La librería de los vientos Capítulo 9La tormenta de verano
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Capítulo 9La tormenta de verano

La tormenta de verano

Era esa mañana. El cielo se le vino encima en cuestión de minutos.

Julia volteó la cabeza cuando una franja oscura bajó por el horizonte y el viento cambió de dirección con un sonido agudo, como la cuerda de un arco tensándose.

Había salido temprano para la parada en el muelle viejo: colocar las sillas, alinear las pilas de novedades, dejar a la vista el atlas reservado para Leo.

Ahora el marcapáginas con la dedicatoria de siempre golpeó la tapa de la caja con un golpe seco y se deslizó hasta el borde.

Ella lo recogió con una mano que no lograba estar quieta.

Las primeras gotas fueron apenas un rumor que empastó el olor del lago con notas a pino húmedo.

Julia cerró la libreta en seco, metió la pluma en el lazo y dejó caer la tapa de la caja sobre el cuaderno de sugerencias.

Un trueno rodó a lo lejos y el muelle pareció encogerse.

Las sillas plegables ya estaban dispuestas en fila cuando la ráfaga las levantó sin pedir permiso; una de las patas bailó y la lona de una silla raspó la madera con un ruido que le apretó el pecho.

El viento empezó a traer arena en hileras que le picaron la piel de la cara.

Julia dobló una silla con las manos en un gesto que combinaba urgencia y exactitud: una pierna adentro, la otra fuera, cerrar, sujetar.

Fue un movimiento mecánico que le ayudó a contar la secuencia.

Las chinchetas en la tapa del salpicadero tintinearon con cada ráfaga; el dibujo de Leo, clavado con paciencia, golpeó la madera y volvió a asentarse.

Ella lo ajustó con cuidado, como quien protege a alguien dormido.

Vio las nubes cortarse en líneas más negras aún y, por la orilla, una luz blanca bajó y cartografió la superficie del lago.

La electricidad en el aire le pegó en el pelo y le dejó un sabor metálico en la lengua.

Respiró hondo, recogió dos marcapáginas que rodaban y los metió en un bolsillo.

Tenía las manos llenas de cosas pequeñas —chinchetas, marcapáginas, papel— y la sensación de que faltaba tiempo.

Cuando la lata del termo rodó y se quedó a medio caer del borde de la mesa auxiliar, alguien frenó su caída con una mano firme.

—¿Necesitas ayuda? Julia reconoció la voz antes de girar.

Mateo estaba en la puerta del muelle, la camioneta apoyada en la gravilla, el viento abalanzándose sobre la chapa.

No le dio tiempo a agradecer con palabras; era tarde para las palabras.

Él dejó la cuerda del saco, se acuclilló y ayudó a cerrar una caja que se negaba a mantener la tapa en su sitio.

—Rápido —contestó ella, sin alzar la voz más de lo necesario—. Las sillas, las telas, las fichas. La lluvia no espera.

Trabajaron en silencio que no era ausencia de voz sino ritmo compartido: él sostenía la pata de una silla mientras ella la encajaba; él levantaba una caja y ella se inclinaba para meter dentro las novedades sin que se arruinaran las cubiertas.

El contacto de las manos fue siempre operativo —cambiar una postura, ajustar una cuerda— pero hubo un instante en que al pasar una bolsa los dedos se rozaron y el roce duró un pequeño segundo más de lo estrictamente necesario.

Julia notó el calor en la yema de sus dedos y lo guardó como una marca más entre las tareas.

La lluvia se adelantó a la orden de los cielos.

Primero un chorro, luego una cortina que barrió la vista del otro lado del muelle; el olor a tierra mojada subió en un golpe.

El agua golpeó la madera con un tambor pesado que hizo vibrar las tazas en la bandeja.

El viento pegó una sacudida que arrojó varias páginas al lago; Julia alcanzó una con un movimiento que le salpicó la cara y la manga.

La tinta corrió en un trazo oscuro. —No —dijo sin pensar, más a la página que a nadie—. No hoy.

Un fogonazo iluminó la superficie y el trueno vino como una ola.

La lluvia ya no era lluvia: era una cortina de hilos que golpeaba con rabia y con prisa.

Julia miró a la furgoneta abierta, la tapa trasera que ofrecía refugio y al mismo tiempo se convertía en embudo de agua.

Debía cerrar la puerta sin dejar afuera las cosas que aún podían salvarse.

Apartó un manojo de libros atrapados en la alfombra, los apiló con cuidado y buscó con la vista el atlas de Leo —el reservado— para asegurarlo en la caja de novedades.

Las gotas le corrían por la nuca y el delantal se le pegaba al cuerpo.

—Dentro, rápido —dijo, señalando la parte trasera del vehículo—. Hay sitio para acabar de asegurar esto.

Entraron uno detrás del otro: primero Julia con un paquete entre los brazos, luego Mateo con una caja que dejó caer junto a las estanterías.

