La ley del rock Capítulo 13 - Once minutos #3
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Capítulo 13 - Once minutos #3

—Como no cierres la boca voy a decirle a Edu que llevas veinte minutos mirando zapatos.

Bajó inmediatamente la vista al monitor.

—No llevo veinte minutos.

—Diecisiete.

—Qué controladora.

Sonreí. Volví a mi pantalla. El móvil vibró otra vez. Pensé que sería Carlos. No. Impresentables.

Gabriel · El sábado voy al chalet de mi primo

Gabriel · Barbacoa

Adrián · ?

Gabriel · Eso

Adrián · Gracias por la información

Gabriel · De nada

Carlos · A qué viene esto

Gabriel · Invitación, imbéciles

JAJAJAJAJAJA   · Yo

Gabriel · Gracias Jenn

Gabriel · Alguien me entiende

Adrián · Podrías haber empezado por ahí

Gabriel · Podría

Marc · Hora?

Gabriel · 13:30

Carlos · Voy

Adrián · Yo también

Gabriel · Jenn?

Miré la pantalla.

¿Yo también estoy invitada? ? ?    · Yo

Gabriel · Obviamente

Entonces sí ^^   · Yo

Gabriel · Bien

Adrián · Lleva a Raven

NO   · Yo

Adrián · 😂

Marc · Llévala

QUE NO   · Yo

Carlos · Déjala vivir

GRACIAS   · Yo

Carlos · La guitarra se queda en casa

Adrián · Cobarde

Con orgullo   · Yo

Sonreí. Sábado. Barbacoa. Chalet. Perfecto.

Eso sí era un plan. El miércoles a las siete y cuatro Carlos estaba delante de SUINVAL.

Cuatro minutos tarde. Gravísimo. Salí del edificio.

Estaba apoyado en el coche mirando el móvil.

Le hice una foto. Se la mandé. Su teléfono vibró.

Carlos lo miró. Después levantó la cabeza.

Me vio. Miró otra vez la pantalla. Y sonrió.

Carlos · Subnormal

Llegas tarde   · Yo

Carlos · 4 minutos

He envejecido esperando   · Yo

Carlos · Sube al coche, abuela

Me acerqué.

—No me gusta tu actitud.

Carlos guardó el móvil.

—Hola.

Me agarró de la cintura. Me besó. Ah. Vale. Eso mejoraba bastante su actitud.

—Hola —dije cuando me soltó.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Ya no estás enfadada.

—Sigo enfadadísima.

—Claro.

Me abrió la puerta.

—Qué caballero.

—Sube.

—Eso ha sonado menos caballero.

—Jenn.

Me reí. Subí. No pregunté adónde íbamos. Carlos tampoco me lo dijo. Acabamos en una bolera. Lo miré al entrar.

—No.

—Sí.

—Carlos.

—Qué.

—Mírame.

Me miró. Señalé mi cuerpo entero.

—¿Tú crees que esto ha sido diseñado para los deportes?

Carlos bajó la mirada. Despacio.

—No hagas eso.

Volvió a subirla.

—¿Qué?

—Sabes perfectamente qué.

Sonrió.

—He obedecido.

—Eres imbécil.

—¿Juegas o no?

—Voy a humillarte.

No lo humillé. En absoluto. Carlos ganó la primera partida. Y la segunda. En la tercera tiré la bola directamente al canal dos veces seguidas.

—No te rías.

Carlos se tapó la boca.

—No me estoy riendo.

—Te veo los hombros.

—Estoy respirando.

—Hijo de puta.

La siguiente tirada derribé ocho. Me giré inmediatamente.

—¿HAS VISTO?

Carlos levantó las manos.

—Ocho.

—OCHO.

—Faltan dos.

—Cállate.

—Solo digo.

—Récord personal.

—Llevas tres partidas.

—Y ya tengo récord.

Al terminar cenamos una hamburguesa. Nada elegante.

Nada enorme. Nada beige. Mucho mejor. Carlos me robó patatas.

Yo le robé media hamburguesa alegando que la suya estaba mejor.

Después me llevó a casa. Esta vez no subió.

Nos quedamos un rato dentro del coche. Hablando.

Besándonos. Volviendo a hablar. Carlos tenía una mano apoyada sobre mi pierna.

—El sábado te recojo.

—Puedo ir yo.

—Ya.

—Tengo coche.

—Lo sé.

—Y carnet.

—También.

—Entonces.

—Te recojo.

Lo miré.

—Qué mandón.

—A la una.

—Gabriel ha dicho una y media.

—Por eso.

