La ley del rock Capítulo 9 - Cuatro números nuevos #8
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Capítulo 9 - Cuatro números nuevos #8

—Y Gabriel supongo que también.

—Entonces iré.

—¿Solo porque van ellos?

—No.

—¿Entonces?

Carlos apoyó los brazos en la mesa.

—Porque vas tú.

Ah. Cogí la cerveza. Bebí. Carlos sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Claro.

—No te emociones.

—Otra vez tarde.

Miré hacia otro lado. Hijo de puta.

La comida estaba buena. Mucho. Eso me molestó.

—No pongas esa cara —dijo Carlos.

—¿Qué cara?

—La de que te gusta.

—No me gusta.

—Te has comido casi todo.

—Tenía hambre.

—Claro.

Cogí otro trozo. Carlos sonrió.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Te odio.

—No.

—Un poco.

—Tampoco.

Lo miré.

—Qué seguro estás.

—Bastante.

—Peligroso.

—Muchísimo.

Seguimos comiendo. Y era raro. No incómodo.

Raro. Porque durante el fin de semana siempre había habido algo alrededor.

Música. Piscina. Playa. Los otros. Una habitación.

Una ducha. Una razón para estar en el mismo sitio.

Allí no. Carlos me había escrito. Me había preguntado si quería verlo.

Yo había dicho que sí. Y ahora estábamos sentados uno delante del otro porque nos había dado la gana. Sin más. Lo miré.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Llevas toda la noche diciendo nada.

—Estoy pensando.

—Mala idea.

—Muchísimo.

—¿En qué?

Me encogí de hombros.

—En que esto sí parece una cita.

Carlos dejó el tenedor.

—¿Te molesta?

Pensé. No.

—No.

—Entonces puede serlo.

Lo miré.

—Qué fácil.

—¿Qué querías? ¿Documentación?

—Eres arquitecto. Esperaba planos.

—Los tengo en el coche.

Me reí.

—Gilipollas.

—¿Eso significa que sí?

—¿A qué?

—A que es una cita.

Cogí la cerveza.

—Maybe.

Carlos sonrió.

—Me sirve.

Y siguió comiendo. Así. Sin intentar sacar nada más. Bien. Eso también me gustó.

Cuando salimos, ya era de noche. Carlos había pagado. Eso había provocado una discusión. Corta. Porque cuando intenté sacar la cartera ya lo había hecho.

—La próxima pago yo.

—Vale.

Me detuve.

—¿Vale?

—Sí.

—¿No vas a discutir?

—No.

—Ah.

Carlos abrió la puerta.

—¿Te molesta?

—No. Me había preparado.

—La próxima puedes discutir contigo misma.

—Perfecto.

Salimos. El aire fuera estaba mejor. Caminamos hacia el coche. Despacio. Carlos llevaba las llaves en una mano. Yo el bolso cruzado. Llegamos al Maserati. No abrió. Lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué no abres?

—No tengo prisa.

Ah. Se apoyó ligeramente contra el coche. Yo me quedé delante.

—¿Qué?

—Ven.

—Otra vez.

—Funciona.

Sí. Funcionaba. Me acerqué. Carlos me agarró de la cintura.

—Hola.

Me reí. Le rodeé el cuello con los brazos.

—¿Y ahora qué?

—Ahora esto.

Me besó. Y aquello sí lo entendía sin carta.

Sin precios. Sin necesidad de preguntar qué llevaba dentro.

Le devolví el beso. Despacio al principio.

Después menos. Carlos me pegó contra él.

Una mano en mi espalda. La otra en mi cintura.

Y durante un rato el Maserati dejó de ser lo más llamativo de aquella acera. Me separé un poco.

—Estamos en la calle.

—Sí.

—Hay gente.

—También.

—Vale.

Volví a besarlo. Carlos se rio contra mi boca.

—Gran preocupación.

—Era informativa.

—Claro.

Le mordí ligeramente el labio.

—No te rías.

Dejó de hacerlo. Ah. Eso funcionaba. Su mano bajó un poco por mi espalda. Me acercó. Y durante unos segundos tuve una idea. Una bastante clara. Carlos también pareció tenerla. Porque cuando nos separamos me miró de una manera que no necesitaba demasiada traducción.

