La línea que no cruzamos Capítulo 27
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Capítulo 27

«La reconquista de Suzuka»

NICOLA

Me dieron el visto bueno tras la sesión de hoy y lo único en lo que puedo pensar es en que la carrera de mi retorno es, irónicamente, la misma que me rompió dos años atrás.

Suzuka, Japón.

Luché por esto. Me peleé con más de uno por volver a la pista antes de finalizar la temporada y estaba a punto de ir personalmente a esconder a Conrad en un armario y robarme su casco para conducir ese monoplaza.

Lo necesitaba, o al menos eso creí los primeros días.

El cambio de perspectiva fue chocante. De estar frente a un volante, con la adrenalina llenando el tanque y la cabeza enfocada en esto a perder toda cordura teniendo que espectar desde una tribuna. Y quizás, las cosas cambiaron.

No, definitivamente lo hicieron. Por algo estoy a solo horas de correr la carrera de Suzuka y minutos de la Qualy.

Lo necesitaba. El coche, el empujón al borde del abismo, el control sobre algo cuando lo perdía sobre mí mismo. Pero ahora lo deseaba. Era mi última temporada. Quería subirme a ese monoplaza porque realmente había empezado a disfrutarlo de nuevo y temía irme sin saborear una última vez más la cima.

Rydell me guiñó el ojo mientras se bajaba el visor del casco y yo le sonreí porque tras las prácticas, ambos decidimos curar esta grieta.

Fue incómodo al principio. Un terreno poco explorado y lleno de propensas minas.

Los entrevistadores nos sacaban las palabras como hilos de la garganta y sorprendentemente, no existió rencor, ni miedo.

Porque las cosas definitivamente habían cambiado; nosotros lo hicimos.

Me sudaban las manos bajo los guantes mientras esperaba la señal para salir a la línea de boxes.

Pero esta vez el sudor no era de pánico. Era de anticipación. Era el viejo, sano nerviosismo del piloto antes de la batalla, mezclado con el peso monumental de la historia que este circuito cargaba.

El motor del Auronox roncaba bajo mí, una bestia domesticada que anhelaba el asfalto.

A través del visor, la pista se extendía como un pergamino de curvas perfectas y rectas desafiantes.

La curva de la S, donde los recuerdos hacían temblar las puertas, la de Degner, la Spoon, la temible 130R.

Y la chicane de Casio Triangle, justo antes de la línea de meta.

Mi cabeza funcionaba como un mapa. Corrí tantas veces en esta pista que resultaba casi mecánico manejarla, pero siempre fue una espina en mi pie. Un soplido de desconcentración porque cuando las puertas de mi cabeza son azotadas, pocas veces sé cómo ignorarlas. Soy más autodestructivo que eso.

Hoy se sentía diferente. Hoy… el motor rugía por encima de los latidos de mi corazón. Yo tenía el control. Era mío de nuevo.

La voz de Dylan en mis oídos era un murmullo constante, lleno de datos y confirmaciones. Pero mi mente, por una vez, no estaba en los números. Estaba en la sensación. En el agarre de los neumáticos, en la respuesta del volante, en el latido de mi propio corazón, firme y decidido.

Había vuelto a entrenar con Cyra, la psicóloga, durante estas semanas de baja.

No para «arreglarme», como si fuera un electrodoméstico roto, sino para entender los mecanismos.

Para aprender a distinguir el vértigo del miedo de la emoción de la velocidad, para reconocer los primeros signos de que mi mente empezaba a desbocarse y poder anclarla a la realidad.

Había herramientas ahora. Estrategias. Y sobre todo, había una razón para usarlas que no era solo el miedo a fracasar, sino el deseo genuino de estar aquí.

—Listo, Nico. Luz verde en diez segundos.

Respiré hondo, el aire frío del sistema de ventilación del casco llenando mis pulmones.

Mis ojos buscaron, por un instante, el espejo retrovisor.

Allí, en el box de al lado, distinguía la forma del otro Auronox.

Rydell. No era un fantasma. Era mi compañero.

Mi rival. Mi... ¿novio? ¿Estaba bien llamarlo así?

Muy probablemente mi ritmo cardíaco haya aumentado al pensar en eso.

El hombre que había estado en el otro extremo de mi obsesión y al que ahora miraba no con la urgencia del deseo o el peso de la culpa, sino con una claridad extraña.

Ya no quería destruirme ante él. Ya no necesitaba su perdón como un salvavidas. Simplemente... quería correr con él. Quería medirme contra el mejor, y el mejor, siempre, había sido él.

La luz se puso verde.

Cada curva de Suzuka, antes cargada de fantasmas, se convirtió en un desafío técnico, un rompecabezas de física y adrenalina que mi cuerpo, hambriento, devoraba con precisión.

La S, donde las memorias solían apretar mi garganta, la tomé con una línea limpia y agresiva, sintiendo el coche adherirse al asfalto como si fuera una extensión de mis propios nervios.

La Degner, exigente, me recibió sin piedad y yo le devolví el gesto con un frenado tardío y una salida perfecta.

No era una victoria sobre el pasado. Era una reconciliación.

