La librería de los vientos Capítulo 6El eco de la gran ciudad
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Capítulo 6El eco de la gran ciudad

El eco de la gran ciudad

La luz de la mañana se coló por la rendija del ventanuco y dibujó una franja cálida sobre los lomos que aún olían a imprenta.

Julia tenía las manos manchadas de tiza —un polvo fino que, mezclado con el aroma de papel nuevo, le parecía ya una marca de casa— y había dispuesto las novedades en la balda central como quien compone un escaparate con la paciencia de un artesano: cubiertas alineadas, etiquetas recién pegadas, un pequeño cartelito con la palabra "Novedades" escrito con la misma caligrafía que usaba para los menús de café.

La ciudad, con su orden medido y su aire acondicionado, le parecía un mapa rígido; el campo, con sus aromas indecisos, un territorio para perderse.

Dejó a un lado un paquete con ejemplares ilustrados y limpió el borde de uno con la manga.

Al abrirlo, el olor a colas y hojas le produjo una especie de alivio físico; el librito crujió al pasar la primera página.

En la esquina del salpicadero, el dibujo de Leo con la furgoneta alada ondeaba clavado con un alfiler.

Al lado, la libreta de sugerencias y la pluma atada reposaban en su hueco como si fuesen parte del ritual diario: anotar préstamos, corregir algún error de inventario, pegar un marcapáginas con una cita breve.

Encendió la hornilla apenas un momento para calentar agua; el silbido tibio, la tetera mate que colgaba de la maneta y el aroma del termo con el lote de El Susurro completaban la escena con una domesticidad que a la ciudad le faltaba.

Abrió una ficha nueva, escribió con cuidado "Prueba: Novelas contemporáneas — estantería central" y pegó un marcapáginas con la frase "Para quien se atreva a cambiar de mapa" entre las páginas de un ejemplar.

Colocó el libro en posición de frente, como si fuese una invitación.

El silencio del muelle se espesó un instante.

El teléfono vibró sobre la mesa. La pantalla mostró un número desconocido de Madrid.

Por un momento, dudó; la furgoneta estaba llena de pequeñas órdenes: la caja de reservas junto a la puerta, las cucharillas dentro de su tarro, el albarán en blanco.

Aun así, respondió. La voz al otro lado fue la que menos esperaba.

—Julia, soy Andrés —dijo la voz desde la central, clara y mesurada—. —¿Tienes un minuto?

La frase traía el aire acondicionado de la capital, un ritmo sin prisa pero sin pausa, una formalidad que Julia conocía demasiado bien. Andrés había sido su jefe; su timbre conservaba la costumbre de los despachos: medido, eficiente, sin flores.

—Lo tengo —contestó ella—. —Estoy en Aguas Claras.

Mientras hablaba, sus dedos buscaron sin pretenderlo la guantera.

Allí, oculto entre la factura del gas y un mapa doblado, estaba el sobre gris con la firma azul todavía visible: "Lo sentimos, su puesto ya no es necesario.

" No lo había abierto desde la primera noche, pero su presencia era un objeto cotidiano, como la linterna de repuesto o el rollo de cinta adhesiva.

Notó la textura del papel bajo sus yemas y no lo sacó. Su voz sonó plana, sin temblor.

Andrés explicó, con esa mezcla de concreción y distancia propia de quien comunica números y plazos, que había quedado vacante una plaza de editora senior; que el equipo había pensado en ella por su criterio, por su conocimiento del catálogo, por la experiencia que habían perdido cuando la editorial recortó plantilla; que ofrecían contrato indefinido, condiciones económicas estables y la posibilidad de reincorporación a partir del mes que viene.

Las palabras se sucedieron en una lista ordenada: "salario", "beneficios", "equipo", "responsabilidad".

Julia sostuvo el teléfono en la oreja y, sin quitar la vista de las baldas, dejó que cada término se clavara como una etiqueta.

No eran promesas vagas; sonaban a cifras firmes, a ordenadores encendidos y a reuniones con cafés sin aroma a pino.

Desde aquella voz proponían volver a un mapa conocido, a una tensión medida y medible.

—¿Por qué ahora? —preguntó ella, sin fingir curiosidad.

Su pregunta fue práctica: necesitaba datos, plazos, condiciones.

Andrés explicó que se reformulaba la sección, que se abría una oportunidad y que, si ella aceptaba, el traslado y los detalles administrativos se resolverían de forma rápida.

Citó un plazo para la respuesta: fin de semana.

Colgó la mirada del teléfono para alisar con la palma la tapa de un libro, como quien distrae a un pensamiento sin nombrarlo.

Afuera, el lago olía a humedad y pinos; una garza cruzó la superficie y dejó un ligero rastro en el espejo del agua.

El contraste entre la voz de la central y ese corte limpio de aire le llegó como dos paisajes distintos superpuestos en la misma ventana.

—Necesitaré pensarlo —dijo, y en la frase no hubo drama ni aplausos, sólo una claridad profesional—. —Gracias por avisarme.

