La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 2
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El hombre que ha vuelto sin llamar la atención

La tarde se estira en La Orilla de Papel con ese ritmo apacible y un tanto perezoso que adquieren los pueblos costeros cuando el sol empieza a perder fuerza y la gente regresa despacio a la calle.

Las mañanas a finales de junio en Vilabruma pueden ser pegajosas, cargadas de un bochorno que invita a buscar la sombra, pero a estas horas la brisa de la ría se cuela por los callejones, trayendo un alivio fresco y limpio que huele a sal.

Rosa observa desde el mostrador a dos veraneantes que caminan sin prisa entre las estanterías, todavía con el pelo algo rígido por el agua del mar y los bolsos de lona cargados de toallas.

—No nos decidimos —comenta una de ellas, una mujer de mediana edad que sostiene un libro de portadas coloridas—. Busco algo que me atrape, pero que no me haga sufrir, que para dramas ya tengo el telediario.

Rosa sale de detrás del mostrador con una sonrisa comprensiva. Le encanta este momento, el de sintonizar con el ánimo de quien busca refugio en las páginas.

—Tengo la historia perfecta para ti —dice Rosa, acercándose a la mesa central y tomando una novela de lomo azul—. Transcurre en una isla pequeña, hay secretos de familia y un viejo faro. Es de esas lecturas que te envuelven como una manta limpia en una tarde de lluvia.

—Me lo llevo —decide la mujer sin dudarlo, contagiada por la calidez de sus palabras—. Es ver el mar desde la ventana del hostal y apetecerle a una leer sobre olas.

—Es el efecto de Vilabruma —añade su acompañante, riendo—. Que este pueblo te ablanda el ritmo en cuanto te descuidas.

Rosa asiente mientras regresa a la caja para cobrarles.

Al quedarse sola, el local recupera una quietud agradable, envuelta en ese aroma tan reconfortante a tinta, madera recién barnizada y papel nuevo.

Saca una libreta de tapas de tela del cajón del mostrador.

Le gusta sentir el tacto del papel grueso bajo la yema de sus dedos mientras anota, con caligrafía pulcra, ideas flotantes para los meses de verano.

Escribe con ilusión: un encuentro entre lectores para las noches en que refresque, un club de novela histórica y un cuentacuentos en el patio interior donde los niños puedan dejarse acunar por las palabras.

Al final, rodea con un círculo una propuesta que le ronda la cabeza desde hace días: un book dating literario.

Solo leer lo escrito le despierta una sonrisa tímida.

Vera tenía razón: el pueblo está cambiando, abriéndose al mundo como una flor nocturna, y ella también se siente empujada por esa corriente cálida.

Ya no le basta con que la librería funcione y pague las facturas; quiere que el lugar tenga vida, que genere encuentros fortuitos, que quienes entren por pura casualidad salgan con la maravillosa sensación de haber encontrado algo más que un simple libro.

A última hora, cuando la luz empieza a teñirse de un oro viejo y líquido que lo embellece todo, la campanilla tintinea y Carmela aparece por la puerta.

Trae consigo la solemnidad cotidiana de quien transporta un encargo sencillo y, sin saberlo, una noticia de esas que abren grietas luminosas en las vidas de los demás.

Deja una bolsa de magdalenas caseras sobre el mostrador, de las que todavía emanan hilos de un vapor dulce con aroma a limón y canela.

—Te traigo las magdalenas que le prometí al niño —dice Carmela, limpiándose las manos en las caderas con un gesto aprendido—. Por cierto, vi a Santi en el hostal hace un rato jugando con los hijos de Sole. Estaba absolutamente encantado con la idea de quedarse a dormir allí esta noche.

Rosa ríe con una calidez que le ensancha el pecho, guardando la bolsa.

—Muchas gracias, Carmela. Le fascina cualquier plan que implique no madrugar y saltarse las normas de casa. ¿No estarán dando mucha guerra?

—¡Qué va! Si esos niños son como uña y carne. Además, está quedando un verano precioso en el pueblo, da gusto ver las calles con vida. —Carmela entorna los ojos, mirando alrededor con aprobación antes de bajar la voz con tono confidente—. Hasta Mario ha vuelto, ¿sabías?

Rosa frunce levemente el ceño, intentando buscar el nombre en su memoria.

