Capítulo 22
Días después
Tenía que mantener la concentración.
Mi empresa estaba en construcción, el proceso de contratación había finalizado con éxito y ahora todo giraba en torno a la planificación. Además, estaban mi padre y Soren. Se estaban mudando.
Puse micrófonos ocultos en la oficina de ambos y también en sus casas. Cada paso que daban, cada conversación que tenían, yo lo sabía.
Nunca imaginé que algún día estaría jugando contra mi hermano.
Sin embargo, él me traicionó.
Y la traición tenía un precio.
No sería peor que él.
Sería exactamente igual.
Hoy entrené con sangre en los ojos. Cada movimiento sobre el hielo estaba cargado de frustración, estrategia y ganas de ganar.
Después del entrenamiento, volví a casa y me encerré en mi despacho, donde pasé dos horas con Caleb y Blake analizando los informes de la industria farmacéutica que estábamos a punto de fundar. Todo iba según lo previsto. No había prisa, al menos por ahora.
Entre una discusión y otra, mis ojos se desviaban hacia la pantalla del ordenador. La pantalla dividida mostraba diferentes ángulos de seguridad. Una de las pestañas mostraba la ubicación de Séfora.
Había salido a comer con sus amigos fuera del campus.
Mantuve el depósito diario en su cuenta, más de trescientos dólares al día, incluso sin el masaje. Desde nuestra última salida, la dejé tranquila.
No la toqué.
No le presté atención.
Pero todas las noches...
Me dormía a su lado.
Scorpion, con sus ojos amarillos brillando en la oscuridad, me miraba como si me juzgara. Lo mantenía, por apego y porque lo encontraba silencioso.
No me importaba.
El peso de su cuerpo contra el mío era una adicción de la que no quería deshacerme.
Suspiré y volví mi atención a los documentos. Firmé algunos, separé otros para revisarlos. El sonido del bolígrafo rayando el papel llenaba el silencio de la oficina.
—¿Qué pasa? —preguntó Blake directamente.
Levanté la vista y me encogí de hombros.
—Nada.
Él cruzó los brazos y entrecerró los ojos.
— ¿Le pasa algo a tu chica? —Caleb se unió a la conversación, analizando mi expresión con interés.
Mi chica.
Sí, mi puta.
— No —respondí secamente—. Solo estoy concentrado en el próximo partido. Vamos a ganar cinco a cero el viernes.
La mirada de Caleb se estrechó y una media sonrisa apareció en su rostro.
— Ganar a cualquier precio, ¿no?
Esbocé una sonrisa torcida.
—Siempre.
— Será un partido fuera de casa. ¿Tu chica irá? —preguntó Caleb mientras recogía sus papeles.
—Sí —dije con firmeza—. Y vendrá con nosotros en el autobús.
Aún no se lo había dicho, pero iría.
—Genial —asintió.
Blake se levantó, cogió su maletín y nos miró.
— ¿Hay algo más que discutir?
— No —respondimos Caleb y yo al mismo tiempo.
Blake salió primero, seguido por Caleb.
Me quedé en la oficina unos minutos más, recostado en la silla, mirando la pantalla del ordenador.
Me incliné hacia delante, abrí una nueva pestaña y comprobé las cámaras de mi terreno en el interior.
Ahí estaban.
Mi padre y Soren.
Y no estaban solos.
El gobernador del estado los acompañaba.
Suspiré y cerré los ojos por un instante.
La política en Canadá funcionaba de manera diferente a la estadounidense.
El país era una monarquía constitucional y el gobierno se dividía en tres niveles: federal, provincial y municipal.
El primer ministro era el jefe del gobierno, pero cada provincia tenía su propio primer ministro, que actuaba como gobernador.
La influencia política de mi padre no era pequeña.
Conocía a las personas adecuadas. Sabía cómo mover los hilos.
Pero había una cosa que no sabía.
No me conocía lo suficiente.
Y ese sería su error.
Todos tenían trapos sucios, solo tenía que buscarlos y los encontraría.
