La librería de los vientos Capítulo 5El club de las palabras vivas
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Capítulo 5El club de las palabras vivas

El club de las palabras vivas

Era jueves por la tarde.

La tarde se había puesto de lado y la sombra del roble cortaba el césped en franjas largas y suaves.

Julia llevó al claro la primera alfombra: una pieza estrecha de telar con franjas rojas que crujió apenas al desdoblarse.

La alisó con la palma de la mano, acomodó una piedra lisa bajo una raíz que la inclinaba y colocó un cojín bajo la rodilla.

Sin levantar la vista, escuchó el rumor del lago como un hilo que sostenía todo.

Sacó otra alfombra de la furgoneta, más ancha, de tonos mostaza y azul.

La desplegó en perpendicular a la primera, alisando y dando un paso atrás para comprobar la caída.

Entre las dos formó una avenida mullida.

Hizo una pila con cojines de distintos tamaños —uno con flores, otro de lino crudo, un almohadón gastado del que se escapaba una pluma— y los acomodó en un semicírculo que miraba hacia el tronco.

Doña Clara llegó con la puntualidad de los gestos que no necesitan relojes: el bastón golpeó la hierba con un ritmo firme, la trenza plateada golpeó el viento y la caja de galletas asomó envuelta en un paño a cuadros.

Julia la vio aparecer entre la luz, abandonó la alfombra a medio estirar y fue a recibirla.

Aquel jueves sintió una gratitud profunda hacia Clara por haber movilizado a los vecinos.

Clara dejó la caja sobre una tabla baja que Julia improvisó como mesa, la desató con movimientos seguros y repartió las galletas en un plato de loza.

—Las compro en la tahona —dijo Clara con la voz que ya conocía Julia—. —Si hace falta, las partidas sirven de marcador.

Julia rió y le ofreció un cojín. Clara se sentó a un lado, clavó el bastón en la tierra como un estandarte y asintió, su mirada recorriendo las alfombras.

Julia sacó del interior de la furgoneta los termos que había dejado la tarde anterior: dos de acero con la etiqueta a mano que decía "El Susurro — lote 03".

Había una nota sujeta a uno con un trozo de cuerda: "Para el Club — M.

" La palma de Julia rozó la etiqueta; el metal estaba tibio.

Abrió la tapa con una mano y dejó escapar ese olor que ya conocía en todas sus variantes: caramelo, pan recién tocado por el fuego, un fondo herbáceo que le recordaba al sendero entre los cafetos.

Vertió un poco en una taza, la llevó a la nariz y dejó que el aroma se le pegase en la memoria.

Al abrir los ojos encontró en la boca de Clara una sonrisa.

Organizó la mesa pequeña como si fuera la portada de un libro: puso la libreta de préstamos con la pluma atada, la pila de marcapáginas con la frase "Para quien se atreva a cambiar de mapa", el cuaderno de sugerencias abierto en la primera hoja.

Colocó el libro talismán justo frente al roble, apoyado sobre una caja baja para que quedara en el centro del círculo.

Cerca de él clavó, con dos chinchetas, el dibujo que Leo le había entregado días atrás: la furgoneta azul con alas. Le tembló la mano al alisarlo.

Clara señaló con el bastón hacia la senda y nombró a algunos vecinos por su mote: "El del molino trae una silla vieja", "La señora Ramos vendrá con su nieta", "Don Tomás dice que si llueve, monta su paraguas de pesca".

Julia tomó nota en la libreta con la naturalidad de quien convierte las voces en cosas escritas.

Una línea con letra precisa para la silla, otra para el préstamo del álbum infantil, un recuadro para la galleta extra.

En su cuaderno añadió una breve pauta: "Ronda de presentaciones — lectura 10' — café/galleta. "

Mientras colocaba un par de cojines frente a la caja de libros, una ráfaga de viento casi se llevó la ficha de cata que había dejado sobre la mesa.

Julia lanzó la mano y sujetó el papel en el aire; con la otra sacó un frasco con piedrecillas secas.

Echó las piedras sobre las esquinas de las tarjetas y luego colocó una piedra mayor en el borde de la alfombra más expuesta.

Clara, que había mirado el movimiento, dejó escapar una pequeña exclamación risueña y arrugó un poco la nariz.

Julia le respondió con un gesto de complicidad, ajustando la almohada de lino.

Hablaron poco y trabajaron mucho. Hubo silencios que se llenaban con la tarea: Clara desenrollando una mantita de lana, Julia doblando un cartelito de cartón donde había escrito "Club de las palabras vivas — jueves, seis".

Los dedos de Julia se movían con la precisión que había aprendido en su vida anterior: elegir el título que cabía en el hueco de la mano, doblar el marcapáginas, anotar una abreviatura.

