La leyenda de Escorpio (El decimotercer zodiaco nº 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Perdona, pero eso se llama amor propio. Que estés acostumbrado a salirte con la tuya no te da derecho a llamarme obstinada.

—Voy a buscar algo de comer —gruñó él.

—Genial. Voy contigo. Me gustaría echar un vistazo a esta torre en la que me tienes encerrada.

Resultó ser mucho más grande de lo que ella habría esperado, y no había ascensores. Mientras bajaban varios tramos de escaleras, preguntó: —¿Cuántos pisos tiene este sitio?

—Nadie lo sabe con certeza, pero tengo entendido que más de trescientos.

Casi se cae del susto. —No puede ser. Eso es gravitacionalmente imposible.

—Díselo a quien la construyó. Lleva aquí milenios sin ningún problema.

—¿Quién demonios vive en el piso trescientos? Eso tiene que ser como un millón de escalones.

—Unos siete mil, en realidad.

—Eso es una locura.

Miró hacia atrás.

—¿Queda mucho para llegar a la cocina?

Bajar no estaba tan mal, pero cayó en la cuenta de que tendría que subir esos mismos escalones para volver a la suite de él.

—Ya casi llegamos.

Él salió a un rellano en lugar de bajar otro tramo. El espacio era amplio y abierto, a diferencia de algunos de los pisos anteriores, donde ella solo había visto puertas cerradas y pasillos.

Las baldosas de este nivel tenían un patrón precioso: enredaderas entrelazadas alrededor de frutas y verduras.

Un mosaico de colores de bella factura. A un lado de la escalera había un montón de mesas redondas de distintos tamaños, con sillas agrupadas de dos en dos y de cuatro en cuatro.

En el lado opuesto, una mesa enorme en la que habrían cabido cien personas.

—Vaya comedor —comentó ella.

—Ya no se usa mucho. Solo un puñado de guerreros vive en la torre de forma permanente.

—¿Por qué?

—Algunos han decidido casarse y vivir entre los humanos, por sus parejas y sus hijos.

—¿Y tú no estás casado?

Ni siquiera se le había ocurrido preguntarlo antes.

—No, nunca.

Una respuesta vehemente.

—¿Y tú?

—Estuve comprometida una vez —admitió ella.

—¿Pero no llegaste a casarte?

—Él quería que dejara mi carrera para tener hijos enseguida, y yo no estaba dispuesta a tirar por la borda mis años de estudios. Por no hablar de que no tengo claro lo de los niños.

—¿No quieres una familia?

Se encogió de hombros. —Sinceramente, nunca me entusiasmó la idea. Me gusta trabajar. Me gusta la libertad de hacer lo que me dé la gana, de viajar, de no tener la casa llena de juguetes.

—En eso estamos de acuerdo. O sea, los niños son monos y eso, pero yo soy más de tío enrollado que de padre.

Qué conversación tan banal. Ella recondujo la charla hacia el motivo por el que se habían conocido. —¿Cuándo vas a ir a por el orbe?

—Pronto. Necesito averiguar adónde lo han llevado para planear cómo voy a entrar y recuperarlo.

—Cetus solo tiene una sede, en Maine.

—¿Cómo se puede montar un negocio recogiendo muestras de hielo?

No pasaba nada por contárselo. Al fin y al cabo, Cetus tenía una página web pública donde detallaban su trabajo.

—Cetus, que estudia el clima actual y el del pasado, lleva unas dos décadas funcionando.

Se financia con subvenciones para investigación medioambiental y donaciones privadas.

Y para que lo sepas, no solo recogen muestras de glaciares.

También estudian otros estratos. Sé que tienen un equipo en Oriente Medio sacando muestras de arena del gran desierto.

Otro en Asia estudiando el Kangchenjunga. Incluso tienen gente en las Rocosas.

—¿Buscando qué?

—No es tanto buscar algo como analizar lo que hay en las capas de algunas de las montañas y glaciares más antiguos del mundo.

Por ejemplo, las muestras de hielo pueden revelarnos el calentamiento y enfriamiento del planeta.

