54. La grieta habla #2
Esos mismos ojos ya no estaban llenos de inocencia. Había en ellos una necesidad controlada, pero también una determinación que la hizo apartar la mirada .
El recuerdo le apretó el pecho. Una parte de ella, la que aún escuchaba esa risa suya de entonces, quería protegerlo. Otra parte, la que conocía el filo de su presencia actual, sabía que ya no era alguien que necesitara protección.
El ambiente entre ambos se volvió más denso. Elias se inclinó, lo justo para que su voz le rozara la clavícula con una calidez peligrosa.
—¿No lo sientes? —susurró—. Ese alivio que llega cuando no esperan nada de ti. Solo lo que quieras ofrecer.
Tragó saliva, no por miedo. Algo dentro de ella —físico, visceral— le creía.
Por un segundo, uno maldito, su cuerpo aceptó esa verdad.
Pero no todo en ella lo hizo. Había una parte más antigua, enterrada en capas de historia, que se resistía.
No le ofrecía amor. Le ofrecía libertad.
Y en sus labios, incluso eso sonaba a trampa.
Levantó la mirada hacia el cristal. Allí, los reflejos de ambos se dibujaban con nitidez. Y lo que vio no fue a un enemigo. Fue una elección.
—Yo no quiero romperte, Serenya —dijo—. Quiero que decidas romperlos a ellos.
Se dio media vuelta y se alejó sin esperar respuesta. Su perfume quedó en el aire, como una cuerda invisible que aún la sostenía. Cuando Serenya respiró por fin, entendió que él no había entrado por la puerta. Lo había hecho por una rendija en su alma que todavía no sabía cómo cerrar.
Cerró los ojos. El silencio la envolvió. Uno que olía a viento fresco, a fruta compartida, a un momento previo a todo esto. Un silencio que venía de antes. Antes de la grieta. Antes del fin.
Sus palabras no se disolvieron con su partida. Se quedaron flotando en ella, suspendidas como llaves que aún no sabía si quería usar. Cada una había tocado algo distinto, y todavía no tenía claro cuál de todas sus puertas estaba dispuesta a abrir.
Permaneció de pie un momento más, esperando —no sabía qué—, tal vez que su alma se reencontrara con su cuerpo, o que el mundo dejara de girar con tanto peso. Por primera vez en días no tuvo la certeza de querer estar sola. Porque la soledad tenía la voz de Elias.
Y, sin embargo, no todos los silencios dolían. Algunos envolvían con la misma calma que una manta bien conocida. Había silencios que recordaban a casa. A promesa.
No siempre fue así. Existió un momento —pequeño, intacto— en que el mundo aún no ardía. En que la grieta no tenía forma de amenaza, sino de posibilidad. Y él estaba allí. Giró lentamente hacia el ventanal. La luz era tenue. El recuerdo, nítido.
◆◆◆
Una tarde cualquiera. Antes del fin. Ella salía del salón de estrategia con la mente embotada por planes que no le importaban, alianzas construidas sobre intereses ajenos y nombres que no lograba retener.
Entonces lo vio. Caelan, sentado en uno de los muros del Bastión, con las piernas colgando hacia el abismo. La postura tenía algo de abandono, pero también de paz. Parecía flotar entre la piedra y el cielo.
—¿Quieres caer? —le había dicho ella, arqueando una ceja.
—A veces —respondió él, sin girarse—. Pero hoy solo quiero sentir el viento.
Ella se detuvo. Lo observó. Y se sentó a su lado, sin anunciarse. No hubo palabras, ni preguntas. Compartieron el silencio como quien comparte una vieja costumbre.
Él le ofreció un trozo de fruta. Nada especial. Simple. Real.
—¿Estás tentando a una prometida real? —preguntó ella, fingiendo reproche.
—Tentarte no —replicó—. Alimentarte. Nadie lo hace bien por aquí. —Después, en voz más baja, agregó: —Prometida o no… mereces respirar.
Las palabras no fueron lo importante. Fue la mirada que las acompañó. Una que no pedía nada, que no buscaba moldearla. Que no quería corregirla ni reclamarla. Solo estar allí .