Andrés aceptó, con puntualidad de oficina, y añadió un detalle administrativo: la propuesta incluía el retorno a una oficina física en Madrid.

Nada de remoto; nada de itinerancias. Julia guardó el teléfono en la cesta de la mesa como si fuese un objeto delicado.

Respiró y notó la diferencia de los aromas: tinta fresca en las portadas frente a la ausencia de olor de los correos electrónicos.

Un papel nuevo tenía siempre, para ella, la promesa de un diálogo; un contrato, impreso o digital, era un mapa con coordenadas estrictas.

Volvió a su tarea. Tomó una caja de marcapáginas en blanco y escribió con la misma caligrafía con la que Andrés había nombrado "indefinido": "Para quien se atreva a cambiar de mapa".

La frase le sonó distinta, ahora. Pegó la etiqueta en una pila y la colocó al borde por si alguien la viera al abrir la puerta trasera.

Con la otra mano deslizó un cuaderno donde había esbozos de rutas y, sin querer, pasó por encima del recuadro donde figuraba Aguas Claras: "parada fija — muelle".

Los nombres se juntaron en la página como si exigieran orden.

La editorial habría traído nóminas predecibles, contratos, ascensos medibles.

La mañana en el muelle traía incertidumbre con nombre propio: Leo dejando un dibujo, Doña Clara con sus galletas, los vecinos que devolvían libros y las manos de Mateo —su nombre apareció en una etiqueta de termo: "Para el Club — M.

"— que aún conservaba en la balda. Al pensar en ello, Julia alisó un marcapáginas con el pulgar hasta doblar la punta.

No necesitaba decidir en ese instante; en la ciudad le habrían pedido una respuesta ya.

Aquí, la agenda la marcaba la llegada de visitantes y la luz del lago.

Colocó la bandeja con tazas frente a la estantería infantil y, sin darse cuenta, dejó la mano apoyada un segundo en la chapa azul de la puerta trasera.

La frialdad del metal le devolvió la sensación de estar en casa en dos mundos distintos a la vez.

El teléfono quedó en el bolsillo del delantal, tibio y expectante.

Cerró la libreta de sugerencias con cuidado y la colocó en la caja baja; el dibujo de Leo quedó al alcance de la vista como un contrapeso.

Antes de decidir, escribió en una hoja suelta: "Pro: Estabilidad — Contra: perder esto".

Dobló la nota y la dejó junto al dibujo.

No era una lista completa, era un gesto que la obligaba a nombrar las cosas.

Al levantar la vista, el muelle mostró su rutina: un bote amarrado, una garza que volvió a posarse, una botella de agua olvidada al borde.

El viento empujó la guirnalda de luces colgantes y las bombillitas tintinaron como si respondieran sin palabras.

Respiró hondo y sintió el café del termo como un ancla para el cuerpo.

La mañana no exigía una respuesta inmediata.

Guardó la pluma, ajustó la tapa de un paquete y, con la palma todavía manchada de tiza, deslizó el teléfono dentro del bolsillo.

No cerró la guantera; dejó el sobre donde estaba, visible apenas en el borde.

Salió un momento al muelle, vio cómo el dibujo de la furgoneta de Leo parecía mover las alas bajo la brisa y, al volver, apoyó la frente un instante en la chapa azul, sacó el teléfono del bolsillo para mirarlo una vez más y lo dejó boca abajo sobre la mesa como quien gana tiempo, colocando después la palma sobre la pintura y permitiendo que el viento moviera el dibujo mientras la respuesta seguía esperando.

Unos minutos después, quitó la palma de la chapa con suavidad y guardó el teléfono en el bolsillo antes de encender el motor.

El tacto de la pintura aún le quedó en la punta de los dedos cuando aparcó junto a la cancela tallada.

Subió al porche donde el aroma del tueste ya la alcanzó antes de que apareciera Mateo.

Él estaba apoyado en la mesa de madera, con un trapo en la mano y tres muestras abiertas delante: bolsitas pequeñas con granos que brillaban en distintos tonos de marrón. En la mesa, dos tazas humeaban apenas: café templado que había quedado de la mañana.

Se sentó frente a él y dejó la cinta métrica a un lado; el sol filtrado por las hojas del sauce dibujaba sombras que recorrían la superficie del tableado.

Abrió la tapa de su bolsa, tomó una ficha de cata y la limpió con la yema del pulgar.

No quiso que sus palabras sonaran a un ultimátum; buscó la medida exacta.

—Me han ofrecido volver —dijo, dejando la frase caer sobre la madera como una moneda sobre la mesa—. Andrés, de la editorial. Plaza de editora senior. Contrato indefinido. Quieren respuesta el fin de semana.

Mateo inclinó la cabeza, siguió con el trapo un movimiento circular sobre una de las tarteras y, sin levantar la vista, dijo:

—Ya me contó Doña Clara que son gente de Madrid. ¿Qué piensas?