A veces encontramos microbios, algunos con millones de años de antigüedad.

Las capas de agua congelada pueden indicar los contaminantes ambientales de la época, como restos de ceniza o humo de volcanes.

—¿Y la gente encuentra eso útil?

—Los climatólogos sí. Nos ayuda a entender mejor lo que ha atravesado el planeta.

—O sea que Cetus es básicamente un laboratorio gigante.

Frunció los labios. —Supongo. En realidad, nunca he visitado el edificio. Un representante de la empresa contactó conmigo por correo electrónico y vino a verme para la entrevista. Desde que me contrataron, ellos se encargaron de todo lo necesario para llevarme a la Antártida.

—¿No te pareció raro?

Se encogió de hombros. —No especialmente.

—¿No estabas trabajando en otro sitio?

—Dando clases en una universidad.

Arrugó la nariz.

—Prefiero estar en el campo a lidiar con estudiantes.

El sentimiento de que todo se les debía había crecido en los últimos años.

Excusas sobre por qué no podían entregar las cosas a tiempo.

Sobre por qué necesitaban repetir un examen.

Sobre por qué deberían tener buena nota, y a veces esa razón era simplemente que el estudiante sentía que se la merecía sin haber puesto ningún esfuerzo.

—¿Cuánto tiempo estuviste en la Antártida antes de mi llegada?

—No mucho. Una semana.

—¿Sola?

Ante su asentimiento, preguntó:

—¿Qué pasó con tu compañero?

Ella frunció el ceño.

Él señaló su ropa. —Dijiste que tenías uno cuando nos conocimos, y encontré su petate con ropa.

—Mentí. Solo estaba yo allí. Esas debió de dejarlas el tipo anterior.

—¿Qué le pasó?

Se encogió de hombros.

—Me dijeron que no dio la talla.

—¿También estaba excavando en el hielo?

—Supongo que sí. Desde que llegué, recibo coordenadas diarias indicándome dónde quiere la empresa que excave.

Frunció el ceño.

—Sí que me pareció raro que me hicieran saltar de glaciar en glaciar sin ton ni son.

—Querían que encontraras la puerta —reflexionó en voz alta.

—Ahora parece obvio —respondió con una mueca.

—Me pregunto por qué no enviaron directamente a un equipo con un lanzallamas para derretir esas malditas cosas.

—Porque hay normas que tienen que cumplir. La Antártida es un lugar protegido. No puedes ponerte a demoler glaciares sin más.

—¿Has oído hablar alguna vez de ruinas dentro de uno?

—No. En cuanto a rocas incrustadas en ellos, aunque sí ocurre, suelen ser piedras sueltas arrastradas por glaciares en movimiento.

Sonó una campana.

—La comida está lista —anunció, dirigiéndose hacia una hornacina donde había varios platos con campana.

Parpadeó.

—¿De dónde han salido?

—De la cocina.

—¿Tenéis un cocinero en plantilla?

—Sí. Y personal de limpieza.

—¿Cómo los contratan? ¿Viven aquí?

—El ama de llaves de la torre se encarga de todo eso. Nosotros solo disfrutamos de las ventajas.

Llevó la bandeja a una mesa y levantó las tapaderas, dejando a la vista platos con comida variada. Una ensalada fresca con pollo a la parrilla. Una jarra de té helado.

La comida estaba deliciosa; la frescura de los ingredientes fue un regalo después de una semana a base de raciones MRE, lo más fácil de transportar y usar en la Antártida.

Después de comer, Scorpio se levantó y dijo:

—Debería ponerme a investigar sobre Cetus.

—¿Y yo qué?

—Hay una sala de juegos en el piso de abajo con televisores. Y una biblioteca arriba.

—Oh.

Entonces, aunque le parecía patético, preguntó:

—¿Cuándo te volveré a ver?

Porque la idea de quedarse sola en aquel lugar la abrumaba.

—En unas horas. Vendré a buscarte para cenar.

Dicho esto, se marchó, y Rebecca se quedó sentada a la mesa un rato, terminando el té helado mientras se preguntaba qué sería de ella.

Y si alguna vez podría marcharse.