La ley del rock Capítulo 14 - Me acordé #4
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Capítulo 14 - Me acordé #4

—Cállate.

Dejó uno.

—Cinco.

—Muy bien.

—Estoy cansado.

—Son casi las dos.

—Precisamente.

Salimos otra vez. Carlos llevaba varias botellas. Marc una bolsa de hielo vacía. Lo miré.

—¿Qué haces con eso?

Miró la bolsa.

—Tirarla.

—Ah.

—¿Esperabas algo más interesante?

—De ti nunca se sabe.

—Buen criterio.

Pasó a mi lado hacia la casa. Adrián me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—¿Qué cara?

—No sé. Una cara.

—Tengo una.

—Confirmado.

Dejamos la mesa preparada. Cinco platos. Lo comprobé personalmente. Gabriel empezó a traer comida.

—No toquéis todavía.

Carlos ya tenía un trozo de pan en la mano. Gabriel se detuvo. Lo miró. Carlos miró el pan.

—¿Qué?

—He dicho que no toquéis.

—Es pan.

—Es comida.

—Gabriel.

—Déjalo.

Carlos dejó el pan. Yo me tapé la boca.

—No te rías —dijo Carlos.

—No me estoy riendo.

—Sí.

—Estoy respirando.

Marc se sentó frente a mí.

—Eso lo he oído antes.

Lo miré.

—No sé de qué hablas.

Carlos señaló a Gabriel.

—Es un dictador.

—En mi barbacoa mando yo.

—Ni siquiera es tu chalet.

Gabriel dejó la bandeja.

—Pero la barbacoa sí es mía.

Silencio. Miré a Adrián.

—¿La ha traído?

—Sí.

—¿Entera?

—Sí.

—¿Por qué?

Gabriel me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque la del chalet es una mierda.

Asentí.

—Vale.

No tenía más preguntas. Comimos. Mucho. Demasiado. Gabriel, para sorpresa de absolutamente nadie después del espectáculo, cocinaba de puta madre.

—Está buenísimo —dije.

Se quedó quieto.

—¿Sí?

—Sí.

—Prueba eso.

Señaló otra bandeja.

—Gabriel, espera.

—Pruébalo.

—Tengo la boca llena.

—Cuando termines.

Adrián se rio.

—Ya lo has hecho feliz.

—Se lo ha ganado.

Gabriel sonrió. Ah. Qué mono. Probé lo que señalaba. También estaba bueno.

—Joder.

—¿Ves?

—Sí.

—Le puse...

Y empezó a explicarme algo sobre especias. No entendí la mitad. Pero asentí con muchísimo respeto. Carlos me robó una patata del plato. Le di un golpe en la mano.

—Hay una fuente entera.

—La tuya estaba más cerca.

—Ladrón.

Cogió otra.

—Carlos.

Se la comió mirándome. Hijo de puta. Le robé un trozo de carne.

—Eh.

—La mía estaba más cerca.

Marc soltó una risa al otro lado de la mesa. Carlos lo señaló.

—Tú no te metas.

Marc levantó las manos.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

Lo miré.

—¡ESO ES MÍO!

Marc empezó a reírse.

—No puedes apropiarte de una frase.

—Claro que puedo.

—No funciona así.

—Pues te denuncio.

—¿Por usar «tu cara»?

—Propiedad intelectual.

Gabriel levantó la cabeza.

—Yo testifico.

—Gracias.

—A favor de Marc.

—Que te den.

—Después de darte de comer.

—Retiro lo dicho.

—Buena decisión.

Seguimos comiendo. Hablando. Saltando de una conversación a otra sin terminar ninguna. Adrián contó una historia de un concierto de Balas de Acero en el que Álex había perdido una baqueta.

—¿Cómo pierdes una baqueta tocando? —pregunté.

—Voló.

—¿Voló?

—Voló —confirmó Gabriel.

—Le dio a Alberto —añadió Marc.

Abrí mucho los ojos.

—¿EN DIRECTO?

Carlos se rio.

—En toda la frente.

—No.

—Sí.

—¿Y siguió tocando?

Adrián ya estaba llorando de risa.

—¡No! ¡Ese fue el problema!

—¿Qué hizo?

—Se quedó mirándolo.

Gabriel levantó las manos imitando una guitarra.

—Así.

Se quedó inmóvil. Mirada fija. Me empecé a reír.

—¿Y Álex?

—Tocando con una baqueta —dijo Marc.

—¿NADIE PARÓ?

—No puedes parar una canción porque Alberto haya recibido un proyectil —dijo Carlos.

—¡CLARO QUE PUEDES!

—Era el segundo tema —dijo Adrián.

