Capítulo 14 - Me acordé #2
—Porque tú llamas iguales a cosas que no son iguales.
—Es un trozo de plástico.
Marc se llevó una mano al pecho.
—Fuera de mi vida.
—Estás en mi casa.
—Buen argumento.
Me devolvió la púa.
—Esta es la tuya.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la tuya tiene la punta más gastada.
La miré. Después a él.
—¿Tú ves eso?
—Sí.
—Qué miedo.
—No tiene ningún misterio.
—Para mí sí.
Marc se levantó. Fue hacia su funda.
—¿Qué haces?
—Voy a enseñarte una cosa.
—Como saques una púa y pretendas que encuentre las siete diferencias, me voy.
—Sigues estando en tu casa.
—Pues te vas tú.
—Eso tiene más sentido.
Abrió la funda. Y apareció la guitarra roja. La gemela de Raven. Sonreí.
—Gemelas.
Marc ni siquiera levantó la cabeza.
—Voy a irme.
—Mellizas.
—Jenn.
—Hermanas.
—No.
La sacó. Se sentó otra vez a mi lado. Dos guitarras. Una negra. Una roja. Mismo modelo. Me parecía evidente.
—Míralas.
Marc suspiró.
—Las estoy mirando.
—Y dime que no son hermanas.
—No son hermanas.
—No tienes corazón.
—Son guitarras.
—Peor todavía.
Marc conectó la suya al pequeño amplificador que había traído dentro de la funda. Lo miré.
—¿También has traído eso?
—Sí.
—Venías preparado.
—Vivo a dos minutos.
—Dos minutos y doce segundos.
—No vas a soltarlo nunca, ¿verdad?
—No.
Marc tocó un acorde. El sonido llenó el salón. Ah. Eso era otra cosa. Miré sus manos.
—Vale.
—¿Qué?
—Eso suena mejor.
—Porque está enchufada.
—No me quites mérito al análisis.
—Jamás.
Tocó un par de acordes más. Después algo rápido que no reconocí.
—Presumido.
—Estoy calentando.
—Presumido calentando.
Marc sonrió. Y entonces empezó un riff. Lo reconocí enseguida.
—No.
Siguió. Lo miré.
—Marc.
Nada. Seguía tocando.
—Sé cuál es.
Paró.
—¿Cuál?
—Sweet Child O' Mine.
Marc me miró. Muy serio.
—Seven Nation Army.
Abrí la boca.
—Vete a la mierda.
Se echó a reír.
—¡Sé perfectamente cuál es!
—No parecía.
—¡Guns es mi grupo favorito, imbécil!
—Eso dices.
Cogí un cojín. Marc dejó de reírse.
—La guitarra.
Ah. Sí. Bajé el cojín.
—Te ha salvado.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—Toca tú.
—¿Eso?
—No.
—Menos mal.
Marc apoyó su guitarra. Se inclinó hacia Raven.
—Vamos a hacer una cosa más fácil.
—Smoke on the Water.
—No.
—Seven Nation Army.
—Tampoco.
—Pues mi repertorio se está terminando.
—Ya lo sé.
—Qué desagradable.
Marc tocó cuatro acordes. Despacio. Muy despacio. Miré sus dedos.
—Ni de coña.
—Sí.
—Hay demasiados.
—Son cuatro.
—Exacto. Demasiados.
—Jenn.
—Yo funciono bien con uno.
—Eso explica muchas cosas.
Levanté la cabeza. Marc estaba mirando la guitarra.
—¿Perdona?
Entonces me miró. Y sonrió. Ah.
—¿Qué has querido decir?
—Nada.
—Marc.
—La guitarra.
—No.
—Concéntrate.
—Has dicho algo.
—He dicho que explica muchas cosas.
—¿QUÉ COSAS?
Marc empezó a tocar otra vez.
—Hijo de puta.
—Primero este.
—No cambies de tema.
—Índice aquí.
—Marc.
—Jenn.
Lo miré. Él me miró. Dos segundos.
—Índice aquí —repitió.
Cabronazo. Puse el índice donde decía.
—Ahora este.
—No llego.
—Sí llegas.
—No.
—Estira.
—Me duele.
—No estás estirando.
—Estoy estirando muchísimo.
Marc dejó su guitarra a un lado.
—A ver.
Se acercó. Cogió mi mano. Movió un dedo. Después otro.
—Aquí.
—Eso es antinatural.
—No.
—Mi mano no hace eso.
—Lo está haciendo ahora mismo.
—Porque tú la estás obligando.
—Pues memoriza la posición.
Miré mis dedos.
—La odio.
