Epílogo
La ladrona de niebla
A Mira se le concedió plena libertad —y todo el brillo imaginable— para transformar los jardines del Palacio Negro. Polvos encantados, nacidos de ingeniosos elixires, se posaban sobre ramas y hojas, y hacían que árboles y arbustos resplandecieran como si hubieran atrapado la luz de las estrellas.
Incluso algunas chispas perezosas de los alasoles habían abandonado Natthaven para adentrarse en las arboledas de Klockglas. Aquellas criaturas recelosas añadían destellos dorados, como si hubieran acudido a los jardines más por curiosidad que por otra cosa.
Una vez más, me encontraba bajo una tienda de satén, esperando.
Meses atrás, la incertidumbre, la inquietud y el resentimiento me habían atenazado el estómago. Aquella noche, en cambio, solo quedaba una hermosa expectación.
Alguien carraspeó. El padre de Jonas entró en la tienda.
Debían de haber convencido al rey para que mostrara una apariencia más acorde a su posición.
Vestía de negro, como siempre, pero su espada oscura reposaba correctamente en una vaina pulida a la altura de la cadera.
Llevaba el cabello recogido en trenzas a los lados, peinado con esmero, y hacía un esfuerzo evidente por ocultar la irritación que le provocaba ver su palacio invadido por una multitud interminable.
Solté un leve resoplido, ocultándolo tras la mano.
—¿Sobrevives, Daj ?
Una tenue sonrisa se insinuó en sus labios.
—Un rato más, quizá.
Sin duda, la disposición del rey tenía mucho que ver con Mira. Aquella mujer podía resultar verdaderamente intimidante cuando se proponía organizar una celebración.
En realidad, Cara se había convertido en su mano derecha, asistiéndola con una entrega casi tiránica para dar forma a un acontecimiento digno de la realeza.
Cuando Mira insistió en que debía vestir un traje completo al estilo élfico de las sombras, Cara se encargó de acallar mis primeras protestas y se ocupó de que el vestido se confeccionara.
Estuve a punto de poner los ojos en blanco cuando lo trajeron al palacio de Natthaven, dos noches atrás, pero al ver el satén plateado, bordado en oro y azul y rematado con encajes, no pude hacer otra cosa que admirarlo, igual que todos los demás.
Inge Hob incluso añadió nuevas piezas de cristal corazón que algunos dokkalfar habían pulido y preparado para ella.
Deslicé las manos sobre el corpiño, ya dorado por el latido acelerado de mi corazón.
—Si te asaltan las dudas, conozco a más de un desgraciado de moral dudosa ahí dentro dispuesto a sacarte de aquí a escondidas.
Reí y enlacé mi brazo con el del rey.
—Ni una sola duda. Solo quiero saltarme todo este espectáculo y quedarme a solas con él. Sé que es vuestro hijo, pero, sinceramente, sois vosotros los culpables de que diga lo que pienso. Ninguno sabe andarse con rodeos.
La sonrisa se acentuó un poco más en los labios de mi suegro.
—Nunca le he visto el sentido a decir algo que no sea verdad.
Ladrones, asesinos, canallas… pero las mentiras eran su límite.
—Le has dado felicidad —dijo el rey, con su voz grave y áspera—. No lo digo lo suficiente, pero es una deuda que no podré saldar jamás. Eres tan alver como elfa, muchacha.
Eché la cabeza hacia atrás, parpadeando.
—Mira va a enfadarse contigo por hacerme llorar como a una niña.
—Entonces deja de hacerlo.
—Entonces deja de hablar.
—Encantado.
Fuera, gentes de todos los reinos de los elfos de la tierra y del mar y de Natthaven volvieron a ocupar sillas y bancos adornados con destellos dorados. Ya apenas quedaban divisiones entre ellos. Los elfos de las sombras se sentaban entre alver, mortales y demás pueblos.
Los dokkalfar se habían integrado en la sociedad alver con una facilidad inesperada. Sus afinidades para canalizar la curación en talismanes y amuletos despertaban la curiosidad de los elfos de la tierra y del mar y de los sanadores alver.
Algunos de los dokkalfar más audaces pidieron tener la oportunidad de viajar a otros reinos como sanadores. A nosotros poco nos importaba conceder o negar permisos sobre dónde deseaban vivir. Que los elfos de las sombras abandonaran las costas de Natthaven ya era, en sí mismo, un gran paso.
Si querían encontrar su lugar entre todos los reinos, jamás se lo negaríamos.
La paz fue el motivo que me unió a mi príncipe de las pesadillas. Y ese propósito seguía siendo el mismo, aunque todo lo demás hubiera cambiado.
Aún persistían recelos sobre las intenciones de los elfos de las sombras, pero confiaba en que pronto dejarían de ser vistos como algo distinto y pasarían a formar parte, sin más, de los reinos alver y de los elfos de la tierra y del mar.
Kase me condujo entre la multitud. Rostros que habían pasado a importarme mucho más de lo que jamás habría imaginado seguían cada uno de mis pasos.
Aleksi, Sander y Von me ofrecieron sonrisas suaves, aunque no pudieron resistirse a murmurar provocaciones al rey, intentando hacerlo tropezar.