—¿Por qué?

—Porque llegas antes a todos lados.

Ah.

—Buen argumento.

Carlos sonrió.

—Lo sé.

Le di un beso.

—A la una.

—A la una.

Salí del coche. Antes de entrar al portal me giré. Seguía allí. Levanté la mano. Carlos hizo lo mismo. Entré.

***

El jueves pasó. El viernes también. Trabajé.

Dormí. Toqué a Raven. Diez minutos. Once, para ser exactos.

No se lo dije a Marc. No necesitaba darle esa satisfacción.

El sábado a las doce y cincuenta y ocho sonó el telefonillo.

Sonreí. Dos minutos antes. Eso sí. Cogí la mochila.

Móvil. Cartera. Llaves. Bajé. Carlos estaba delante del portal.

No había traído el Porsche. Miré el Maserati. Después a él.

—Qué humilde.

Carlos se miró.

—Gracias.

—Hablo del coche.

—También.

—¿Cuántos tienes?

Carlos me miró.

—¿Cuántos has visto?

Fruncí el ceño.

—Dos.

—Pues dos.

Lo miré.

—Esa respuesta ha sido sospechosa.

—No sé de qué hablas.

—Carlos.

Abrió la puerta.

—Sube.

—Tienes otro.

—No he dicho eso.

—TIENES OTRO.

—Cada vez lo dices con más seguridad.

—¿Cuántos coches tienes?

—Sube, Jenn.

Me quedé mirándolo. Hijo de puta.

—Esto no ha terminado.

—Estoy seguro.

Subí.

—Cada vez lo dices con menos romanticismo.

—Por favor, Jennifer, ¿tendría la bondad de acompañarme en mi vehículo?

Lo miré.

—Peor.

—Sube.

—Mejor.

El chalet del primo de Gabriel estaba a las afueras de Valdara. No era pequeño. Tampoco era la casa de Carlos. Gracias a Dios. Tenía una parcela grande, una piscina al fondo y una terraza cubierta junto a la casa. Cuando llegamos ya había música. Y humo. Mucho humo.

—Eso pinta regular —dije.

Carlos cerró el coche.

—Gabriel cocina.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—No.

Perfecto. Entramos por una puerta lateral.

—¡EH!

Gabriel apareció desde detrás de la barbacoa con unas pinzas en una mano.

—Habéis venido.

Miré a Carlos.

—¿Había otra opción?

—Con vosotros nunca se sabe.

Gabriel me dio un abrazo. Ah. Se lo devolví.

—Hola.

—Hola.

Después abrazó a Carlos golpeándole la espalda.

—Hay cerveza.

—Hola a ti también —dijo Carlos.

—También hay cerveza para ti.

—Mucho mejor.

Miré alrededor. Adrián estaba sentado en una mesa bajo la terraza. Levantó la mano.

—¡Jenn!

—¡Doctor!

—¡NO!

Me reí. Fui hacia él. Adrián se levantó. Me abrazó también.

—¿Has tocado?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Eso no es una medida.

—Varios minutos.

—Jenn.

—Todos los días.

Adrián se apartó.

—¿En serio?

—Sí.

Sonrió. Mucho.

—Bien.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de padre orgulloso.

—No puedo evitarlo.

—Qué asco.

Me dio un beso en la cabeza.

—Capulla.

Ah. Sonreí.

—¿Dónde está Marc?

—Ha salido a comprar hielo. Viene ahora.

—Ah.

Miré hacia la barbacoa. Gabriel seguía allí, completamente concentrado en lo suyo.

—¿Necesita ayuda?

Adrián miró hacia él.

—Pregúntale.

—¡Gabriel!

Levantó la cabeza.

—¡¿QUÉ?!

—¡¿TE AYUDO?!

—¡NO!

Miré a Adrián.

—Entendido.

—Lleva así desde que hemos llegado.

—¿No os deja hacer nada?

—Me ha dejado cortar pan.

—Qué responsabilidad.

—Me la he ganado.

Me reí. Carlos apareció a mi lado con dos cervezas. Me tendió una.

—Gracias.

Gabriel gritó desde la barbacoa.

—¡NO COMÁIS NADA TODAVÍA!

Miré hacia allí.

—Eso me preocupa.

Adrián negó.

—Lleva una hora diciendo lo mismo.

—¿Y qué está haciendo?

—No sabemos.

—¡OS OIGO!

—¡PUES EXPLÍCALO! —gritó Adrián.

—¡ESTOY HACIENDO LA CARNE!

Adrián me miró.

—Eso dice.