—Hace cinco minutos era tu hija.
—Las relaciones cambian.
Marc soltó mi mano.
—Ahora toca.
Lo hice. Sonó. No bien. Pero sonó. Abrí mucho los ojos.
—HOSTIA.
Marc sonrió.
—Otra vez.
—Espera.
—¿Qué?
—Quiero recordar este momento.
—Jenn.
—Mi primer acorde que no parece un accidente de tráfico.
—No es tu primer acorde.
—El primero cuenta menos porque había testigos.
—Eso no funciona así.
—Para mí sí.
Volví a tocarlo. Peor.
—Mierda.
Marc se rio.
—Otra vez.
—No.
—Otra.
—Necesito descanso sindical.
—Llevas veinte minutos.
—Condiciones laborales abusivas.
Dejé a Raven con cuidado sobre el sofá. Me levanté.
—¿Quieres café?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
Di dos pasos hacia la cocina.
—¿Azúcar?
—No.
—¿Leche?
—No.
Me giré.
—Qué vida más triste.
—Café.
—Eso no es café. Eso es castigo.
Marc se acomodó en el sofá.
—¿Tú cómo lo tomas?
—Con leche.
—Eso es leche con problemas de autoestima.
Lo señalé desde la cocina.
—No critiques a la persona que controla tu bebida.
—Retiro lo dicho.
—Buena decisión.
Preparé dos cafés. Cuando volví, Marc tenía a Raven en las manos. Me detuve.
—Eh.
Levantó la vista.
—Qué.
—¿Qué haces con mi hija?
—Comprobando una cosa.
—Pide permiso.
Marc miró la guitarra. Después a mí.
—¿Puedo?
Pensé.
—Sí.
—Gracias.
Me senté a su lado y le tendí el café. Marc dio un sorbo.
—Está bueno.
—Claro.
—Lo he hecho yo.
—La cafetera.
—En mi casa el mérito se reparte como yo quiera.
Marc asintió.
—Entendido.
Pulsó un par de cuerdas de Raven. Luego tocó algo. Muy corto. Me quedé mirando.
—Suena diferente contigo.
—Porque llevo muchos años.
—No. Raven te quiere más.
—Eso será.
—Traición.
Marc volvió a tocar. Esta vez reconocí la melodía. Tardé unos segundos.
—¿Creep?
Siguió tocando. Sonreí.
—Esa sí.
Marc levantó la vista.
—Bien.
—¿Me estabas examinando?
—Puede.
—Maybe.
Marc sonrió.
—Maybe.
Ah. Se quedó con Raven un momento más. Yo bebí café.
Y durante unos minutos no hablamos. Marc tocaba.
Nada entero. Trozos. Un riff. Dos acordes.
Algo que reconocía. Algo que no. Yo estaba sentada con las piernas dobladas debajo del cuerpo, escuchando.
Sin aprender. Sin practicar. Solo escuchando. Hasta que Marc paró.
—Te toca.
—Estábamos muy bien.
—Raven es tuya.
—Pero contigo suena mejor.
—Precisamente.
Me la tendió. La cogí.
—Eres un pesado.
—Mucho.
—¿Qué hago?
Marc recuperó la guitarra roja.
—Lo mismo que antes.
—¿El acorde imposible?
—El acorde perfectamente posible.
—Para tus manos de orangután.
Marc miró sus manos.
—Gracias.
—De nada.
Coloqué los dedos. Mal. Marc negó.
—No.
—No he tocado todavía.
—Ya está mal.
—Qué presión.
Se inclinó.
—Este dedo.
Lo moví.
—¿Así?
—Un poco más.
—No puedo.
Marc acercó la mano.
—Mira.
Me colocó el dedo. Luego otro. Su mano se quedó un segundo sobre la mía mientras comprobaba la posición.
—Ahí.
Toqué. Sonó limpio. Los dos miramos a Raven.
—Hostia.
Marc retiró la mano.
—¿Ves?
Sonreí.
—Otra.
Lo repetí. Limpio.
—OTRA.
Marc se rio.
—Ahora quieres tú.
—Cállate.
Otra. Peor.
—Mierda.
—No aprietes tanto.
—Ya empezamos.
—Te tensas cuando quieres que salga bien.
—Porque quiero que salga bien.
—Precisamente.
Lo miré.
—Qué frase de taza.
—Funciona.
—¿También pone Live Laugh Love en tu cocina?
—No.
—Menos mal.
Marc tocó el acorde en la suya.
—Relaja la mano.
Lo hice.
—Otra vez.
Toqué. Limpio. Marc asintió.
—Ahí.
