La librería de los vientos Capítulo 14Firmas en el embarcadero #3
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Capítulo 14Firmas en el embarcadero #3

—De los cortijos del arroyo hasta la venta del alto —dijo Clara. Los firmantes de la tahona, la maestra, el muchacho del molino que siempre llega tarde a todo. Hizo una pausa para mirar la mesa. —También he traído los que me dejaron en la iglesia y los de la senda que baja a la balsa.

Julia no formuló la pregunta de las cifras; dejó que los pliegos hablaran por ella.

Sujetó la primera hoja con los dedos, pasó la vista por la columna de nombres y reconoció trazos que habían pasado por su vida en destellos: la rúbrica firme de Don Tomás, la X pequeña de una vecina mayor, un garabato de mano de pescador con huellas de sal en la tinta.

Había notas marginales, dibujos infantiles al filo de algunas hojas —estrellas, un barco— y, en varias firmas, una observación escueta: "Servicio cultural — préstamo semanal".

Contó en voz baja, sin aspavientos: las hojas, cuando las fue apilando, sumaron dos bloques que pesaban más de lo que parecía por la apariencia simple del papel.

Mateo encendió la lámpara y la luz de aceite trazó un óvalo cálido sobre las tintas, haciendo nítidos los nombres que, por la tarde, parecían menos rotundos.

Doña Clara apoyó el bastón en la madera y señaló con un movimiento corto.

—La Encina firmó cuarenta —dijo—; la tahona añadió doce en la tarde porque la gente fue a comprar pan y firmó sin pensarlo; la sierra mandó una carta con diez apellidos y una relación de los que no pudieron pasar, pero pidieron que figurara su nombre.

Julia tradujo el asombro en tareas concretas: separó los fajos por procedencia, numeró las páginas en lápiz fino y las fue fijando con una pinza como quien ordena pruebas para un expediente.

Cada lado de carta tenía ahora un destino: anexo del recurso, fotocopia para el registro, originales para archivo.

Abrió la libreta en el punto en que había dejado una nota y escribió sin pausa: "Adjuntar pliegos — fotocopiar originales — testigos: Don Tomás, maestra, panadero — preparar índice".

Sus manos ordenaron, doblaron, marcaron.

Doña Clara dejó sobre la mesa una hoja doblada con caligrafía apretada: "Cartas de los padres — la escuela — quieren que el maestro hable".

Julia leyó la frase y asintió. Entre los fardos había listas mecanografiadas, hojas con anotaciones de hora y lugar, un albarán con una marca de harina en la esquina y, en una de las últimas hojas, una nota que decía: "Vecinas de la sierra piden reconocimiento cultural".

Julia subrayó la línea con la punta de la pluma y dejó la marca negra como guía.

Cuando pasó la vista por una rúbrica, murmuró el nombre en voz baja para comprobar memoria y realidad: "M.

Herrera", "R. Díaz", "Antonio — La Tahona".

Cada nombre encendía en ella un recuerdo diminuto: una conversación en el muelle, una risa en la tahona, la mano áspera de un pescador que había pagado con un gesto y no con dinero.

No hubo grandilocuencias; solo la certeza práctica de que aquello, escrito y firmado, sería algo que el ayuntamiento no podría ignorar.

Mateo colocó junto a la carpeta una pila de albaranes, los sellos de las bolsas de café y las fichas de cata que habían usado en las pruebas del muelle.

El olor del tueste subió en una nube breve y Julia dejó que la fragancia se mezclara con la tinta caliente.

Tomó la chincheta, clavó la primera hoja en la portada de la carpeta y escribió en mayúsculas: "PLIEGOS DE APOYO — ANEXO I". El gesto fue ceremonial en su brevedad.

Doña Clara contó, enumerando con el pulso de quien conoce caminos: "La Senda, la Venta del Alto, las casas del arroyo, el campillo tras la iglesia; hasta el cortijo que no tiene luz puso su nombre.

" Julia oyó las localidades como quien escucha un compás de apoyo y dejó que la lista se transformara en logística: quién firmaría como testigo, qué fichas requerían declaración y cuáles precisaban fotocopia certificada.

Por cada ciudadela que nombraba Clara, Julia marcaba en la libreta una acción precisa.

Antes de que Clara se marchara, sacó de la bolsa un sobre pequeñísimo; lo puso sobre la mesa con un cuidado que parecía contener la dignidad del envío: cartas de padres dobladas en carpeta. —Si hace falta, mandamos al maestro —dijo Clara. Él contará lo que pasa en clase.

Julia cerró la carpeta con la goma, deslizó dentro el índice que había preparado minutos antes —cronología, albaranes, fichas de cata, testimonios, pliegos— y dijo: —Fotocopiaremos el original.

Una copia al registro; otra la dejamos en secretaría.

Si hay que entregarla en mano, la damos al concejal.

La voz mantuvo la medida con que había redactado recursos en la ciudad, ahora usada para la reunión de una comarca.

Mateo apoyó el termo sobre la mesa. El vapor formó una nube corta entre las manos de Julia y la luz alisó la cera aún en sus dedos del dibujo de Leo; por un instante la mesa olió a café, papel y lápiz.

Ella le ofreció la carpeta y él la sostuvo con ese equilibrio sin palabras que siempre tenía: colocar, alinear, fijar.

Cuando la última hoja encajó en la pila, el volumen pareció detener la tarde.

Doña Clara se levantó con la naturalidad de quien cumple una misión.

Antes de retirarse dejó otra galleta en el plato y, con un gesto que era promesa más que palabra, apretó la mano de Julia.

El toque fue breve, suficiente para que la piel recordara la presencia ajena.

Julia clavó una chincheta en una esquina del dibujo infantil que apareció en uno de los pliegos —la furgoneta con alas de Leo—: lo fijó para que nadie lo arrancara y lo dejó en portada.

Cuando la puerta del porche se cerró tras la silueta de Clara, Julia se quedó un instante más con la carpeta abultada entre las manos, con el termo caliente en la mesa y la libreta abierta en la página de tareas: "Mañana 09:00 — registro.

Acompañada." Hizo una pausa, miró a Mateo que recogía la lámpara y dejó que los hombros le bajaran —la carga ya no era suya en soledad; era un peso repartido.

Guardó la carpeta en la caja de la Biblioruta que estaba junto a la puerta, en el lugar donde solían dejar las cosas que ahora pertenecían a todos, y colocó encima el pliego con el dibujo de Leo como si fuese una bandera pequeña.

Miró las hileras de cafeto, que recibían el último hilo de luz, y sintió que la marea que empujaba en la misma dirección tenía ahora manos que la empujaban con ella.