—¿Y?

—Quedaban nueve.

Me tapé la cara.

—Sois imbéciles.

—No era nuestro concierto —dijo Carlos.

Lo miré.

—TÚ TAMBIÉN ESTABAS.

—Como público.

—Y no hiciste nada.

—Me reí.

—Exactamente.

Carlos sonrió.

—Mucho.

Adrián señaló a Marc.

—Este subió después.

Lo miré.

—¿Tú?

Marc asintió.

—Alberto estaba cabreado.

—Tenía un huevo aquí —Gabriel señaló el centro de su frente.

—No era para tanto —dijo Marc.

Adrián lo miró.

—Parecía un unicornio.

Me doblé sobre la mesa.

—¡JODER!

Carlos me puso una mano en la espalda mientras yo intentaba dejar de reírme.

—Respira.

—¡Unicornio!

—Fue espectacular —dijo Gabriel.

—Pobre Alberto.

—Eso dijimos después —añadió Adrián.

—¿DESPUÉS?

Marc estaba riéndose.

—Mucho después.

Los miré a todos.

—Qué buenos amigos sois.

—Los mejores —dijo Gabriel.

Y, de alguna forma, le creí.

Después de comer no podía moverme. Me dejé caer en una silla bajo la terraza.

—Voy a morir aquí.

Gabriel recogía platos.

—Te dije que probaras las costillas.

—He probado las costillas.

—Una.

—Porque ya no me cabe nada.

—Una costilla no ocupa.

—¿Qué coño significa eso?

—Que puedes comer otra.

—No.

—Luego.

—Tampoco.

Gabriel se llevó los platos. Miré a Adrián.

—Ayúdame.

—Yo llevo años intentándolo.

—No tiene arreglo.

—Ninguno.

Carlos estaba dentro ayudando a recoger. Marc había desaparecido. No sabía dónde. Me quité las zapatillas. Apoyé los pies en otra silla. Ah. Mucho mejor.

—Esto es vida.

Adrián miró mis pies.

—Qué educación.

—Estoy en el campo.

—Es un chalet.

—Hay tierra.

—Buen argumento.

Cerré los ojos. Sonaba música desde un altavoz pequeño. Guns. Bajito. Perfecto.

—No me habléis durante veinte minutos.

—Vale.

Pasaron aproximadamente seis segundos.

—Jenn.

Abrí un ojo. Adrián sonreía.

—Te odio.

—¿Vamos a la piscina?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no llevo bañador.

—Nadie lleva.

—Eso no mejora la situación.

—Hay toallas.

—Adrián.

—Qué.

—No voy a meterme en una piscina para luego volver a casa con las bragas mojadas.

Pensó.

—Es razonable.

—Gracias.

—Aunque nosotros...

—No quiero saberlo.

—Vale.

Cerré el ojo. Dos segundos.

—Jenn.

—TE JURO QUE...

Abrí los ojos. No era Adrián. Marc estaba de pie al otro lado de la terraza.

—Qué.

—Ven.

Lo miré.

—No.

—Vale.

Se dio la vuelta. Parpadeé.

—¿A dónde?

Marc siguió andando.

—Da igual.

Hijo de puta. Bajé los pies. Adrián sonrió.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Propiedad intelectual.

Le enseñé el dedo corazón. Me puse las zapatillas.

—Como sea una mierda vuelvo.

Marc levantó una mano sin girarse.

—Vale.

Lo seguí. Bordeamos la casa.

—¿Dónde vamos?

—Aquí.

—Eso tampoco es una respuesta.

Marc se detuvo junto a uno de los laterales del jardín. Había menos césped. Más árboles. Una valla. Y sombra. Mucha sombra.

—¿Qué?

Marc señaló hacia abajo. Miré. Una lagartija enorme estaba quieta sobre una piedra. Ah. Sonreí.

—Hostia.

—La he visto antes.

Me agaché un poco.

—Es preciosa.

—Sí.

—¿Muerde?

Marc me miró.

—Es una lagartija.

—Eso no responde.

—No la toques.

—No iba a tocarla.

—Bien.

—Solo pregunto.

La lagartija movió la cabeza. Me quedé completamente quieta.

—Mira, mira.

—La estoy viendo.

—Cállate.

—No estoy hablando.

—Acabas de hablar.

Marc se calló. La lagartija salió disparada entre unas plantas.

—¡Joder!

Me incorporé.

—Qué rápida.

Marc sonrió.

—Por eso te he llamado.

—¿Porque soy rápida?

—Porque pensé que te gustaría.

Ah. Miré otra vez hacia las plantas.

—Sí.

—Bien.

