La librería de los vientos Capítulo 13El susurro de las colinas #2
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Capítulo 13El susurro de las colinas #2

El dibujo de Leo estaba clavado en la pared opuesta; sus alas de cera seguían vivas en el papel.

Julia se levantó, cruzó el cuarto y se quedó de pie frente a él.

No lo tocó al principio; dejar que el ojo infantil mirara hacia ella fue un ejercicio de contención.

Luego, con un gesto muy lento, acercó la yema del índice a una de las alas moradas y la dejó deslizarse por la trazada cerosa sin intentar borrarla.

El rastro quedó pálido en la piel, una marca mínima.

La ternura le picó en la garganta y la apartó con la practicidad que le pertenecía: recogió el marcapáginas que había dejado clavado en la esquina del papel y lo devolvió a la caja como si con ese movimiento sellara una distancia.

En la mesilla, el sobre doblado con la nota "Pro: Estabilidad — Contra: perder esto" seguía ahí, a la vista.

Julia lo tomó entre los dedos y lo deslizó por la mesa hasta tenerlo frente a ella.

Pasó la uña por el pliegue sin abrirlo y, con la otra mano, buscó en el fondo de la bolsa la pila de albaranes y fichas que había guardado apresuradamente después del muelle.

Los papeles crujieron. Eran los que había pensado presentar en el Ayuntamiento al día siguiente.

Algunos nombres y firmas aparecieron a la luz de la lámpara: un par de rúbricas infantiles, la letra apretada de Don Tomás, la caligrafía firme de la señora Ramos.

Julia los miró como quien contempla un mapa que otros ya han recorrido.

Levantó la vista hacia la ventana y, más allá del vidrio, el muelle parecía una línea quieta en la mañana.

Guardó las fichas en la caja con un gesto mecánico; las apiló y clavó la tapa con la mirada.

La caja contestó con un sonido seco que le recordó el cierre de la puerta trasera de la furgoneta.

La caja quedó cerrada; la libreta también.

Julia apoyó las palmas sobre la tapa y dejó que la presión le hiciera sentir las aristas de la decisión.

Había una eficacia en esas acciones pequeñas: ordenar, cerrar, hacer que las cosas vuelvan a su sitio.

Se sentó en la butaca junto a la mesa y dejó que la lámpara hiciera un cono de luz donde sus manos se movían.

El tiempo se fue haciendo en pequeñas operaciones: comer una galleta que había sobrado de las que trajo Doña Clara, doblar un marcapáginas y colocarlo dentro del cuaderno, mirar la libreta y no abrirla.

Esos actos eran ritos que sostuvieron su pulso.

Al doblar el marcapáginas, notó otra vez la cera en la uña; la frotó contra la chapa azul que llevaba en un colgante y el olor del lápiz pareció mezclarse con el recuerdo del tueste.

Eligió calma contenida. Sacó de la bolsa un papel en blanco y, como si dictara una nota que no quería dejar remitente, escribió con letra tendida una frase corta: "No puedo arriesgaros.

" La pluma tembló. Al doblar la nota, la leyó una vez y la deslizó debajo de la libreta, sin firmarla.

No tenía intención de enviarla. Era más bien una comprobación: poner en tinta lo que la invadía —por atraer miradas, por ocupar un espacio público con su sueño, por exponer a personas que no pidieron una disputa.

Todo eso se anudaba en un vértigo que podía resolverse, desde su punto de vista, con ausencia.

Colocó el teléfono apagado en el centro de la mesa y lo rodeó con las dos tazas vacías, como si con ese círculo fuera a proteger a la gente del pueblo de su propia decisión.

Acarició la superficie lisa con el borde de la mano.

La pantalla oscura la miró sin devolverle acusaciones.

Julia pensó en los nombres escritos en los albaranes.

La ética de la discreción le imponía un deber: alejarse antes de que los vecinos tuvieran que pagar por su imprudencia.

No fue una idea heroica; fue un cálculo hecho con la misma economía de riesgo con la que había comprado la furgoneta: si algo debía ceder, que fuera ella.

El cuarto se llenó de un silencio que no parecía quebradizo.

Desde la calle, un par de pasos amortiguados cruzaron la gravilla; el sonido llegó sin urgencia y se perdió.

Julia cerró los ojos un instante y dejó que la oscuridad que había escogido la hiciera tangible.

Sus manos se movieron para recoger las tazas y las dejó una junto a la otra en el fregadero, donde esperaban discreción y olvido.

No tuvo ganas de lavarlas; su abandono doméstico era parte de la decisión: el proyecto podía quedar intacto en manos ajenas, o desaparecer sin que su rostro fuera el motivo de las sanciones.

Abrió un cajón y buscó la vieja maleta con la que había llegado a Colinas de Arena.

No la sacó de la funda; la tocó, sintió la tela y los restos de viajes.

La idea de meter dentro la libreta, algunas camisetas y la nota sin firmar le pareció en aquel momento una respuesta proporcionada.

Dejó la maleta cerrada. Sus dedos, al volver a rozar el cuerno de la llave que colgaba del perchero, se detuvieron.

