Capítulo 25 #2
El último grito resonó en la habitación, cargado de una desesperación tan cruda que me dejó temblando.
La imagen de mi madre, con su nueva medicación y esa frágil esperanza en los ojos, se clavó en mi mente como un cuchillo.
Le había prometido un final feliz. Le había prometido verme una última vez en el escenario más emblemático.
Y ahora... Ahora le iban a dar un anuncio médico y una silla vacía.
—Nicola, por favor, tranquilízate —dijo la doctora, con una mano extendida, pero yo ya me estaba desmoronando por dentro de una manera nueva, más profunda.
—No lo entiendes —jadeé, las lágrimas empezando a nublar mi visión, calientes y humillantes—. No es solo una carrera. Es... Es para ella. Es la última vez que podrá...
No pude terminarlo. Un sollozo se apoderó de mí, brutal y desgarrador. Apoyé la frente en mis rodillas, sintiendo cómo el peso de todo, la temporada, la ansiedad, la decepción, la promesa rota, me aplastaba hasta reducirme a nada.
—Lo sé —dijo ella suavemente—. Y siento mucho que esto caiga así. Pero tu salud es lo primero ahora. Si no te detienes voluntariamente, el cuerpo te obligará a hacerlo de maneras cada vez más drásticas.
Giré la cabeza hacia la pared, incapaz de soportar su mirada.
Las lágrimas, calientes e impotentes, rodaron por mis mejillas y se perdieron en la almohada.
No eran lágrimas de dolor físico, ni siquiera de miedo.
Eran lágrimas de rabia. De una furia sorda y devastadora contra mi propia mente, contra mi cuerpo, contra esta maldita fragilidad que me arrebataba todo lo que me importaba.
Había luchado tanto. Me había levantado de Suzuka, había aguantado el odio de Rydell, la manipulación de Kyle, mi propia culpa… Y justo cuando creía tener algo por lo que valía la pena seguir, una promesa simple y pura para mi madre, mi propia cabeza me lo arrancaba de las manos.
—Esto es una decisión tomada por tu propio bien, Nicola —insistió ella, como si realmente quisiera escuchar esto ahora—. Rydell nos ha informado sobre lo que has estado pasando todos estos días y es importante que…
Ella dejó de hablar cuando yo me giré a verla como si lo que acabara de decir fuera la gota que rebalsó el vaso de lo poco estable que quedaba en mí. Unos golpes en la puerta al mismo tiempo la interrumpieron.
La puerta se abrió antes de que pudiera responder, antes de que mi cerebro, aún entumecido por el sedante y la conmoción, pudiera procesar el significado completo de sus palabras.
Rydell nos ha informado.
Esa frase se clavó en mi pecho, fría y afilada como un estilete.
Rydell se detuvo en el umbral, su silueta recortada contra la luz del pasillo.
Llevaba la misma ropa de ayer, arrugada, y su rostro estaba pálido, marcado por una fatiga que iba más allá de lo físico.
Sus ojos, oscuros e intensos, barrieron la habitación y se clavaron en mí.
En mi rostro empapado, en mi postura encorvada, en la devastación absoluta que debía estar irradiando.
—Nicola —dijo, y su voz era un raspado susurro—. Me dijeron que despertaste.
Cada gota de dolor, de humillación, de rabia impotente, se cristalizó en ese instante en una sola y ardiente punta de lanza dirigida directamente hacia él.
—Diles que estoy bien —supliqué, u ordené, queriendo desesperadamente que tachara esa línea que yo causé y él remarcó—. Diles que fue un susto, que puedo correr. ¡Hazlo, arreglalo!
Él me miró como si fuera un objeto roto, irreparable. Su mirada era un torbellino de emociones: la necesidad de arreglarlo, la rabia por no poder hacerlo.
—Nicola... —empezó, su voz quebrada.
—¡No! —grité, y fue el grito de un animal herido—. ¡Tienes que hacer que me dejen correr! ¡Tienes que arreglarlo! ¡Tú hiciste esto!
Mis palabras eran injustas. Eran venenosas. Pero en ese momento, él era el único blanco que tenía para toda mi rabia, mi dolor y mi impotencia.
Rydell se quedó inmóvil, mis palabras parecieron golpearlo físicamente.
Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo tragaba saliva con dificultad.
Por primera vez, no tenía un plan. No tenía una estrategia.
Y yo, dependiente, era cuando más necesitaba que alguien me ayudara porque no me daban las manos para sostener todos mis pedazos rotos.
Había cruzado una línea de la que no sabía cómo volver.
—No puedo —susurró, y esas dos palabras fueron la sentencia más devastadora que había escuchado en mi vida.
Porque si Rydell Falken, el gran manipulador, el que siempre tenía un movimiento bajo la manga, se rendía... entonces realmente estaba perdido.
—Sal —dije. Mi voz no tembló. Sonó plana, muerta, y mil veces más peligrosa que un grito.
La Dra. Gillotti miró entre Rydell y yo. Mis palabras eran para él, pero fue ella quien puso una excusa vacía que ni siquiera escuché y con un asentimiento hacia Rydell, como si fueran dos testigos de mi caída, se retiró de la habitación.
Rydell permaneció en el umbral, inmóvil.
—Estás siendo injusto.