Miré el reloj.
Era hora de buscar al Perro del Infierno.
Mañana viajaríamos para el partido contra Quebec. Después, me concentraría en un problema mucho mayor: deshacerme del gobernador y de mis padres sin comprometer lo que había planeado para mi futuro.
Conociendo bien a esos dos, sabía que no se detendrían.
Se volverían contra Séfora.
Intentarían alejarla de mí, tal vez hacerle daño.
Pero yo no lo permitiría.
Salí de mi oficina y cerré la puerta con llave. Cogí las llaves del coche y bajé las escaleras.
A mitad de camino, me encontré con Logan apoyado en la encimera de la cocina, mirando su móvil con expresión irritada. Tenía la mandíbula apretada y los dedos apretaban la pantalla como si quisiera perforarla.
—¿Algún problema? —le pregunté, analizando su reacción.
Levantó la vista y soltó un profundo suspiro.
—Ninguno.
Una mentira descarada.
— ¿Es la chica de la cafetería? —pregunté, observando cómo desviaba la mirada—. Si quieres a la chica, ve a por ella.
— No es tan sencillo —murmuró—. Es la ex de Troy.
Me encogí de hombros.
— ¿Y qué? Quédatela de todos modos.
Logan me miró fijamente, como si intentara encontrar alguna respuesta en mi rostro. Pero yo ya estaba abriendo la puerta.
—Adiós —concluí, sin dar lugar a más conversación.
Salí conduciendo con el motor rugiendo, pero mi propio cuerpo parecía más tenso que el coche bajo mis manos.
El deseo por ella me consumía.
La rabia que me subía por el pecho no era por la política sucia de mi padre, ni por las maniobras de Soren, y mucho menos por el partido de mañana. Era por Séfora.
¿Por qué demonios necesitaba verla todo el tiempo?
Se me hacía la boca agua solo de imaginar su sabor. Adictivo. Como la miel, pero con algo más, algo salvaje que no me dejaba olvidarla.
Y después de esa noche...
Después de permitirme cuidarla, lavarla, sentir su cuerpo bajo mis manos mientras limpiaba cada centímetro... todo cambió.
Sus ojos cambiaron.
Todavía había desafío en ellos, pero ahora...
Ahora había algo más.
Seguí alimentándola. Cocinaba todos los días, porque me gustaba el sonido que hacía al masticar. Me gustaban sus sonrisas tontas cuando le daba yogur de fresa. Descubrí que era su fruta favorita y, desde entonces, cada vez que volvía a casa, traía una provisión.
Y ella esperaba algo de mí.
Esperaba que la llevara a pasear, que fuéramos al bosque.
Pero había algo más profundo en eso.
La última vez, ella ansiaba que la persiguiera. Quería que la capturara, que la castigara.
Y eso era un maldito problema.
Porque yo quería lo mismo.
Aparqué frente a la cafetería y no salí del coche.
La observé, el cristal era transparente.
Sus amigos estaban a su alrededor, le decían algo a Séfora y, incluso desde lejos, noté cómo crecía su impaciencia. Sus hombros se tensaron, su pie se balanceaba al ritmo acelerado, sus dedos jugaban con el borde del vaso.
Ella sabía que yo estaba allí.
Tocé el claxon.
Su mirada se encontró con la mía al instante.
Le dijo algo a sus amigos, llamó a la camarera, cogió el móvil y pagó la cuenta.
Se despidió.
Salió apresurada, con pasos firmes que resonaban en el suelo mojado. El abrigo se balanceaba con el movimiento, medio abierto, revelando el jersey ajustado que moldeaba su cuerpo. El pelo, recogido en un moño desordenado, tenía algunos mechones sueltos que bailaban con el frío viento de la noche.
Rodeó el coche en un abrir y cerrar de ojos, sus dedos agarraron la manilla antes de tirar de la puerta con fuerza. Entró sin dudar.
—Hola —dijo, un poco jadeante.
Mi corazón latía con fuerza.
Acelerado.
