La librería de los vientos Capítulo 8El dibujo de Leo #2
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Capítulo 8El dibujo de Leo #2

La mujer inclinó la cabeza, como quien recoge una promesa sin saber si la merece. Sus dedos rozaron la esquina del dibujo de Leo, un gesto casi reverente.

—¿Podría ser uno de mapas? —preguntó con una sonrisa corta—. —Dice que quiere buscar sitios nuevos.

Julia asintió, abrió la libreta, buscó la página de reservas y, con la misma caligrafía ordenada con que registraba préstamos, escribió: «Reservado — Leo — Atlas ilustrado — recoger jueves». La pluma dejó un trazo firme que sostuvo la petición sin adornos.

—Vendremos el jueves —dijo la mujer—. —Si no puede, no pasa nada. Solo quería que supiera lo que ha pasado en casa.

Estaba a punto de darse la vuelta cuando, como si le costara abandonar esa orilla de intimidad, añadió otra cosa.

—Mire —dijo, y de la manga del delantal sacó un pequeño papel arrugado—.

Es solo un dibujo que hizo ayer. Me dijo: «Mamá, un día la Biblioruta me llevará a los mapas y yo le enseñaré al mundo dónde están las cosas que perdí cuando me dormí».

No sé si lo entiende. Yo lo guardé. Pensé que quizás a usted le gustaría ver lo que hace.

Julia tomó la hoja. Los trazos eran inseguros, a veces apretados, a veces abiertos; había líneas de mar, manchas de ocre y un sol con un ojo.

En un rincón, con la misma caligrafía infantil que ya le resultaba familiar, aparecía una X junto a una furgoneta muy pequeña.

Era un dibujo como cualquier otro de Leo, y al mismo tiempo tenía la urgencia de un mapa dibujado por alguien que cree de verdad en el vuelo.

Deslizó el papel entre dos dedos; la cera de su yema rozó el bordillo y dejó una marca imperceptible.

—Gracias —repitió la mujer, esta vez con menos palabras y más peso—. —No sé qué haríamos sin esto.

Julia guardó el dibujo en la caja de recortes, junto a otros que ya había acumulado; luego tomó un marcapáginas y lo colocó en la esquina del papel, como un sello pequeño.

Señaló dónde podía dejar la libreta si quería dejar una nota, indicó las horas del club de lectura y deslizó el correo del Ayuntamiento hacia un lado de la mesa, lejos de la conversación.

—Traiga a Leo cuando pueda —propuso—. —Si quiere, le reservamos una silla en el club. Doña Clara trae galletas y a veces alguien trae una silla más.

La mujer sonrió con una luz rara, una mezcla de alivio y sorpresa que le cambiaba la expresión. La mano que le dio la patata se apretó alrededor del asa del saco y luego se soltó.

—Vendré —dijo—. —Y otra cosa: si algún día se decide a pasar la furgoneta por la escuela más tempranito, los muchachos que salen a ordeñar podrían pasar por un cuento o por una ficha. No tenemos dinero, pero tenemos manos para ayudar.

Julia no hizo promesas grandes; señaló la libreta donde había escrito la reserva y, con la misma calma con la que organizaba las estanterías, apuntó a un margen una nota pequeña: «Considerar visita escuela — horario matinal».

Fue una anotación práctica, un gesto escrito que ocupaba espacio en su plan sin convertirlo en obligación ineludible.

La mujer ladeó la cabeza un instante y, como quien deja una palabra suelta en el aire para que otra la recoja, dijo:

—Cuide lo que trae, señorita. Nosotros lo cuidamos.

Se volvió y se alejó por la senda, dejando tras de sí el crujido de la grava y el olor terroso de su delantal.

Julia la vio desaparecer entre las sombras de los sauces; la luz tocó otra vez el dibujo de Leo en el salpicadero y las alas parecieron vibrar.

Sobre la mesa, la patata reposaba junto a la libreta que ahora mostraba la palabra «Reservado» en una línea clara.

Julia cerró la libreta, metió la pluma en su lazo y volvió a guardar el cuaderno en la caja de postales.

Pasó el pulgar por el borde del marcapáginas que había colocado en el dibujo; la cera dejó un velo pálido en la piel.

Sin prisa, apoyó la mirada en el dibujo clavado en la tapa, donde las alas dibujadas por un niño iluminaban la fila de lomos.

Las huellas de las zapatillas en la gravilla llevaban ya la marca de la mujer que se había ido, y el muelle retomó su ritmo habitual: una garza, el roce de una barca, la voz de un maestro llamando a los niños a clase.

Recogió la bandeja, guardó la taza y, con la libreta asegurada junto a la pluma atada, cerró la puerta trasera con el clic conocido que tanto la tranquilizaba.

Tras cerrar la tapa trasera y dejar que el eco del clic se disipara en la gravilla, Julia esperó un instante antes de encender el flexo de batería.

El haz de luz tuvo algo de ceremonioso: primero una mancha pequeña, luego un óvalo que fue creciendo hasta abarcar el salpicadero y el dibujo clavado en él.

La luz era cálida y seca, como la de una linterna antigua, y al atravesar la cera dejó ver las fibras del papel, las crestas donde el crayón había apretado demasiado, los sitios en que los dedos de Leo habían mezclado colores sin pretensión de corrección.

Tomó la libreta que sostenía y la apoyó en el regazo —la misma con la pluma atada— y, sin prisa, deslizó la yema del índice por la traza naranja de una de las alas.

La cera cedió un poco bajo la presión, dejando un rastro pálido en la piel que olía a lápiz y a algo más dulce, a goma y a infancia.

La línea era tosca; la mano que la había hecho no se había preocupado por contornos perfectos, solo por la urgencia de que aquello volara.

Un gesto de reconocimiento asomó a su boca, como quien encuentra una costura bien hecha en una prenda heredada.

El flexo zumbó en un tono bajo que casi se confundía con el soplo del lago más allá del muelle.

Afuera, la noche no se había cerrado del todo: la superficie del agua tomaba un brillo de espejo roto y, de cuando en cuando, un sonido remoto —el roce de una barca, quizá— tocaba la madera del embarcadero como una nota que quedaba suspendida.

No había nadie en la orilla; el murmullo del pueblo se había desplazado ya a otras casas, a otros asuntos.

En el interior, entre libros y tazas propensas a enfriarse, la furgoneta era un cuarto pequeño que contenía todo el mundo posible.

Julia apoyó el codo en el respaldo y dejó que la mirada se entretuviera en las figuras infantiles del dibujo: personas con libros dibujadas como palitos que, sin embargo, tenían bocas anchas de sonrisa; el lago representado con un azul plano cortado por líneas verdes; la furgoneta con sus ruedas calculadas con un pulso firme y, encima, las alas, dos manchas generosas que pedían vuelo.

En el borde inferior, con la letra irregular de un niño, había quedado la frase: "La Biblioruta vuela.

" No era una dedicatoria ni un rótulo: era la constatación de un efecto.

Sus dedos buscaron un marcapáginas que siempre llevaba en el bolsillo del delantal y lo comparó con la palabra escrita en el papel.

Era el mismo lema que había pegado a la pila de novedad y que ahora, en la penumbra, parecía resonar distinto.

Julia dejó la libreta abierta y, con una caligrafía que le salió más firme de lo esperado, añadió en la página de tareas una línea breve: "Jueves — club — atlas reservado — fichas y testimonios.

" No necesitó subrayarla; el gesto de escribirla la hizo tan real como si ya hubiera sido dicho en voz alta.

Cerró la libreta con el chasquido de la goma y la dejó junto a la taza vacía.