Escuché los tiempos por la radio. Iba rápido. Muy rápido. En el espejo, veía a los otros monoplazas, manchas de color persiguiendo la misma estela. Y entre ellas, la más constante, la más feroz, era la de Rydell.

No jugábamos. No había espacio para ese tipo de duelos aquí, no durante la qualy.

Pero la pista se había vuelto un espejo.

Cada vez que yo mejoraba mi tiempo, él aparecía en la pantalla de tiempos, a una o dos décimas.

No era presión. Era un recordatorio silencioso, una presencia constante que decía: «Estoy aquí. Dime qué tienes».

Y joder, qué bien se sentía.

En el último intento, en la vuelta definitiva, entré en un estado de flujo tan puro que el mundo exterior desapareció.

Solo existían la pista, el coche y yo. El rugido del motor era mi propio latido.

El viento que silbaba en el casco era mi respiración.

Llegué a la 130R, la curva rápida que exige todo el coraje, y no levanté el pie.

Sentí la fuerza G aplastándome contra el asiento, la suspensión trabajando al límite, y un grito de puro éxtasis se ahogó en mi garganta.

Esto. Esto era lo que amaba. Esto era quien era.

Necesité una caída para darme cuenta lo lejos que había llegado.

Crucé la línea de meta. La voz de Dylan era un eco en mis oídos.

—Bienvenido de vuelta —sonrió, y yo le devolví la sonrisa bajo el casco.

Terminé en el sexto puesto, dos posiciones detrás de Rydell. El muy idiota volvió dos  años después y logró que toda la tribuna salte del asiento. Estaba claro quién iba a salir piloto del día el domingo.

Apagué el motor en el parc fermé. Las manos me temblaban ligeramente al desabrochar el cinturón, pero era la descarga de la adrenalina, no el pánico. Me quité el casco y el aire húmedo de Japón me golpeó en la cara, cargado del olor a combustible y a multitud.

Cuando el motor se apagó en el parc fermé y el silencio repentino llenó mi casco, la realidad volvió a filtrarse, pero con una textura diferente.

Ya no era el ruido ensordecedor de la ansiedad, sino el zumbido suave y constante de la satisfacción.

Había sudado, mis músculos temblaban por el esfuerzo, pero mi mente estaba quieta. Clara.

Me quité el casco y aspiré el aire húmedo y caliente de Japón, lleno del olor a neumáticos calientes y aceite. La adrenalina aún bailaba en mis venas, pero no era el tipo que te hace temblar. Era buena. La que te dice que estás vivo, que hiciste algo bien.

Rydell ya estaba fuera de su coche, rodeado por su equipo.

Se había quitado el casco y la balaclava, y su cabello rubio estaba pegado a la frente por el sudor.

Hablaba con su ingeniero, señalando algo en la telemetría con un gesto concentrado.

Pero justo en ese momento, como si sintiera mi mirada, levantó la vista.

Cruzó la distancia que nos separaba, ignorando los protocolos, y se plantó frente a mí. No dijo nada. No hacía falta.

Extendió la mano. No para un apretón, sino con la palma hacia arriba, un gesto antiguo, de cuando éramos niños y nos pasábamos las llaves de tuercas en el karting.

Sin pensarlo, chocamos las palmas con fuerza, un golpe seco que resonó por encima del bullicio. Fue un saludo, un reconocimiento, un pacto.

—Bien conducido, Ravelli —dijo, y su voz, ronca por el esfuerzo, tenía una calidez que solo yo podía detectar.

—Gracias, Falken —respondí.

Y ambos sabíamos que este simple saludo iba a alimentar a muchos periodistas hambrientos.

Asintió, un movimiento casi imperceptible. Era algo simple e igualmente poderoso: «Lo hiciste».

Yo asentí de vuelta. «Sí. Lo hicimos».

La entrevista de post-qualy fue un trámite.

Respondí las preguntas con una calma que sorprendió incluso al periodista.

Hablé de la sensación en el coche, de la pista, del trabajo del equipo.

No mencioné a Rydell. No hacía falta. Todo el mundo podía ver los tiempos.

Todo el mundo sabía lo que significaba que volviera a Suzuka y saliera sexto.

Pero mientras hablaba, mi mente ya estaba en otra parte.

No en la carrera del día siguiente, sino en el cambio que había ocurrido hoy.

No había corrido para demostrarle nada a Rydell, ni para redimirme ante el fantasma de Suzuka.

Había corrido por mí. Por el puro y simple placer de hacerlo bien.

Y en el proceso, había hecho las paces con el circuito que una vez me había roto.

De vuelta en el motorhome, mientras me despojaba del traje ignífugo, el cansancio empezó a llegar, pero era un cansancio bueno, el de un trabajo bien hecho.

En el silencio de mi camerino, apoyé las manos en el lavabo y me miré en el espejo.

Mis ojos estaban cansados, pero no había sombras de pánico en ellos.

Solo la fatiga honesta del esfuerzo físico.

Sonó un golpe suave en la puerta. Asomé la cabeza y vi a Rydell allí. Sostenía una botella de agua fría, la cual me dio con un gesto de complicidad, después de que yo le sonriera levemente.