La llama no escrita (Lux Mortem 1) Epílogo
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Epílogo

Tres latidos

L a piedra estaba tibia. Ezryn se apoyó contra una columna rota, los brazos cruzados, la mirada clavada en la grieta que no se atrevía a nombrar.

Caelan, en silencio, vigilaba desde la penumbra, atento a una amenaza que nunca terminaba de llegar.

La tensión entre ambos era un animal dormido, pero aún con los colmillos manchados de sangre.

No se hablaban desde el día en que ella eligió el centro… y los dejó a ambos en los márgenes.

Serenya entró como quien responde a una llamada más vieja que la propia sangre.

—Esta noche tomaré una decisión —dijo, sin preámbulos—. No será un gesto. Será un nuevo origen.

Las palabras no eran para convencerlos. Eran para sellarse a sí misma.

Mirel le había colocado una capa oscura sobre los hombros. No había preguntado adónde iba, ni pedido respuestas. Solo la había mirado con una fe muda. Sin importar lo que pasase, ella seguiría caminando detrás de esa mujer hasta el borde del mundo.

Los ojos de Serenya se clavaron en los de ellos como una promesa silenciosa. No había miedo ni súplica. Solo la certeza de quien sabe que el próximo paso cambiará el mapa de todo lo que existe.

Y en ese preciso instante, la grieta volvió a respirar .

Una ráfaga invisible recorrió la cámara.

No fue viento. Fue algo más profundo. Una caricia antigua, demasiado vasta para un solo cuerpo, demasiado íntima para llamarse magia.

Algo que se filtró en la sangre, en el hueso, en la memoria.

Las grietas del suelo parpadearon con un resplandor tenue, tres veces. Una. Dos. Tres. Luego, el silencio.

Ezryn frunció el ceño. Caelan contenía el aliento. Pero a su alrededor, las sombras vibraron en un pulso que no era suyo. Como si su magia —la que jamás obedecía sin orden— reconociera algo antes que él y temiera perderlo.

Serenya solo cerró los ojos.

Ya lo sabía. No con palabras, sino con la piel.

Primero, ardió como una promesa incumplida.

Después, se quebró como un juramento roto.

Y al final, se abrió como un nombre recién nacido.

Como si recordara las decisiones que marcaron su camino:

el amor que la quemó,

el dolor que la rompió,

y el nombre que finalmente eligió.

Y aun así, seguía abierta.

No como herida.

Como umbral.

La grieta tembló.

Una vibración apenas perceptible bajo la tierra,

como si algo —o alguien— al otro lado…

hubiera despertado.

Serenya alzó el rostro.

Sus ojos no temblaban.

—Que venga —susurró.

Y el umbral… respondió.

Desde algún lugar,

más allá del Bastión,

una ciudad recordó su nombre.

Y esperó.