Fuerte.
Nunca había sentido algo así. Nunca.
Mierda.
Debo estar enfermo.
Debe ser algún tipo de arritmia cardíaca o algo así.
—No sabía que vendrías a recogerme. —Se mordió el labio.
Precioso.
Me concentré en el volante.
—Quiero llevarte a un sitio —dije, metiendo la marcha atrás.
—¿Adónde? —preguntó, girando el cuerpo hacia mí con curiosidad.
No respondí.
Porque, por primera vez en años, sentía que mi corazón latía más rápido.
Séfora me miraba como si estuviera loco, con los ojos fijos en sus propios pies mientras intentaba mantener el equilibrio sobre los patines. El Perro del Infierno vulnerable sobre cuchillas afiladas.
Era divertido verla así, desconfiada, vacilante, como si el hielo fuera un monstruo a punto de devorarla. Cada centímetro de su cuerpo estaba tenso, como si estuviera lista para defenderse.
La llevé a una de las mejores pistas de patinaje de la ciudad, un amplio espacio con hielo impecablemente pulido, rodeado de gradas vacías y suaves luces que se reflejaban en la superficie helada.
El sonido del sistema de refrigeración resonaba en el ambiente silencioso, interrumpido solo por el sutil susurro de la brisa fría que provenía de la estructura metálica del techo.
Pagué para que cerraran toda la noche solo para nosotros dos. Ella no lo sabía, pero quería darle un poco de mi mundo.
— No sé patinar —su voz sonó insegura, mientras apretaba los cordones de sus propios patines y me observaba.
El vulnerable Perro del Infierno.
Interesante.
Arrodillado frente a ella, terminé de ajustar el último nudo, tirando con fuerza para asegurarme de que no se soltara.
—Te enseñaré. —Mi voz sonó ronca, controlada.
Sus ojos brillaron con desconfianza, tal vez un vestigio de miedo, pero también había curiosidad allí.
Extendí la mano.
—Ven.
Ella dudó un segundo, luego tomó mis dedos con cautela. Le temblaban las rodillas.
Genial.
La llevé hasta el borde de la pista, donde el hielo liso brillaba bajo la iluminación artificial. El frío cortaba el aire, pero sabía que el calor de la adrenalina pronto se apoderaría de ella.
— Primera regla: nunca mires hacia abajo.
— ¿Cómo es eso? —Séfora levantó las cejas.
— Si miras tus pies, perderás el equilibrio. Siempre pasa. Tu cuerpo sigue la dirección de tu mirada.
Ella respiró hondo y me apretó la mano.
— Segunda regla: mantén las rodillas flexionadas. Si te quedas demasiado recta, cualquier movimiento te derribará.
— ¿Y si me caigo?
Sonreí levemente.
— Te caerás.
— Qué buen incentivo, profesor.
Me río por lo bajo y la empujo ligeramente hacia delante.
— Tercera regla: mantén el peso sobre los talones y deslízate lentamente, un pie tras otro. Nada de pasos largos.
— Deslizar, no caminar... —murmuró para sí misma.
—Eso es.
La sujeté firmemente por la cintura, guiándola sobre el hielo. Avanzó con inseguridad, con los brazos temblorosos, tratando de mantener el equilibrio.
— ¡Joder! —jadeó, agarrándose a mí.
—Relájate, Lira. Si te pones rígida, te caerás más rápido.
— ¡Es fácil para ti decirlo, tú naciste en este maldito hielo!
Arqueé la ceja, manteniendo el control de su cuerpo.
— Ahora, inténtalo de nuevo. Desliza el pie derecho... eso. Ahora el izquierdo.
Ella obedeció, concentrada, con el ceño fruncido.
— ¿Lo estoy haciendo bien?
Incliné la boca hacia su oído.
— Lo estás haciendo bien, Perro del Infierno.
El escalofrío que recorrió su cuerpo me hizo sonreír.