—Jenn.

—Qué.

—Puedo llevarte a casa.

—Eso espero.

Sonrió.

—O...

Ah.

—O.

—Podemos ir a la mía.

Lo miré. Carlos no añadió nada. No hacía falta. Pensé en el día siguiente. Trabajo. El ensayo. Dormir. No. Eso último no. Pensé en Carlos. Mala estrategia.

—Tengo que trabajar mañana.

—Yo también.

—Y el ensayo.

—Yo también voy.

—Eso has dicho.

—Sí.

Silencio.

—Tu casa está lejos.

—Un poco.

—La mía está a quince minutos.

Carlos sonrió lentamente. Ah. Mierda.

—Eso también es verdad.

Lo señalé.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Mi cara está perfectamente.

—Carlos.

—Qué.

Miré hacia el coche. Después hacia él.

—Vamos.

—¿A dónde?

Lo miré.

—A mi casa.

Su sonrisa aumentó.

—No te emociones.

—Imposible.

—Y mañana te vas pronto.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—Y no puedes dejar el Maserati delante de mi portal.

Carlos empezó a reírse.

—¿Dónde quieres que lo deje?

—Dos calles más allá.

—Jenn.

—Mis vecinos.

—Tus vecinos no saben de quién es.

Abrí la boca para responder. Me detuve. Ah. Mierda.

—Marc sí.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué?

—Marc conoce tu coche.

—Sí.

—Y vive en la misma calle que yo.

—También.

Lo miré.

—Entonces entiendes el problema.

—No.

—Carlos.

—Qué.

—Como vea el Maserati delante de mi portal mañana por la mañana, voy a tener que aguantarlo hasta Navidad.

Carlos sonrió.

—Probablemente.

—No te hace ninguna gracia.

—Un poco.

—A mí ninguna.

—Ya.

—Dos calles.

—Claro.

Entrecerré los ojos.

—Ese «claro» no me ha gustado.

—Sube.

—Carlos.

—Jenn.

—Dos calles.

—Lo he entendido.

Lo señalé.

—Más te vale.

Subí. Carlos cerró la puerta. Rodeó el coche. Entró. Arrancó.

—¿Dos calles? —pregunté.

—Dos calles.

—Bien.

—Bien.

Salimos del aparcamiento. Lo miré. Carlos conducía tranquilamente. Demasiado tranquilamente.

—No me fío de ti.

—No sé por qué.

—Porque te conozco.

—Hace cinco días.

—Suficientes.

Sonrió. Hijo de puta.

Quince minutos después entramos en mi calle. Me incorporé un poco en el asiento.

—Sigue.

Carlos redujo la velocidad.

—¿Por qué?

—Porque aquí no.

—Hay sitio.

—Ya.

Señalé hacia delante.

—Dos calles.

Carlos miró el hueco libre prácticamente delante de mi portal. Después a mí. Después otra vez al hueco. Puso el intermitente.

—No.

Empezó a aparcar.

—Carlos.

—Qué.

—¡Dos calles!

—Hay sitio aquí.

—¡ESE NO ERA EL PROBLEMA!

Terminó la maniobra. Perfecta. Por supuesto. Apagó el motor. Lo miré.

—Eres un hijo de puta.

Carlos se quitó el cinturón.

—Ahá.

—Te he dicho dos calles.

—Y yo te he escuchado.

—Eso lo empeora.

—Probablemente.

Miré por la ventanilla. El Maserati. Mi portal. Dos minutos más allá, en algún punto de aquella misma calle, Marc. Fantástico.

—Como lo vea...

—¿Qué?

Me giré hacia Carlos.

—Nada.

—Eso pensaba.

Abrió la puerta.

—No. No «eso pensaba». Mañana me va a tocar los cojones.

Carlos bajó. Yo hice lo mismo.

—Puede.

—Y te hará gracia.

Cerró el coche.

—Muchísima.

—Gilipollas.

Carlos se acercó.

—¿Subimos?

Lo miré. Después miré el Maserati. Después otra vez a Carlos. Bueno. El problema de la Jenn de mañana.

—Subimos.