La Llave de Santiago (El Código del Camino de Santiago 5)
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CAPÍTULO 1 — El Registro de Tréveris
BLOQUE 1
Trier recibió a Gabriel, Adrien, Lucía y Daniel con un frío húmedo que se colaba entre los edificios de piedra oscura del centro histórico, la ciudad más antigua de Alemania,
fundada por los romanos casi dos mil años atrás como capital de una de las provincias más importantes del imperio en Occidente, con restos arqueológicos --la Porta Nigra, las termas imperiales,
el propio anfiteatro-- que convivían con total naturalidad junto a cafeterías modernas y tiendas de recuerdos para turistas.
Greta Voss los esperaba en la entrada de la biblioteca municipal, una mujer de unos cincuenta años, de gestos precisos y una cordialidad reservada que a Gabriel le recordó, de algún modo, a la propia Hélène Fabre que habían conocido meses atrás en Conques.
---Herr Llorente ---dijo, estrechándole la mano con firmeza---. Leí con mucho interés la publicación de la doctora Montenegro. No imaginé que terminaría contactando directamente a quienes protagonizaron aquella historia.
---El interés es mutuo, se lo aseguro ---respondió Gabriel, sintiendo la misma expectativa nerviosa que había experimentado, casi dos años atrás, frente al sobre sellado de Bobbio.
Greta los condujo hacia una sala de consulta especializada, con temperatura y humedad controladas, donde el propio legajo, ya estabilizado tras meses de trabajo de conservación preventiva, esperaba sobre una mesa protegida por un cristal antirreflejo.
BLOQUE 2
---Antes de mostrárselo, necesito que entiendan el contexto exacto del hallazgo ---explicó Greta, con la precisión metódica de una archivera experimentada---.
El legajo apareció entre documentos donados por una familia local, los Hartmann, cuyo antepasado directo trabajó como escribano en la propia cancillería episcopal de Trier durante el siglo IV, en el período exacto que coincide con el juicio que ustedes mencionan.
Adrien, inclinándose sobre el cristal protector con una concentración absoluta, examinó las primeras líneas visibles del propio documento, redactado en un latín administrativo denso, cargado de fórmulas jurídicas propias de la burocracia imperial tardía.
---Esto es extraordinario ---murmuró, sin apartar la vista---.
La caligrafía, el formato, incluso el tipo de tinta parecen consistentes con documentación oficial romana genuina del período, no con una copia posterior ni con una falsificación erudita, que sería la alternativa más probable para un hallazgo de esta naturaleza.
---Ya realizamos análisis preliminares de la tinta y del propio soporte ---confirmó Greta---.
Todo apunta, hasta ahora, a una autenticidad considerable.
Pero antes de que la comunidad académica acepte formalmente algo tan extraordinario, vamos a necesitar un proceso de verificación mucho más riguroso, con la colaboración de especialistas en varios países.
BLOQUE 3
Lucía, revisando las fotografías de alta resolución que Greta había preparado de antemano para no arriesgar el documento original con manipulación innecesaria, encontró un pasaje que le llamó poderosamente la atención.
---Miren esto ---dijo, señalando un párrafo hacia la mitad del legajo---. Hay una lista de nombres, presentados como testigos de la defensa del propio Prisciliano durante el juicio. Doce nombres, exactamente.
Daniel, procesando aquella coincidencia con el mismo asombro que sentía cada vez que la investigación revelaba una nueva capa de coherencia interna, formuló en voz alta lo que todos empezaban a comprender.
---Los doce seguidores que después fueron ejecutados junto a él, según todo lo que sabemos de las crónicas posteriores y del propio sarcófago de O Cebreiro ---dijo---.
Aquí están, documentados por primera vez con sus nombres completos, en un registro judicial romano contemporáneo a los propios hechos, no en una tradición transmitida siglos después.
Greta, escuchando aquella reconstrucción con un interés que ya no intentaba disimular, formuló la pregunta que representaba, para ella, el verdadero motivo de haber contactado al equipo español en primer lugar.
---Herr Llorente, en mi propia investigación preliminar encontré algo que no supe interpretar del todo, hacia el final del documento, después del veredicto ---dijo, pasando a la última página fotografiada---.
Una mención breve, casi al margen, sobre un objeto que uno de los condenados llevaba consigo en el momento de la ejecución.
Algo que el propio verdugo, según el testimonio, se negó a confiscar, alegando una superstición que el escriba no llegó a explicar del todo.
Gabriel sintió que el corazón se le aceleraba, presintiendo la magnitud de lo que estaba a punto de escuchar.
---¿Qué objeto? ---preguntó.
Greta tradujo, con cuidado, la frase exacta del propio legajo.
"Una llave, de plata ennegrecida, que el mayor de los doce portaba al cuello como signo de autoridad entre los suyos, y que ninguno de los presentes se atrevió a tocar, ni siquiera para entregarla como despojo al fisco imperial, según costumbre."