La línea que no cruzamos Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

No fue un beso de película. No hubo ternura ensayada ni gestos coreografiados.

Fue un choque, una reclamación. Sus labios se presionaron contra los míos con una intensidad que me robó el aliento, con la misma urgencia con la que se abalanza sobre la línea de meta.

El champán aún goteaba de nuestras ropas, el sabor a alcohol y sudor se mezcló en el contacto, y por un segundo, el mundo entero se redujo a la presión de su boca y el calor de su mano en mi nuca.

No era un beso de amor. Era un beso de «he llegado». De «esto es mío y lo reclamo». De «después de todo, aquí estoy».

La multitud enmudeció.

No fue un silencio absoluto, sino ese tipo de silencio que se produce cuando mil personas contienen la respiración al mismo tiempo.

Un suspiro colectivo que se congeló en el aire caliente de la noche.

Las cámaras, decenas de ellas, capturaron el instante desde todos los ángulos posibles.

El flash de los fotógrafos se convirtió en una tormenta de luz blanca, cegadora, pero yo no podía abrir los ojos. No podía apartarme. No quería.

Nicola se separó con la misma brusquedad con la que me había atacado. Sus ojos verdes, tan cerca de los míos, no tenían ni rastro de arrepentimiento. Solo una claridad absoluta, un desafío silencioso que decía: «ahí lo tienes. Ahora lidia con ello».

No aparté la mirada. No me limpié los labios. No reaccioné con la sorpresa que el momento exigía. En cambio, sostuve su mirada con la misma intensidad, con el mismo desafío, y el rincón de mi boca se curvó en una media sonrisa.

—Ahora si que Conti va a matarnos —dije, mi voz apenas un susurro ronco que solo él podía oír.

Su respuesta fue una sonrisa, la misma sonrisa torcida, cansada y triunfante que había tenido en la cabaña, en Suzuka, en cada maldito momento que nos había traído hasta aquí.

—Ya lo sé —respondió.

El sonido regresó al mundo como una ola.

No fue un rugido, fue una explosión. Gritos, aplausos, silbidos, el caos absoluto de una noticia que se propagaba más rápido que el champán.

Los periodistas se abalanzaron sobre las barandillas del podio, sus voces convertidas en un aluvión de preguntas que no esperaban respuesta.

Neiva, desde abajo, tenía una expresión de horror y sorpresa que era casi cómica. La vi llevarse las manos a la cabeza, su boca formando palabras que no podía escuchar pero que sabía perfectamente: «¿Qué mierda? ¿Qué mierda acaban de hacer?»

No me importó.

Nicola tampoco parecía importarle. Se giró hacia la multitud, alzando su botella de champán en un brindis irónico, y el caos se intensificó. La gente no sabía si reír, si aplaudir o si simplemente mirar boquiabierta. Hacían las tres cosas a la vez.

Me quedé allí, en el tercer escalón del podio, sintiendo el latido de mi corazón en las yemas de los dedos y el sabor de su boca aún presente en los labios. El champán seguía goteando por mi barbilla. La luz de los focos me cegaba. Pero no podía dejar de mirarlo.

Él se giró hacia mí, sus ojos encontrando los míos en medio del torbellino. No dijo nada. No hacía falta.

Y en lo alto del podio, con las luces de Abu Dhabi ardiendo a nuestros pies, el mundo entero mirando y las consecuencias esperando al otro lado de la noche, nos quedamos así.

Dos pilotos que habían corrido la carrera más larga de sus vidas y que, contra todo pronóstico, habían llegado juntos a la meta.

El champán aún se secaba en mi piel cuando el teléfono de Neiva vibró con la furia de un motor a punto de explotar. No hizo falta que dijera nada. Su expresión lo decía todo: Conti quería vernos. Ahora.

El viaje desde el paddock hasta la oficina de Conti fue un túnel de miradas y susurros.

Cada persona que cruzaba nuestro camino parecía tener una opinión sobre lo que acababa de pasar en el podio.

Algunas sonrisas cómplices, otras miradas de escándalo, la mayoría una mezcla confusa de ambas.

Nicola caminaba a mi lado, su hombro rozando el mío cada pocos pasos, un recordatorio constante de que no estábamos solos en esto.

—¿Crees que nos va a echar? —preguntó, su voz baja y sin el dramatismo que yo esperaba.

—No lo sé —respondí, y era la verdad—. Pero si lo hace, que sea por algo que valió la pena.

Una sonrisa breve, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. No dijo nada más.

La oficina de Conti era un espacio minimalista, todo vidrio y líneas rectas, diseñado para transmitir poder y control. El jefe de equipo estaba de pie detrás de su escritorio, mirando por la ventana hacia el circuito que aún vibraba con el eco de la carrera. No se volvió cuando entramos.

—Cierren la puerta —dijo, su voz plana, sin el filo que esperábamos.

Nicola obedeció. El clic de la cerradura resonó en el silencio.

—Siéntense.

Nos sentamos en las dos sillas frente a su escritorio.

La tensión era un animal vivo en la habitación, respirando entre nosotros.