Seguimos patinando, yo la ayudaba hasta que ganó confianza. Poco a poco, fue ganando firmeza, y cuando me di cuenta de que ya podía moverse sin sujetar mi mano todo el tiempo, aceleré.
Recorrí toda la pista a toda velocidad, levantando hielo con la fuerza de mis movimientos.
La pista estaba lisa. Me di la vuelta, abrí los brazos y la miré, que venía más despacio, probando sus propios límites, mordiéndose el labio en concentración.
Me giré y fui hacia ella, viendo la sorpresa apoderarse de sus ojos.
Se detuvo, pensando que chocaría con mi cuerpo, pero me deslice rápido y firme, frenando lo suficientemente cerca como para sentir su respiración errática.
Antes de que pudiera reaccionar, la atraje hacia mí y uní nuestros labios.
El beso estalló con una mezcla de calor y deseo bruto. Fuerza y necesidad. Mis dedos apretaron su cintura, acercándola más a mí, mientras invadía su boca, sin ninguna intención de retroceder.
Joder, lo necesitaba. Me gustaba su sabor, la suavidad de su piel bajo mis manos, la forma en que su cuerpo se amoldaba al mío.
Sus manos rodearon mi cuello, sus uñas arañando ligeramente mi nuca. Eso me hizo gemir contra sus labios. Apreté aún más nuestros cuerpos, exigiendo más, reclamando cada centímetro de lo que ya era mío.
Mi lengua se batía en duelo con la suya, mientras le robaba todo el aire.
—Dax... —susurró cuando tiré de sus labios, pero no le di espacio para que completara la frase.
Volví a besarla, sumergiéndome de nuevo en la sensación que hacía que mi pecho latiera sin control.
Mi polla presionaba dolorosamente contra los calzoncillos, y nunca le había visto la lógica a besar a alguien... hasta que la conocí a ella.
Se convirtió en algo nuevo.
Algo adictivo.
Separé nuestros labios y, a continuación, la cogí en mis brazos y la levanté en el aire, girando nuestros cuerpos.
—¡Dax! —gritó, apretándome el hombro con fuerza mientras patinaba—. Me voy a caer.
— Nunca, Perro del Infierno, a menos que yo quiera —dije y recorrí todo el espacio con ella en mis brazos.
Me detuve, sujetándola con firmeza antes de dejarla en el suelo. Su cuerpo aún vibraba con la adrenalina del patinaje, sus ojos brillaban de satisfacción... y deseo.
Séfora me sonrió, una sonrisa cargada de segundas intenciones. Se humedeció los labios lentamente, como si me estuviera provocando.
Yo sabía lo que quería.
Y sabía que no se lo daría.
Todavía no.
Se merecía un castigo, por hacerme pensar en ella más de lo que debía, por revolverme la cabeza sin esfuerzo alguno y por la maldita forma en que hacía que mi corazón se acelerara sin motivo.
Y, sobre todo, por tener una boca adictiva.
Mantuve la mirada fija en la suya, dejando que sintiera mi decisión incluso antes de escucharla.
—Vamos a casa.
El brillo de satisfacción en sus ojos se apagó al instante, sustituido por un atisbo de frustración.
Me gustó eso.
Sus dedos se apretaron alrededor de mi chaqueta y, por un segundo, pensé que iba a protestar, a exigirme que cediera a lo que ambos queríamos. Pero, en cambio, soltó un profundo suspiro y apartó la mirada, como si intentara ocultar su decepción.
—De acuerdo —murmuró, pasando las manos por sus propios brazos, tratando de disimular el escalofrío que aún la recorría.
Ignoré la punzada de orgullo en mi pecho.
El Perro del Infierno aprendería que conmigo no era ella quien marcaba el ritmo.
Sin prisa, le cogí la mano y la guié fuera del hielo, sintiendo su cuerpo tenso a mi lado. Podría recompensarla más tarde. Podría darle lo que quería, arrancarle cada suspiro, cada gemido, hacerle entender de una vez por todas a quién pertenecía.
Pero no ahora.
Ahora, me divertiría con esta pequeña tortura.