La ley del rock Capítulo 18 - Sigue viva #2
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Capítulo 18 - Sigue viva #2

Gabriel · Vale

Pasaron veinte segundos.

Gabriel · Dice que sí

Pues voy   · Yo

Gabriel · Perfecto

Por qué perfecto   · Yo

Gabriel · Porque sí

Gabriel   · Yo

Gabriel · Nos vemos luego

Me quedé mirando el móvil.

—Gilipollas.

No fui a casa de Adrián aquella tarde. A las cuatro Marc escribió.

Marc · Cambio de planes

Qué pasa   · Yo

Marc · Adrián se va con Gabriel

Traidores   · Yo

Marc · Puedes venir aquí si quieres

Miré a Raven.

A practicar?   · Yo

Marc · Era la idea

Vale   · Yo

Marc · Café?

Siempre   · Yo

Marc · Ven

Voy   · Yo

Dos horas después Raven llevaba casi veinte minutos dentro de su funda.

No porque hubiéramos terminado. Porque habíamos empezado a hablar.

Yo estaba tumbada boca arriba en el sofá.

Marc sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el mismo sofá.

Habíamos empezado hablando de música. Después del trabajo.

Después de Carlos. No sabía exactamente cómo.

—No está haciendo nada malo —dije.

—No he dicho que lo haga.

—Ya.

Miré el techo.

—Ese es el problema.

Marc giró un poco la cabeza.

—¿Que no hace nada malo?

—Sí.

—Es un problema bastante raro.

—Ya lo sé.

Silencio.

—Me gusta estar con él.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

—Pero cada vez quiere...

Busqué la palabra.

—Más.

Marc no respondió. Tenía la cabeza apoyada contra el borde del sofá. Un mechón de pelo había quedado cerca de mi mano. Lo cogí. Sin pensar. Lo pasé entre los dedos. Fino. Muy fino. Joder.

—¿Más qué? —preguntó.

—Más vida.

—Eso tampoco significa nada.

—Ya sé.

Separé otro mechón.

—Quiere que conozca gente. Que vaya a sitios con él. Sus padres. Sus amigos de otros ambientes. Cenas. Cosas.

—¿Y tú no quieres?

—No.

—Entonces no vayas.

Sonreí.

—Qué fácil.

—Lo es.

—No todo funciona así.

—Eso sí.

Seguí jugando con su pelo. Marc no se movió.

—Después de seis años sintiendo tanto por alguien... y que terminara así...

Dejé caer el mechón que tenía entre los dedos. Marc no dijo nada.

—No tengo ninguna intención de volver a atarme ahora.

—Ya.

—Quiero estar tranquila. Hacer lo que me apetezca. Disfrutar.

—Y lo estás haciendo.

Sonreí.

—Mucho.

—Se nota.

Le di un pequeño tirón del pelo.

—Gilipollas.

—Au.

—Mentiroso.

Volví a pasar los dedos entre su pelo. Despacio.

—Pero tampoco digo que vaya a estar así toda la vida.

Marc apoyó un poco más la cabeza contra el sofá.

—¿Entonces?

Miré el techo.

—No sé. Supongo que si algún día aparece alguien con quien...

Me callé. Mis dedos también. Marc esperó. Yo seguía con un mechón entre ellos.

—¿Con quien qué? —preguntó.

Solté una risa pequeña. No tenía ninguna gracia.

—No sé.

—Buen argumento.

—Cállate.

Volví a mirar el techo.

—Con quien haya una conexión de verdad.

Silencio. Noté el pelo de Marc entre los dedos. Fino. Suave. Demasiado consciente de repente. Dejé de mover la mano.

—Algo que...

Otra pausa. Marc giró apenas la cabeza, lo justo para intentar mirarme desde donde estaba.

—¿Algo que qué?

Me reí otra vez. Más bajo.

—Joder, no sé explicarlo.

Sí sabía. O creía saber. Hasta hacía aproximadamente diez segundos.

—Algo que haga que no parezca que te estás atando —dije al final—. Que simplemente...

Tragué saliva. Mis dedos seguían quietos en su pelo.

—...quieras quedarte.

Marc no respondió. Yo tampoco. Durante unos segundos solo miré el techo. Entonces me di cuenta de que había dejado de acariciarlo. Retiré la mano. Marc volvió la vista al frente.

