La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2)
© inepub.com
Prólogo
Rosa sostiene la llave en la mano unos segundos antes de girarla en la cerradura para disfrutar de ese instante suspendido en el tiempo que lleva meses imaginando.
La mañana ha amanecido despejada, con una luz de junio que entra hasta el fondo de la calle Nueva y hace brillar el escaparate recién vestido con pilas de novelas, cuadernos de tapas florales y pequeñas lámparas de latón que desprenden calidez incluso apagadas.
Al otro lado del cristal, el nuevo nombre de la librería, La Orilla de Papel, parece asentarse por fin en el pueblo, como si siempre hubiera pertenecido a aquella esquina.
Al girar la llave, la cerradura responde con ese sonido pequeño y definitivo que tienen algunos momentos importantes.
La campanilla de la puerta la recibe con un tintineo claro y alegre que le acaricia el pecho y Rosa cruza el umbral con emoción serena.
Dentro la espera el olor inconfundible de los libros nuevos mezclado con la madera recién barnizada de las estanterías, una fragancia cálida y por estrenar, capaz de convertir cualquier espacio en refugio.
La luz de la mañana entra por los ventanales delanteros y se desliza sobre las mesas de novedades, sobre los lomos alineados por colores y géneros, sobre el rincón infantil que ha preparado con cojines de lino, una pequeña alfombra y una balda baja para que los niños puedan elegir historias con la misma libertad con la que un adulto escoge un sueño.
Ha imaginado aquella escena tantas veces que estar allí dentro, por fin, tiene la extraña textura de los sueños que consiguen hacerse reales sin perder belleza.
Todavía le cuesta creerlo.
Apoya el bolso sobre el mostrador nuevo, pasa la yema de los dedos por la madera clara y respira hondo.
Lo que está viviendo no es solo una mudanza de local.
Durante años ha regentado una librería más pequeña, más apartada, casi escondida entre las calles que bajan al puerto y, sin embargo, este nuevo local, más amplio y luminoso, tiene la extraña capacidad de parecerle una extensión natural de sí misma.
Aquella librería representaba el espacio que se había concedido después de tanto tiempo viviendo con la sensación de quedarse pequeña dentro de su propia vida.
En La Orilla de Papel, cada estantería lleva impresas sus manos y ha sido ella la que ha seleccionado los ejemplares que se muestran en la mesa de novedades.
Ha elegido la decoración de cada rincón para que sea un lugar escogido por los vecinos y visitantes de Vilabruma.
Al fondo, en un patio interior techado con vistas a la ría, ha creado un espacio para presentaciones y eventos.
Tiene muchas ideas que irá probando poco a poco para hacer de esa librería su refugio.
Se ha copiado de Vera y ha reformado el piso superior para que sea su vivienda.
Le ha costado dejar el hogar que creó con su marido, pero sabe que ya es hora de pasar página.
Desde aquí, se consuela, puede ver todos los días el mar que se lo tragó y hablar con él sin tener que bajar al muelle.
Mudarse no significa que haya dejado de quererlo y de echarlo de menos cada minuto, está convencida de ello.
Eligió ese local porque la librería necesitaba crecer, pero en el fondo sabe que no fue solo eso. También ella precisaba espacio. Además, ahora estará más cerca del colegio y de su amiga Vera, que tanto la ha arropado estos meses desde que llegó. Ha sido mutuo.
El murmullo del pueblo se cuela por la puerta entreabierta antes incluso de que lleguen los primeros invitados a la inauguración de la librería.
Vera aparece la primera con una caja de flores blancas y ramas verdes para decorar la mesa central, seguida de Anne, que lleva una bandeja de pastas envueltas en un paño bordado, y de Paqui, incapaz de ocultar la emoción de quien siente que las alegrías ajenas también le pertenecen un poco.
—Sabía que iba a quedar bonita, pero esto…
—Vera deja las flores sobre la mesa y gira despacio sobre sí misma.
Aunque la ayudó a planificar todo al principio, las últimas semanas no la ha dejado intervenir con el propósito de que fuera una sorpresa también para su amiga—.
Rosa, esto parece una librería de película.
La librera sonríe, notando esa mezcla de vértigo y ternura que la acompaña desde hace días.
—Quiero que la gente entre y sienta ganas de quedarse.
—Eso va a pasar seguro —responde Anne mientras recorre con la mirada las estanterías—. Aquí apetece sentarse a leer hasta que se haga de noche.
Y esa era exactamente la idea. La frase le roza el corazón con la delicadeza de las verdades bonitas.
Ese ha sido su deseo secreto desde que empezó a dibujar planos con el arquitecto y a mover cajas durante semanas: que la librería no fuera solo un lugar para comprar libros, sino un refugio.
Un espacio donde las historias pudieran empezar también fuera de las páginas.
Mientras colocan las últimas flores y ajustan las cintas de la inauguración, Rosa siente una punzada suave, casi dulce, al pensar en todo lo que ha cambiado su vida desde que llegó a Vilabruma.
Cuando se casó y se mudó al pueblo, había creído que el amor y el futuro eran una línea recta, fácil de seguir.
Luego, la vida le enseñó que casi nada se sostiene así, que incluso los caminos torcidos terminan llevando a lugares hermosos.
Todas ayudan a Rosa a colocar las bandejas del catering antes de que la tarde las alcance.
A las seis, el local se llena enseguida de voces conocidas, de abrazos, de comentarios emocionados y del sonido reconfortante de las personas que celebran un sueño compartido casi como si fuera suyo.
Rosa observa la escena desde detrás del mostrador, dejándose atravesar por esa calidez que solo existe cuando una comprende que ha tejido raíces en un lugar que hace tiempo le fue extraño.
Los mira a todos con la certeza de que esta inauguración no cierra una etapa, la abre. Santi ve a su madre sola y se acerca a abrazarla.
—Mami, no estés triste.
No sabe por qué se lo dice, si por haber dejado la casa o haber cerrado la Librería Finisterre. Se calla que todo lo hace por él, aunque una leve sonrisa delata que, esta vez, también es por ella.
—Venga, que tú también eres el anfitrión. Procura que tus amigos no destrocen los libros, que luego no podremos venderlos. —Le da un beso en la coronilla antes de que salga corriendo.
Rosa levanta la vista hacia el ventanal, donde la luz de junio lo envuelve todo con una claridad suave, y siente una emoción tranquila, honda, de orgullo y miedo a la vez porque esto no es el final; el trabajo empieza ahora.
¿Será capaz de sostener el negocio, de atraer clientes y vivir sin agobios, tranquila, y dar a su hijo el futuro que merece?