No la tocó. Ni siquiera volvió a mirarla después. Pero algo se movió entre ellos. Algo diminuto. Peligroso. El primer movimiento de una grieta. Fue una certeza sutil, de esas que no se nombran. Una fisura en lo que ella pensaba sentir por Ezryn. Una grieta en lo que creía conocer de sí.
Caelan no la miró como se observa una promesa. La miró con la calma de quien ya intuye la maldición.
Ese día no lo supo, pero algo se partió.
En ese silencio prolongado. En la fruta ofrecida sin intención. En una mirada sin exigencias.
Abrió los ojos. Y lo sintió. No en el mármol. Dentro. Acababa de recordar cuándo se abrió la grieta. No en el mundo. En su alma.
◆◆◆
Serenya no se movió de inmediato. Su reflejo seguía presente, inmóvil, igual que ella, atrapada en un instante que parecía al margen del tiempo. Pero por dentro, todo se había desplazado.
Las lágrimas no llegaron a caer, aunque estaban ahí, latentes.
Un temblor apenas contenido le recorría el pecho, silencioso y obstinado.
No se trataba de una sola emoción, sino de un cúmulo que le pesaba detrás de los ojos, en la garganta, en los hombros.
Un peso hecho de decisiones compartidas, promesas dadas…
y sentimientos que no había dejado de tener.
Los quería.
A los dos.
Los había elegido. No al mismo tiempo, pero sí con la misma honestidad. Y también los había traicionado, en mayor o menor medida, por no saber sostener lo que les había ofrecido. Por no haber entendido lo que arrastraba consigo.
Inspiró profundo, reuniendo lo que quedaba de su compostura. Y finalmente se volvió. Dejó atrás el ventanal, la sala, los ecos.
No caminó hacia su habitación. Necesitaba encontrar un rincón donde volver a juntar los fragmentos sin testigos.
Parte de su trenza se había soltado. Un mechón caía sobre su frente, pegajosa de sudor y tensión.
La apartó con un gesto cansado. No era solo el cuerpo el que temblaba; era la voluntad, desgastada por dentro.
Por un momento —uno pequeño, casi infantil— deseó estar en la cocina con Mirel, comiendo pan caliente con mermelada, sin pensar en nombres malditos, futuros imposibles ni besos que sabían a promesas rotas.
Solo mermelada. Y silencio. De ese que no hiere. De ese que aún recuerda a hogar.
E n otra ala del Bastión, el eco de pasos acelerados recorría los muros. La tensión que dejaban atrás aún se adhería a las paredes, como lo hacía en el cuerpo de Serenya.
Dos sombras entraron en la estancia vacía donde los altos cargos se reunían en privado. Nadie los seguía. Nadie osaba interrumpirlos.
Kyrion se detuvo frente a la ventana. Desde allí, las torres parecían garras rotas contra la noche.
—¿Lo viste? —murmuró, sin volverse.
La reina, con las manos crispadas sobre la tela azul, no respondió al instante. Caminó hasta el centro de la sala.
—Vi su mirada. No de Caelan. De ella —dijo al fin, la voz apagada—. Igual que entonces.
Él apoyó ambas manos sobre la piedra del alféizar. Su cuerpo era una estatua a punto de romperse.
—Es ella. La grieta vuelve a sangrar.
—Y con ella, la tumba de mi hija.
El silencio se espesó como polvo antiguo. Como si los muros recordaran también.
—Si Caelan se une a ella, morirá —dijo Kyrion, clavando la mirada en el vacío—. Igual que ella murió. Y esta vez… esta vez no habrá nadie para cerrar la herida .
Selhara se giró hacia él. Su sombra se alargaba sobre el suelo como un manto de duelo.
—¿Y si no muere? ¿Y si esta vez… la grieta se cierra?
Kyrion cerró los ojos y habló como quien se arranca algo del pecho.
—¿A qué precio, Selhara? ¿Estás dispuesta a perderlo?
Silencio.
—No podría sobrevivir a eso. —Ella se acercó, y por primera vez, su voz tembló—. No sé si podré volver a odiarla… Porque cuando lo miro a él lo único que deseo es que sea feliz. Pero si su felicidad se parece demasiado a mi duelo… quizá tenga que aprender a sobrevivir odiándola otra vez.