El habitáculo olió a papel caliente, a tinta y a café tibio; la chapa azul celeste se tornó una pared que resonaba con cada golpe de lluvia.

Cerró la tapa con el clic familiar y, por un momento, la noche les llevó el sonido del agua convertida en un martillazo.

El espacio se hizo pequeño en un segundo, como si alguien hubiera plisado el mundo hasta dejarlo justo en la medida del banco de madera y de las estanterías.

Julia se sentó con la espalda pegada a una estantería donde las cubiertas de los libros formaban una línea de colores que le pareció, en ese instante, una promesa estable.

Mateo se quedó de pie estrecho entre dos cajas; la luz del flexo tembló sobre su perfil cuando pasó una mano por el pelo.

Ella no narró su gesto; solo lo registró por la presión de la cintura de su vaquero contra la puerta y por el olor que trajo consigo, un matiz de hojarasca y humo leve.

La lluvia golpeó con más fuerza y el metal vibró como si alguien tocara un tambor.

El dibujo de Leo, colgado aún en el salpicadero, recibió una lluvia de luz que lo hizo casi translúcido.

Julia lo miró: las alas moradas se habían vuelto más vivas bajo los destellos de los relámpagos.

Con movimientos prácticos buscó una manta enrollada en una caja baja —la usaba para episodios fríos y para que las sillas no arañaran la madera— y la sacó.

Estaba húmeda en un borde y suave en el otro.

La extendió sobre las piernas como si organizara un pequeño refugio.

Mateo alargó una taza que había quedado tibia en la bandeja.

La sostuvo con ambas manos y la colocó frente a ella.

Julia aceptó el recipiente y notó el calor traspasando la cerámica hasta los dedos.

Hundió los dedos en la manta, la llevó hasta sus rodillas y cerró los ojos un instante para medir el sonido.

Afuera, el lago rugía; dentro, el latido que compartía con la chapa era otro.

Ella dejó que la taza tocara su labio y, al beber, el café desmontó el frío en un sorbo que tuvo gusto a caramelo vertical.

—¿Salió todo? —preguntó él, sin prisa, con la voz que se usaba para comprobar procedimientos.

Ella repasó con la vista las pilas, la libreta de sugerencias ya asegurada dentro de una caja hermética, la pequeña caja donde guardaba los marcapáginas, la etiqueta del lote 03 que aún asomaba. Contuvo la respiración y exhaló: —Sí. Lo principal está dentro.

Se tendió un segundo, no para relajarse sino para contar: cajas, atlas, cuaderno, dibujo de Leo.

El crujido de las páginas húmedas pronto sería una memoria que ordenar; por el momento, la prioridad era el silencio de la lluvia y el resguardo.

Julia escuchó el pequeño roce de la lona de la manta cuando la movió y notó que sus manos todavía temblaban levemente.

Sin dramatismos, colocó la libreta en su regazo y apoyó la palma sobre la chapa azul que era, aún debajo de ella, la superficie fría que había conocido desde el primer día.

Aferrada a esa sensación, miró a Mateo de reojo.

Había distancia; no temores ni confesiones en el aire, solo la cercanía imprevista que trae una tormenta.

Él apoyó la espalda contra la estantería, las piernas flexionadas en el espacio reducido, y una gota se corrió por su frente hasta la mejilla.

Ella pensó en la promesa que llevaba escrita en su libreta de tareas y en la nota doblada junto al dibujo en la guantera: Pro: Estabilidad — Contra: perder esto.

El viento hizo vibrar la chapa y el sobre gris, guardado donde siempre, se movió una fracción y emitió un golpe sordo contra el metal.

La lluvia convirtió el mundo en una pared sonora.

En el silencio que quedó tras el trueno, Julia notó cómo su respiración coincidía con la del banco de madera.

Sin planes grandilocuentes, sin declaraciones solemnes, el gesto siguiente fue simple: acercó la manta un centímetro más y recogió la libreta con una mano.

Cerró los ojos un segundo y dejó que el ruido del cielo fuera una cortina que la aislara de los otros temores que había traído a esta parada.

La furgoneta tembló otra vez cuando un relámpago cayó más lejos de lo que parecía posible.

Afuera, el muelle luchaba con la lluvia; dentro, entre el olor a café, a tinta y a madera, Julia apretó la taza, notó el calor en sus manos y sintió, por primera vez en la tarde, que proteger aquello que había montado podía hacerse con aliados: cajas, chinchetas, manos ajenas y, por qué no, el cuerpo cálido que ahora compartía el mismo pequeño banco.

La lluvia seguía; la tormenta, intacta, les daba tiempo.

Bajó los párpados un instante y mantuvo la taza apretada contra las palmas, notando cómo el calor le subía por los dedos hasta la muñeca.

La manta que había extendido sobre las piernas olía a lana lavada y a humo lejano; Mateo se acomodó junto a ella, tirando de un extremo para que cubriera también sus rodillas.

El flexo osciló un instante cuando la lluvia dio otro golpe en el techo.