—¿Mario? No me suena de nada, Carmela.

—Normal, mujer, si es que cuando tú te casaste y te viniste al pueblo, él ya estaba haciendo su vida fuera.

Es el hijo de don Emilio, el de la casa azul que queda subiendo hacia el viejo lavadero.

Se marchó a las islas británicas hace mil años…

Ya sabes cómo hacen algunos jóvenes, que salen de aquí con veinte años y parece que nunca hay tiempo para el pueblo.

Era amigo de tu marido si no recuerdo mal.

Rosa deja el bolígrafo sobre el mostrador, interesada por el deje de nostalgia en la voz de su vecina y el recuerdo del amor que se tragó el mar.

—¿Y qué le ha hecho volver después de tanto tiempo?

—Ay, hija, lo de siempre —suspira Carmela con el saber sabio de las mujeres que han visto pasar demasiados inviernos frente a la ría—.

Ha vuelto para cuidar al padre. Don Emilio anda ya muy regular de la memoria.

Hay días buenos en los que se acuerda de los nombres de todos los aparejos de pesca, y otros en los que se pierde dentro de su propia cocina.

Mario ha venido a hacerse cargo de la casa y del hombre.

—Qué duro tiene que ser —murmura Rosa, sintiendo una empatía inmediata y honda—. Dejar toda tu vida en otro país para regresar a un pueblo que ya casi no reconoces.

—El pueblo siempre guarda los huecos, Rosa —dice Carmela, dándole un suave golpecito al mostrador—.

Vilabruma tiene esa manera de esperar pacientemente a que uno regrese, ya sea para cerrar casas o para abrirlas de nuevo al viento.

Bueno, me voy, que se me pasa la hora de la cena. Dale un beso a Santi.

Cuando Carmela se marcha y el tintineo de la campanilla se apaga, Rosa se queda unos largos segundos ensimismada, contemplando la calle a través del gran ventanal acristalado.

El sol poniente alarga las sombras sobre las piedras del callejón y es entonces cuando ve a un hombre alto, de hombros anchos y andar pausado, que cruza al fondo de la calle cargando varias tablas de madera sobre el hombro.

Lleva la camiseta de algodón ligeramente pegada a la espalda por el esfuerzo del trabajo y camina sin levantar la vista del suelo, concentrado en su propio peso, antes de doblar la esquina hacia la zona alta del pueblo y desaparecer entre las fachadas encaladas.

¿Será el chico que nombró Carmela o un veraneante más?

Rosa no sabe por qué se queda observando el espacio vacío que él ha dejado al marchar, sintiendo un leve cosquilleo de curiosidad que no alcanza a explicar.

Quizá sea porque intuye, con esa sabiduría silenciosa de las libreras, que hay personas que necesitan entrar primero en el paisaje de un pueblo antes de encontrar el camino para entrar definitivamente en el propio.

El trasiego de los últimos rezagados de la jornada recupera enseguida su sitio, pero la conversación y la imagen de ese hombre solitario permanecen suspendidas en algún rincón de su mente durante el resto de la tarde.

Al cerrar la tienda, Rosa recoge con parsimonia las tazas de loza olvidadas en el patio interior, apaga las luces de latón, que dejan un rastro de calor en el aire, y sube las escaleras hacia la vivienda.

La casa la recibe con un silencio reconfortante y pacífico.

Antes de meterse en la cama, envuelta en el aroma a sábanas limpias y escuchando el susurro lejano de la marea que sube con pereza, abre de nuevo su libreta de proyectos sobre las rodillas.

Con el bolígrafo suspendido en el aire un instante, subraya la última de sus anotaciones.

No sabe por qué el book dating le llama la atención.

Ha visto en cuentas de Instagram que se hace en otros países y cree que puede ser una buena excusa para conocer gente en Vilabruma y los pueblos de alrededor.

Lo tiene que comentar con Vera para que no se quede en una idea.

Observa la tinta fresca durante unos segundos, mecida por la certeza de que Vilabruma siempre ha sabido guardar muy bien la soledad de sus vecinos, que no suelen mezclarse con los visitantes, pero que, tal vez, con el inicio de este nuevo verano y el camino iniciado por Entre Nubes, la cafetería de Vera, ha llegado el momento de hacer que eso cambie y que cada uno encuentre por fin las palabras adecuadas para salir a la luz.