La ley del rock Capítulo 14 - Me acordé #7
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Capítulo 14 - Me acordé #7

Llegamos a los coches. Abrió el suyo. Antes de subir al mío miré hacia donde quedaba el mar. Ya no podía verlo desde allí.

—Volveremos.

No sé por qué lo dije en plural.

Marc tampoco pareció darle importancia.

—Cuando quieras.

Otra vez.

Subí a mi coche.

Y no pensé nada más en ello.

Todavía.

Llegué a casa a las ocho y treinta y dos. Tenía veintiocho minutos.

Perfecto.

Tiempo de sobra si eliminábamos de la ecuación cosas innecesarias como respirar.

Dejé el bolso sobre el sofá y fui directa al baño.

Ducha rápida.

Pelo.

Ropa.

Pelo otra vez porque la primera decisión había sido una mierda.

Móvil.

20:46.

—Joder.

Abrí el armario. Me quedé mirándolo. No porque no tuviera ropa. Porque de repente ninguna parecía servir.

Cogí una camiseta. La dejé.

Otra.

También.

—Es una cena.

Me lo dije en voz alta. Como si el armario necesitara contexto.

—Has cenado con Carlos más veces.

El armario siguió sin colaborar.

Cogí unos vaqueros.

Eso sí.

Fácil.

Camiseta negra.

También.

Me miré al espejo.

Normal.

Demasiado normal.

Fruncí el ceño.

¿Por qué coño estaba pensando aquello?

Era Carlos.

No necesitaba impresionar a Carlos. Carlos me había visto recién levantada. Despeinada. Medio dormida. Probablemente con la marca de la almohada en la cara.

Aquello solucionó el problema.

Más o menos.

20:55.

Me estaba poniendo las zapatillas cuando sonó el móvil.

Carlos · Estoy abajo

Miré la hora.

20:56.

Has llegado pronto   · Yo

Carlos · 4 minutos

Eso es pronto   · Yo

Carlos · Baja

Qué romántico   · Yo

Carlos · Por favor

Sonreí.

Cogí el bolso.

Mejor   · Yo

Bajé.

El coche estaba frente al portal.

Y Carlos fuera.

Apoyado en la puerta.

Lo miré al acercarme.

—Podías esperarme dentro.

—Podía.

—¿Y?

—He salido.

—Buena explicación.

Me abrió la puerta.

Me detuve.

—¿Qué haces?

—Abrirte.

—Ya veo.

—Entonces por qué preguntas.

Lo miré.

—No sé si me gusta este Carlos.

—Sube.

—Ese sí lo conozco.

Entré. Carlos cerró la puerta. Rodeó el coche y se sentó al volante.

—¿Dónde vamos?

Arrancó.

—A cenar.

—Gracias.

—De nada.

—¿Dónde?

—Ya lo verás.

—No me gustan las sorpresas.

—Mentira.

—No me gustan las sorpresas que implican que otra persona controle hacia dónde se desplaza mi cuerpo.

Carlos me miró.

—Eso ha sonado preocupante.

—Era la intención.

—Puedes tirarte del coche.

—Vamos demasiado rápido.

—Acabamos de salir.

—Soy pequeña. Reboto.

Se rio.

Apoyé la cabeza en el asiento.

—¿Está lejos?

—No.

—¿Es caro?

—Jenn.

—Eso es un sí.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

—Invito yo.

—Eso no hace que deje de ser caro.

—Hace que deje de ser problema tuyo.

Giré la cabeza hacia él.

—Qué concepto tan burgués.

—Trabajo mucho.

—Y tienes tres coches.

Carlos me miró.

—Dos.

—Tres.

—Dos.

—Carlos.

—Jenn.

—El tapado.

Silencio.

—Eso no cuenta.

Abrí mucho los ojos.

—¿Cómo que no cuenta?

—No lo has visto.

—Porque no me dejaste destaparlo.

—Exacto.

—Eso no hace que deje de existir.

—Podría no haber un coche debajo.

Lo miré.

—Claro.

—Podría ser cualquier cosa.

—Una mesa.

—Por ejemplo.

—Tapada con una funda de coche.

—Casualidad.

—Dentro de tu garaje.

—Tengo un garaje muy versátil.