Volvimos hacia la terraza. A mitad de camino vi unas flores pequeñas junto a la valla. Moradas. Me acerqué.

—Qué bonitas.

Marc se detuvo.

—¿Qué son?

—Ni puta idea.

—Gran conocimiento de naturaleza.

—He dicho que me gusta. No que tenga un doctorado.

Me agaché. Eran diminutas. Varias juntas. Saqué el móvil. Hice una foto. Marc miró.

—¿No coges una?

Levanté la cabeza.

—No.

—¿Por?

—Porque está mejor ahí.

Miró las flores.

—Hay muchas.

—Ya.

—No creo que pase nada por una.

—No es por eso.

Me incorporé. Guardé el móvil.

—Me gustan las flores donde salen.

Marc volvió a mirarlas.

—¿Nunca coges ninguna?

—No.

—¿Ni una?

—Ni una.

Me agaché un poco para hacer otra foto.

—Me gustan ahí.

—¿Y en casa?

—No.

Marc frunció un poco el ceño.

—¿Ni en maceta?

—Tampoco.

—¿Ramos?

Lo miré.

—Menos.

—Vale.

Guardé el móvil.

—No quiero tener flores. Me gusta encontrarlas.

Marc miró otra vez hacia el suelo.

—Eso es distinto.

—Claro.

—Podrías haber empezado por ahí.

—Pensaba que se entendía.

—No.

—Pues ya lo sabes.

Empecé a andar. Marc vino detrás.

—Entonces si alguien quiere regalarte flores...

—Que me enseñe dónde están.

—¿Y ya?

—O que les haga una foto. O de plástico.

Marc asintió.

—Fácil.

—Mucho.

—Barato también.

Me giré.

—No lo estropees.

Se rio. Seguimos andando. No hablamos más de flores. Tampoco hacía falta.

Capítulo 14

Me acordé

Los demás días pasaron más deprisa todavía. Gracias a Dios. Porque empezaba a sospechar que julio tenía algo personal contra mí .

El lunes trabajé. El martes también. El miércoles Marina decidió que necesitaba saber por qué últimamente miraba tanto el móvil.

—No miro tanto el móvil.

—Lo acabas de mirar.

Lo dejé sobre la mesa.

—Porque ha vibrado.

—No ha vibrado.

La miré.

—¿Tú no tienes trabajo?

—Sí.

—Pues hazlo.

—Lo estoy haciendo.

Miré su pantalla. Tenía abierto un correo. Desde hacía unos diez minutos.

—Intensamente.

Marina sonrió. Mala señal.

—¿Es el arquitecto?

Seguí escribiendo.

—¿Qué arquitecto?

—El guapo.

—Conozco muchísimos arquitectos guapos.

—No conoces muchísimos arquitectos.

—No sabes a quién conozco.

—Carlos.

—Ah. Ese arquitecto.

Cogí una carpeta.

—¿Qué pasa con él?

—Nada. Pregunto.

—Tú nunca preguntas nada.

—Claro que sí.

—Tú investigas.

—Es diferente.

—Muchísimo.

El móvil se iluminó. Marina miró. Yo miré a Marina. Marina volvió lentamente la vista hacia su pantalla.

—Ni se te ocurra.

—No he hecho nada.

—Has intentado leerlo.

—Tengo buena visión periférica.

Cogí el móvil.

Impresentables

Adrián había enviado una foto. Una cerveza.

Gabriel · Son las once y veinte.

Adrián · Y?

Gabriel · De la mañana.

Adrián · Y?

Carlos · Déjalo

Carlos · La selección natural necesita tiempo

Adrián · Estoy de vacaciones hijos de puta

Son las 11:20   · Yo

Adrián · TÚ TAMBIÉN?

Estoy trabajando   · Yo

Adrián · Ah

Gracias por restregármelo   · Yo

Adrián · De nada ❤️

Sonreí.

—No era Carlos.

Levanté la cabeza. Marina estaba mirándome.

—¿Perdona?

—El mensaje.

—No te he preguntado.

—Pero querías saberlo.

—No.

—Marina.

—Un poco.

Dejé el móvil.

—Era el grupo.

—¿Qué grupo?

—El grupo.

—¿Qué grupo?

—Uno de WhatsApp.

—Gracias, Jennifer. Sé lo que es un grupo.

—Me alegro.

—¿Quién está?

Suspiré.

—Gente.

—¿Carlos?

—Sí.

—Ajá.

—Y tres personas más.

Pausa.

—¿Hombres?

La miré.

—Voy a pedirle a Edu que te dé más trabajo.

—Son hombres.

—Voy a pedírselo.

—¿Cuatro?

—Marina.

—¿Cuatro hombres?

—No empieces.