Sonreí. Y seguí. Una vez. Otra. Otra. Hasta que dejó de parecer suerte. Seguí un poco más. Hasta que los dedos empezaron a protestar.
—Ya.
Marc dejó de tocar.
—¿Ya?
—Me duele.
—Normal.
—Pues podrías haber avisado.
—¿De qué?
—De que aprender guitarra incluye sufrimiento físico.
—Llevas media hora.
—Una eternidad.
Marc miró el reloj.
—Cuarenta y siete minutos.
—Peor todavía.
Dejé a Raven sobre el sofá. Sacudí la mano.
—Mañana no voy a poder trabajar.
—Dramática.
—Soy administrativa. Necesito los dedos.
—Tienes diez.
—Nueve disponibles.
Marc soltó una risa. Dejó su guitarra a un lado y cogió el café. Ya estaba frío. Bebió igualmente.
—Qué asco.
—Está bueno.
—Está helado.
—Sigue siendo café.
—Eso diría alguien que se lo bebe solo.
Marc terminó el vaso. Animal. Me levanté y recogí el mío.
—¿Quieres otro?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bien. Porque no pensaba hacerte otro.
—Entonces para qué preguntas.
—Educación.
Llevé las tazas a la cocina. Cuando volví, Marc estaba guardando la guitarra.
—¿Ya te vas?
—Sí.
Ah.
—Vale.
Se agachó para cerrar la funda.
—Esta tarde trabajo.
—¿De tarde?
—Sí.
—Qué horario más raro tienes.
—Es una mierda.
—¿Cuándo descansas?
Marc levantó la cabeza.
—Después de las noches.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque tendría que explicarte los turnos.
—¿Tan complicado es?
—Dos mañanas, dos tardes, dos noches, tres días libres.
Lo miré.
—Eso no es un horario. Es un sudoku.
—Más o menos.
—¿Y sabes en qué día vives?
—A veces.
—Yo no sabría ni cuándo lavarme el pelo.
Marc se rio.
—Problemas importantes.
—Muchísimo.
Se colgó la guitarra a la espalda. Miró a Raven.
—Mañana vuelve a tocar un rato.
—Sí, profesor.
—Diez minutos aunque sea.
—Sí, profesor.
—Y no aprietes tanto.
—Sí, profesor.
Marc me miró.
—No vas a hacerme ni puto caso.
—Probablemente no.
—Perfecto.
Fue hacia la puerta. Yo detrás. La abrió.
—Marc.
Se giró.
—¿Qué?
—Gracias.
Me miró un segundo.
—De nada.
—Aunque te hayas autoinvitado.
—Te hacía falta.
—Qué prepotente.
—Y tengo razón.
—Fuera.
Sonrió. Salió al rellano.
—Mañana.
—Pesado.
—Diez minutos.
—¡VETE!
Se rio mientras empezaba a bajar las escaleras. Cerré. Volví al salón. Raven seguía sobre el sofá. La miré. Me dolían los dedos. Había dos tazas sucias en la cocina. Y tenía hambre. Bien. Vida normal. Cogí el móvil. Un mensaje. Marc. Lo abrí.
Marc · 10 minutos mañana
Hijo de puta.
BLOQUEADO · Yo
Marc · 👍
No puedes contestar si estás bloqueado · Yo
Marc · Y sin embargo
Vete a trabajar · Yo
Marc · Eso hago
Pues trabaja · Yo
Marc · Toca mañana
MARC · Yo
Marc · 👋
Me reí. Dejé el móvil. Pesado.
Los días siguientes encontré diez minutos.
Bueno. Algunos fueron seis. Uno fueron cuatro.
Pero aquel no se lo dije a Marc. Carlos también encontró tiempo.
Mucho. El domingo me llamó para comer. El lunes apareció al salir de SUINVAL con dos cafés y ninguna explicación.
El martes cenamos juntos. El miércoles me escribió antes de que yo hubiera terminado de desayunar.
Carlos · ¿Esta tarde?
Miré el mensaje. Sonreí.
Tengo vida · Yo
Carlos · No me consta
Hijo de puta · Yo
Carlos · A las 7?
Puede · Yo
Carlos · Eso es sí
Eso es puede · Yo
Carlos · A las 7 👍
QUE NO HE DICHO QUE SÍ · Yo
Carlos · Nos vemos luego
Me reí. Gilipollas. Guardé el móvil. Marina levantó la cabeza desde su mesa.
—Esa cara otra vez.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No tengo ninguna cara.
—Carlos.
La miré.
—Trabaja.
—Es Carlos.
—Marina.
—¿Qué?