Me reí. Carlos me pasó un brazo por los hombros.

—¿Piscina?

Miré el agua.

—No he traído bañador.

—Yo tampoco.

—Entonces veo fallos importantes en tu propuesta.

—Podemos tirarlos.

—Ni de coña.

—Cobarde.

—Muchísimo.

Un coche se oyó fuera. Gabriel levantó las pinzas.

—¡HIELO!

—Qué ilusión le hace —dije.

Adrián bebió.

—Llevamos veinte minutos con la cerveza caliente.

—AH.

—Ahora lo entiendes.

La puerta lateral se abrió. Marc apareció con dos bolsas de hielo. Camiseta gris. Vaqueros cortos. Pelo suelto, por supuesto. Gafas de sol. Miró hacia la barbacoa.

—Gabriel.

—¡AQUÍ!

Marc levantó las bolsas.

—¿Dónde?

—¡COCINA!

Entró en la casa sin mirar hacia nosotros. O eso creí. Porque dos pasos después se detuvo. Giró la cabeza. Me vio. Levantó la barbilla.

—Vecina.

Sonreí.

—Profesor.

Siguió andando.

—¿Has tocado?

—Once minutos.

Marc paró. Me miró. Mierda.

—¿Once?

—Ayer.

—Dijiste diez.

—Me vine arriba.

—Estoy orgulloso.

—No lo estropees.

Sonrió. Y entró en la casa. Adrián giró lentamente la cabeza hacia mí. Lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

—Adrián.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

Carlos bebió cerveza a mi lado.

—Su cara está perfectamente.

Los miré a los dos.

—Os odio.

—Acabas de llegar —dijo Carlos.

—Y ya os odio.

—Buen ritmo.

Gabriel volvió a gritar.

—¡¿ALGUIEN VA A AYUDARME?!

Adrián ni se movió.

—No.

—¡HIJOS DE PUTA!

Sonreí. Ah. Esto prometía. Marc salió de la casa unos minutos después. Sin hielo. Bien. Supuse que lo había dejado dentro y no que Gabriel se lo hubiera comido. Llevaba una cerveza en la mano. Se acercó. Carlos seguía detrás de mí, con un brazo apoyado sobre mis hombros.

—¿Ya está fría? —preguntó Adrián.

Marc bebió.

—No.

—Entonces eres gilipollas.

—Tenía sed.

—Tenemos agua.

Marc lo miró.

—Exacto.

Me reí. Gabriel apareció con las pinzas.

—En diez minutos comemos.

Adrián levantó las cejas.

—Llevas diciendo eso media hora.

—Ahora es verdad.

—¿Antes no?

—Antes era una estimación.

—Muy profesional —dije.

Gabriel me señaló con las pinzas.

—Tú no empieces.

—Acabo de llegar.

—Por eso.

—No entiendo nada.

—Mejor.

Volvió a la barbacoa. Lo miré alejarse.

—Me cae bien.

Adrián sonrió.

—A él tú también.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no te ha mandado a la mierda.

—Me ha amenazado con unas pinzas.

—Cariño puro —dijo Marc.

—Ah.

Carlos me apretó un poco contra él.

—En este grupo funciona así.

—Empiezo a entender muchas cosas.

Marc bebió.

—Todavía no.

—¿Hay más?

—Muchísimo.

—Qué miedo.

Adrián se levantó.

—Voy a poner la mesa.

Lo miré.

—¿Te deja?

—Tengo autorización para platos y cubiertos.

—Has ascendido.

—Estoy emocionado.

—Te ayudo.

Carlos retiró el brazo.

—Voy.

—No.

Adrián lo señaló.

—Tú llevas las bebidas.

Carlos frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque te pega.

—¿Qué coño significa eso?

—No sé.

Me reí.

—A mí me ha convencido.

Entramos en la casa. La cocina tenía una isla enorme en medio y más comida encima de la que podían comerse cinco personas. Me detuve.

—¿Cuánta gente viene?

Adrián abrió un armario.

—Nosotros.

—¿Solo?

—Sí.

Miré la encimera. Pan. Ensaladas. Patatas. Dos bandejas de algo que no identifiqué.

—¿Gabriel cree que somos doce?

—Gabriel cree que quedarse sin comida es una humillación personal.

—Lo respeto.

Cogí los platos que Adrián iba dejando sobre la isla.

—¿Estos?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Seis.

Lo miré.

—Somos cinco.

Adrián me miró. Miró los platos. Volvió a mirarme.

—Hostia.

Me empecé a reír.

—Matemáticas impecables.