—Supongo que eso sería distinto —dije.

—Sí.

Su voz sonó más baja.

—Supongo.

Me mordí ligeramente el interior de la mejilla. Qué conversación más rara.

—En fin.

—En fin.

—Me he puesto intensa.

—Un poco.

—Culpa tuya.

—¿Mía?

—Estoy en tu casa.

—Argumento impecable.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Sonreí. Pasaron unos segundos. Volví a llevar la mano hacia su pelo. Cogí otro mechón. Marc se quedó completamente quieto.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Cómo sabrías que tienes esa conexión con alguien?

Marc tardó en responder.

—No sé.

—Fantástico. Menuda conversación estamos teniendo.

—Has empezado tú.

—Ya.

Silencio.

—Supongo que... —empezó.

Esperé.

—¿Qué?

Marc se encogió ligeramente de hombros.

—Que cuando aparezca, lo sabré.

Mis dedos se detuvieron otra vez. Esta vez solo un instante.

—Sí —dije.

Y me salió una risa pequeña. Nerviosa. Estúpida. Marc giró un poco la cabeza.

—¿Qué?

—Nada.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Jenn.

—Que no sé.

Volví a mover los dedos entre su pelo.

—Maybe no es tan fácil darse cuenta.

Marc se quedó callado.

—Maybe —dijo.

Y ninguno de los dos añadió nada más. Durante un rato seguí tumbada allí. Mis dedos entrando y saliendo de su pelo. Marc apoyado contra el sofá. Sin música. Sin Raven. Sin necesidad de llenar el silencio. Hasta que el móvil vibró sobre la mesa. No miré. Volvió a vibrar.

—Te llaman —dijo Marc.

—Ya.

No me moví.

—Puede ser importante.

—Puede esperar treinta segundos.

—Muy específicos.

—Me estaba quedando a gusto.

Marc sonrió.

—Pues quédate.

Y lo hice. Treinta segundos. Quizá alguno más.

Después retiré la mano y me incorporé para coger el teléfono.

No vi que Marc cerrara los ojos un instante cuando mis dedos dejaron su pelo.

Tampoco vi cómo volvió a apoyar la cabeza exactamente en el mismo sitio.

Como si esperara algo. Yo estaba mirando la pantalla. Carlos. Dos mensajes.

Carlos · Qué haces?

Carlos · Cenamos?

Miré la hora. Después a Marc.

—¿Qué? —preguntó.

—Carlos.

—Ah.

Dejé el móvil sobre mi pierna.

—Quiere cenar.

—Pues ve.

—Ya.

No me levanté. Marc me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Últimamente todo el mundo tiene muchos nadas.

—Será septiembre.

Sonreí. Volví a mirar el mensaje. Carlos no estaba haciendo nada malo. Otra vez. Y yo tampoco. Estaba en casa de mi amigo. Habíamos practicado. Habíamos hablado. Le había tocado el pelo durante media hora.

...

Bueno.

Eso último sonaba ligeramente distinto cuando lo enumeraba. Miré a Marc.

—¿Qué? —preguntó otra vez.

—Nada.

Sonrió.

—Claro.

Respondí a Carlos.

Sí   · Yo

Dame un rato y voy

Carlos · Paso a por ti?

Pensé.

No hace falta   · Yo

Voy yo

Carlos · Vale ❤️

Guardé el móvil.

—Me voy en un rato.

Marc asintió.

—Vale.

Pero ninguno de los dos se movió. Yo seguía sentada en el sofá. Él en el suelo. Su pelo seguía a pocos centímetros de mi mano. Lo miré. Solo el pelo. Obviamente. Alargué la mano. Cogí un mechón otra vez. Marc soltó aire por la nariz.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—¿Te molesta?

—No.

—Pues ya está.

Seguí peinándolo con los dedos. Marc apoyó otra vez la cabeza contra el sofá. Y durante unos minutos más ninguno pareció tener demasiada prisa por estar en ningún otro sitio.

***

Salí de casa de Marc cuarenta minutos después.

Cuarenta. No treinta segundos. No «un rato».

Cuarenta minutos durante los que habíamos seguido hablando de absolutamente nada importante.