Kase movió los dedos con un leve gesto y, al instante, Von soltó un grito de espanto mientras Aleksi tropezaba con la pata de un banco, cuando un enjambre de tejedoras sombrías, de patas peludas, trepó por sus piernas.
Mira y Livia soltaron risitas desde los bancos justo delante de ellos. Livia se sentaba junto a su rey y la gente del mar. Tait ocupaba un extremo del banco y Mira el otro, alzando la barbilla con deliberado desdén para evitar siquiera mirar al primo del rey.
Desde que regresamos de la batalla contra los elfos de la luz, Cantasangre le había recordado a su primo que seguía siendo el escolta oficial de la princesa siempre que esta navegara.
Desde entonces, entre ellos reinaba una tensa indiferencia.
Una niña de trenzas adornadas con flores saludó desde el banco de su familia.
Teodor y Annetta se habían recuperado del veneno élfico y se habían reunido con sus tres pequeños apenas una semana antes.
Dediqué a los pequeños una sonrisa, deleitándome en el brillo plateado élfico que aún llevaban desde aquella noche junto a su casa comunal.
La reina Malin se encontraba entre los Kryv y los demás miembros de la realeza de los otros reinos. Las amplias familias de cada casa real ocupaban casi la mitad de uno de los lados de los jardines.
Malin llevaba un vestido y, para la ocasión, incluso se había colocado su oscura diadema sobre la cabeza. Me sonrió con calidez y luego dirigió a su esposo una mirada alentadora, como si percibiera que él habría preferido prescindir de tanta multitud.
Apartada en un pequeño grupo, en uno de los extremos, se encontraba una mujer de piel pálida y cabello dorado: la reina de los elfos de la luz, la viuda de Gerard .
Valdis no era la madre de Arion, quien había fallecido al darle a luz, pero cuando la conocí no imaginaba cuánto afecto había llegado a sentir por el príncipe.
Era mayor que yo, aunque no por mucho. Una reina joven, abrumada por el peso de la corona que le había sido impuesta.
Solo después de que enviáramos un mensaje sellado en sangre, en el que dejábamos claro que no ambicionábamos su trono, Valdis emergió de sus tierras.
Los elfos de la luz seguían siendo elfos.
Queríamos la paz. Queríamos que su pueblo la reconociera como su reina, del mismo modo que habían reconocido a Gerard como su rey.
No tardamos en descubrir que apenas conocía a su esposo ni a su hijastro, y que había vivido casi siempre aislada en una mansión en las colinas altas de Grynstad, como una mujer rica, pero sin voz, con un marido que solo la visitaba una vez al mes.
Ni siquiera sabía que se habían librado batallas en Natthaven.
Se asignaron varios guerreros dokkalfar de confianza para que acompañaran a la reina a Grynstad en los días siguientes, como medida para asegurar que ninguna casa noble intentara silenciarla.
Para sorpresa de muchos, Raum se ofreció a vigilar las tierras de los elfos de la luz hasta que la reina encontrara su lugar.
De hecho, ya se les había visto conversando en los patios.
Ella parecía fascinada por su mesmer y, a decir verdad, se mostraba más cómoda con Raum que incluso conmigo.
Aunque, en el fondo, no sabría decir si él se ofreció por interés en la riqueza de Grynstad…
o porque la reina le resultaba intrigante.
De un modo u otro, era otro paso hacia la confianza y las alianzas, ahora que los elfos de las sombras y los alver convivirían en armonía con los elfos de la luz.
Durante tanto tiempo había vivido en soledad… y ahora me rodeaban innumerables personas, fieras y leales, que ya habían demostrado que entrarían en guerra si alguien se atrevía a hacerme daño.
Y, aun así, entre todos ellos, no podía apartar la mirada del hombre que aguardaba bajo un arco cubierto de enredaderas. Talismanes de hueso y runas colgaban sobre la cabeza de Jonas cuando alzó la vista, con esa sonrisa ladeada, casi peligrosa.
Al igual que su padre, vestía una túnica impecable, con hojas cruzadas bordadas en el pecho, y había delineado sus ojos con un toque de kohl, señal de guerreros y de poder en el reino.
Jonas no dejaba de moverse en su sitio. Tenía una mano sujetando la muñeca de la otra, pero sus dedos se crispaban, como si apenas pudiera contener el impulso de alcanzarme y arrastrarme hacia él.
Cuando me quedé a dos pasos, lo hizo de todos modos.
No apartó la mirada de mí cuando su padre le entregó mi mano y se sentó junto a la reina.
—Fuego. —La mirada de mi príncipe de las pesadillas descendió lentamente por mi cuerpo—. ¿Todo eso es para mí?
El cristal corazón ardía sobre mi vestido.
—Siempre.
Depositó un beso suave en mis nudillos. No había nadie guiando la ceremonia. Aquello estaba pensado para ser íntimo, solo entre nosotros dos.
Me incliné un poco hacia él.
—No sé cómo hacer esto.
—Nadie lo sabe. La mayoría improvisamos sobre la marcha. Solo hay una parte al final que es siempre igual.
Me mordí el labio inferior, ocultando la sonrisa. Votos alver. Una petición que Jonas me hizo poco después de que Natthaven se uniera a Klockglas.