—¿Injusto? —La palabra salió de mis labios como un escupitajo. Una risa amarga y quebrada me sacudió el pecho—. ¿Injusto? ¡Me quitaste Monza, Rydell!
Se quedó un segundo procesando esas palabras.
—No sé de qué estás hablando.
—¡No van a dejarme correr! —el grito me salió del pecho, rasgando la falsa calma, y me incorporé completamente en la cama, desafiante a pesar de que las piernas me temblaban—.
¡Me sacaste de Monza! ¡Fuiste tú! Fuiste y les contaste...
¿qué, Rydell? ¿Les hiciste un maldito informe?
¿Les diste todos los datos de lo roto que estoy para que te dieran la razón?
La garganta me dolía. Mi cuerpo me exigía volver a sentarme y mis mejillas estaban frías por el suave viento que golpeaba las lágrimas que se secaron.
Y aún así, no me moví porque se estaba quebrando la última de mis grietas.
Mi más privada necesidad de entender a dónde debía ir ahora cuando todo parecía perdido.
—¡No fue así! —él replicó, su voz cargada de una urgencia desesperada—. Fui a hablar con Conti para protegerte, para que te derivaran a un médico, para...
—¡Para quitarme el volante! —rugí, y esta vez las lágrimas volvieron, pero eran de furia pura, calientes y saladas.
Y lo peor es que sabía que no eran hacia él, sino hacia mí—.
¡Esa fue tu solución! ¡Siempre es tu solución!
¡Alejarme, controlarme, decidir por mí! ¡Primero con tu silencio, luego con tu...
Tu compasión asfixiante, y ahora con esto!
Se acercó más, sus manos apretadas en puños a los costados.
—¿Qué querías que hiciera, Nicola? ¿Fingir que verte ahí, al borde del colapso, no hizo que perdiera la puta cabeza?
¿Dejarte volver como si nada a subirte a un monoplaza diciendo estar bien solo para que termines estrellándote contra un muro?
¿Te hace sentir mejor odiarme por esto? ¿Culparme?
Hazlo, joder. Porque lo volvería a hacer si con eso sé que estarás a salvo.
Sus palabras, cargadas de una verdad brutal y egoísta, me dejaron sin aire.
Porque en el fondo, en la parte más enferma y dependiente de mí, esa declaración era un bálsamo envenenado.
Significaba que alguien, aunque fuera de la manera más retorcida, se preocupaba lo suficiente como para cargar con mi odio con tal de que yo estuviera a salvo.
—No necesito que me salves —repliqué, y mi voz se quebró en un sollozo de rabia e impotencia porque al final yo tampoco era capaz de salvarme a mí mismo—.
¡Necesito que me devuelvas mi maldita carrera!
¡Necesito que me dejes ser el dueño de mi propia mierda!
¡Aunque eso signifique estrellarme! ¡Es mi decisión!
—¡No cuando tu mierda puede matarte! —rugió él, y por primera vez, su control se quebró por completo.
Su rostro estaba desencajado, sus ojos inyectados en sangre—.
¡No cuando tu mierda puede matar a alguien más!
¿Es eso lo que quieres, Nicola? ¿Llevarte a alguien contigo para demostrar que tienes el control?
La pregunta me golpeó como un puñetazo en el estómago. Me dejó sin palabras, temblando, la imagen de un accidente, de otro Suzuka por mi culpa, cruzando por mi mente como un relámpago aterrador.
—No… —susurré, la fuerza había abandonado mi voz.
—Entonces, ¿qué? —preguntó, su voz ahora era un susurro ronco, cargado de una desesperación que reflejaba la mía—.
Dime qué demonios querías que hiciera. Porque te juro por lo que sea que sea sagrado que no sé cómo ayudarte.
Cada movimiento que hago es el equivocado.
Cada palabra que digo te aleja más. Te toco y te rompes.
Me alejo y te desmoronas. ¿Qué se supone que debo hacer, Nicola? Porque ya no lo sé.
Su pregunta quedó flotando en el aire estéril de la habitación, un grito de derrota que resonaba más fuerte que todas mis acusaciones.
Toda mi rabia, todo mi odio, se desinfló de golpe, dejando un vacío tan inmenso y doloroso que me hizo doblarme sobre mí mismo. Un sollozo seco y áspero me sacudió. Ya no eran lágrimas de furia, sino de una pena absoluta.
—No lo sé —confesé, y fue la verdad más devastadora—.
No sé qué tienes que hacer. Porque yo tampoco sé qué hacer.
Estoy asustado, Delli. Mierda, estoy tan asustado de no poder controlarlo nunca más.
Y mi madre… Se lo prometí, Ry —lloré, enterrando mi rostro en las manos, incapaz de contenerme más—.
Y se lo arrebaté. Porque estoy roto. Porque mi cabeza no funciona. Porque soy… débil.
La palabra salió como un veneno. Debilidad. Siempre volvía a eso. A la culpa de no ser lo suficientemente fuerte, de no poder aguantar lo que cualquier otro aguantaría.
Escuché sus pasos acercarse. No dije nada. No podía. El peso de la decepción, de la promesa rota, de verme tan lejos del hombre que quería ser, me aplastaba contra el colchón.
Y entonces, sus brazos me rodearon.