdo.

Celos.

Le avergonzó inmediatamente.

—Claro.

Daniel hizo videollamada.

Su rostro cambió.

Sonrió.

—Hola, ma.

Adrián se levantó.

—Voy por agua.

Desde la cocina escuchó.

Daniel contaba cosas.

La cama.

La pizza.

El televisor.

El refrigerador.

—Papá compró demasiadas bebidas.

Valeria rio.

Adrián abrió el refrigerador.

Realmente había demasiadas.

Cerró.

Apoyó una mano sobre la puerta.

Podía comprar dos habitaciones idénticas.

Dos consolas.

Dos armarios.

Dos cargadores.

No podía comprarle a Daniel la sensación de tener una sola casa.

• • •

Cuando terminó la llamada, Daniel puso una película.

A mitad, se quedó dormido en el sofá.

Adrián lo miró.

Era demasiado grande para cargarlo como cuando era pequeño.

Probablemente podía.

No quiso despertarlo.

Buscó una manta.

Lo cubrió.

Se sentó en el otro extremo.

Miró a su hijo dormir.

Durante años había temido que a Daniel le faltara dinero.

Ahora descubría otros tipos de carencia.

Tiempo.

Presencia.

Continuidad.

Confianza.

No aparecían en ningún estado de cuenta.

Y tal vez por eso Adrián había tardado tanto en aprender a medirlos.

• • •

A la mañana siguiente Daniel despertó.

—¿Dormí aquí?

—Sí.

—¿Por qué no me despertaste?

—Estabas cansado.

—Tengo hambre.

—Eso sí sé resolverlo.

Daniel sonrió.

Pequeño.

Real.

Adrián sintió alivio.

Hicieron desayuno.

Adrián quemó una tostada.

Daniel la fotografió.

—¿Qué hacés?

—Evidencia.

—Borrala.

—No.

—Te compro el teléfono.

Daniel empezó a reír.

—Mamá dice que intentás resolver todo con plata.

Adrián se quedó quieto.

Daniel dejó de reír.

—Era broma.

—Ya sé.

Pero la frase se quedó.

• • •

Aquella tarde intentaron jugar.

Los dos controles.

Daniel ganó.

Adrián no estaba fingiendo.

—Esto está manipulado.

—Sos malo.

—Tengo reflejos corporativos.

—Eso no existe.

—Debería.

Jugaron casi dos horas.

El teléfono corporativo estaba en la mesa.

Vibró.

Una vez.

Adrián lo miró.

Daniel también.

Segunda.

Adrián sintió el impulso.

Tercera.

Daniel dejó de jugar.

—Podés contestar.

Adrián miró a su hijo.

Recordó el cuarto.

Los dos controles.

La llamada.

Tomó el teléfono.

Lo apagó.

Daniel abrió los ojos.

—¿Qué hiciste?

—Lo apagué.

—¿Se puede?

Adrián rio.

—Aparentemente.

Daniel sonrió.

—¿Y si es algo importante?

Adrián tomó nuevamente el control.

—Ahora estoy haciendo algo importante.

La frase salió espontáneamente.

Adrián la escuchó.

Daniel también.

Volvieron a jugar.

Adrián sintió algo que no había sentido en semanas.

Paz.

Pequeña.

Frágil.

Pero allí.

• • •

El domingo dejó a Daniel con Valeria.

El niño tomó la mochila.

—¿La pasaste bien?

—Sí.

—¿El próximo fin venís?

—Sí.

Daniel hizo una pausa.

—¿Seguro?

La palabra dolió.

—Seguro.

Daniel lo miró.

—No prometás si no sabés.

Adrián sintió que su hijo había aprendido demasiado rápido.

—Tenés razón.

Pensó.

—Voy a hacer todo lo posible.

Daniel asintió.

—Eso sí.

—Nos vemos, campeón.

—Nos vemos, pa.

Daniel caminó hacia la puerta.

Valeria abrió.

Se abrazaron.

Antes de entrar, Daniel giró.

Levantó una mano.

Adrián respondió.

Valeria también.

La puerta se cerró.

• • •

El apartamento lo recibió con silencio.

Adrián dejó las llaves.

Se quitó los zapatos.

No había mochila.

No había televisión.

No había vasos.

No había nadie preguntando qué iban a cenar.

Entró al cuarto de Daniel.

La cama estaba desordenada.

Sonrió.

Por primera vez se alegró de ver algo fuera de lugar.

Sobre el escritorio encontró una hoja.

Un dibujo.

Adrián lo tomó.

Dos casas.

En la izquierda:

MAMÁ

En la derecha:

PAPÁ

Entre ambas, una figura pequeña.

Daniel.

Adrián miró.

El niño no estaba dentro de ninguna casa.

Había dibujado una línea entre ambas.

Un camino.

Adrián se sentó en la cama.

No sabía si Daniel había dejado el papel allí a propósito.

No importaba.

Durante años Adrián había pensado en patrimonio como algo que debía dividirse algún día:

cuentas,

propiedades,

inversiones,

acciones.

El divorcio le estaba enseñando otra división.

Navidad.

Cumpleaños.

Fines de semana.

Ropa.

Habitaciones.

Tiempo.

Los adultos podían dividir prácticamente cualquier cosa.

Los niños no sabían dividirse.

• • •

Esa noche llamó a Daniel.

—Hola.

—Hola.

—Encontré tu dibujo.

Silencio.

—Ah.

—¿Lo dejaste?

—Sí.

Adrián miró la hoja.

—¿Por qué estás en el medio?

Daniel tardó.

—Porque vivo en los dos.

Adrián cerró los ojos.

—Claro.

—¿No te gusta?

—Mucho.

Se quedó mirando la figura.

—Te falta algo.

—¿Qué?

—Un carro.

Daniel rio.

—¿Para qué?

—Para ir de una casa a la otra.

—Es verdad.

Adrián tomó un bolígrafo.

Dibujó un automóvil pequeño sobre la línea.

Ridículamente desproporcionado.

—Listo.

—Mandame foto.

Adrián lo hizo.

Daniel respondió:

Está horrible 😂

Adrián:

Es un Porsche.

Daniel:

Parece una papa.

Adrián empezó a reír solo.

Después Daniel escribió:

Pero dejalo.

Adrián miró el dibujo.

Dos casas.

Un niño.

Un automóvil en medio.

Por primera vez desde la separación pensó algo diferente.

Tal vez su trabajo no era impedir que Daniel tuviera dos casas.

Ya no podía.

Tal vez era asegurarse de que siempre existiera un camino entre ambas.

Y, sobre todo, que Daniel nunca tuviera que recorrerlo solo.

• • •

A la mañana siguiente Adrián llegó a la oficina a las siete.

Laura estaba allí.

—¿Cómo fue el fin de semana?

—Bien.

—¿Daniel?

—Bien.

Adrián entró.

Colocó el dibujo sobre el escritorio.

Laura lo vio.

—¿Eso es un carro?

Adrián levantó la mirada.

—Claramente.

—Parece una papa.

Adrián señaló la puerta.

—Fuera.

Laura rio.

Salió.

Adrián permaneció mirando el dibujo.

El teléfono empezó a sonar.

Londres.

Lo tomó.

—Salvatierra.

Durante los siguientes cuarenta minutos volvió a ser el hombre que sabía exactamente qué hacer.

Pero debajo del teléfono había una hoja con dos casas.

Y por primera vez, incluso mientras hablaba de millones, Adrián sabía que existía algo en su vida que no podía resolver aumentando una cifra.

• • •