Conti tardó un momento en volverse. Cuando lo hizo, su rostro no mostraba la furia que anticipábamos.

Mostraba algo más peligroso: calma. Una calma medida y deliberada que no auguraba nada bueno.

—He visto muchas cosas en este deporte —comenzó, apoyando las manos en el respaldo de su silla—.

Escándalos, traiciones, peleas. He visto pilotos destruir sus carreras por una noche de excesos y he visto a otros levantarse de cenizas que nadie creía posibles.

Pero lo de hoy... —Hizo una pausa, y sus ojos se posaron alternativamente en nosotros—. Lo de hoy es nuevo.

Nicola se movió ligeramente en su silla. Yo me mantuve inmóvil.

—¿Saben cuántos correos tengo en este momento? —continuó Conti, señalando su computadora—. ¿Cuántas llamadas perdidas? La prensa está en llamas. Los patrocinadores están llamando. Y lo peor de todo es que no sé qué decirles porque ni siquiera yo sé qué mierda pasó ahí arriba.

—Giorgio —empecé, pero él levantó una mano, cortándome.

—No. No voy a pedirles explicaciones. No voy a gritarles ni a amenazarlos con demandas. He tenido todo el tiempo que duró el camino desde el podio hasta aquí para pensar, y he llegado a una conclusión.

Se sentó lentamente, sus dedos entrelazados sobre el escritorio. La luz de la lámpara proyectaba sombras en su rostro.

—Este deporte está lleno de reglas no escritas. Una de ellas es que lo que pasa en la pista, se queda en la pista. Otra es que la imagen del equipo es sagrada. Ustedes han roto ambas. Pero también han hecho algo que ningún otro piloto en este equipo ha logrado en años.

Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara.

—Han vuelto a poner a Auronox en el mapa. No por los resultados, aunque esos también han sido buenos. Lo han hecho porque la gente habla de ustedes. Porque cada carrera, cada entrevista, cada mirada que se cruzan, genera titulares. Y en este negocio, los titulares son dinero.

Nicola parpadeó, confundido.

—¿Nos está diciendo que...?

—Que lo de hoy fue un desastre, si. Definitivamente lo fue —cortó Conti, con una mirada que era todo astucia—. Y mientras todos se preguntaban qué iba a hacer, yo solo podía pensar en una cosa.

Hizo una pausa, y sus ojos se posaron primero en Nicola, luego en mí.

—En lo jodidamente felices que se veían.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier reprimenda. Nicola y yo nos miramos, una fracción de segundo, y en esa mirada hubo la misma pregunta: ¿esto es real? ¿Es una trampa?

Conti se inclinó hacia atrás en su silla, los dedos aún entrelazados. Su mirada era la de un hombre que había visto demasiado para sorprenderse por algo.

—Llevo treinta años en este deporte. He visto lo peor de la competitividad.

Y luego llegan ustedes dos, con su historia de mierda, su obsesión, su...

—hizo un gesto vago con la mano—. Su forma retorcida de quererse.

Y me dan una temporada de las que no se olvidan.

—Se inclinó hacia adelante—. ¿Creen que voy a retarlos por un beso en el podio?

Eso es lo de menos. Lo que importa es que trajeron puntos.

Trajeron espectáculo. Trajeron de vuelta a un equipo que estaba muerto.

Nicola abrió la boca, pero Conti lo detuvo con un gesto.

—No estoy diciendo que esté de acuerdo con cómo lo hicieron.

Pero sí estoy diciendo que no soy tan estúpido como para deshacerme de los dos pilotos que le dieron vida a esta escudería.

—Su mirada se posó en Nicola—. Nicola. Has corrido como un condenado este año.

No necesito recordarte lo que hiciste en Suzuka.

Pero necesito que sepas que, si quieres quedarte, tengo un contrato sobre la mesa.

Las palabras cayeron entre nosotros como una moneda al fondo de un pozo. Me tensé se a su lado, mi cuerpo rígido, pero no dije nada. Sé que Nicola sintió el peso de la oferta en el pecho, un peso que no esperaba.

—Pero —continuó Conti, y su tono cambió—. También sé que tu madre está enferma. Sé que has estado luchando con esto más de lo que muestras. Y sé que, a veces, saber cuándo irse es más importante que saber cuándo quedarse.

No supo cómo responder. Parecía que su garganta se había cerrado. Estiré mi mano para rozar la suya bajo la mesa. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero que lo decía todo.

Conti lo miró directamente a los ojos.

—Sé que quieres retirarte, Nicola. Te estoy dando una salida digna. Siempre tendrás un lugar aquí si decides volver. Pero si decides que esto es suficiente... entonces que sea suficiente.

El silencio se alargó. No aparté mi mano de la suya. Y él, después de una temporada entera de no saber qué quería, de no saber quién era, de no saber adónde iba, parecía ya saber la respuesta en ese momento.

No era sobre el miedo. No era sobre la culpa. Era sobre elegir.

—Gracias, Conti —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Pero creo que es suficiente. No correré el próximo año.

No me moví. No dije nada. Pero mis dedos se apretaron contra los suyos bajo la mesa. Una señal de apoyo.