No era ni valentía ni cobardía lo que determinaba su pausa; era la medida del impacto que imaginaba causar en aquellos que la habían acompañado hasta ahora.

Apoyó la frente en la palma de la mano y escuchó su propia respiración, el motor rítmico que no dejaba que la cabeza se llenara de consignas.

La cabaña permanecía en silencio; el cuenco de luz sobre la mesa marcaba la isla donde sus decisiones flotaban.

Dejó la nota debajo de la libreta, apagó la lámpara y, en la oscuridad que invadió la habitación, comprobó una vez más que el teléfono seguía mudo.

Decidió que lo mejor sería marcharse antes de que alguien tuviera que pagar por su sueño.

Los golpes llegaron después, suaves y medidos, como si quisieran evitar reventar el silencio que ella había impuesto. Julia los reconoció de inmediato: no eran la urgencia de un desconocido, sino la persistencia delicada de quien sabe tocar una puerta sin herirla.

Abrió la cadena poco más de un palmo. La rendija ofreció un estrecho arco de luz: la figura de Mateo recortada contra el sendero, la chaqueta con polvo del cobertizo y una bolsa pequeña colgando de la mano.

Vio enseguida la etiqueta asomando, pero buscó la expresión que venía con el hombre: ojos que, a Julia, le parecieron cargados de una atención puesta solo en quien tenían delante.

—Hola —dijo él, en voz baja, como quien mide hasta la última consonante para que no se rompa nada.

Ella dejó la palma apoyada en el canto de la puerta; la cadena crujió, marcando la franja de distancia. La abertura alcanzaba palabras, no cuerpos.

—No quiero molestarte —añadió él, y su mano apretó la bolsa sin apuro.

Julia respiró. Había practicado esa respiración la noche anterior. Las palabras ensayadas necesitaban ahora un tono que no las débilitara.

—He pensado —dijo— y creo que lo responsable es suspender el acuerdo de café. Mientras esto esté abierto, cualquier cosa que ocurra conmigo puede alcanzarles. No puedo pedirte que cargues con mi problema.

El silencio se tensó en la rendija. Julia midió la luz en las pestañas de Mateo, la húmeda claridad en el contorno de sus ojos. Ordenó la frase con la misma precisión con la que había numerado albaranes la semana pasada.

Mateo inhaló y sus manos, que habían sujetado sacos y palas durante años, buscaron una superficie donde apoyarse: el marco de la puerta, la bolsa que traía. No habló de inmediato.

—No —dijo él al fin— no voy a dejar que me lo devuelvas así. Si hay algo que se puede hacer, lo hacemos juntos.

La oferta no vino envuelta en retórica. Julia percibió su sinceridad como concreta posibilidad y riesgo a la vez. Miró la bolsa y aspiró; detrás del aroma a grano estaba la red de la finca, la rutina que no quería poner en peligro.

—No quiero ponerte en riesgo —repitió— si me multan, si hay sanciones, tú podrías resultar afectado por asociación. No puedo pedirte que arriesgues El Susurro por mis errores.

Las palabras salieron medidas, casi secas. Julia notó la manera en que la cadena vibraba bajo su mano, la misma vibración que debía haberle sonado en la furgoneta cuando el precinto la sujetó por primera vez. Aquella textura metálica le recordó la cinta gris de la notificación.

Mateo apoyó la palma contra la puerta, al nivel de sus ojos; no pidió permiso para tocar. El calor del contacto le alcanzó la piel.

—Puedes defenderte —murmuró él—. No renuncies a todo por miedo.

Julia dejó que la frase llegara y repasó la lista que había trazado en su libreta: fotocopias, testimonios, firmas.

Pensó en Doña Clara, en Don Tomás, en la fila de dibujos que Leo había dejado.

Todo cabía en una suma de actos, pero también en una frágil ecuación que implicaba el nombre del Susurro.

Si decidía impedir que aquel nombre se mezclara con su problema, sería por evitar que la finca perdiera por asociación lo que tanto le había costado conservar.

—No necesito que me defiendas haciéndote daño —dijo—. Lo siento.

Fue una disculpa breve, sin ornamento. La cadena crujió cuando la sostuvo con más firmeza.

Mateo dejó salir un aire por la nariz; no pronunció reproches.

Con un movimiento lento, siempre dentro del arco de la rendija, sacó de la bolsa un pequeño saquito con etiqueta a mano.

Lo dejó ver apenas, como quien tiende una posibilidad sin exigir aceptación.

Julia reconoció la letra en la etiqueta: la caligrafía fina con la que Mateo marcaba sus lotes.

—Guárdalo —dijo él—. Cuando esto pase, lo pruebas.

Fue un gesto tan sencillo que desgarró la estrategia de despedida por su cordura. Julia inclinó la cabeza y negó con la mano.

—No es necesario —respondió—. Gracias.

Sus palabras cerraban la puerta. Por un segundo, la boca de Mateo se abrió para decir algo más; cerró los labios. Julia observó el movimiento.

—Cuídate —dijo él, con la voz que llevaba la petición envuelta en la costumbre del cuidado.