Trabajo otra vez. El vecino de Marc, que tenía la costumbre de cerrar la puerta como si acabara de descubrir una infidelidad al otro lado.

Raven. Una película que ninguno de los dos había visto pero sobre la que, aun así, conseguimos discutir.

Y su pelo. Porque mi mano había vuelto allí varias veces sin que ninguno pareciera considerar necesario comentar el asunto.

Cuando finalmente me levanté, Marc también lo hizo.

—Ahora sí —dije.

—Eso llevas diciendo media hora.

—Mentira.

—Has mirado el reloj tres veces.

—Porque sé leerlo.

—Enhorabuena.

Me colgué el bolso.

—La próxima vez practicamos de verdad —dije.

Marc abrió la puerta.

—Hoy hemos practicado.

—Veinte minutos.

—Veinticinco.

—Luego hemos perdido el tiempo.

Marc se apoyó en el marco.

—¿Lo has perdido?

Lo miré.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido. Marc sonrió.

—Entonces.

—Entonces nada.

—Vale.

—No empieces tú también.

—Qué.

—Con el nada.

—Lo has dicho tú.

—Pues no me hagas caso.

—Eso intento desde julio.

—Y fatal.

—Sí.

Salí al rellano.

—Bona nit, greñudo.

—Bona nit.

Empecé a bajar.

—Jenn.

Me giré. Marc seguía en la puerta.

—Qué.

—Practica.

—No abuses.

—Cinco minutos.

—Maybe.

Marc sonrió.

—Cinco.

—Ya veremos.

Seguí bajando. Llegué al siguiente rellano.

—¡Y no pierdas mi púa! —gritó.

Levanté la cabeza.

—¡ES MÍA!

—¡TE LA DEJÉ!

—¡PUES ERROR TUYO!

Oí cómo se reía. Sonreí. Y seguí bajando.

Carlos estaba esperando delante de mi portal. Miré el coche. Después a él.

—Te he dicho que iba yo.

—Ya.

—Entonces.

—He venido.

—Eso veo.

Se acercó. Me besó. Le devolví el beso. Normal. Agradable. Conocido. Cuando se separó me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—Qué no.

—No puedes decir nada.

—¿Por qué?

—Porque últimamente esa palabra está prohibida.

Carlos sonrió.

—Vale.

—Esa también.

—Me estás dejando sin vocabulario.

—Aprende palabras nuevas.

Guardó a Raven en el maletero y me abrió la puerta del coche.

—Sube.

—Esa ya la conocías.

—Jenn.

—Voy.

Subí. Carlos rodeó el coche. Mientras esperaba saqué el móvil. Tenía un mensaje.

Marc · Te has dejado la goma del pelo

Miré mi muñeca. No estaba.

GUARDALA   · Yo

Marc · En la estantería?

Sonreí.

Ni se te ocurra ponerla al lado de la pulsera   · Yo

Marc · Por qué

Parecería un altar   · Yo

Marc · A ti?

Exacto   · Yo

Marc · Qué miedo

Mucho   · Yo

Marc · La guardo

No la pierdas   · Yo

Tres puntos.

Marc · Eso me suena

Me reí.

—¿Qué? —preguntó Carlos al sentarse.

Bloqueé el móvil.

—Marc.

Carlos arrancó.

—¿Qué ha hecho?

—Me he dejado una goma del pelo en su casa.

—Ah.

—Y amenaza con hacerme un altar.

Carlos me miró.

—Eso requiere contexto.

—No lo vas a tener.

—Perfecto.

Guardé el teléfono en el bolso.

—¿Dónde vamos?

—Hamburguesas.

—Te quiero.

—Eso sí te funciona.

—Muchísimo.

Carlos sonrió. Y nos fuimos.

Gabriel no hizo ningún comentario sobre la playa.

Eso debería haberme tranquilizado. No lo hizo.

Porque Gabriel llevaba varios días comportándose como si estuviera haciendo un examen del que solo él conocía las preguntas.

El martes estábamos los cinco en casa de Carlos.

Yo había llegado con él. Adrián y Gabriel ya estaban allí. Marc apareció media hora después.

—Buenas.

—Hombre —dije—. El trabajador.

Marc dejó una bolsa sobre la mesa.

—Algunos contribuimos al sistema.

—Yo trabajo.