—Eres imbécil.

Carlos sonrió.

—Tienes tres coches.

—No puedes demostrarlo.

—Voy a destaparlo.

—No.

—Un día.

—No.

—Cuando estés dormido.

Carlos giró la cabeza hacia mí.

—Eso implica que vas a volver a dormir en mi casa.

Ah.

El cabrón.

Me acomodé en el asiento.

—Implica que quiero ver el coche.

—Claro.

—Exacto.

—Perfectamente.

—Cállate.

Carlos sonrió y volvió la vista a la carretera.

—Tres coches —murmuré.

—Dos.

Miré por la ventanilla.

Sonreía.

No tenía ningún motivo concreto.

Simplemente estaba bien.

Con Carlos era fácil. Había sido fácil desde Benialmar. No tenía que pensar demasiado qué decir. Ni dónde poner las manos. Ni si un silencio significaba algo.

Estábamos.

Ya.

—¿Qué tal la tarde?

Giré la cabeza.

—Bien.

—¿Qué has hecho?

Ah.

Nada.

Había ido al pantalán con Marc.

Eso era exactamente lo que había hecho.

—He dado una vuelta.

Carlos asintió.

—¿Por dónde?

—Por el paseo.

No era mentira.

Técnicamente.

—¿Sola?

Lo miré. Carlos seguía mirando la carretera. La pregunta había sonado normal.

Probablemente lo era.

—Con Marc.

Esta vez sí hubo silencio.

Pequeño.

—Ah.

Ah.

Otra vez esa puta sílaba.

—Me escribió ayer.

—Ya.

—No había ido nunca al pantalán.

Carlos giró la cabeza un instante.

—¿Marc?

—Sí.

—¿En serio?

—Eso dije yo.

—Lleva viviendo aquí toda la puta vida.

—Eso dije yo también.

Carlos sonrió ligeramente.

—Y lo has llevado.

—Sí.

—Qué servicio público.

—Soy una mujer comprometida con el turismo local.

Se rio.

Bien.

Ahí murió.

O eso pensé.

—¿Y qué tal?

—Bien.

—¿No te has acojonado?

—Un poco.

—Normal.

—Pero he llegado bastante lejos.

—¿Hasta el final?

—Casi.

Carlos asintió.

—Bien.

Lo dijo sin bromear.

Lo miré.

—Gracias.

—¿Por qué?

—No sé.

—Pues de nada.

Volví a mirar por la ventanilla.

Fácil.

Eso.

Carlos era fácil.

El restaurante estaba a unos quince minutos.

Y sí.

Era caro.

Lo supe antes incluso de entrar.

—No.

Carlos cerró el coche.

—Qué.

—No.

—Todavía no has visto la carta.

—He visto la puerta.

—Qué tiene la puerta.

—Dinero.

Carlos miró la puerta. Después a mí.

—Es una puerta.

—Una puerta cara.

—¿Cómo coño es una puerta cara?

—Mírala.

—La estoy mirando.

—Pues eso.

—No veo nada.

—Porque eres rico.

Carlos empezó a reírse.

—No soy rico.

—Tienes tres coches.

—Dos.

—Y el tapado.

Carlos sonrió.

—Sigues con eso.

—Hasta que me dejes verlo.

—No.

—No cambies de tema.

Entramos.

La camarera nos llevó hasta una mesa. Miré alrededor.

Bonito.

Muy bonito.

Demasiado bonito.

Me senté. Carlos enfrente. Cogí la carta. La abrí.

No había fotografías.

Levanté la vista.

—Esto es grave.

—Qué pasa ahora.

—No hay fotos.

—¿De la comida?

—Sí.

—Es un restaurante, Jenn.

—Precisamente. Quiero saber qué aspecto tiene lo que voy a comer.

—Lo pone.

—Pone palabras.

Carlos se tapó la boca con una mano.

—No te rías.

—No me río.

—Te estás riendo.

—Estoy respirando.

—Mentiroso.

Miré otra vez la carta.

—¿Qué es esto?

Carlos se inclinó.

—Lubina.

—Ya sé leer.

—Entonces qué preguntas.

—Qué le han hecho.

—Pone que...

—No quiero una descripción técnica.

—Pues no sé qué quieres.