Puso junto a las galletas un pequeño sobre que había escrito a lápiz: "Para Doña Clara".

No dijo nada; dejó el sobre apoyado en el plato.

Clara lo miró, ladeó la cabeza y, por primera vez en la tarde, dejó que la voz se le hiciera un poco más blanda: —Siempre una excusa para compartir—.

Julia apoyó la palma sobre el sobre un instante, luego lo apartó para que los trozos de azúcar no lo mancharan.

Desde el claro, la furgoneta azul celeste recortaba su lomo sobre la loma baja; la chapa brilló con un destello cuando una nube dejó pasar un rayo de sol.

Julia fue hasta allí, abrió la puerta trasera y comprobó que las estanterías seguían ordenadas.

Sacó un par de volúmenes que tenía reservados para la tarde y los colocó en la balda exterior, accesibles.

Entre las páginas de uno dejó un marcapáginas doblado con una frase escrita a mano: "Que encuentre lo que no sabía que buscaba.

" Guardó la libreta en la caja de postales y cerró la puerta con un clic contento.

Se apartó un momento para mirar el claro desde la distancia de un paso atrás.

Los cojines formaban una corte baja, la caja de galletas brillaba y los termos dejaban humos que subían en hebras finas.

Había algo en la geometría del sitio que le pareció menos suyo y más perteneciente a una comunidad que todavía no se había visto.

Tomó la libreta y escribió dos líneas al margen: "Preguntar por pérdidas — abrir ronda — recordar historias pequeñas.

" Cerró la libreta y la colocó junto a la pluma atada.

El viento cambió de dirección y trajo consigo olor a agua y pino; las hojas del roble susurraron, la luz se coló entre los huecos como si pasasen páginas traslúcidas.

Julia apoyó la espalda contra la corteza rugosa del árbol, metió los dedos en el bolsillo y sacó el pequeño sobre gris donde guardaba el recorte de la dedicatoria.

Pasó el pulgar por el borde manchado y lo dejó dentro de la caja donde guardaba los marcapáginas.

Entonces oyó pasos en la senda; al principio leves, después más firmes, el crujido de botas sobre la hierba que se acercaba en coro.

Alzó la vista: entre los sauces, unas siluetas se recortaron contra el brillo del agua.

Julia dejó la libreta donde estaba, se despeinó la frente con los dedos y, con las manos aún tibias del termo, dio un último ajuste a los cojines antes de incorporarse.

Julia dejó la libreta donde estaba, se despeinó la frente con los dedos y, con las manos aún tibias del termo, dio un último ajuste a los cojines.

Antes de incorporarse, apoyó contra la caja baja la pizarra que había traído desde la furgoneta.

A su alrededor, las siluetas se fueron descubriendo entre los sauces: una docena de vecinos que se acomodaban con la naturalidad de quien vuelve a un lugar propio.

Doña Clara, al lado del bastón, Leo, pegado a una rodilla con la mochila a un costado, la señora Ramos, con su nieta acurrucada en el regazo, Don Tomás, con las manos manchadas de siempre, dos hombres del molino que olían a harina y una mujer de voz grave que venía del huerto.

Julia notó cómo cada cuerpo buscaba su espacio en el semicírculo y, sin prisa, dejó sobre la caja una pila de marcapáginas y la libreta de sugerencias.

Sacó los termos y sirvió sin ceremonial.

El vapor enhebró el aire y el aroma del lote 03 se mezcló con el olor de la tierra y las galletas de Clara.

Tendió una taza a un joven agricultor y otra a una mujer mayor, escuchando sin necesidad de mirar los ojos de cada uno; las manos que tomaban la cerámica le decían más que cualquier palabra.

Puso la libreta sobre la caja, ató la pluma y alzó la voz con la misma medida con la que había escrito mil sinopsis.

—Hoy leeremos un pasaje y luego abriremos la ronda.

Diez minutos cada uno, si quieren —dijo, y la simplicidad de la regla pareció alivianar algún peso invisible en el aire.

Doña Clara fue la primera en aceptar. Abrió el volumen que Julia había colocado en el centro y, con la suavidad de quien acaricia una página vieja, leyó un fragmento donde la narradora describía una casa vacía que poco a poco volvía a llenarse de objetos y voces: no era una enumeración sino un gesto hecho de pequeñas tareas.

La voz de Clara tenía la textura de las mañanas de pueblo; las consonantes salían envueltas en un afecto que pareció devolver la frase a sus huesos.

Cuando terminó, mantuvo el libro en el regazo como si lo protegiera y dejó que el silencio se hiciera morada por un instante.