Capítulo 13 - Once minutos #8
—Una foto.
Carlos se echó hacia atrás.
—Pide la lubina.
—No.
—Por qué.
—Porque tú quieres que la pida.
—Qué criterio tan bueno.
—Gracias.
Terminamos pidiendo. Yo algo que entendía. Carlos algo que fingí entender.
Y entonces apareció el vino.
La camarera señaló una botella. Carlos asintió.
Yo miré el precio.
Treinta euros.
—No.
Carlos me miró.
—Qué.
—Eso.
—Qué pasa.
—Treinta euros.
—Sí.
—Por vino.
—Jenn...
—Treinta euros por uvas.
La camarera intentó no sonreír.
Lo vi.
Carlos también.
—Puedes dejarnos un segundo.
La mujer se marchó.
Lo señalé.
—Ni se te ocurra.
—Invito yo.
—Ese no es el problema.
—Entonces no entiendo el problema.
—Treinta euros.
—Sí.
—Por uvas.
Carlos cerró los ojos.
—No funciona exactamente así.
—Uvas fermentadas.
—Jenn.
—Con alcohol.
—Voy a pedirlo.
—Haz lo que quieras con tu patrimonio.
Lo pidió.
Lo odié.
Hasta que lo probé.
Mierda.
Estaba bueno.
Muy bueno.
Carlos me observaba.
—Qué.
—Nada.
—No pongas esa cara.
—Qué cara.
—La de estar esperando algo.
—No espero nada.
Bebí otro poco.
El cabrón sonrió.
—Está bueno.
—Normal.
—Di que está bueno.
—No.
—Jenn.
—Sabe a uva cara.
—Eso me vale.
—No debería.
Cenamos. Hablamos. Mucho. De SUINVAL. De su trabajo. De por qué alguien había decidido que los baños de algunos restaurantes necesitaban tener una iluminación con la que parecía que ibas a invocar un demonio en vez de lavarte las manos.
De música. Del festival. De Adrián. De Gabriel.
De Marc.
No especialmente.
Su nombre apareció porque pertenecía al mismo mundo que los demás.
Y desapareció igual.
Carlos me contó una historia de cuando tenían diecinueve años y Adrián intentó arreglar una persiana después de beber demasiado.
La persiana perdió.
También la pared.
Y, según Carlos, parte de la dignidad de Adrián.
Me reí tanto que tuve que dejar la copa.
—No puedo respirar.
—Lo mejor fue cuando dijo que estaba arreglada.
—¿Seguía en la pared?
—No.
—Entonces igual teníais estándares distintos.
—Estaba en el suelo.
—Pero arreglada.
—Según él.
Me tapé la cara.
—Quiero esa historia de su boca.
—La versión habrá cambiado.
—Mejor.
—Ahora probablemente salvó a una familia.
—Y había fuego.
—Seguro.
—Y una guitarra.
—Eso no puede faltar.
Nos miramos.
Y volvimos a reírnos.
Cuando salimos del restaurante era de noche. Miré la hora.
Casi las once y media.
—Hostia.
—Qué.
—Nada. Pensaba que era antes.
Carlos metió las manos en los bolsillos.
—¿Tienes prisa?
Pensé.
No.
—No.
—Entonces ven.
—¿Dónde?
—A andar.
Lo miré.
—¿Tú?
—Qué pasa conmigo.
—Nada.
—Jenn.
—Pensaba que los arquitectos os desplazabais exclusivamente en vehículos caros.
—Voy a dejarte aquí.
—Tendrías que volver a por mí.
—Cierto.
Empezamos a andar. Sin destino. O al menos yo no lo sabía. Carlos tampoco parecía tener demasiada intención de explicarlo.
La noche estaba bien. Todavía hacía calor, pero ya no molestaba. Caminamos por calles que conocía. O creía conocer.
Carlos me enseñó un edificio.
—Mira arriba.
Miré.
—Qué.
—El balcón.
—Sí.
—Qué ves.
—Un balcón.
—Gracias por el esfuerzo.
—De nada.
Señaló.
—La esquina.
Me fijé. Una columna no llegaba exactamente hasta el borde.
—Está torcida.
—No.
—Pues parece torcida.
—Eso es peor.
—Por qué.
—Porque alguien diseñó eso.
Lo miré.
—¿Te molesta?
—Muchísimo.
Sonreí.
—No vuelves a pasar por esta calle tranquilo, ¿verdad?
—Nunca.
—Qué vida más dura.
—No tienes ni idea.
Seguimos andando.
Carlos miraba edificios.
Yo miraba a Carlos mirar edificios.
Era curioso.
La forma en que alguien podía enseñarte qué cosas veía sin darse cuenta.
Yo jamás habría mirado aquella esquina.
Ahora probablemente tampoco podría dejar de verla.
—Eres un poco raro.
—Tú le haces fotos a flores.
Me detuve. Carlos siguió dos pasos antes de girarse.
—¿Qué?
—¿Cómo sabes eso?
—No sé. Lo dijiste.
Pensé.
Puede.
Probablemente.
—No les hago fotos a todas.
—Menos mal.
—Solo a las que me gustan.
—Eso mejora muchísimo la situación.
Seguí andando.
—Además, no las arranco.
—Vale.
—Nunca.
—Jenn.
—Es importante.
—No pensaba arrancarte ninguna.
—Bien.
—¿Eso era una amenaza?
—Información preventiva.
Carlos sonrió.
—Apuntado.
Seguimos caminando.
No pensé en la flor amarilla.
Bueno.
Sí.
Un segundo.
Pero solo porque estábamos hablando de flores.
Nada más.
Llegamos al coche pasada la medianoche. Carlos abrió la puerta.
—¿Casa?
Lo pensé.
Podía decir que sí.
Debería haber dicho que sí.
—¿Tienes café?
Carlos me miró.
—En mi casa.
—Eso no responde a la pregunta.
—Sí.
—¿Cuál?
—El tuyo.
Me quedé mirándolo.
—¿Mi café?
—El colombiano.
Ah.
—¿Fuerte?
—El que compras tú.
—¿Y leche de avena?
Carlos tardó medio segundo.
—Sí.
Entrecerré los ojos.
—¿ColaCao?
—También.
Silencio.
—Carlos.
—Qué.
—¿Por qué tienes en tu casa mi desayuno entero?
Se encogió de hombros.
—Porque vienes.
Ah.
Así.
Como si aquella fuera una explicación perfectamente pequeña.
Y quizá lo era.
—Eso es peligrosamente eficiente.
—Soy arquitecto.
—No creo que tenga nada que ver.
—Sube.
Sonreí.
Subí.
Y cuando arrancó no fuimos hacia mi casa.
Ninguno de los dos mencionó el cambio de dirección.
Tampoco hacía falta.